Una mañana, siendo yo muy
niño, me mandaron a Dosbokas a comprar cosas en la tienda. Cuando llegué a la
plaza del pueblito, estaban metiendo preso en el cepo a un señor. Por mirar ese
asunto me demoré un poco y cuando llegué a la casa, por la demora, mi mamá me
dio una pela con ramas de escobilla. En esos días mi mamá permanecía de muy
malas pulgas, cada rato discutía fuertemente con mi abuelo, por la salud de mi
abuela, y con frecuencia a nosotros, sus hijos, nos pegaba. Ese mismo día, como
a medio día, mis hermanos salieron de pelea, mi mamá estaba recogiendo café,
oyó los gritos de mis hermanos y se vino preparada con las escobillas; a todos
nos dio una pela. Yo estaba barriendo el chiquero y llevé la peor parte, sin
haber participado en la pelea de mis hermanos. Por la tardecita, ella estaba pilando arroz y yo
trayendo agua de la quebrada; llegando a la casa, cargado con una lata llena de
agua, sin culpa pisé y aplasté un pollito. La aplastada de ese pollito me costó
la tercera y más fuerte pela de ese día. La lata de agua se regó en el suelo,
yo caí y me embarré con lodo revuelto con bagazo de arroz.
Después de darme la pela,
mi mamá me dijo que botara el pollito muerto y fuera a la quebrada a bañarme.
Me ardía mucho la espalda por los escobillazos a lomo pelao que me había dado
mi mamá.
El verano había comenzado,
la quebrada estaba bajita. Cerca de la casa, la quebrada hacía un rincón; allí había
un lugar profundo que nunca se secaba, conocido como “la poza de la Ceiba”. En ese sitio, debido
a la profundidad, el agua de la quebrada se mantenía quieta, limpia y era el
lugar donde yo iba a buscar el agua para los gastos de la casa. Alrededor, el
sitio estaba rodeado de árboles grandes que le daban sombra permanente. Esa
tardecita, cuando yo llegué a bañarme, el lugar estaba bastante oscuro. Yo
llevaba una totuma y jabón para bañarme; dejé el jabón en la raíz de un árbol,
y con ardor y frío me metí en el agua
hasta que me dio a las rodillas. Cuando empecé a bañarme, el ardor que sentí en
todo el cuerpo fue terrible; la espalda me dolió más que con las tres pelas de
ese día. Lloré un poco por el ardor que me dio cuando me mojé con la primera
totumada de agua, luego di la vuelta para coger el jabón. Cuando di la vuelta,
un poco más arriba de donde estaba el jabón vi un hombre alto, blanco, vestido
con una sotana blanca, resplandeciente. Sorprendido me quedé mirándolo, sin
decir nada. Él dijo: “Báñate rápido Rejugao. Ya es casi de noche.” Su voz me
inspiró confianza, tomé el jabón y hablando con él me seguí bañando
aceleradamente. Le pregunté su nombre, me dijo que se llamaba Dámaso Merlengo,
y añadió que era cura. En ese momento oí los gritos de mi mamá, llamándome
desde la casa. Salí del agua; antes de irme, el cura dijo que quería ayudarme y
ser mi amigo sin que nadie lo supiera, y me pidió que regresara allí el día
siguiente en la tarde, un poco más temprano.
El día siguiente, cuando
llegué a la quebrada era bastante temprano e hice con el jabón lo mismo que la
tarde anterior. El agua no me produjo tanto ardor, y no le quitaba la vista a
la subida de la quebrada, pendiente de la llegada del cura. De repente miré
hacia la otra orilla de la quebrada, que también tenía camino para bajar y
muchos árboles en su alrededor, y allí, en la otra orilla, cerquita del agua,
estaba el cura Dámaso acompañado de una persona cuyo aspecto me pareció raro y
difícil de saber si era hombre o mujer. En el momento recordé que mi abuelo me
había explicado que los maricas eran hombres que parecían mujeres.
El acompañante de Dámaso,
por su cabello largo y nada de barba, me dio a pensar que era un marica.
