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CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS





 

 

         CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS.

 

 

                              Obra de contenido histórico

 

              Eduardo David López Espinosa

 

                       

 

 

                                        INDICE

 

Memorial de pensamiento -------------------------------------------  página 2

Introducción------------------------------------------------------------  página 3

Las Monarquías--------------------------------------------------------  página 4

OCTAVIO--------------------------------------------------------------  página 7

TIBERIO----------------------------------------------------------------página 11

CALÍGULA-------------------------------------------------------------página 13

CLAUDIO---------------------------------------------------------------página 16

NERÓN------------------------------------------------------------------página 19

La Religión--------------------------------------------------------------página 26

Historia de la Iglesia y biografía de los papas----------------------página 35

La Religión musulmana----------------------------------------------página 155

Resumen y conclusiones---------------------------------------------página 170

NOTA IMPORTANTE-----------------------------------------------página 181

 

Nota: Debido a la variedad de formatos, puede haber diferencia en el orden de numeración de páginas, pero el de los temas es el mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                           MEMORIAL DE PENSAMIENTO.

Nunca pude digerir mentalmente los relatos de los evangelios que aseguran que Dios embarazó a una mujer y que ésta tuvo un hijo humano que luego se convirtió en un ser divino tan dios como el mismísimo Creador del universo. Por eso, con muchas dificultades investigué a fondo ese asunto, en cuyas acciones leí las biografías y las historias de todos los papas y antipapas que existieron y en detalle todo el trascurrir histórico de la Iglesia, y sin que me quedara duda pude constatar que la ‘endiosada’ de Jesús fue una farsa inventada y aplicada con engaños y con toda clase de crueldades por la antigua oligarquía romana para someter y ordeñar económicamente a la humanidad. Y, luego de verificar la farsa religiosa de la religión cristiana, se me hizo insoportable el no hacer todo lo posible para develar ese engaño y contribuir a que la humanidad sepa la verdad histórica de los delitos y engaños que entraña esta religión.

A estas alturas de civilización es fácil verificar ese asunto y cada quien es libre de creer o no en la farsa eclesiástica de que Dios tuvo un hijo con una mujer y que ese supuesto descendiente divino-humano es tan dios como el mismísimo Creador, pero la realidad histórica es que ese hijo humano del Creador jamás existió, sino que esa endiosada es la mayor calumnia que hizo para su provecho la antigua y perversa oligarquía romana. Y, por haber sido así las cosas, la Iglesia está en la obligación moral de reconocer la autoría ancestral de esa farsa, aclarar ese asunto y pedirle perdón a Dios por haberle calumniado y a la humanidad por haber usado de herramienta política la fe religiosa para someterla, esclavizarla y, mediante poderes ilegítimos, dictar leyes amañadas para legalizar robos y saqueos con los que se convirtió en la entidad más rica y más poderosa del mundo, sin haberle importado en su propósito perverso cometer toda clase de injusticias y millones de veces todas las maldades y todos los delitos humanos que existen.

Por lo demás, conviene aclarar que los evangelios no son relatos de hechos históricos, como siempre ha pretendido hacerle creer la Iglesia a la gente, sino un contenido de farsas religiosas que ni la misma Iglesia sabe realmente quienes fueron sus autores. Como prueba de esta explicación está el hecho de que en el Concilio Vaticano II, la Iglesia reconoció que no sabe realmente quienes fueron los autores de los evangelios. Y algún día, cuando su fin esté cerca, a la mal llamada Santa Iglesia no le quedará otra alternativa que reconocer su calumnia y sus delitos y, por la presión de la gente, pedirle perdón a la humanidad por los tantos males que le ha causado.

Desde tiempos remotos, el propósito de las farsas religiosas siempre ha sido el de usar, con mentiras y sin tales asignaciones de Dios, la representación divina del Creador y el chantaje Diabólico para el sometimiento humano y el lucro económico y político de las élites que manejan los imperios religiosos. Para prueba de esta afirmación, con total soporte histórico, en esta obra podrá ver que los delincuentes más criminales de la humanidad fueron pontífice de la Iglesia o califas del Islam; y que los intereses económicos y las ambiciones personales siempre han estado por encima de la vocación religiosa, entre otros, de los papas cristianos y de los califas musulmanes.

Es lamentable que, para beneficiarse de poderes y riquezas, las perversas monarquías religiosas hayan cometido tantas crueldades y engañado a tanta humanidad. Y por eso es conveniente que la gente y en especial los religiosos radicales lean la propia historia de su religión y no crean a ciegas todo lo que dicen los mal llamados libros sagrados. En el supuesto de que no crean lo que dice esta obra, ahora es fácil verificarlo por Internet.

CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS

 

                             EDUARDO DAVID LÓPEZ ESPINOSA

 

                                               INTRODUCCIÓN

En esta obra se demuestra que, ciertamente, de Dios y del Diablo los humanos no hemos logrado saber nada. Y también se demuestra que la muerte de Jesús, si existió, fue por asuntos económicos y no religiosos; que la religión musulmana no nació de una recomendación divina hecha al profeta Mahoma sino de una estrategia político-militar para robar territorios y enfrentar el poderío político y militar que había alcanzado el cristianismo; que las guerras cruzadas entre musulmanes y cristianos no fueron por asuntos religiosos sino para robar tierras, saquear pueblos y ciudades y esclavizar sus habitantes; que emperadores y políticos perversos romanos, porque no pudieron acabar con el creciente movimiento religioso cristiano, se volvieron ellos papas cristianos perversos; y que, en realidad, en términos generales, las divinidades de esas religiones han sido una gran farsa, pues, como veremos en este recorrido histórico, sus inventores lo que realmente buscaban con ellas era obtener riquezas y poderes. Y, si nos atenemos a la lógica de que “de tal palo tal astilla”, no podremos asumir como cosa de inspiración divina los escritos religiosos, pues, por las historias que veremos, es fácil deducir que muchos de ellos fueron concebidos por personas que eran mucho más delincuentes que religiosas. Además, en el recorrido de esta obra veremos que los monarcas y las noblezas han tenido comportamientos y costumbres nada nobles. También veremos que la mayoría de las monarquías, los jefes religiosos católicos y los jefes musulmanes han sido gente de la misma calaña y con los mismos propósitos; y que esos propósitos fueron y siguen siendo mantener a la gente confundida mediante la enseñanza de creencias religiosas y político-sociales, que han sido o son astutamente elaboradas por ellos y que dan como resultado el sometimiento de la sociedad humana a los intereses particulares de esas monarquías.

Aquí se hace un seguimiento histórico biográfico del comportamiento y propósitos de cada una de esas organizaciones, y, haciendo comparaciones, podremos ver claramente que casi no hubo diferencia entre los procedimientos y propósitos de los jefes religiosos católicos, los jefes musulmanes y las monarquías perversas, esclavistas y asesinas que por tantos siglos han azotado a la humanidad.

Esas y otras cosas se explican en esta obra, lograda al cruzar y unir información tomada de numerosos textos religiosos, entre otros la Biblia, el Corán, la Torá, el Avesta y del contenido de muchos hechos históricos, narrados por un gran número de historiadores o

escritores, entre otros; Plinio el viejo, Fabio Rustico, Tabari Hadith, Plutarco, Cluvio Rufo, Heródoto, Plinio el nuevo, Séneca, Suetonio, Dion Casio, Tácito, Marco Lucano, Filón, Josefo, Epicteto, Bárbara Levíck, Liutprando de Cremona, Tito Livio, Eginardo, Lutero, Al-Tabari, Flavio Josefo y muchos otros que vivieron después y que sus datos de algún modo se salvaron de ser destruidos por las órdenes religiosas; en resumen: Esta es la historia de los crímenes y delitos de los papas, de los califas musulmanes y de numerosos monarcas.

Cabe explicar que entre algunos historiadores hay varias contrariedades, y que por eso no se incluyeron en esta obra muchos detalles históricos importantes.

 

                                           LAS MONARQÍAS

 

La especie humana es inteligente pero, en conjunto, no ha podido aprender a manejar la inteligencia de su grupo, incluso, a estas alturas de civilización la gran mayoría de la gente ni siquiera sabe manejarse individualmente. Por eso no es raro que más de la mitad de lo que produce el trabajo de la humanidad se gaste en guerras que lo único que producen es muerte, dolor y destrucción.

Los absurdos humanos son tan viejos como la humanidad misma. Pero en esta Crónica de Farsas y Absurdos Históricos solo se abordan casos de hechos que estén registrados en algún texto histórico, es decir; de cosas que están escritas o que han ocurrido luego de ser inventada la escritura, cosa que es, sin lugar a dudas, el mejor invento humano porque es nada menos que el soporte de nuestra sabiduría.

Continuando con el asunto iniciado, si se analizan los datos existentes, se puede deducir que los absurdos humanos debieron iniciarse con incidentes pequeños y por causas salvajes o por ignorancia, y que, igual a los absurdos, las causas que los producen se han ido modernizando con la misma velocidad de la evolución humana, siendo deducible que los grandes disparates humanos hayan iniciado con el comienzo de las monarquías y que casi todos los grandes absurdos han surgido por asuntos políticos y/o religiosos.

Monarquía quiere decir ‘gobierno de uno solo’, cuyo comienzo debió resultar de victorias o liderazgos en guerras que arrojaron a una persona al dominio de una o varias comunidades, de lo cual pudo surgir el establecimiento de monarquías, modo de dominio familiar que, al ser establecido por los primeros líderes como gobierno hereditario, expuso a los Estados monárquicos a ser gobernados por personas ineptas, con resultados, en numerosas ocasiones, desastrosos en muchos sentidos.

No hay manera de saber cuándo empezaron las monarquías ni mucho menos una lista de todos los monarcas que han existido. Es casi seguro que el primer modo de gobierno que usó la humanidad fue monárquico, y se puede deducir que los primeros imperios nacían del resultado de una guerra grande y morían en otra guerra que, por lógica, debía ser más grande que la de su nacimiento. Los registros históricos concluyen que la idiosincrasia de las primeras monarquías, todo el tiempo, fue estar ampliando sus dominios mediante la toma violenta de territorios, saqueos y esclavizaciones a otros pueblos o imperios.

En toda la historia de las monarquías casi no figuran monarcas negros. Se cree que, desde el comienzo de la humanidad, casi toda ‘la negramenta’ fue esclavizada por ‘los blancos’, cosa que ellos también quisieron hacer con los indios pero éstos también eran maestros en ese asunto y rebeldes indomables; la malicia indígena, en la colonización de América, hizo que para ‘los blancos’ casi no valiera la pena esclavizarlos y por eso los asesinaban y usaban esclavos negros.

En total, desde que han  existido, no ha sido gran cosa lo que han aportado a la  ciencia los miembros de las monarquías; sus majestades más que todo se han destacado como grandes asesinos, esclavistas, perversos, oportunistas, ladrones, aduladores, vanidosos, despilfarradores, buenos para mostrar en público un comportamiento de nobleza y sabiduría que en realidad muy pocos monarcas han tenido; los que existen actualmente, aunque lo tienen todo, casi no se destacan en ninguna profesión, pues, cuando son jóvenes, además de despilfarradores, suelen ser muy flojos y malos estudiantes, cosa que con frecuencia y mucho empeño ocultan sus majestades padres. Sus enemigos históricos primero fueron otros monarcas, cuyo motivo de enemistad casi por lo general era el robo de propiedades y el sometimiento a la esclavitud; luego, ya inventada la escritura, surgieron las enemistades con algunos escritores, quienes casi siempre han sido rivales ideológicos pero que con sus escritos llegaron o llegan a causarles a los monarcas, incluso, hasta más problemas que las poderosas armas de sus adversarios propiamente guerreros.

