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viernes, 12 de octubre de 2012

LA HOJA DE VIDA DE LAS INJUSTICIAS DE MI PAÍS



Colombia, además de tener la guerrilla más antigua del mundo, conserva el colonialismo eclesiástico más viejo de América, y quizá es el único país en el que, cuando uno nace, las oportunidades ya están repartidas.
En este país, sin importar el talento o la capacitación individual que se tenga, tanto en el gobierno como en la empresa privada los altos cargos son para las elites sociales. Aquí hay un grupo de familias que tienen monopolizados los puestos importantes de la presidencia de la república, de los ministerios públicos, de las altas cortes, de los generales y altos grados de la fuerza pública, las gobernaciones, las alcaldías y los contratos de obras importantes en el gobierno. Y, en la empresa privada, unas pocas familias tienen monopolizados los bancos, la tv y los medios de comunicación, las fábricas de cerveza, azúcar, cemento, gaseosas y refrescos, en fin; todo lo que sea mayormente rentable está monopolizado por un pequeño grupo de multimillonarios.
Según numerosos datos estadísticos, el 10% de los habitantes de este país posee más de 90% de la riqueza de esta nación y éstos son quienes dirigen, gobiernan y determinan lo que puede y debe hacer al resto de la población.
Si analizamos a afondo la historia de esta nación, es fácil darnos cuenta que el manejo de este país no ha cambiado mucho desde que llegaron los españoles: la Iglesia sigue sometiendo de conciencia a esta población; la gran mayoría de jueces y gobernantes, si no son gente de la élite, son títeres de la oligarquía, tal como aquí lo establecieron España y la Iglesia desde el comienzo de la invasión europea; y, por sobre todo, vemos que en la justicia colombiana se aplica la ley del embudo a favor de las élites sociales, que es una vieja fórmula europea con la que siempre ganan las oligarquías, en detrimento de la población pobre.
Colombia es una nación que su naturaleza produce una enorme riqueza y, si hubiera un reparto equitativo de las utilidades que produce este país, hasta la población más pobre podría vivir al menos en condiciones dignas, pero, por las reglas amañadas de ese mal reparto, en este país los ricos se apoderan de todas las riquezas nacionales y por eso cada día éstos son más ricos y más poderoso, mientras que los pobres son cada vez más pobres y más indefensos, lo cual es un vicio social crónico que en resumido explicaré en esta Entrada.
Los primeros líderes políticos de este país heredaron el vicio eclesiástico de ser gobernantes, terratenientes y bandidos. Tan pronto pudieron se apropiaron de las mejores tierras y poco a poco fueron monopolizando las actividades más rentables, que al comienzo fueron la minería, la ganadería, la caña de azúcar y el tabaco, entre otras.
Quizá el ejemplo más directo de cómo han funcionado nuestros monopolios los tiene el departamento de Córdoba, una hermosa y rica llanura a los lados de los ríos Sinú y San Jorge en la que están gran parte de las tierras más fértiles de este país y donde poseen enormes haciendas, fincas y balnearios los terratenientes más ricos de esta nación.
Córdoba es un enorme territorio, rico en agricultura y ganadería, que se independizó como departamento a mediados del siglo pasado. Pero esa independencia departamental sólo benefició a unas pocas familias de terratenientes que se hicieron dueñas del manejo del nuevo departamento y empezaron a administrarlo como si fuera una de sus haciendas pero mucho más rentable que el campo, cosa que, entre esas familias, para no perder ninguno de los chorros de riquezas que generaba, produjo endogamia, es decir, que los miembros de esas familias se casaban sólo entre ellos para no perder el gobierno de ninguna de las dependencias del departamento. Y todavía, mientras la población rasa de este departamento está entre la gente menos favorecida de esta nación, unas pocas familias poseen casi todas sus mejores tierras, se apoderan de las regalías económicas, o sea de las utilidades públicas o naturales que deberían repartirse entre todos, y eligen o manejan a su antojo las autoridades y las oficinas gubernamentales de Córdoba.
En Colombia, la causa del surgimiento guerrillero fue la injusticia social campesina. Cuando en este país surgió el primer movimiento guerrillero, esta nación dependía casi de su agricultura y unos pocos terratenientes tenían casi esclavizada a la población campesina. Por las injusticias sociales con los campesinos fue que surgieron las FARC, la organización guerrillera más antigua del mundo, y por otras injusticias sociales se organizaron otros movimientos guerrilleros, entre estos el Ejército de Liberación Nacional, ELN, que aún existe, y otros que han desaparecido.