También me pareció raro el ropaje resplandeciente de los dos y que no tenían
pies ni se apoyaban en el suelo. A los dos los miraba de arriba abajo sin decir
nada. Dámaso dijo: “Él es mi amigo. Se
llama Sanapa.” Yo pregunté: ¿Por
qué ustedes no tienen pies y se ven tan raros? Sanapa respondió: “Porque
nosotros ser yolujas.” ¿Qué es yolujas?, pregunté yo, pensando que quería decir
maricas. Dámaso me explicó que yolujas quería decir espíritus en el idioma de
su amigo.
Sanapa añadió: “Nosotros
ser espíritus Sí. Nunca hacer daño ni lastimar.” Sanapa hablaba raro pero yo le
entendía. Mi tío, mamando gallo, a veces hablaba así. Le pregunté: ¿Qué es un
espíritu Sí? Él respondió que lo contrario a un espíritu Nó. Dámaso se dio
cuenta que yo no había entendido. Me explicó que en el lenguaje de ellos,
el Sí y el Nó reemplazaban a muchas
palabras. Añadió que un espíritu Sí era un espíritu bueno. Y que un espíritu
Nó, era un espíritu malo. Después me tomó tiempo entender y hablar con ellos
ese modo de lenguaje. Creo que la mejor forma de entenderlo es asumiendo que
Sí, quiere decir positivo, verdadero, bueno, adecuado, logrado y un sinnúmero
de palabras de resultados buenos o positivos. La palabra Nó, debe interpretarse
como todo lo contrario de Sí. Sin embargo, para facilitar el entendimiento de
esta historia, traduciré y reemplazaré el uso de esas palabras con las mías.
Otro detalle que me
parecía raro, cuando empecé a hablar con ellos, era que de alguna manera lo que
hablábamos me parecía que lo estuviera soñando.
Esa tarde ellos me
aclararon, totalmente, que eran espíritus de hombres muertos y que querían ser
buenos amigos míos. Yo les respondí que si ellos eran buenos conmigo, a mí no
me importaba que estuvieran muertos. Esa fue una decisión rápida, pero
acertada, pues mis dos amigos muertos resultaron ser mucho más buenos amigos
que mis posteriores amigos vivos. Ese día me arreglaron con palabras Sí, para
que mientras yo fuera niño no le contara a nadie de mi amistad con ellos; este
asunto es difícil explicarlo, la forma que usaron fue espíritu virtuosa y eso
se graba en la mente pero el modo no es compatible con palabras normales.
En ese tiempo, la
situación en la casa de mi abuelo era complicada. Mi abuela, prácticamente,
estaba loca. Ella en esos días había ido a Dosbokas a buscar a los
‘chirrincheros’, unos funcionarios del gobierno departamental que andaban a
caballo y se paraban en las lomas a oler el viento, tratando de descubrir los
cultivos clandestinos de tabaco y las destiladoras ilegales de ron ‘chirrinche’.
Por suerte, la ‘vieja loca’,
ese día no pudo convencer a los chirrincheros de que mi abuelo, en un rincón de
su finquita, tenía un sembrado de tabaco. Pero les había dicho la verdad y en
esa época cultivar tabaco era un delito que daba cárcel; y mi abuelo lo hacía
porque era con lo único que ganaba algo de platica, pero él era un señor que
tenía fama de honrado y se mantenía muy nervioso por ese riesgo y molesto por
los problemas que le causaba mi abuela con sus locuras.
Mi mamá, en el último
parto había quedado muy mal de salud. Tenía paludismo. Y mi papá, desde que
ellos se separaron, nunca nos ayudó; a ella le tocaba trabajar con dureza en la
finquita de mi abuelo y vender cosas para emparapetar los gastos de nosotros.
Además, mi hermano menor era muy enfermizo y con frecuencia la hacía
trasnochar.
Ese año, cuando empezó el
invierno, mi mamá y mi abuelo hicieron a medias un cultivo de arroz. En la
región había mucho yolofo, unos pájaros que arrancaban y se comían el arroz recién
sembrado, por lo que era necesario pajarearlo hasta que estuviera grandecito.
Me pusieron a pajarear el
arroz. Ese trabajo era, todos los días, desde antes de amanecer hasta que
oscurecía. Entonces no me quedaba tiempo para ir a la poza de la Ceiba, y por eso duré varios
días sin ver a mis amigos espíritus.