Conviene señalar que en el trascurrir monárquico ha habido rey de reyes, y emperadores y otros gobernantes que han tenido de títeres o como figuras decorativas a reyes y a toda clase de monarcas, cosa que en esos casos limitó o limita los poderes de las majestades o altezas sometidas.

Se supone que, desde que empezaron a existir, los monarcas han tenido por costumbre elegir sucesores antes de morir, elección que casi siempre ha recaído en un hijo, hermano o familiar suyo y así el único requisito para gobernar el Estado o Imperio ha sido el de ser heredero elegido, pero es un modo de elección que muy pocas veces garantiza la capacidad o eficiencia del nuevo gobernante. Sin embargo, eso no impidió que poco a poco las monarquías se establecieran en casi todos los pueblos existentes y, aunque en la gran mayoría de ellos contribuyeron en su cultura y civilización, el modo monárquico de elección de gobierno fue y sigue siendo uno de los peores absurdos humanos, pues se originan y operan con tal injusticia que con un poco de sensatez basta para admitir que en vez de honorable debería ser indigno y vergonzoso heredar trono.

Todavía hay monarcas de todas las calañas pero, por lo general, lo importante del trono es la riqueza que contiene, cuyo origen es casi siempre el fruto de una guerra donde la gente del pueblo raso puso los muertos y el monarca tomó el premio; siguiendo el tiempo, la norma es que los herederos del monarca heredan la riqueza del Estado y la gente del pueblo raso hereda la continuación del servilismo. El peor inconveniente de los tronos es que, entre las monarquías, el mayor riesgo de morir ‘de repente’ o en ‘accidente’ es para el heredero directo del trono.

No obstante a las injusticias contenidas en esos gobiernos, aún es un hecho que la mayoría de la gente admira a los monarcas y que muchas personas sienten envidia de ellos, lo cual debe ser porque entre toda la gente hay muy poco hábito de lectura y son muy pocas las personas que han leído las historias de las monarquías, donde se registra que muchos de ellos cometieron todos los delitos humanamente posibles, y que para todas las sociedades ha resultado y sigue siendo astronómico el costo que han tenido o tienen que pagar para sostener los desequilibrados caprichos de las majestades, por lo que si se hiciera un análisis o juicio justo, seguramente las monarquías resultarían siendo la gente más despreciable de toda la humanidad.

Las monarquías son antiguas en todo el mundo. En Asia, cinco siglos antes de la era cristiana, tras numerosas guerras entre varios pueblos, se formó el imperio Qin; luego, siguió allí un rosario de guerras cuyo propósito era el saqueo, la esclavización a los vencidos y el robo de sus tierras. Mucho después, un líder guerrero mongol, llamado Temuchin, fue elegido Khan, cosa que significaba ser rey o gobernante. Poco tiempo después, Temuchin se cambió el nombre y se hizo llamar Gengis Khan, que quería decir ‘Señor Absoluto’. El “Señor Absoluto” en guerra corrida se hizo dueño de casi toda Eurasia. Cuando él murió, en los mejores caballos tomaba casi un año en ir y regresar de un lado a otro de su imperio. Sin embargo, Ogödei, hijo y sucesor del ‘Señor Absoluto’, siguió saqueando y peleando por tierra; muy pronto se tomó casi toda la parte medio calientita de Rusia.

Las llamadas guerras púnicas fueron un fracaso para África; el guerrero Aníbal no pudo     tomarse a Roma, y los romanos le cobraron bien cara esa falla. Tras varias guerras, los romanos le arrebataron Cartago y esclavizaron una enorme población negra africana, casi todos ajenos a ese asunto. Un poco antes de la supuesta vida y muerte de Jesús murió Cleopatra, la última reina de Egipto, quien era casada con un hermano suyo, menor que ella, y se dice que sedujo a Julio César, monarca romano, de cuya relación hubo un hijo, llamado Cesareón, el cual fue asesinado “sin remordimiento alguno” por su hermano adoptivo, Octavio –el Venerable-, ya que por línea directa él hubiera podido heredar el trono de Roma, que estaba en poder del asesino Octavio en ese momento, de lo cual hay detalles más adelante.

Luego de la muerte de Julio Cesar, Cleopatra sedujo y fue amante de Marco Antonio, uno de los triunviros del imperio romano, pero éste, tras perder una guerra con su socio triunviro Octavio, ahora llamado Augusto, se suicidó, y su amante Cleopatra también se suicidó haciéndose morder de una culebra venenosa que le causó la muerte.

De América se sabe que, antes de la invasión y esclavización europea, existieron los imperios Azteca, Maya, Inca y Tahuantinsuyo. Pero en esto hay una contradicción –mas bien puede ser un absurdo-, ya que España se auto-atribuyó el descubrimiento de América, cosa que no sería válida porque cuando los españoles llegaron a este continente, ya encontraron aquí una gran civilización formada por los descendientes de esos imperios. De prueba de eso podría servir un cuadro, pintado en esa época, donde aparece el saqueador español Pizarro, arrodillado ante el emperador indígena inca Atahualpa, quien luce la parafernalia normal de un emperador. El resultado final de ese asunto fue que el saqueador Pizarro secuestró a Atahualpa y luego de recibir una habitación llena de oro y plata por su rescate lo asesinó, saqueó su imperio y esclavizó a numerosos nativos del imperio inca.

Del comportamiento personal de los primeros emperadores de Europa existen mucho más registros históricos que de todos los demás emperadores del mundo. Debido a la coincidencia de esa época con el comienzo de la época de Jesús, CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS toma como punto de partida la historia de los ‘Julio Claudios’, cinco emperadores provenientes de las familias oligarcas romanas Julii y Claudii, cuyos registros históricos son numerosos y están llenos de perlas que pueden dar una idea del comportamiento normal de las monarquías romanas que tiempo después endiosaron a Jesús y establecieron obligatorio el cristianismo. Conviene aclarar que Jesús no tiene historia, pues ningún historiador de su tiempo lo menciona, los únicos escritos que cuentan de su supuesta existencia son los evangelios, pero esos datos religiosos fueron hechos sin ningún soporte histórico y cuando ya hacía más cien años de la muerte del supuesto Salvador.

Para dar una idea histórica de que las perversidades han ido de la mano con las monarquías desde que existen y que entre monarcas los comportamientos han sido muy similares, a continuación se hace un relato de algunos hechos internos de la dinastía ya mencionada, que empezó a gobernar el imperio romano poco antes del comienzo de nuestra era, que es la misma época en la que ocurrieron los primeros hechos narrados en esta obra. Y, como puede verse en sus biografías, los siguientes emperadores romanos, por muchos siglos, fueron iguales o más perversos que los ‘Julio Claudios’.

 

 

                                                     OCTAVIO

 

 

 Su primer nombre era CAIUS OCTAVIANUS TURINO, y gobernó el imperio romano desde el año 27 a.C. hasta el 14 d.C, siendo éste el primer monarca de los ‘Julio Claudio’ que ascendió al trono romano. En su lapso terminó la era juliana y empezó la actual era gregoriana, cosa que él no supo debido a que, con retroactividad a esa época,  el calendario juliano fue cambiado 15 siglos después. 

Ya bastante avanzado su gobierno, el emperador romano Octavio, usando una vieja costumbre de las putas ricas de Atenas que ya era popular en Roma, se cambió el nombre de Octavio por Augusto, palabra cuyo significado era ‘venerable’.

Octavio o Augusto – a este señor, para evitar confusiones, debido a que tenía varios nombres y títulos, y era el emperador de Roma, aquí lo llamaremos ‘Venerable’-, era de familia aristocrática, a los 15 años de edad ya era pontífice, y tenía 18 años cuando, por herencia dada por su tío abuelo Julio César, ascendió al trono de emperador de Roma. Julio César, el monarca anterior, había sido asesinado, y, para ganarse sus favores, absurdamente los senadores de Roma aprobaron que ‘Venerable’ estaba preparado para manejar el destino del poderoso imperio romano. Pero, desde antes de ascender al trono - o coronar diría la mafia italiana ahora-, empezó a tener problemas: Marco Antonio, un amigo militar de Julio César, el anterior ‘César’, lo acusó de haberse ganado la adopción de éste a cambio de favores sexuales. Enseguida, por el trono, los dos se enfrentaron en guerra; ganó ‘Venerable’, pero poco después, estando ‘Venerable’ en otra guerra, le tocó pedirle ayuda a Marco Antonio y luego tuvo que dividir el imperio romano en tres partes; una para Marco Antonio, otra para Lépido, un poderoso guerrero antes vinculado con su tío abuelo Julio César, y, como era de esperarse, ‘Venerable’ se quedó con la que incluía Roma, que era la más importante.

Esa partida de trono se llamó Triunvirato; ya hecha, los tres triunviros promovieron una campaña, cuyo pretexto era castigar a los asesinos del César, pero en realidad lo que hicieron fue asesinar a sus rivales políticos y a numerosos ricos, para robar sus propiedades, y usaron parte de esos recursos para el pago de sus numerosas tropas, con las que se hicieron temibles y poderosos. Al final de esas acciones, Roma quedó con poquitos ricos, y más de 300 senadores, por ser ricos o porque los incomodaban a ellos, habían sido asesinados. Pero el pueblo romano era permanentemente abastecido con los botines de guerra que producía el saqueo a territorios conquistados por los ejércitos del imperio y el producto de los impuestos obligados a los pueblos sometidos, por lo cual ‘Venerable’ tenía una gran aceptación popular en Roma. El pueblo raso romano, siempre y cuando el emperador desarrollara formas que le mantuvieran la barriga llena, apoyaba ciegamente a su emperador de turno y le importaban un bledo los líos políticos internos y las injusticias que cometían sus monarcas con los pueblos sometidos.

Puede resumirse que el ‘Venerable’ fue un gran guerrero, saqueador y esclavista, que llevaba a Roma los impuestos que les aplicaba a los pueblos que sometía y todo lo que saqueaba, para que el pueblo romano satisficiera sus necesidades y lo venerara a él y, para que se divirtieran a todo dar, con esclavos y lo que sobraba construyó numerosos templos y edificaciones para muchos eventos, incluido el de duelo a muerte obligado entre sus prisioneros de guerra. No se cansó de decir que había recibido a Roma de ladrillos y la dejaría de mármol. Se rumoraba que era bisexual y que había sido amante de su tío abuelo, el Cesar anterior, pero no se destacó en aberraciones sexuales como sí lo hizo su única hija, habida en su segundo matrimonio, apodada ‘Viuda alegre’, y también muchos de los miembros de su dinastía, cosa que veremos más adelante. Más puede decirse que fue un emperador bandido, idólatra, que aseguraba que los dioses de Roma eran mucho más poderosos que los de Egipto, y que tenía una gran actitud esclavista, siendo además un gran despilfarrador del trabajo y sacrificio ajenos, cosa esta última que ha sido normal en todos los monarcas pasados y existentes.