Las organizaciones guerrilleras, poco a poco fueron tomando fuerza hasta que, por sus secuestros y extorciones, se convirtieron en un gran problema para la clase dominante, e inclusive para los mismos campesinos y para la gente del común que, por efectos colaterales, en muchos casos resultó hasta más perjudicada que los involucrados en el conflicto, como, entre las tantas injusticias internas que generaron, lo fueron los secuestros o asesinatos de miembros de la Fuerza Pública y el fusilamiento interno de guerrilleros, individuos estos que no eran determinantes de ninguna injusticia social sino víctimas rasas de las injusticias elitistas que el movimiento guerrillero combatía.
Las Autodefensas Campesinas de Colombia, AUC, surgieron de un acuerdo entre militares, terratenientes, empresarios y numerosas entidades gubernamentales, y fueron formadas con el propósito de derrotar a la entonces casi invencible guerrilla que en esa época ya carecía de sensibilidad humana y, para hacerse sentir, con pipetas de gas atacaba y masacraba pueblos humildes indefensos, a la vez que con acciones terroristas aislaba territorios y cometía indiscriminadamente toda clase de asesinatos.
Los desproporcionados delitos y abusos de las FARC le abrieron apoyo popular a las AUC, y, en poco tiempo, mediante un enorme apoyo militar, gubernamental y empresarial casi que consiguen su objetivo bélico, pero perdieron el control de sus acciones y se convirtieron en la organización narco criminal más poderosa de este continente y provocaron el mayor desplazamiento de campesinos del mundo moderno.
En el mundo entero, mucha gente ha oído hablar de los desplazamientos de campesinos que provocaron los paramilitares, pero son pocas las personas que saben cómo fue que ocurrió ese fenómeno, y creo que vale la pena contarles cómo fue que se ejecutaron esas injusticias. En resumen, las cosas ocurrieron así:
Con el apoyo de varios comandantes militares y con el aporte económico de numerosos finqueros, quienes a la vez eran dirigentes políticos y empresarios, se inició la creación de un grupo armado, cuya misión era defender a sus patrones, a la vez que apoyar a los militares en contra de la guerrilla. El grupo armado, además de criminales expertos, en sus filas contenía gente nativa de cada lugar de donde actuaba, a la que le quedaba fácil identificar a los forasteros, así como a los miembros de la guerrilla y a quienes la apoyaban, y, por eso, desde su inicio este grupo era mucho más eficiente que el ejército en la persecución y eliminación guerrillera.
Los desde entonces llamados ‘Paracos’ no detenían a los guerrilleros sino que sus numerosos grupos de sicarios los buscaban y los asesinaban en el lugar donde los encontraran, y, además, cuando sus tropas no eran suficientes para atacar a una base grande de la guerrilla, contaban con el apoyo militar del ejército nacional, por lo cual las victorias paramilitares fueron contundentes, seguidas y numerosas.
Cuando las AUC eliminaron o desplazaron a la guerrilla del territorio nacional de los terratenientes, los ‘patrones’ de los paramilitares se convirtieron en la única autoridad territorial del área disputada, y, a nivel  nacional, los jefes de los ‘paracos’ se convirtieron en jefes de las dependencias del gobierno; entre otras cosas, en gran parte de Colombia ellos decidían quién podía ser candidato al congreso, a las gobernaciones, asambleas, concejos; nombraban a dedo a los rectores de las universidades, controlaban los tribunales de justicia, los contratos de obras públicas, en fin; los jefes de los ‘paracos’ se tomaron como propias y manejaban y negociaban a su antojo las entidades gubernamentales, cosa que es una copia exacta del viejo modo de gobierno eclesiástico.
Rodeadas por las enormes haciendas de los terratenientes, siempre ha habido pequeñas parcelas de gente pobre que jamás quiso venderlas, y varios caseríos que habían surgido de predios pequeños, lugares que para los terratenientes eran lunares incómodos pero que nunca había sido posible eliminar.
Cuando las AUC eliminaron o desplazaron a la guerrilla, los ‘patrones’, que ya eran la única ley territorial, utilizaron a su grupo armado para apropiarse de las parcelas y acabar con los, para ellos, incómodos caseríos. El modo que usaron fue muy sencillo; un grupo numeroso de hombres armados llegaba a las parcelas y les informaba a sus dueños que tenían una semana para vender sus propiedades o si no que se atuvieran a las consecuencias.
Esas amenazas, igual que las de los inquisidores eclesiásticos, eran en serio y fueron las que produjeron el enorme desplazamiento de campesinos, pues, si se quería conservar la vida, había que firmar lo que ellos quisieran y aceptar el irrisorio precio que pagaban por las ancestrales parcelas e irse bien lejos de esos lugares, y no hacer demanda porque hacerla era firmar la pena de muerte. Y para eliminar los caseríos hacían una masacre y quemaban las casas; y cuando se trataba de poblaciones grandes, para apoderarse de sus negocios, mataban a los comerciantes más importantes y, si les era necesario, a los líderes locales, para apoderarse ellos de todo el manejo de la población, y también asesinaban a los distribuidores de narcóticos, para reemplazarlos con sus propios vendedores.