Ellos no llegaban a la
casa porque los perros los veían y aullaban y los pavos se espantaban y mi
abuelo gritaba groserías para que los animales se callaran. Para mis amigos
espíritus, las groserías eran palabras Nó, y con decirlas los hacían retirar.
Mi amistad con ellos iba
muy bien, me estaban enseñando muchas cosas. El problema para vernos era que
tenía que ser en la sombra, porque ellos no soportaban el más mínimo rayo de
sol. De noche, yo no salía de la casa porque les tenía mucho miedo a las
culebras debido a que una mapaná, una noche, había matado con su mordedura a
una niña que estaba jugando con mis hermanos. La niña se llamaba Teresa, un tío
de ella era amigo de mi familia y llevaba a su sobrina para que jugara con
nosotros. Esa vez era casi de noche cuando la niña, jugando al escondido con
mis hermanos, se escondió en el pie de un palo de coco, allí estaba la culebra
y la mordió. La culebra se escapó y la
niña murió esa misma noche.
En el cultivo de arroz, mi
abuelo hizo una enramada de palmas para protegernos del sol y la lluvia.
Estando yo de pajarero, una tarde cayó un aguacero con sueste y truenera.
Después siguió una llovizna y una oscurana que parecía que fuera casi de noche.
Cuando empezó la tempestad, yo me subí a una mesa de palos que había en la
enramada, me acosté en ella y me tapé de pies a cabeza con palmas y con unos
trapos viejos que había llevado mi abuelo para hacer un espantapájaros.
El sueste, con remolinos
de viento, le sacó varias palmas a la enramada y se llevó casi todas las que yo
tenía encima, pero no me mojé. Los truenos no duraron todo el aguacero, pero
hacían temblar la tierra y me asustaron mucho. En toda mi vida nunca pude
vencer el miedo a los truenos. Esa tarde dejó de tronar y siguió lloviendo
duro. Yo sabía que mientras estuviera lloviendo, los pájaros no le podían hacer
daño al cultivo de arroz. Seguí acostado, tapado con las palmas, y de vez en
cuando sacaba la cabeza y daba un vistazo para ver como iba el aguacero. Luego, la lluvia se convirtió en llovizna, el
cielo estaba oscuro, parecía que fuera casi de noche, pero yo sabía que era
temprano. Seguí acostado, el sonido de la llovizna me hizo dar sueño; me estaba
quedando dormido y de repente abrí los ojos porque me pareció haber oído el
aleteo que hacían los pájaros cuando se espantaban; me levanté, miré el terreno
y, efectivamente, era que mis amigos, Dámaso y Sanapa, habían espantado los
pájaros. Ahora los dos estaban parados adentro de la enramada, cerca de donde
yo estaba. Cuando los vi, me puse muy contento, corrí a abrazarlos, pero mis
brazos no abrazaban nada, ellos no tenían cuerpo. Dámaso lamentaba no poder
abrazarnos, Sanapa sonreía.
Esa tarde los pájaros no
regresaron. Hablando con mis amigos, el tiempo se fue rápido. En la charla me
explicaron que los dos no pesaban nada, y me dijeron que si yo aceptaba
llevarlos en mi cuerpo, ellos podían acompañarme a todas partes a donde yo
fuera. Debido a mi corta edad y a que mi entendimiento y capacidad de analizar
las cosas eran escasos, les respondí que no sabía si podía hacer eso, que de
pronto mi mamá se fuera a dar cuenta y me pegara una pela. Dámaso sugirió que
ensayáramos poco a poco, que si había problemas los arreglábamos en armonía o
cortábamos el asunto. Sanapa me explicó que ellos no podían salir de la sombra
cuando el sol estaba caliente. Poco antes de irme para la casa, hicimos un
pequeño ensayo; los dos espíritus entraron a mi cuerpo, pero no tomaron el
dominio. Antes de despedirnos quedamos en que yo iría por la mañanita a la poza
de la Ceiba a
buscarlos.
Esa mañana, cuando fui por
ellos, los dos espíritus se comprometieron entre sí a que siempre entrarían y
saldrían juntos de mi cuerpo. No entendí el motivo de ese compromiso y no le di
mayor importancia, pero ellos lo mantuvieron por varias décadas y, mucho tiempo
después, tuve que intervenir yo para poder disolverlo.