La mayor parte del trabajo de exterminio de miembros de la monarquía, en ese periodo, lo hacía Livia Drusila, tercera y última esposa del ‘Venerable’, cuya primera víctima importante que envenenó se llamaba Marco Claudio Marcelo, quien era primo y esposo de Julia la Mayor, a quien en el bajo mundo llamaron después ‘Viuda alegre’, y quien era la única hija del ‘Venerable’, siendo el yerno del emperador, antes de ser asesinado, un fuerte candidato a ocupar el trono, luego de que el monarca falleciera.

Livia Drusila, con su primer esposo tuvo dos hijos llamados Tiberio y Druso el Mayor, pero el emperador hizo que Druso desde niño viviera con su propio padre y, según registros históricos, ella fue una gran envenenadora que pasó a mejor vida a varios de sus familiares y a muchas personas que por alguna razón le resultaron incómodas. Nunca la investigaron debido a que era nada menos que la muy hermosa emperatriz de Roma, pero se ha creído que ella, además de a Marcelo, envenenó a Lucio y a Cayo, nietos e hijos adoptivos de ‘Venerable’, y entonces herederos al trono. No hay pruebas de que fue ella la que hizo esos asesinatos, pero puede deducirse si se tiene en cuenta que su hijo Tiberio fue el único que siendo candidato al trono nunca tuvo inconveniente, incluso él se dio el lujo de renunciar a ese privilegio y luego su madre se lo hizo restablecer.

El ‘Venerable’ se enamoró locamente de Livia Drucila el mismo día que la conoció. Ella era una oligarca de la dinastía de los ‘Claudio’ y en ese entonces estaba felizmente casada, inclusive embarazada, pero el emperador enseguida la obligó a divorciarse, se divorció también él y a los poco días de haber parido ella su segundo hijo se casaron. Se dice que Livia envenenó a todos los ‘Julio Claudio’ que se convirtieron en herederos del trono romano, pero no es fácil creer que ella aplicara sus brebajes tóxicos sin el consentimiento de su esposo ‘Venerable’, pues a varias de sus víctimas era él quien las convertía en envenenables. Más bien pudo ser que ‘Venerable’, para mantener agitado el ambiente de su familia y evitar que lo asesinaran a él, estratégicamente iba creando esas situaciones. Así, en condición de envenenable, puso a su fiel amigo Agripa, un general emparentado con su familia, a quien convirtió en candidato al trono al casarlo con su hija ‘Viuda alegre’, ahora viuda de Marco Claudio, siendo ésta una hermosa mujer cuya historia de prostitución es larga; varios historiadores registraron que era amante a las orgías y que mantenía frecuentes relaciones sexuales con senadores, caballistas, plebeyos, libertos y esclavos. Tenía fama de lasciva, se decía que nunca le rechazaba una propuesta sexual a un hombre que le gustara. El general Agripa estaba viejo y achacado cuando ‘Venerable’ lo hizo casar con ella y, aunque lo más seguro es que nunca la embarazó, durante su matrimonio nacieron cinco hijos, dos hembras y tres varones, entre éstos Lucio y Cayo, los dos que se cree que envenenó Livia. Pero Agripa tampoco se salvó de Livia, o al menos no heredó trono porque  murió ‘de repente’ mucho antes que el ‘Venerable’.

Al morir el general Agripa, ‘Venerable’ adoptó a Tiberio, hijo de su esposa con Tiberio Claudio Nerón, el esposo con quien se divorció ella para casarse con el emperador, y lo obligó a divorciarse de su amada esposa Vipsania, hija del fallecido general Agripa, y luego lo obligó a casarse con su hija, la putísima ‘Viuda alegre’, quien para nada había dejado la prostitución.

Después, en ese matrimonio nació un hijo pero murió recién nacido y se sospechó que fue asesinado por Tiberio, para no reconocerlo porque no era hijo suyo. Todo indica que Tiberio sufrió mucho con ese matrimonio porque su esposa ‘Viuda alegre’ siguió fornicando y ‘Venerable’ le prohibió a él que viera a su amada ex-esposa Vipsania.

Los dos cónyuges eran casi de la misma edad, pero ese matrimonio como tal nunca funcionó sino que más bien sirvió para delatar las horribles mañas sexuales de ‘Viuda alegre’ ante su padre, quien como emperador de Roma era sumamente moralista y un gran defensor de la fidelidad matrimonial. La ‘Viuda alegre’ fue acusada de adulterio; según el desarrollo de ese pleito, ‘Venerable’ no sabía del horrible comportamiento de su hija y al saberlo se sintió burlado y enormemente avergonzado, por lo cual la hizo desterrar a la isla Pandatoria y luego a Calabria, donde murió poco después. Pero ‘Venerable’ no le levantó a Tiberio la prohibición de ver a Vipsania, ya que veía justo que si él perdía a su hija éste debía perder su esposa.

No se sabe bien cuál fue el acuerdo al que ellos llegaron, pero se sabe que Tiberio renunció a sus privilegios y se marchó a Rodas, adonde se cree que llevó a Vipsania, lo cual, se deduce, debió enfurecer a ‘Venerable’. Lo que siguió fue que ‘Venerable’ anuló la adopción de Tiberio y adoptó a los dos hijos mayores de su hija, Lucio y Cayo, y se los llevó para su casa, siendo así ellos herederos directos al trono, pero ambos fueron envenenados, según rumores, por su esposa Livia, en uno de estos casos con la ayuda de su nieta Livila la Mayor, porque representaban un inconveniente para que su hijo Tiberio llegara al trono.

Es de agregar que, tal vez por respeto a su amigo yerno y para permitir la continuación de su linaje, ‘Venerable’ al principio no adoptó a su nieto menor, Póstumo Agripa, pero, al morir sus hermanos, lo adoptó y seguramente para protegerlo del veneno de su esposa lo desterró sin causa aparente, con lo cual tampoco pudo salvarlo de la malvada Livia. Otro detalle era que, por un acuerdo con ‘Venerable’, Tiberio había adoptado a su sobrino Claudio Druso, hijo de su ya fallecido hermano Druso el Mayor, luego conocido como Germánico, futuro padre de Calígula, cosa que no le complicaría su ascenso al trono, pero que sí era un riesgo que éste lo asesinara para tomar su lugar y además le impedía que alguno de sus hijos heredara el trono.

Ya eliminados los dos herederos del trono, la envenenadora Livia hizo regresar a su hijo a Roma, “como un ciudadano romano nada mas”, pero luego logró que su esposo le restituyera el derecho a heredar el trono romano.

Cuando murió  ‘Venerable’, los herederos del imperio romano eran Tiberio, el hijo de Livia, y Póstumo Agripa, el hijo de la ‘Viuda alegre’ con el general Agripa, o sea el único nieto sobreviviente de ‘Venerable’. Pero, Póstumo había sido desterrado y no pudo regresar a Roma porque Livia logró eliminarlo antes de que él pudiera molestar a su hijo Tiberio, a quien ella quería en el trono. Y en esta historia no ocurrió como en las películas donde el malo siempre pierde: En este caso un hijo (Tiberio), un nieto (Claudio), un bisnieto (Calígula) y un tataranieto (Nerón) de Livia, la envenenadora, fueron emperadores de Roma. De los dos hijos que tuvo con su primer esposo surgieron los siguientes cuatro emperadores de Roma, pero conviene aclarar que todos ellos eran familiares por varias líneas, adoptaban parientes y se repetían los mismos nombres, y eran endogamistas o sea que para no perder el trono romano se casaban entre ellos mismos, por lo que es fácil confundirlos y resulta difícil explicar los varios grados de familiaridad que tenía cada uno con los demás. Y debió ser por eso el poco respeto que, entre ellos, les tenían las esposas a sus esposos, ya que, más que a un esposo, podían verlo como un miembro más de su familia. Además, la regla común de las dinastías monárquicas era que todos querían estar lo mas cerca posible de heredar el trono y con tal de conseguirlo mataban a cualquiera o hacían lo que fuera. Y, la muerte de un heredero solía cambiar las condiciones y las alternativas de poder de cada uno de los miembros de la dinastía.

 El ‘Venerable’ gobernó el imperio romano por más de 40 años. En su largo periodo de dictadura pasó la fecha en que supuestamente nació Jesús, pero, aunque Nazaret el lugar donde se dice que él nació era entonces parte de una provincia romana, ningún historiador de esa época lo mencionó; ‘Venerable’ era insaciable, tal como lo intentaron algunos papas romanos varios siglos después, él quiso someter el resto del mundo para que Roma lo ordeñara económicamente, pero, por no lograr esa gran conquista, para beneficio propio y de los romanos sometió, saqueó y esclavizó numerosos y extensos territorios y fue un monarca que, fuera del pueblo romano, no le permitió la libertad a ningún otro pueblo sometido por Roma; su cultura fue la guerra y eso fue lo único que le enseñó a su gente que desde entonces se acostumbró a esas lides y a vivir del trabajo ajeno. Poco después de su muerte, políticamente fue convertido en “Divus”, divinidad entonces equivalente a los actuales santos de la Iglesia; dos de sus nombres, César y Augusto, se convirtieron en títulos de gobernantes, y fueron usados durante más de 400 años por la monarquía romana. Los tres nombres, literalmente querían decir: ‘Divino Venerable Todopoderoso’. El mes entonces llamado Sextílis fue cambiado de nombre y en honor suyo, de nombre le pusieron Augusto, que es el actual mes agosto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                       TIBERIO

 

 

Su nombre era TIBERIO CLAUDIO NERÓN GERMÁNICO, y fue el segundo emperador de la dinastía ‘Julio Claudios’. Tiberio gobernó el imperio romano desde el año 14 hasta el 37 d.C. En ese tiempo Judea -el territorio de Palestina e Israel de ahora- era una colonia o provincia del imperio romano. Se supone que en la época de gobierno de este emperador hizo su reguero de milagros, vivió, murió y resucitó en esa colonia romana el históricamente desconocido Jesús de Nazaret, hechos o cosas que en la realidad histórica jamás existieron, pues ninguno de los tantos historiadores que había en esa época, ni los que siguieron hasta el día de hoy, registraron algo acerca de la existencia del Jesucristo resucitador y milagroso que se describe en la gran farsa de los Evangelios Romanos. Y. analizando ese asunto, es fácil deducir que las farsas que contienen los Evangelios fueron inventadas o editadas a conveniencia de la perversa monarquía romana, más de cien años después de la muerte de Tiberio, cosa que veremos más adelante.

Los primeros años de gobierno de Tiberio fueron solo de calentamiento en cuanto a asesinatos familiares. Su hijo Julio Druso, habido con su esposa Vipsania la hija del general Agripa, no estaba en línea de trono porque se lo impedía su sobrino e hijo adoptivo, ahora conocido como Germánico, quien ocupaba un alto cargo en Siria. Pero, más tarde, asesorado por Lucio Sejano, un ambicioso asesino, y supuestamente por orden de Tiberio, el gobernador de Siria, Cneo Calpurnio Pisón, envenenó a Germánico y le dejó despejada la línea de trono al hijo del emperador Tiberio. Por la muerte de Germánico surgió un escándalo, Pisón estuvo a punto de involucrar al emperador, pero se cree que prefirió suicidarse. Livila, una de las hermanas del asesinado Germánico y quien era esposa de Julio Druso y en secreto amante de Sejano, acusó e hizo morir a su cuñada Agripina, esposa de Germánico, y a dos de sus hijos, porque ésta acusaba directamente al emperador Tiberio del asesinato de su esposo. De esta familia el único varón que se salvó fue el entonces niño, Calígula, quien después asesinaría al emperador y ascendería al trono. Esta Livila es la misma que le colaboró a su abuela Livia en el envenenamiento de uno de los nietos del ‘Venerable’, y quien ahora estaba casada con el único hijo del emperador Tiberio, su tío, a quien ella le había ayudado a despejar el camino hacia el trono romano.