La Iglesia siempre es aliada del lado vencedor, en este caso no fue la excepción, el obispo de Montería ignoró el clamor y el sufrimiento de los campesinos desplazados, apoyó las acciones de los paramilitares y, por la actitud de monseñor Vidal, los eclesiásticos fueron los únicos que resultaron ilesos en este conflicto. Ahora, la guerra interna está en un proceso de mutación, y nadie sabe si se darán las condiciones sociales para que se acabe o si las causas de siempre la reactivarán con más dureza.
En la actualidad, en Colombia hay tres grandes carteles que manejan la Justicia. El cartel más importante lo ejerce el gobierno, siempre aplicando la justicia con la mencionada ley del embudo; y en gran parte de la nación, un segundo y poderoso cartel de Justicia es manejado por un grupo de narco terroristas, que surgió de las estructuras paramilitares pero que ahora, en algunos lugares, es aliado de las guerrillas, es decir, de sus antiguos enemigos militares, y que ejerce la justicia al antiguo modo eclesiástico, o sea matando y apoderándose de lo dejado por el muerto. El tercer cartel de la justicia colombiana lo manejan los grupos guerrilleros, con una aplicación de justicia al viejo modo leninista, o sea que el pueblo es del Estado y sus líderes, a perpetuidad, además de la ley son amos y señores de todas las cosas.
El modo como se ejerce la Justicia en Colombia es la causa para que en este país haya la mayor desigualdad social de América. Estamos en un proceso de paz, pero, sin corregir los males que han generado este conflicto, es imposible una paz verdadera en esta nación, es decir: para que podamos tener paz, es indispensable que las élites sociales de esta nación cambien su actitud en lo social y en el ejercicio de la Justicia, cosa que, si ocurriera, nos beneficiaría a todos los colombianos.
Hace poco, por la presión interna de la Corte, renunció el magistrado Ivan Velázquez, el funcionario que investigaba a un numeroso grupo de congresistas corruptos y quien le dijo a la prensa que la fallida reforma a la justicia buscaba afectar los procesos que hay en contra de altos funcionarios y políticos nacionales, y que las estructuras criminales que hay en el país en las que los congresistas son solo uno de los engranajes, siguen intactas. Eso quiere decir que nuestra justicia está manejada por una mafia que aplica la ley del embudo y que con las cosas así será imposible que en nuestro país haya la paz que todos anhelamos que surja de los pactos con la FARC.
Muchos que no entienden de este asunto se preguntarán: ¿Y cómo debería ser la justicia en este país para que hubiera paz?
Esa respuesta la dio el escritor José Saramago en un congreso de Derechos Humanos y Justicia, cuya parte esencial transcribo a continuación:
“Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fallecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abrió la puerta y un campesino apareció en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. “El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana”, fue la respuesta del campesino. “Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?”, replicaron los vecinos, y el campesino respondió: “Nadie que tuviese nombre y materia de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta”.
¿Qué había sucedido? Estaba ocurriendo que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido...
No se sabe lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo… Pero ésta no ha sido la última vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Por resignación de los maltratados, quizá nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido en la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo o en el que lean este escrito, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial. No la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza; tampoco la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.”
Con la anterior ilustración, es fácil entender que una Justicia imparcial, en vez de la ley del embudo, es lo que más necesitamos los colombianos para poder vivir en paz.
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correos electrónicos del autor edaloes1239@yahoo.es y edaloes1239@hotmail.com

2 comentarios:

  1. Eduardo David:Colombia nos ha dado nada menos que un GABRIEL GARCIA MARQUEZ.Un NADIN OSPINA y tantos otros grandes ARTISTAS de nuestra América, reconocidos a nivel mundial.No es por casualidad que ellos han nacido en esa bella, bellísima tierra.Nombro Colombia y se me cruzan los aromas de café, de flores hondamente perfumadas, que son una identidad colombiana.Mas allá de cuanto tu señalas, tienes la gloria de vivir en una tierra privilegiada por su música y su gente. Cordiales saludos.

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  2. Cordial saludo Beatriz Basenji.
    Lo cierto es que casi toda la población colombiana es gente buena y servicial y que son unas pocas 'ovejas negras' las que dañan la calidad de vida y la imagen de nuestro país.

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