Al comienzo, la mayor
dificultad para entendernos era el idioma. Sanapa decía muchas cosas con pocas
palabras y siempre usaba los verbos en infinitivo: yo pensar, yo esperar, tú
poder, él decir…, y también a veces ‘infinitaba’ algunas palabras que no eran
verbos; por ejemplo, cuando el día amanecía muy oscuro decía: “Hoy tiempar lluvia.”
Dámaso hablaba una mezcla de español con italiano y latín. Por mi parte, yo
hablaba español con una mezcolanza de dialecto costeño con antioqueño, ya que
mi abuelo era antioqueño y mi abuela costeña. Pero, desde el comienzo, hicimos
un ambiente de buena amistad y poco a poco nos fuimos entendiendo.
Hablábamos adentro de mi
cabeza, espiritualmente, sin voz, como cuando uno está pensando o leyendo algo
sin decir las palabras. Y así, poco a poco, nos engranamos y me fui
convirtiendo en un cuerpo con tres espíritus. Mis amigos espíritus, solos, no
podían andar a la luz del sol, pero, dentro de mi cuerpo, era como si
reencarnaran y no tenían problema de luz ni de nada.
Desde el comienzo, mi
alianza con los dos espíritus resultó simbiótica. Para mis amigos esa alianza
era como una reencarnación pues, con mi cuerpo y mis sentidos, yo les
facilitaba que pudieran ver y sentir el mundo del presente, cosa que no habían
hecho en más de cuatro siglos. En compensación, ellos, con sus poderes y
sabidurías, me cuidaban y me enseñaban. A veces, ellos me invitaban a su tiempo
pasado pero yo no me sentía preparado para ir tan lejos.
En mi casa yo era gran
trabajador y el único que no ponía problema para comer lo que hubiera. Mi
abuelo creía que yo tenía la solitaria porque comía mucho y no engordaba. Me
dio un purgante, según él, para que la botara, pero con eso lo que hizo fue
abrirme un poco más el apetito. Pasé de comerme dos, a tres totumadas de
mazamorra de maíz en el desayuno y, además, reforzaba el almuerzo y la cena.
Desde que empecé a cargar
los espíritus, mis acciones empezaron a impresionar a mi familia y a los
vecinos. Una tarde, estando yo muy peludo, mi abuelo me mandó a donde un vecino
a prestar unas tijeras para motilarme. Cuando llegué a la casa del vecino él
estaba con otro vecino suyo cortando con hacha un enorme palo de jobo, ubicado
a un lado de su casa. Para que el jobo no hiciera daño al caer, ellos lo habían
amarrado con una soga a un palo de mango, ubicado en sentido opuesto a la
inclinación del palo de jobo. Debido al reparto de las ramas y a la inclinación
del jobo, era imposible que el palo cayera en la dirección que lo tenían
amarrado. Y mientras uno de ellos le daba hacha para cortarlo, el otro con toda
la gente que vivía en la casa lo jalaban con otra soga para que cayera hacia un
lugar que habían preparado. La casa estaba al pie de una lomita y rodeada de
mucha vegetación, por lo que la brisa allí casi no se sentía. Yo llegué, saludé
y me quedé mirando el agite que había con el palo jobo. De mí ya se comentaban
cosas raras, de repente el vecino dejó de hachar y me preguntó que hacia qué
lugar creía yo que iba a caer el palo. Los dos espíritus estaban conmigo, yo
sabía que Sanapa era experto en tumbada de árboles; mirando las ramas del
enorme jobo me retiré un poco para consultarle el asunto. La respuesta que dí
les causó sorpresa a todos. Dije que por el corte inclinado que le habían hecho,
el palo iba a partir la soga que lo ataba al mango y que caería sobre el
chiquero y gran parte del pañol.