En ese tiempo, Tiberio poco a poco fue delegando sus funciones y por último dejó a Sejano encargado de los asuntos más importantes del imperio y se marchó a Capri, donde, según datos históricos, se dedicó a la perversidad. Y, según registros históricos, fue Sejano quien nombró a Poncio Pilato de prefecto de Judea, cosa de la que sí hay numerosos detalles históricos, pero en estos no es mencionado el ahora endiosado Jesús.

Sejano, al tomar el poder, creó en Roma un ambiente de terror con una red de espías e informantes cuyo incentivo para acusar de traición a los adinerados era hacerse a una pequeña parte de las propiedades del acusado, tras su reclusión y pronta muerte. Ante esa situación hubo muchas personas acusadas de traición que prefirieron suicidarse, antes que someterse a las amañadas acusaciones del proceso, pero el resultado era que así le facilitaban los robos a Sejano.

Según se dijo, el emperador Tiberio, en Capri, se dedicó casi de lleno a la perversidad y casi no gobernaba ni le daba mayor importancia a los asuntos del imperio. Su hijo, Julio Druso, era alcohólico y degenerado; era tal la perdición de Julio Druso, que cuando él apareció muerto nadie sospechó que había sido envenenado. Pero su inesperada muerte causó estragos en el ánimo de su padre. El historiador Tácito dice que “él emperador se convirtió en la persona más triste de la humanidad”, y añade que, desde entonces, con frecuencia, él cambiaba de actitud y desconfiaba de todo el mundo.

Se cree que tal vez por desconfianza, Tiberio primero rechazó la propuesta de Sejano de casarse con su sobrina y ex nuera Livila, la viuda de su hijo Julio Druso, pero poco después autorizó el matrimonio y regresó a Roma; luego se marchó de nuevo a Capri y dejó a Sejano en su reemplazo; mas tarde, Sejano obtuvo el consulado con el emperador como “el otro cónsul”, cosa que Tiberio había reservado solo para los herederos al trono. Tiempo después, Sejano fue convocado al senado, adonde llegó muy flamante creyendo él que recibiría gran parte del poder tribunicio, pero en lugar de eso fue leída una carta donde Tiberio lo acusaba de traición y daba la orden de  matarlo enseguida y eliminar a toda su organización. Esa misma semana murió Sejano y todos sus más cercanos y prominentes colaboradores. Pocos días después, Apicata, ex esposa de Sejano, antes de suicidarse le hizo llegar una carta a Tiberio, denunciando que Julio Druso había sido envenenado con la complicidad de su esposa Livila. Luego, en una investigación, el copero de Julio Druso, llamado Ligido, y Eudemo, médico de Livila, confirmaron la acusación de Apicata. Por ese crimen, Livila fue encerrada por su propia madre quien la obligó a morir de hambre.

Existen numerosos escritos que aseguran que el emperador Tiberio cometió toda clase de perversidades, pero en eso no están de acuerdo varios de los historiadores de ese tiempo, por lo que resulta dudoso publicar esos registros como cosas ciertas. En lo que más están de acuerdo los historiadores es en que el emperador Tiberio pasó a la historia, no como un dictador tirano sino como un hombre que nunca quiso gobernar, y que llegó al poder llevado por su ambiciosa madre. Se ha considerado que su único tiempo feliz fue cuando estuvo casado con Vipsania, y que luego de su divorcio con ella fue un resentido con el mundo; muy reservado, de gran estatura, de tez blanca, ojos verde azul como los gatos, sentía vergüenza de su calvicie, y era extremadamente cruel; Suetonio, un historiador de ese tiempo, escribió una anécdota, según la cual, un pescador de Capri subió un acantilado para regalarle al emperador el mejor pescado que había capturado ese día. Al aparecérsele de repente, el pescador hizo asustar y enojar al emperador quien ordenó restregarle en la cara su pescado. Pero el pescador como que también era de muy malas pulgas, pues, en medio de sus lamentos por el dolor que le causaba la refriega del pescado, se felicitó por no haber traído una enorme langosta que había capturado ese mismo día. Tiberio era vegetariano y ahora más irritado por esos lamentos, ordenó traer la langosta e hizo que también con ella le restregaran la cara al pescador.

Tiberio murió en Miseno, un puerto ubicado en el sur de Italia. En esa época, el imperio romano era presa de la anarquía porque la familia del emperador no se había puesto de acuerdo para elegir a su sucesor. Su muerte fue anunciada aún estando él vivo, cosa que en vez de velorio causó fiesta en el imperio y luego decepción al saberse que estaba vivo. Pero muy pronto volvió el regocijo, luego de que Calígula y el prefecto Macro lo asesinaron. En su testamento, Tiberio había delegado en su reemplazo a Calígula, quien era hijo de su sobrino Germánico, y a su primo Tiberio Gemelo, para un reinado compartido. Calígula, con el respaldo del prefecto Macro, tomó el poder y luego asesinó a Tiberio Gemelo.

                                                        CALÍGULA

 

 

 

Su nombre era CAYO JULIO CÉSAR GERMÁNICO AUGUSTO, pero es más conocido como Calígula; fue el tercer emperador de la dinastía Julio Claudios. Gobernó el imperio romano desde el año 37 hasta el comienzo del 41. d . C.

Su gobierno empezó con muy buenas expectativas en el senado y muchas celebraciones populares que pronto acabaron con las grandes reservas del tesoro imperial que había dejado su antecesor, el emperador Tiberio.

Cuando el imperio quedó sin recursos, para conseguirlos, el nuevo emperador creó nuevos impuestos y subió los que había, pero con esa reforma tributaria no se recaudaba lo suficiente porque sus caprichos, lujos y gastos subieron a niveles astronómicos. El emperador Calígula, para sus placeres hacía construir palacios en lugares profundos del mar, otras veces hacía demoler montañas de durísimas piedras, para construir allí castillos para él divertirse; todo con suma rapidez, pues castigaba con pena de muerte la lentitud. Avanzado su reinado se erigió tres templos para sí mismo, dos en Roma y uno en Mileto, Asia. En esa época vestía de Dios, gobernaba y se hacía tratar como si fuera Dios; firmaba los documentos públicos con el nombre de Júpiter, el dios de Roma entonces.

Antes que los palacios había hecho construir naves con velas de varios colores, de diez filas de remo y adornadas en la popa con piedras preciosas. A esas naves ordenó hacerles baños, galerías, comedores, y acomodarles gran cantidad de árboles frutales; en ellas navegaba costeando la campiña, cómodamente acostado, en medio de ceremonias animadas con danzas y música. Se bañaba con perfumes, a veces frío y a veces caliente; con frecuencia se tragaba perlas de buen valor disueltas con vinagre; en sus frecuentes banquetes hacía decorar con oro en polvo los panes y los platillos que consumían él y sus invitados. A los miembros del senado les exigió que a su caballo preferido, Incitatus, lo nombraran cónsul de Bitinia y sacerdote. Además, a ese caballo le hizo construir una caballeriza de mármol con pesebres de marfil y le asignó una villa con jardines y 18 sirvientes para que lo atendieran. Incitatus dormía abrigado con mantas de color púrpura, que eran las más costosas en ese tiempo, y usaba collares de perlas y piedras preciosas. Era un animal de carreras, la noche antes de que fuera a correr en el Hipódromo, un escenario romano especial para eventos públicos, Calígula dormía junto a su caballo y decretaba ‘silencio general’ para que Incitatus durmiera tranquilo, y quien hiciera algún ruido era condenado a muerte. Se dijo que perdió solo una carrera y que en esa ocasión Calígula le echó la culpa al jinete, por lo cual éste fue cruelmente ejecutado.

Para sostenerse su caprichoso y costoso modo de vida, Calígula vendió propiedades del imperio y cometió toda clase de fraude; les quitaba los bienes a las personas que los hubieran recibido de herencias de antepasados que no fueran sus padres, porque él consideraba que los descendientes no podían pasar más allá de la primera generación. Y, poniendo como causa la ingratitud personal, anuló los títulos y tomó como suyas todas las herencias de testamentos viejos que desde el principio del reinado de Tiberio respaldaban bienes, sin habérselos donado a él o a su imperio. Los títulos de herencias firmados por Julio Cesar o Augusto los anulaba como viejos y sin valor. También anulaba cualquier título de herencia si alguna persona declaraba que el testador, antes de morir, había manifestado que quería que el César fuese su heredero. Como quiera que para ese propósito tenía un buen número de testigos falsos, muchos ricos lo incluyeron a él en sus testamentos como un heredero más entre sus hijos o familiares. Pero, antes de hacer el reparto, él ordenaba eliminar a los demás herederos para quedar como único heredero. Cuando en un reclamo actuaba como juez, antes de subir al tribunal fijaba la cantidad que quería recoger, y tan pronto la completaba levantaba la sesión, la daba por terminada y se marchaba. Le gustaba humillar, para divertirse obligó a correr a algunos senadores detrás de su carro; se vestía de Dios y obligaba al pueblo romano y al senado a rendirle culto como si fuera un ser divino. Cuando actuaba en el senado se auto consideraba Dios. Por unas verdaderas y otras supuestas conspiraciones hizo ejecutar a numerosos senadores y a otros personajes, entre los cuales cayeron su cuñado Marco Lépido, el gobernador de Germania Cneo Cornelio Léntulo y el prefecto Macro, su aliado en el asesinato del anterior emperador. Por oponerse a rendirle culto de divinidad hizo ejecutar al faraón de Egipto, Aulo Flaco, y ordenó que fuera puesta una estatua suya en el Templo de Jerusalén, cosa que por su pronta muerte no alcanzó a realizarse.

Calígula fue invitado al matrimonio de un patricio, llamado Pisón, y en plena fiesta le robó la esposa, llamada Livia Orestila, todavía virgen aseguró Calígula después, y se encerró con la recién casada en la alcoba matrimonial e hizo con ella todo lo que le dio la gana. Años después hizo divorciar a Livia Orestila y se casó con ella. Con mucha frecuencia Calígula tomaba a cualquier mujer y tenía sexo con ella sin importarle que fuera casada, y se ufanaba de haber fornicado con todas las esposas hermosas de sus súbditos, añadiendo que mataba a los esposos de las que le causaran alguna incomodidad para realizar esas acciones. Cometió incesto con sus hermanas Agripina, Drusilla y Julia y las obligó a prostituirse. Se casó cinco veces, una vez en secreto con Drusilla, la hermana suya, a quien embarazó y asesinó embarazada; su cuarta esposa tenía ocho meses de embarazo cuando se casaron; nació una niña que no era suya, pero a él le encantaba esa niña porque ella disfrutaba arañándoles la cara a otras niñas. Él era un asesino despiadado que mataba por diversión y las arañadas de la niña lo divertían; siempre quiso a ‘la gatita’ como hija suya.

Según Suetonio, Calígula era alto, algo grueso, pero de piernas muy delgadas, la parte superior de su cabeza era totalmente calva, lo cual no le agradaba y por envidia hacía rapar a las personas que se cruzaran en su camino, luciendo una hermosa cabellera; en términos generales, su aspecto era repugnante. Pero él no quería tener mejor presencia y practicaba sus gestos en un espejo para saber cómo verse más horrible y terrorífico, que era la forma en que le agradaba que lo vieran. Solía decir: “No me importa que me odien con tal de que me teman.” Sufría de epilepsia y de insomnio, pero sus males de salud no impidieron que fuera gladiador, actor, cantor mediocre, conductor de carro en un circo lleno de obstáculos; aseguraba que sabía hacer de todo menos nadar.

A su ejército de Occidente le ordenó que en vez de atacar a las tribus enemigas se dedicaran a recoger conchas marinas, un tributo que según él le debía ese mar a la Colina Capitolina y al Monte Palatino.

Para que el pueblo lo adorara, Calígula se autoproclamó Dios y le hizo cortar la cabeza a la estatua de Júpiter Olímpico, entonces el dios de los romanos, y en reemplazo hizo poner una cabeza labrada que correspondía a la suya. Y, desde entonces, impuso la obligación de que lo adoraran a él y a la estatua como Júpiter Lacial o Dios de Lacio.

Es de aclarar que Calígula fue solo uno de los tantos miembros de la antigua oligarquía romana que se auto endiosaron, cosa que debió servir de inspiración a la tardía oligarquía romana que, para beneficiarse con los obligados diezmos y primicias, varios siglos después ‘endiosó’ a Jesús, quizá un filósofo y religioso judío poco conocido en su tierra, nacido y muerto en Judea, una provincia romana entonces.

Antes de casarse en secreto con su hermana Drusilla, la hizo ‘divinizar’ –en esa época no existían los santos y desde entonces había que llamarla Diva Drusilla, algo así como Santa Drusilla-, siendo ella una mujer casada, antes de casarse con su hermano, y que, según Suetonio, era “de comportamiento harto censurable”, y luego se dijo que murió asesinada por él, pero que por ser su amante preferida le hizo un gran funeral y decretó diez días de duelo, durante los cuales fue prohibido reírse o tener relaciones sexuales, cosa que no le gustó al inquieto pueblo romano. Además, luego del funeral la deificó nuevamente con el nombre de Pantea.

En Roma, el inconformismo con el gobierno era insoportable, luego de poco más de tres años en el poder, el emperador Calígula fue asesinado por la guardia pretoriana, en una acción liderada por Casio Querea. En ese hecho también murieron la esposa del emperador, Milonia, y su hija Drusilla a quien le golpearon la cabeza en un muro.  Poco después de muerto Calígula, en uno de sus palacios fue encontrado veneno suficiente para matar a la mitad de la población de Roma y una larga lista de personas que iban a ser envenenadas para que el emperador heredara sus riquezas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                         CLAUDIO

 

 

Su nombre era TIBERIO CLAUDIO CÉSAR AUGUSTO GERMÁNICO; fue el cuarto emperador de la dinastía ‘Julio Claudios’, gobernó el imperio romano desde el año 41 hasta el 54 .d.C; este emperador es más conocido como Claudio, y con ese nombre será mencionado en esta obra. Era hijo de Druso el Mayor, o sea del hijo del que estaba embarazada la envenenadora Livia cuando se casó con ‘Venerable’, y por lo tanto sobrino del emperador Tiberio, el otro hijo de la envenenadora.

Según los relatos de la época, los hombres de la guardia pretoriana, luego de asesinar a Calígula, encontraron a Claudio detrás de unas cortinas, donde se había escondido para evitar que lo mataran. Y, por mala coordinación entre los senadores y los mandos de la guardia pretoriana en cuanto al propósito que ellos tenían de reestablecer un gobierno republicano, Claudio fue llevado al senado y entronizado ese mismo día, ya que, debido a su precaria salud y su inexperiencia política, todos creyeron que él sería un emperador títere, fácil de controlar y les evitaría problemas en cuanto a la legalidad gubernamental.

Claudio era el único hombre adulto de la familia del emperador que había sobrevivido de una cadena de asesinatos intrafamiliares, cuya causa había sido la ambición de todos sus familiares de obtener el trono romano. Y ninguno de ellos lo mató porque todos sus familiares lo habían considerado como un tonto, enfermo y mediocre, que ni siquiera valía el sacrificio de matarlo. Por línea materna, era nieto de Marco Antonio; su propia madre lo trataba de “caricatura de hombre, aborto de la naturaleza”, y cuando quería explicar la calidad de un imbécil, decía: “Es más estúpido que Claudio, el hijo mío”. Augusta, su abuela materna, lo despreciaba tanto que si había algo indispensable que decirle, lo hacía por medio de una carta y usando términos humillantes. Nadie de su familia lo quiso; desde niño fue un solitario que caminaba tambaleándose; al hablar botaba espuma por la boca y tatareaba, goteaba por la nariz, balbuceaba y le temblaba la cabeza, su risa era desagradable y su carácter impulsivo. No lucía como miembro del alto gobierno, su familia monarca no lo tenía en cuenta en los cargos públicos y, por eso, le tocó dedicarse a asuntos académicos. Ya siendo adulto, el único que lo había tenido en cuenta había sido su sobrino emperador, Calígula, quien en un arrebato lo había nombrado senador, pero después lo tomó de burla y lo humillaba en el senado, donde Claudio tenía que hablar sentado, debido a sus problemas de salud. Sin embargo, contrario a lo que todos esperaban, Claudio no fue un tonto que se dejó manejar sino más bien un estudioso y buen administrador de los asuntos del imperio, cosa que no descuidó y que manejaba con mucho tino y justicia. Pero le sobraron los problemas; las intrigas y los asesinatos entre sus familiares no pararon, además, él era hijo de familias apasionadas del sexo, de lo cual no sería ajeno. Aun con ese legado en su contra, él fue el único de los emperadores de esas dos familias que no fue ni homosexual ni pederasta. Y se dice que fue un buen escritor de historia, cosa que empeoró sus relaciones con sus familiares, porque en sus escritos ellos no salían bien librados. Sin embargo, siendo emperador deificó a su abuela, la envenenadora Livia, que aunque nunca lo quiso tampoco lo humilló. Y, tal como sus antecesores, siguió complaciendo al pueblo romano con los duelos a muerte obligatorios entre gladiadores prisioneros de guerra, cosa que necesariamente lo deja como un emperador sanguinario. Otro detalle en su contra es que se dice que fue el primer emperador que sobornó a su ejército para sostenerse en el poder. Pero nada le causó más problemas que las mujeres, pues, a pesar de su aparente salud precaria, yendo en línea con el modo familiar endogamista, se casó cuatro veces, con mujeres familiares suyas que se casaron con él por interés, y tuvo numerosas amantes que ninguna lo quiso, pero que con sus comportamientos ingratos le causaron fuertes lunares sentimentales a su vida.

Hay datos escritos que aseguran que cuando no le funcionaba su miembro viril en el acto sexual, con tal de complacer a sus mujeres usaba de reemplazo cualquier cosa, aunque, según registros históricos de esa época, fue Mesalina, su joven y tercera esposa, la que le enseñó esas mañas. De Mesalina se sabe que, además de ambiciosa, era ninfómana y que el emperador Claudio, su esposo, no le impedía sus desaforados gustos sexuales; se cuenta que en una ausencia del emperador, la emperatriz Mesalina organizó una competencia sexual en el palacio imperial, con prostitutas que ella logró convencer, donde se apostó a quién de ellas era capaz de tener relaciones sexuales con más hombres en una sola tanda, o sea uno tras otro sin parar. Existen numerosos registros que dicen que, en ese concurso, la prostituta que más le aguantó fue la siciliana Escilia que se rindió luego de haber tenido relaciones sexuales con 25 hombres seguidos. Pero, según algunos escritos históricos, esa noche Mesalina pasó por ese número de hombres satisfechos fresquita y alargó el tiempo de competencia; cuando llevaba 70 hombres complacidos, hizo traer más prostitutas, empezó a competir de nuevo y les ganó a todas. Al final fueron 200 los hombres atendidos por Mesalina en esa competencia, un récord que es muy posible que no hubiera establecido de verdad y que es difícil que le quiten en todo el resto de la existencia humana.

Pero, no obstante a su erotismo, Mesalina siempre estuvo enamorada de un joven llamado Cayo Junio Apio, quien desde antes de ella ser emperatriz había sido nombrado en un cargo, lejos de Roma. Mesalina logró que su esposo trasladara a Apio a Roma y para tenerlo más cerca lo hizo casar con su madre, pero ni aún así Apio cedió ante los deseos de Mesalina, a quien él consideraba degenerada. Por negarle sus deseos, ella lo acusó de traición y lo hizo ejecutar. Se dijo que la madre de Mesalina estaba muy amañada con el joven Apio y que por su muerte, madre e hija, tuvieron un gran agarrón. Y, poco a poco, fueron numerosos los hombres que murieron por problemas de sexo con Mesalina; otro que corrió igual suerte que Apio fue Valerio Asiático, quien, por estar enamorado de Sabina Popea la Mayor, se negó a complacer a Mesalina, por lo cual la emperatriz hizo ejecutar a Popea y a Valerio. Era un hecho sabido que ella no quería ni respetaba a su esposo; en cierta ocasión, estando el emperador en la isla de Ostia, Mesalina se casó con Cayo Silio, un amante suyo, y los dos tramaron un complot en contra del emperador, pero éste, avisado por un funcionario de palacio, regresó a Roma e hizo ejecutar a Silio y le ordenó a su esposa que se suicidara. Ella le suplicó que la dejara seguir viviendo y que de ahora en adelante le sería fiel toda su vida, cosa que Claudio consideró como la mayor mentira del mundo, y le ordenó a un centurión que la matara con su espada, cosa a la que éste no podía negarse aunque significara su propia muerte y que al cumplirse fue el fin de la muy erótica emperatriz Mesalina.

Los historiadores de la época cuentan que Claudio, decepcionado por tanto cuerno que le habían aplicado sus esposas, le ordenó a su guardia pretoriana que lo matasen si volvía a casarse. Pero no demoró mucho y mediante una licencia especial se casó con su sobrina Agripinila, más conocida como Agripina la Menor, quien tenía un hijo llamado Lucio Nerón. Para tener una mejor idea de quién era Agripina, la nueva esposa de Claudio, conviene recordar que ella era hermana de Calígula, de Drusila y de Livila, y que las tres hermanas estando casadas eran amantes de Marco Lépido, y que habían cometido incesto con su hermano Calígula, quien además las prostituía con sus amigos favoritos.  El primer matrimonio de Agripina fue con Cneo Dominicio.

No se sabe el porqué, pero, tras la muerte de Drusila, quien entonces estaba casada con su hermano Calígula y con Lépido; las otras dos, Agripina y Livila, pelearon con su hermano emperador y luego participaron en un complot en contra suya, organizado por el amante de ellas, Lépido, en el que también participó Léntulo Getulio, otro amante de Agripina, y por lo cual ellas cayeron en desgracia con Calígula, quien luego de descubrir el complot hizo ejecutar a numerosas personas, entre estas Lépido y  Getulio, y a sus hermanas conspiradoras las hizo desterrar, humilladas y en total pobreza.