El pañol era grande y
estaba casi lleno de maíz. El chiquero estaba lleno de cerdos, la mayoría
pequeñitos. El vecino no creyó lo que yo dije, pero le hizo caso a su mujer
cuando le dijo que sacara los cerdos del chiquero. El jobo estaba casi trozado
y no caía, de repente hubo una brisa fuerte, se partió la soga que lo ataba al
mango y el palo cayó tal como yo había dicho. El pañol no quedó tan dañado,
pero el chiquero fue totalmente destruido. Sin embargo, al vecino lo único que
le importaba era que el árbol no le había dañado su casa. Estaba contento, dijo
que yo era adivino y había salvado sus cerdos, como recompensa me dio un
cerdito pero yo lo dejé. El otro vecino me dijo que el día siguiente iban a
tumbar un palo de balsa que estaba en el patio de su casa. Añadió que el palo
estaba un poco inclinado hacia su casa y que si caía en esa dirección la
destruiría.
Por la mañanita del día
siguiente, los vecinos fueron a la casa de mi abuelo a buscarme. La tarde
anterior, cuando mi abuelo me estaba motilando, yo le había contado que el
vecino había cortado el palo grande de jobo que estaba en el patio de su casa y
que había caído en el chiquero y lo había aplastado. Le había contado eso para
justificar la demora cuando fui a buscar las tijeras, pero mi costumbre era no
decir nada de lo que me ocurría. Esa mañanita, los vecinos le contaron a mi
abuelo todo lo ocurrido en la tumbada del jobo. Le aseguraron que yo tenía ‘secreto’
para hacer que la brisa tumbara los palos en la dirección que quisiera. Hablaron
con mi mamá para que me dejara ir a la casa del otro vecino, para que les
dijera cómo hacerle el corte al palo de balsa y les ayudara con la brisa, para
que el árbol no cayera encima de la casa.
Los espíritus no se
quedaban conmigo en la casa de mi abuelo. Esa mañana ellos estaban en su
escondite, en el rincón de la poza. Fui corriendo a traerlos. En esa época, las
conchas de balsa las usaban de tendido para secar arroz, café y para muchas
cosas; mi abuelo dijo que necesitaba una concha de balsa y que se iría con
nosotros para sacarla del palo que iban a tumbar los vecinos. Yo de rapidez le
había explicado el asunto a Sanapa, él me había dicho que necesitaba ver con
mis ojos el palo de balsa para poder decirme lo que había que hacer.
En la casa nos habíamos
demorado desayunando, llegamos un poco tarde a la casa del vecino, era verano y
la brisa en esa casa sí soplaba fuerte. El palo de balsa era grueso y mucho más
alto que el jobo que habían tumbado el día antes los vecinos. Estaba bastante
inclinado hacia el único cuarto que tenía la casa, y casi en sentido contrario
a su inclinación quedaba el único lugar para donde podía caer sin hacer daño. A
simple vista parecía imposible tumbarlo sin que cayera encima de la casa. Sanapa,
luego de mirar el árbol, me dijo que para que cayera hacia el lado requerido había
que tumbarlo de madrugada, cuando cambiaba de dirección la brisa, ya que en el
resto del día el viento soplaba en sentido contrario al que debía caer el palo.
Y también me dijo la forma en que debían cortar el árbol, cosa que les marqué
con tiza y les expliqué el orden en que debían hacer los cortes para que fueran
efectivos. Añadí que al palo había que tumbarlo de madrugada, que era cuando la
brisa iba a favor. Esa día, ellos en tono serio me pidieron que les ayudara con
la brisa y, autorizado por Sanapa, les respondí que contaran con ella.
En la madrugada siguiente,
los vecinos hicieron el trabajo como yo les había indicado. En el momento
justo, de repente, a favor sopló una brisa fuertísima y el enorme palo de balsa
cayó en el lugar indicado. Ellos como que quedaron muy sorprendidos con la
ayuda de la brisa, pues el mismo día que tumbaron el árbol fueron a mi casa a
darme las gracias.
En mi casa, de noche, yo
era el primero en acostarme. Me levantaba antes de amanecer; durante todo el
día cuando no estaba trabajando estaba estudiando, casi siempre aritmética.
Cuando salía a hacer alguna diligencia siempre iba con los espíritus, y
charlaba muy poco con la gente de la casa, cosa que tal vez les causaba
suspicacia, pues yo notaba que mi familia a toda hora me vigilaba.
Mi abuela, poco a poco se
agravó. Desde mucho antes no comía carne y casi no comía nada. Todo le parecía
pecado, se mantenía diciendo cosas de la Biblia, se puso flaquita y, según los
comentarios, murió de anemia. El día que ella murió, el único de la familia que
no lloró su muerte fui yo. Ella con frecuencia se enojaba conmigo y me regañaba
porque yo comía lo que fuera y, para empeorar las cosas, mis consumos eran en
cantidades que mi abuela consideraba como industriales. Y, quizá porque yo la
iba muy bien con mi abuelo, fue muy poco el trato de los dos, pero ni la quería
ni la odiaba. El día de su muerte no sentí ganas de llorar y no lloré, pero el
llanto de mi mamá me causó mucha tristeza.
Mi mamá seguía muy
enferma, pero ella siempre había estado pendiente de mi abuela y fue la que más
sintió su muerte. En ese entonces, yo estaba grandecito, le ayudaba a mi mamá
en todo lo que podía y hacía todo lo posible para que ella se aliviara. Después
del velorio, los dos rezábamos antes de yo acostarme, según ella, para que Dios
nos ayudara y se llevara a mi abuela para el cielo.
Mis amigos espíritus no
mostraban interés ni preocupación en los problemas o necesidades mías; eran mis
buenos maestros y me protegían pero por sí mismos no me hacían ninguna ayuda
material. Cuando estaban por fuera de mi cuerpo, me parecía que no tenían uso
de razón ni sentimientos y que eran inmutables. Mientras yo fui niño, ellos
nunca me hablaron del tesoro y, como ni siquiera tenían cuerpo, yo creía que no
poseían cosa material que pudieran dar.
Por mucho tiempo, las
enfermedades fueron en mi casa una mina de gastos. Todo se iba en remedios,
casi no teníamos ropa ni calzado. Mi tía Josefa con frecuencia decía que nos habían
salado, y un día trajo a la casa a una señora para que sacara la brujería que
creía que nos habían echado. La señora llegaba a Dosbokas casi todos los
veranos, era conocida como La
Gitana, y se las daba de ser especialista en curar maleficios.
Ese día, cuando llegó La Gitana,
yo no estaba en la casa. Según los relatos que luego hizo mi familia, La Gitana ese día desenterró
varias cosas raras del patio de la casa. Además, debajo de un nido de gallinas
encontró un cinturón que se le había perdido a mi abuelo hacía mucho tiempo. Lo
raro del asunto era que el cinturón tenía señas de haber sido usado por una
persona más delgada que mi abuelo y ninguno de los de la casa dio la talla en
el hoyo usado que marcaba la hebilla en la correa. Ese detalle me causó
curiosidad; después, en secreto seguí investigando el asunto y descubrí que mi
difunta abuela sí daba la talla que marcaba la hebilla en el cinturón. No
revelé el descubrimiento pero quedé convencido de que ella, por su locura,
había sido la responsable de la pérdida de la correa de mi abuelo.
En ese tiempo mi tía
estaba muy preocupada porque tenía un novio y creía que, si la casa estaba
salada, se le podían salar sus amores. Hablando de ese asunto, La Gitana le dijo que ella era
experta en asegurar novios; que le podía garantizar ese ‘trabajo’, pero que era
un poco costoso porque había que mojarle todo el cuerpo con agua de alhucema,
mezclada con secretos y otras cosas que eran caras.
Todo el capital económico
de mi tía eran dos gallinas que había creado y un cerdito que le había regalado
su novio. Con las dos gallinas le pagó ese día a La Gitana la supuesta limpiada
de brujería de la casa. El trabajo de asegurada del novio lo aplazaron para el
martes de la semana siguiente. Lo mínimo que aceptó La Gitana por hacer ese trabajo
fue el cerdito de mi tía y una docena de huevos; en ese precio se pusieron de
acuerdo por adelantado, antes de ella irse para su posada en Dosbokas.
El martes convenido, La Gitana llegó temprano a la
casa. Llevaba puesto un vestido rojo, desteñido, tan largo que le tapaba los
pies, y calzaba unos zapatos altísimos que le evitaban pisar el vestido. En una
mano cargaba un paraguas negro, desteñido también, y en la otra una bolsa
morada, brillante.