Luego de la caída de Calígula, por orden del nuevo emperador Claudio, Agripina y Livila regresaron a Roma, adonde había quedado Nerón al cuidado de su tía Dominisia. Al llegar a Roma, Agripina recuperó a su hijo Nerón y se casó nuevamente, esta vez con el cónsul Pasieno Crispo, a quien luego envenenó para casarse con su tío, el emperador Claudio.

Mesalina, durante su matrimonio con el emperador Claudio, había tenido un hijo y una hija, llamados Británico y Octavia, de los cuales ni ella ni nadie sabía quién o quiénes de sus tantos amantes eran sus padres, pero por ley eran hijos de su esposo Claudio y por lo tanto Británico era heredero directo al trono romano. Agripina, luego de casarse con el emperador, comprometió en matrimonio a su hijo Nerón con Octavia, la supuesta hija de su esposo y además hizo que éste adoptase a Nerón como hijo y heredero al trono.  Se puede decir que ese fue el fin del emperador Claudio, pues al poco tiempo murió envenenado por su esposa y sobrina, Agripina. Y, con la muerte del emperador, el hijo de Agripina, Nerón, y Británico, el supuesto hijo de su envenenado esposo, quedaron de herederos del trono romano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                              NERÓN

 

 

Su nombre era NERÓN CLAUDIO CÉSAR AUGUSTO GERMÁNICO, más conocido como Nerón; fue el último miembro de las dinastías, Julio-Claudios que fue emperador de Roma; gobernó el imperio romano desde el año 54 hasta el 68 d.C. Tenía 16 años de edad cuando fue hecho emperador.

Agripina, que era hermana del asesinado emperador Calígula y que había envenenado a su esposo y tío el emperador Claudio, era madre de Nerón, el ahora elegido emperador, y sabiendo que su hijo no estaba preparado para gobernar el imperio romano, contrató al gran maestro Burro e hizo traer del exilio al sabio Séneca, para que éstos educaran al nuevo monarca, pero sin enseñarle filosofía, ciencia que ella odiaba. Antes, ella había sobornado a los senadores para que el día de la elección no dudaran en entronizar a su hijo, y, según se dijo, su verdadero propósito era gobernar ella y que su hijo emperador supiera expresarse bien ante el pueblo romano y en el senado, cosa que funcionó bien al comienzo, pero que no duró mucho así porque el muchacho era indomable y le gustaban las cosas del bajo mundo. Se hizo amante de una liberta y meretriz muy popular llamada Claudia Actea y repudió a su esposa Octavia, la supuesta hija de su tío abuelo Claudio, lo cual políticamente no era conveniente porque ella legalmente era hija del emperador fallecido y bien vista por el pueblo romano. Pero él se negó a tener relaciones sexuales con su esposa Octavia y desde antes de casarse cometía incesto con su madre Agripina, quien por celos le ordenó que dejara a Actea, a lo cual Nerón, respaldado por su maestro Séneca, se opuso. Y sus amigos, casi todos de mala calaña, lo atizaban en contra de su madre porque él era el emperador, pero, en la práctica, ella era la que gobernaba.

Hay razones para creer que, de cualquier manera, Agripina quería que su hijo siguiera siendo el emperador y que para evitarle problemas envenenó a Británico, el hermano de Octavia, un día antes de él ser mayor de edad y desde cuando podía asumir el trono. Aunque también se ha creído que fue el propio Nerón quien, con la ayuda de Locusta, una especialista en asesinatos, envenenó a Británico.

No hubo claridad razonable en lo que siguió, pues, sin mas ni mas, luego de la muerte de Británico, Nerón expulsó a su madre de la residencia imperial. Pero ella no se quedó tranquila en su cómoda y lujosa villa, sino que aumentó el número de colaboradores suyos y se hizo amante del influyente Fausto Cornelio Sila y de Séneca, el maestro de su hijo emperador. Y, por tantos movimientos raros, Nerón creyó que ella quería asesinarlo para poner de emperador a otro amante suyo, llamado Cayo Rubelio Pluto. Poco después, por esa sospecha, Nerón asesinó o acusó a varias personas cercanas a su madre, incluido su maestro Séneca, a quien, al saber que era uno de sus amantes, acusó de varias cosas, pero no lo pudo hacer ejecutar porque no logró probarle ninguna de las acusaciones.

En esa época, para festejar la aparición de su primera barba, Nerón hizo una fiesta enorme y unas competencias deportivas, a las que llamó Juegos de la Juventud. Poco después se hizo amante de Popea Sabina la Menor, cuya madre había sido ejecutada por orden de la emperatriz Mesalina. Popea tenía un hijo del mismo nombre de su primer esposo, Rufo Crispino, y ahora, en segundas nupcias, era la muy hermosa esposa del general Marco Salvio Otón, futuro emperador de Roma, a quien Nerón, para quedarse con la esposa del militar, lo hizo divorciar y lo trasladó a Lusitania con el cargo de cuestor, y quería casarse con ella pero no podía por estar casado con su hermanastra Octavia, matrimonio cuya anulación era difícil debido a que ella era hija legítima del anterior emperador, dificultad a la que había que agregarle la oposición de la madre de Nerón a ese divorcio y la gran popularidad y el cariño del pueblo romano ganado por Octavia.

Para acabar con los problemas que le estaba generando, Nerón ordenó asesinar a su madre, diligencia que no fue fácil de cumplir porque la veterana era una asesina experta, estaba arisca y tenía las vidas de un gato. El primer atentado que le hicieron consistía en aplastarla con un cielo raso, hecho con planchas de plomo, que moviendo una palanca le hicieron caer en su cama, en la madrugada cuando llegó borracha. Pero, a pesar de que cayó casi toda la casa, el plan falló porque la vieja se había quedado dormida, orinando en un baño que estaba en el patio de la vivienda, y el derrumbe de placas de plomo lo que hizo fue ponerla más arisca.

Cabe destacar que Nerón le tenía pavor a su madre, pues estaba seguro de que ella haría todo lo posible para eliminarlo; o sea que uno de los dos debía morir eliminado por el otro. La falla del primer atentado lo deprimió mucho, pero no se quedó quieto en ese propósito. Poco después, cuando supo que su madre estaba en unas festividades en Minerva, hizo modificar el barco que la transportaría de regreso, para que la nave se partiera en pleno mar, se hundiera y se ahogara ella, pero, aunque así ocurrió con el barco, el plan falló porque la veterana nadaba más que un pato y no tuvo mayor problema para llegar a tierra en el golfo de Bayas.

La pelea de ellos dos, internamente había generado una guerra en los altos mandos de la monarquía y no paraban las ejecuciones y asesinatos porque casi todos los burócratas preferían perder la vida antes que alejarse del trono. En el senado ella tenía varios colaboradores y no faltaban las conspiraciones a su favor, pues la veterana tenía claro que, al morir su hijo emperador, el nuevo monarca sería el hombre que ella eligiera de esposo. Por estar involucrados en esos problemas, Nerón hizo ejecutar entre otros a los influyentes, Pluto, Sila, Pales, y le ordenó suicidarse a su exmaestro y amante de su madre, Séneca.

Cuando falló el plan del barco partido, Nerón le ordenó a Aniceto, un oscuro personaje de su confianza, que personalmente eliminara a su gran conspiradora madre Agripina.     Poco después, la veterana Agripina no pudo escaparse de este astuto asesino, quien la agarró de sorpresa, y ella lo único que pudo pedirle antes de morir fue que le abriera el vientre con su espada y, en señal de protesta, dijo que lamentaba que allí se hubiera generado ese monstruo hijo suyo que ahora era emperador.

Se ha creído que Popea forzó a Nerón a que la hiciera emperatriz, y que él no quería matar a Octavia sino divorciarse de ella y que por eso, mientras se tramitaba ese asunto, la desterró a la isla Pandatoria. Pero los trámites del divorcio resultaron lentos y engorrosos, porque no había motivos reales para justificarlo, mientras Nerón estaba afanado por la exigencia de su amante y tuvo que acudir nuevamente a Aniceto, quien le cortó la cabeza a Octavia y se la llevó a la perversa Popea que la exigía para estar segura de la muerte de su rival. Según el historiador Tácito “esa mujer lo poseía todo, menos honestidad.”

Luego de la muerte de Octavia, Nerón se casó con Popea y los dos se dedicaron a gozar en grande, posando como dioses ante un pueblo casi inconsciente que los admiraba y envidiaba. Poco después Popea tuvo un hermoso hijo que falleció recién nacido. La muerte del niño hizo enfurecer a Nerón con su esposa, ya que según rumores su muerte se debió a un descuido de ella, aunque de eso no hubo investigación ni pruebas que lo demostraran. De todas maneras, desde entonces, las cosas entre ellos dos cambiaron mucho, tanto que estando Popea nuevamente embarazada, Nerón, borracho, le dio una patada en el vientre y la mató. Después nunca se supo si la muerte de Popea había sido un asunto premeditado o si fue que a Nerón se le fue la mano en la patada, pero sí hay registros que demuestran que él estaba muy enamorado de ella y que tras su muerte quedó un poco deprimido pero, para reemplazarla, hizo castrar y mutilar sexualmente a Esporo, un homosexual que se parecía mucho a ella, y se casó con él  -o con ella, la definición debió ser confusa-, en una ceremonia pública realizada en Grecia, a donde entraron de paso a realizar esa ceremonia debido a que en Roma no eran permitidos los matrimonios gais, en un viaje de un año de vacaciones que cubriría un recorrido a Brindisi y Corinto, acompañados de una gran corte de cantantes, danzantes, músicos y hasta modistos.

Todo indica que Nerón era bisexual, ya que con frecuencia hacía de mujer, teniendo relaciones sexuales con hombres jóvenes y fuertes, y entonces el emperador se quejaba y chillaba como una mujer erótica.

Nerón regresó a Roma antes de lo planeado, debido a un asunto supersticioso, ya que al consultar el oráculo éste le aconsejó su inmediato retorno. Llegó a Roma con nuevas ideas artísticas y deportivas, cosa que mostraba una cara distinta a la guerra a muerte que se vivía al interior del gobierno, para derrocar al emperador.

En el año 64, un enorme incendio consumió gran parte de Roma. El fuego empezó cerca del Circo Máximo, en un lugar donde vendían cosas inflamables, por lo que el incendio pudo ser un hecho accidental, pero Nerón odiaba a los cristianos, que entonces eran una pequeña organización religiosa que predicaba el modo religioso de Jesús, y los culpó a ellos del incendio de la ciudad, para tener una razón de eliminarlos. Con ese pretexto, Nerón hizo detener a gran parte de los religiosos cristianos y luego los hizo matar con perros adiestrados, crucificados o quemados, cosa que él mismo supervisaba montado a caballo. Se dice que, entre éstos, hizo decapitar y crucificar, respectivamente, a los después llamados como apóstoles Pablo y Pedro.

En cierta ocasión Nerón supo que su tía Lépida, quien lo había cuidado cuando niño, estaba enferma, y fue a visitarla. Lépida estaba un poco achacada, su sobrino emperador la animó y le deseó un pronto alivio, pero antes de irse ordenó envenenarla y luego robó su testamento y lo modificó para quedarse con sus propiedades.