Cuando ella llegó yo
estaba sentado en un banquito, casi terminando el último plato de mazamorra de
mi desayuno de ese día. Después del saludo, La Gitana puso el paraguas y
la bolsa en una mesa de madera que había en una parte de la casa que no estaba
cercada y que en la práctica era la sala; luego, con sus manos encogió su
vestido y se sentó en un taburete de cuero sin pelar. Mi tía se sentó a su
lado. Hablando acerca de la asegurada del novio, La Gitana le explicó a mi tía que
era necesario hacer que su novio se tragara tres pelos de ella. Los tres pelos
debían ser, según La Gitana,
uno de la cabeza, uno de la crica y uno del dedo del corazón de su pie derecho.
Mi tía miró el dedo del corazón de su pie derecho y verificó que allí no le
había salido ningún pelo. Un poco decepcionada, mirando a La Gitana dijo: “Con el pelo
de la cabeza no hay problema porque tengo bastante. Con el de la crica tampoco,
ahí me sobran. Pero el pelo del dedo del corazón del pie derecho no es posible
porque lo tengo más pelado que una botella. Ese tendré que reemplazarlo con uno
del culo, que es la única otra parte del cuerpo donde me salen pelos.” La Gitana, al oír eso, soltó
una carcajada que le duró un buen rato. Después le explicó que el pelo de la
cabeza era para asegurar el espíritu de su novio; el de la crica, dijo ella,
era para amañarlo; y el del dedo del pie, para asegurarlo que no pudiera irse.
Poco después, las dos se encerraron en el cuarto de mi tía, y allí quedaron
cuando yo me fui con mi abuelo a cortar hojas de tabaco.
Por la tarde, cuando mi
abuelo y yo regresamos, La Gitana
se había ido. Mi tío Daniel, por la docena de huevos que ella había recibido,
le llevó el cerdito a Dosbokas. Pocos días después el cerdito se le escapó a La Gitana y regresó a la casa.
Mi tío se lo robó y lo vendió en Montería. Un tiempo después, el novio de mi
tía se la llevó por varios días, luego regresó con ella, la dejó en la casa y
se fue para siempre. En la casa siguieron los problemas, la situación de
pobreza siguió lo mismo, el trabajo de La Gitana fue inútil.
Mi familia, internamente,
era conflictiva; yo era el más calmado y hacía todo lo posible de hacer mis
‘cosas raras’ sin llamar la atención de la gente. Esa era una de las tantas
enseñanzas que me daban Dámaso y Sanapa, que ya para esa época de día andaban
conmigo para todas partes, y nunca llegaban a la casa. Pero, por asuntos ajenos
a mi voluntad, no siempre podía ocultar mis cosas raras;
una tarde, mi mamá me
mandó a buscar agua en un burro. Era verano, el agua para beber había que ir a
buscarla a una ciénaga que quedaba retirada de la casa.
En esa época los muchachos
peleaban a las trompadas por simple diversión. Yo nunca participaba en peleas,
ni siquiera las veía, Sanapa en varias ocasiones me había dicho que pelear era Nó,
lo cual se traducía en negativo o no conveniente.
Esa tarde, cuando llegué a
la ciénaga, encontré un grupo de muchachos bañándose y jugando en una represa
que estaba al lado de esa ciénaga. Cuando ellos me vieron llegar, se salieron
del agua y empezaron a molestarme. Todos me conocían pero yo no era amigo de
ninguno de ellos. El muchacho mayor del grupo se llamaba Pedro y era casi un
hombre; cuando yo empecé a llenar los tanques, él se acercó y dijo: “Rejugao,
tienes que darte trompadas con alguno de nosotros; escoge uno que esté parejo
contigo para que te des puños con él.”
Por instrucciones de
Dámaso le respondí que yo no quería pelear con ninguno de ellos, que era mejor
que siguieran jugando en el agua. Pedro, burlándose, dijo que yo no era gallo
sino gallina. Todos se rieron, entonces el grandulón llamó a un muchacho que por
apodo le decían ‘el Pipe’, que estaba parejo conmigo y que era el único que se
había quedado en el agua, nadando. El muchacho no quería salir, pero todos le
insistieron que viniera y, cuando se acercó, el grandulón le dijo que peleara
conmigo. ‘El Pipe’, bastante indeciso, me preguntó sí quería darme puños con
él. Yo le respondí que no quería pelear, y que ninguno de ellos aguantaba una
trompada mía. Pedro le dijo a ‘el Pipe’ que me cogiera la barba, cosa que en
ese tiempo se consideraba humillante. ‘El Pipe’ no le obedeció, le respondió
que él tampoco quería pelear conmigo. Pedro insultó a ‘el Pipe’, le dijo que él
también era gallina. ‘El Pipe’ se enojó, le respondió que más gallina era él y
que si quería ya mismo se daban trompadas. Pedro se quitó una franela que tenía
puesta y le pidió a sus compañeros que hicieran un ruedo. Cuando estuvo listo
el ruedo, Pedro se paró en el centro y le dijo a ‘el Pipe’ que viniera, que le
iba a poner la mano donde su mamá le había puesto la teta.
‘El Pipe’ estaba mucho más
pequeño que pedro y se había ubicado al lado mío, afuera del ruedo y bastante
temeroso. Haciendo alarde de bravura Pedro dijo: “Si no vienen acá las dos
gallinitas, voy y las levanto a trompadas allá mismo donde están cagadas de
miedo.” Dámaso me indicó que le tocara la mano a ‘el Pipe’ y le dijera que
peleara. Yo levanté un poco su mano derecha y le dije que tumbara a Pedro con
una trompada. ‘El Pipe’, en forma automática, fue al centro del ruedo y le dio
una tremenda trompada en la quijada a Pedro. El golpe fue tan fuerte que
levantó al grandulón y lo tiró encima de dos de sus compañeros que estaban
haciendo el ruedo. Los tres cayeron y los demás se fueron corriendo para la
casa de una señora, llamada Tomasa, que vivía cerca de la ciénaga. Luego, ‘el
Pipe’ y los dos muchachos que habían caído ayudaron a Pedro a levantarse; después,
los cuatro, incluido ‘el Pipe’, se fueron corriendo atrás de sus compañeros.
En ese pleito, sólo
intervino Dámaso. Sanapa quería que yo me desocupara rápido, para que le
permitiera mirar la ciénaga. Además, él estaba pendiente de la pelea y sabía que
no era necesario que participara en ella. Todavía no estábamos prácticos en el
manejo de mis sentidos, para poder ver los tres teníamos que mirar por turnitos
intermitentes. A Sanapa le dio mucha risa cuando los muchachos se fueron corriendo
y, para divertirse más, provocó un brisazo que tumbó muchas cosas de los
árboles de la ciénaga y levantó por el aire varias palmas de unas matas de
corozo e hizo que se espantaran unas palomas guarumeras, que con el aleteo de
la salida hicieron un gran estruendo y aumentaron el susto y el afán de los
muchachos. Riéndose, Sanapa dijo: “Pedro sí ir cagado de miedo.”
La señora Tomasa, la
vecina de la ciénaga, no andaba con rodeos para decir las cosas. Esa tarde,
supe yo después, cuando los muchachos llegaron asustados a su casa y le
contaron los detalles de la pelea y de la furiosa borrasca que espantó las
palomas, ella les dijo que deberían sentirse agradecidos de estar vivos, y con
mayor razón Pedro que había sido el causante de la pelea y que sólo tenía
hinchada y torcida la quijada. Añadió que ella había oído decir que yo sabía
muchos secretos, que entre otras cosas podía manejar el viento y con él hacer
caer los palos para el lado que me diera la gana; y que los pájaros no llegaban
al cultivo donde yo estuviera pajareando. Y explicó que, según rumores, los
perros en vez de ladrar aullaban cuando yo iba llegando a las casas de sus
dueños. ‘El Pipe’ estaba muy asustado y decía que no recordaba haberle pegado a
Pedro, lo cual le ponía más misterio al asunto.
Entre los muchachos que
estaban en la ciénaga había un hijo de la señora Tomasa. Esa tarde ella le
aconsejó a su hijo que de ahora en adelante se apartara bien lejos de donde viera
a ese muchacho ‘empautado’. Los demás muchachos dijeron que ellos también
tomarían ese consejo. No obstante a que yo aún era casi un niño, desde entonces,
la gente de la región empezó a tratarme de lejitos, como fiera peligrosa.”
El relato anterior hace
parte de la novela, basada en hechos reales, EL TESORO DE DOSBOKAS, una obra
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