Nerón participó en los juegos olímpicos del año 67; en actuación y canto no fue el mejor pero sobornó a los jueces y obtuvo las medallas; corriendo en carro de caballo casi se mata y tuvo que abandonar las competencias, lo cual fue un alivio para los jueces y los deportistas participantes.

Entre sus atrocidades, Nerón hizo ejecutar al cónsul Marco Vestino Ático, para casarse  con su esposa, Estatilia Mesalina, de quien ya era amante; y también mató al pequeño hijo de Popea, Rufo Crispino, porque alguien le dijo que el niño se divertía haciéndose llamar “el emperador” cosa que para él significaba que ese niño quería derrocarlo.

Para que el pueblo romano se divirtiera con más fervor, Nerón hacía que senadores y nobles bajaran a la arena y se mataran entre ellos, riñas en las que se dice que murieron más de 400 senadores y un número mucho mayor de hombres libres. Por eso, el senado lo declaró enemigo público de Roma y nombró emperador al general Galba, pero éste dijo que con lo desprestigiado que estaba el cargo de emperador él prefería gobernar como general de Roma. Galba ordenó la captura de Nerón pero, antes de ser capturado, él se hizo matar de su secretario y escudero Epafrodito. Con autorización del general Galba, el emperador Nerón fue sepultado por Actea, la humilde y antigua amante suya.

Nerón murió el 9 de junio del año 68. Con un gran apoyo militar de Marco Silvio Otón, desde entonces el general Galba se convirtió en el nuevo emperador de Roma, cargo que ocupó hasta el 15 de enero del año 69 cuando, por el trono romano, fue asesinado por Otón, que era el mismo general a quien Nerón le había quitado su esposa Popea, y que quizá para cobrar esa deuda había colaborado en la caída del último emperador de las dinastías Julio-Claudio. Y el emperador Otón gobernó a Roma desde el 15 de enero del año 69 hasta el 16 de abril de ese mismo año y, también por el trono romano, fue obligado a suicidarse por Aulo Vitelio, quien siendo emperador mató a sus dos hijos y a su propia madre y quien fue uno de los hombres más perversos y más asesinos que ha ejercido el trono romano. Por la misma razón de sus antecesores, Vitelio fue asesinado el 22 de diciembre de ese mismo año, por Tito Flavio Vespasiano, el primer emperador romano de la ‘Dinastía Flavia’, otra tanda de emperadores romanos tan perversos como los ‘Julio-Claudio’. El emperador Tito Flavio se autoendiosó y través de una gran campaña publicitaria logró que las historias acerca de su divinidad, tramadas e iniciadas en Egipto, circularan por todo el Imperio y, el mismo día que murió, fue oficialmente divinizado por su hijo y sucesor y sucesor Tito, quien también se autoendiosó y murió asesinado por su hermano Domiciano, quien lo sucedió y cuyo primer acto imperial fue autodivinizarse y deificar a su recién envenenado hermano. []

Los emperadores de la dinastía Flavia decretaron la revisión de todos los libros que se escribieran entonces y no permitían la publicación ni lectura de los que no los favoreciera, incluso, se dijo que sobornaron o intimidaron a los historiadores Tácito, Josefo, Suetonio, Plinio el Viejo y a otros menos conocidos de esa época. En el imperio romano, durante ese lapso de gobierno, la divinidad de esos monarcas era de obligatorio reconocimiento público, pero Domiciano, el último emperador de los Flavio, fue asesinado en una conspiración y sus estatuas fueron destruidas por los conspiradores, quienes no dejaron en pie ninguno de los símbolos de sus divinidades, y Plinio el Viejo escribió que Zoroastro, el inventor de la fe monoteísta, era el único hombre del mundo que había nacido con una sonrisa en los labios, lo cual auguraba su sabiduría divina.[

Para mejor entendimiento en la continuación de esta obra, es conveniente repetir que, supuestamente, Jesús nació durante el gobierno del emperador Augusto ‘el Venerable’, y murió en el de Tiberio, pero los historiadores de ese tiempo no escribieron nada acerca de lo que dicen los evangelios cristianos, que, como ya se dijo, fueron escritos o editados en Roma, más cien años después de la supuesta muerte de Jesús. Pero, como ya lo hemos visto con los hechos históricos hasta aquí contados, sí hay muchos escritos de los historiadores de ese tiempo que cuentan en detalle las historias de todas las personas trascendentales que vivieron en la época de los supuestos milagros de Jesús.

Por haber existido en esa época los historiadores, se saben muchos detalles biográficos de los emperadores Augusto y Tiberio, pero no hay ningún dato histórico de Jesús, y por eso se puede deducir que todo lo que dicen los evangelios acerca de su vida y milagros es falso, y que la única razón por la que los historiadores contemporáneos del supuesto Mecías no escribieron nada acerca del Jesucristo milagroso y resucitador de la Iglesia, ni de las tres personas resucitadas, fue porque nada de eso existió ni ocurrió, pues resulta imposible creer que ellos no hubieran aprovechado esa única oportunidad de hablar con dichas personas y registrar sus historias, si tales hechos hubieran ocurrido. Por ejemplo, la competencia sexual de la emperatriz Mesalina ocurrió poco después de la supuesta muerte de Jesús, y esa faena con todos los detalles fue registrada por varios historiadores de esa época. Es lógico que con tantas historias que había de prostitutas, para los historiadores, una sola resurrección hubiera sido un hecho histórico más importante que todos los concursos de prostitución juntos. Pero, repito, no existe ningún escrito histórico acerca del Jesús divino que relatan los evangelios.

Hay relatos bíblicos que dicen que Herodes Antipas, rey de Galilea cuando vivió Jesús –Galilea hacía parte de Judea y estaba sometida a Roma en esa época-, por ambiciones territoriales se llevó a vivir con él a Herodías, la esposa de su medio hermano Herodes Filipo, debido a que ella era hija de un rey,  y con esa relación él creía que podía hacerse a más territorio.

Según ese relato bíblico, cierto día, festejando Herodes su cumpleaños, acompañado de Herodías, ahora su amante, y de Salomé, hija de ésta y también amante suya, ocurrió que ya estando ellos borrachos, los movimientos eróticos de Salomé, bailando, deslumbraron al rey, quien le dijo a ésta que le pidiera lo que quisiera, que así fuera la mitad de su trono él la complacería. Ella, aconsejada por su mamá, le pidió la cabeza de Juan el Bautista, un moralista religioso que usaba agua para bautizar a la gente, y que solía criticar públicamente los bacanales sexuales que estos monarcas hacían con frecuencia, agregando: “No es permitido sino pecado tener sexo con la mujer de un hermano y más pecado es hacerlo también con la hija de ella.” Enseguida, el rey ordenó matar al Bautista y poco después, en una bandeja, le entregó a su joven amante la cabeza solicitada. Se ha comentado que el rey no quería matar a Juan el Bautista –ahora san Juan Bautista-, pero, por norma, las palabras del rey no tenían reversa. Si eso fue cierto, queda la duda de lo que hubiera ocurrido si la sádico-arrebatada Salomé, en vez de la cabeza del Bautista, hubiera pedido el pene del rey Herodes, frito en una bandeja.

Eso dice en algunos textos bíblicos antiguos, pero, según los registros históricos, Herodes gobernó a Galilea en la época de ‘ Venerable’, y los relatos anteriores eran un ejemplo del comportamiento íntimo de casi todas las dinastías de los monarcas que tuvo el Imperio Romano, los gobernantes que endiosaron a Jesús, siendo esos hechos muy similares a los muchos casos aberrantes que han ocurrido en todas las monarquía del mundo, cuyos monarcas fueron lo peor y más nefasto de la humanidad, y que reinaron porque la inconsciencia y la ingenuidad de la gente fue, y sigue siendo, aprovechada por las astutas monarquías, la peor plaga social de la humanidad. Pero, aunque son pocos los mencionados en esta obra, con lo relatado hasta esta parte debe ser suficiente para que quede claro que las monarquías, de la virtud que entendemos como nobleza, en el correr histórico de la humanidad han tenido muy poca.

Ya vimos que con la muerte de Nerón finalizó el reinado de la dinastía Julio-Claudios, pero, en el Imperio Romano, después surgieron otras dinastías similares o peores que esta, y, por casi dos mil años, todos los Estados del mundo siguieron siendo gobernados por monarcas iguales o más perversos y asesinos que éstos, parte de lo cual es narrado mas adelante, en las historias de los jefes de la Iglesia y del Islam, donde veremos que, en la práctica, los emperadores o reyes, los papas cristianos y los califas musulmanes han sido monarcas criminales de la misma calaña.

Es de añadir que por la ingenuidad y la inconsciencia del común de la gente surgieron grandes imperios religiosos, y que los matrimonios habidos entre diversas monarquías en numerosas ocasiones produjo una fusión de países que podría llamarse “ensalada de Estados”, concretamente que la unión matrimonial entre hijos de monarcas causaba la unión o mezcla de varios Estados que habían sido heredados por los cónyuges y de esos matrimonios surgieron imperios enormes y poderosos. Por ejemplo, Isabel de Castilla se casó con Fernando de Aragón y, con una “ensalada de Estados” que luego heredaron o conquistaron ellos, formaron la España que con la complicidad de la Iglesia saqueó, colonizó y esclavizó a América.

Casi todos los imperios, incluido el romano, algún día fueron divididos entre varios herederos, por lo cual se debilitaron y murieron o se desintegraron en guerras familiares.   

Es casi seguro que, al principio, los monarcas fueron bravos combatientes, y que solo había monarcas masculinos -machos- y rudos, pero más tarde, afeminados, mujeres y niños también heredaron trono y, falsamente, se volvieron poderosos, cosa que debió ser el comienzo de los desastres imperiales y de las degradaciones sexuales monárquicas.

La historia de la humanidad hace suponer que los primeros monarcas fueron jefes guerreros, saqueadores, violadores, esclavistas y que además hacían funciones de jueces. Sirve de base en ese sentido la conocida leyenda del rey Salomón y las dos mujeres que ambas decían ser la madre de un mismo niño. Según esa leyenda, para solucionar un pleito por un niño que era reclamado por dos mujeres que ambas aseguraban ser la madre del pequeño, el rey ordenó partir el niño en dos mitades y darle una mitad a cada una de las mujeres que lo reclamaban; una de las mujeres aceptó que mataran al niño y le dieran su mitad, la otra rogó que no lo mataran, que ella renunciaba a su mitad para que se lo entregaran vivo a su rival. Pero, según la leyenda, el rey Salomón ordenó entregarle el niño a la que no quiso que lo mataran, y por ese hecho, aunque antes había ordenado matar al niño, cosa que era normal de los reyes, el legendario Salomón no es famoso como asesino sino como juez y como rey.

Si eso hubiera sido cierto podría dársele actitud positiva a Salomón, pero quien en realidad salvó al niño fue su propia madre, al no aceptar que lo partieran, pues de no ser así lo más seguro es que el rey Salomón se hubiera sostenido en partirlo en dos mitades.

Pero son pocos los monarcas que históricamente han sido reconocidos como buenos o justos, pues casi todos los que han sobresalido brillaron por matones, saqueadores, esclavistas, perversos, degenerados sexuales, ineptos; en fin, los mal llamados nobles han sido tan malos que algunos filósofos creyeron que a muchos monarcas, en vez de sangre noble, lo que les corría por las venas era mierda y por eso eran de sangre ‘azul’. Sin embargo, conviene aclarar que las monarquías no han sido la única gente mala, pues en la humanidad todo el tiempo ha habido la costumbre de que el más poderoso se aproveche de los más débiles o los elimine cuando le causan molestia. Y la verdadera causa de las injusticias se debe a que la mayoría del pueblo raso, todo el tiempo, ha sido poco estudioso, inconsciente y desordenado y por eso fácil de someter; y no obstante a lo costosos y malos que han sido para sus súbditos los monarcas, los pueblos ignorantes e ingenuos casi todo el tiempo se han baboseado admirándolos, inclusive, todavía hay mucha gente que los considera como auténticos dioses, y aún hay varios Estados que siguen estando sujetos a las reglas y caprichos absurdos de las monarquías.

Casi todas las grandes organizaciones mafiosas están inspiradas en el antiguo sistema de las monarquías. Por lo general, el jefe mafioso no comparte jefatura con nadie, se cree un todo poderoso y cuando muere en guerra con otro clan, los vencedores se apoderan de todo su imperio, procedimiento que es el mismo que usaron las antiguas monarquías. Pero las monarquías han sido mucho peores que las mafias, pues un rey, emperador, papa, califa, emir o como sea que se designe, es nada menos que un dios viviente, dueño de todo un Estado con toda su población, y en él puede hacer públicamente lo que le dé la gana, sin que nadie de sus gobernados pueda siquiera protestarle, pues se da por hecho que por encima suyo solo está Dios, quien nunca le reclama ni se mete con él.   

La Iglesia Cristiana y el Islam musulmán han sido dos monarquías, con los males y las perversidades normales de las demás monarquías, cosa que es demostrada más adelante.

Desde la antigüedad, los monarcas han engañado a sus pueblos haciéndoles creer que son descendientes directos de Dios, cosa que lograron durante muchos siglos mediante el impedimento de la sabiduría al pueblo raso. Así, durante mucho tiempo, casi toda la población del mundo, además de ingenua era ignorante, lo cual les facilitó mucho la falsa divinización y el poder absoluto a sus altezas o majestades. Y, aunque se diga lo contrario, la ignorancia fue lo que facilitó la endiosada de Jesús y la formación de la Iglesia y del imperio y mundo musulmanes.

Conviene añadir que todavía hay mucha gente ingenua y estúpida que es odiosamente fanática a las religiones y/o a las monarquías, que con su apoyo legitiman sus poderes y los caprichos absurdos de sus jefes, sin tener en cuenta los desastres que provocan sus acciones criminales, ni los desmesurados costos que generan sus comportamientos perversos o vanidosos, cuyo pago de alguna manera tienen que asumir, con sangre, cárcel o dinero, los vasallos de esas majestades, sean o no sus admiradores.

Con el advenimiento de las revoluciones francesa y norteamericana, seguidas de la independencia de Latinoamérica, vino la crisis de las monarquías, acciones que luego generaron el nacimiento de otros tipos de monarquías, cuya repercusión fue que a sus majestades les tocó ceder –en cada caso la proporción fue o es distinta- propiedades y parte de sus divinidades y poderes absolutos.

En la actualidad hay 46 Estados con diversos modos de monarquía, en los que en algunos el monarca es sólo una figura decorativa onerosa -casos muy repetidos con su majestad de Inglaterra que en varios países gana sueldo de Jefe de Estado, sin gobernar ni hacer nada-, pero todavía hay cuatro Estados con monarquía absoluta; Arabia Saudí, Brunei, Omán, y Suazilandia pertenecen a dioses humanos, es decir, a monarcas que se autoconsideran divinos, con poderes absolutos. Sin embargo, debido a que la gente cada día es más consciente y menos ingenua, en el mundo cada vez son menos las monarquías, el modo de asumir gobierno más absurdo que ha tenido la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

                                                  LA RELIGIÓN

 

La religión es el invento político más perverso de la humanidad y también es uno de los peores absurdos humanos, pues, además de ser usada para justificar y cometer toda clase de delitos, en realidad nada justifica ofrendas y sacrificios a todopoderosos que de ante mano se reconoce que nada necesitan. Y nunca ha habido un argumento serio que demuestre la existencia verdadera de alguno de los tantos dioses, vírgenes, ángeles, demonios o divinidades que han inventado las organizaciones religiosas.

Es increíble que a estas alturas de sabiduría haya tanta gente que, sin estar loca, asegure que ‘Dios es un Señor’, pues la realidad histórica es que hasta la fecha no existe ninguna prueba, realmente verdadera, que demuestre que alguna persona, en algún momento y lugar determinado, se haya topado con el propio Dios, y lo que indican los aconteceres naturales históricos es que Dios no es un Ser individual, como aseguran algunas religiones, sino el contenido virtuoso-esencial del universo. Sin embargo, fingiendo sabiduría y usando cualquier forma de explicaciones ambiguas, varias religiones aseguran tener origen divino, y casi toda la gente está sometida de conciencia por alguna fe religiosa y cree que Dios tiene semejanza humana, tal como en provecho propio, junto con un gran rollo de farsas que utilizan en sus propósitos perversos, lo predican varias organizaciones religiosas.

Los ateos cultos no niegan ni aseguran la existencia de Dios. Por lo general admiten que de Dios y del Diablo no saben nada. Dicen que no tienen argumento que les permita siquiera deducir que los dos existen, ni mucho menos algo que les dé una idea para poder asegurar que el uno sea bueno y el otro malo. Además, no creen que sea pecado el no creer en un dios que nunca han visto. Ellos, en el universo ven evolución natural y no milagros divinos, aunque admiten que todo lo existente debe ser manejado por una gran energía virtuosa universal.

El comienzo religioso de la humanidad debió darse por la incapacidad de la gente de comprender el funcionamiento del universo, lo cual necesitaba explicaciones, y poco a poco, personas ambiciosas que se auto proclamaban como sabios o

 dioses, para dominar la gente, con toda clase de trucos y ambigüedades las fueron inventando, y así lograron que la ingenua población creyera en sus divinidades, pero casi todas las prédicas o teorías religiosas, científicamente, han resultado equivocadas, y puede resumirse que, desde su inicio, la religión ha hecho culturas a base de farsas y engaños, casi siempre cometiendo toda clase de delitos y con el propósito de crear alguna monarquía.

Los  registros religiosos más antiguos revelan que, por lo general, las comunidades más antiguas eran politeístas y que en ellas cada cosa importante tenía un dios propio. El monoteísmo, creencia religiosa que admite la existencia de un solo dios, apareció por primera vez en la religión del profeta Zoroastro, cuya religión es conocida como Zoroastrismo, a quien también se le atribuye haber inventado la existencia de los ángeles y los arcángeles. Del zoroastrismo derivaron las religiones judía, romana, cristiana, musulmana y, de alguna manera, casi todas las que existen.

Pero, eso de religiosamente pretender que Dios tiene imagen y semejanza humana es una pretensión sumamente absurda, pues se supone que el tamaño de la tierra, comparada con la inmensidad del universo, es como una gota de agua comparada con la cantidad de líquido que hay en el mar. Creer o pretender que Dios, siendo hacedor y dueño de todo ese universo, hubiera decidido hacernos a su semejanza, para nosotros los humanos hubiera sido como ganarnos la lotería más de un trillón de veces continuas.

Desde el comienzo de las creencias religiosas, con las ofrendas y sacrificios religiosos se cometieron toda clase de injusticias y asesinatos. En todas partes del mundo se han encontrado registros o pruebas de muertes de personas y de animales en ofrendas religiosas; niños, y mujeres jóvenes y hermosas fueron el material preferido para sacrificar y ofrecer en rituales de numerosas comunidades religiosas. Pero, en algunas creencias religiosas, Dios aceptaba cualquier cosa; le ‘daban’ oro, joyas, sangre, comida, incluso hasta porquerías.

En la antigüedad, los modos y las creencias de las religiones judía y romana eran bastante parecidos; las dos, ya se dijo, se originaron del zoroastrismo, pero mientras los romanos eran idólatras y no tan apegados a la religión, los judíos eran monoteístas y fervientes religiosos. Se da por hecho que los jefes de la religión judía fueron las primeras personas que se beneficiaron vendiendo promesas divinas, asunto que en sus prédicas justificaban proclamando haber sido guías o profetas asignados directamente por Dios. Los sacerdotes judíos, desde mucho antes del comienzo de la era cristiana, les habían establecido a sus feligreses -todo el pueblo judío-, un sistema disimuladamente obligatorio de impuestos religiosos, llamado Diezmos y Primicias, recaudo que, con la endiosada de Jesús, en algo parecido a un golpe de estado religioso les robó la Iglesia a los sacerdotes y rabinos judíos.

Desde que existen los registros históricos, el modo de convencimiento que usan los muy astutos y mal llamados religiosos ha cambiado poco. Consiste en un adoctrinamiento religioso con el que les llenan la cabeza de cucarachas a las personas, preferiblemente siendo niños, con cuentos fantásticos y asuntos religiosos que son siempre amoldados a las conveniencias socioeconómicas particulares de ellos. Así, con esos cuentos en la cabeza, los niños crecen llevando en la mente unas creencias religiosas que por muy absurdas que sean, de ellas será muy difícil zafarse cuando sean personas adultas.

En el mundo hay millones de religiones, pero son pocas las que tienen bastantes creyentes. El budismo es seis siglos más antiguo que el cristianismo; la religión judía es más antigua que el budismo, tiene como cuatro mil años, pero no hay fecha exacta de su comienzo ni datos creíbles de su origen; casi todos los hechos dados como ciertos en sus tanaj o libros religiosos, viablemente son imposibles o absurdos. Por ejemplo, en esas escrituras se asegura que Noé, un hombre que tenía tres hijos, llamados Sem, Cam y Jafet, por orden de Dios hizo un arca –o barca en español- para salvarse de un inminente diluvio. Según los datos escritos, las medidas de esa barca eran 135 metros de largo por 22.5 de ancho y 13.5 de alto, un tamaño, según expertos en ingeniería naval, con relación de medidas adecuadas, pero que no alcanzaría ni siquiera para almacenar los alimentos suficientes para sostener durante una semana los animales que supuestamente embarcó Noé en ella. El hecho fue que, según el relato del libro sagrado judío, por orden directa de Dios, además de su familia, Noé embarcó y llevó en su barca siete parejas de cada especie de los animales puros y una pareja de cada una de las especies de los animales impuros existentes, dado que era necesario salvar del diluvio al menos una pareja de cada una de todas las especie de animales que había en el mundo.

Según los escritos de la Torá -un libro que agrupa los tanaj judíos y que fue escrito o compilado por el rabino Moshe Ben Maimón, cuyo contenido puede considerarse la base de la Biblia y del Corán-, el diluvio fue durísimo y duró 30 días con sus noches y la creciente duró más de un año en bajar, pero no explica cómo se las arregló Noé para capturar y meter en su barca tantos animales, ni mucho menos cómo hizo él para alimentarlos durante tanto tiempo, pues solo el peso y la comida de una pareja de elefantes requieren de un gran espacio y mucha logística. De haber sido cierto ese asunto, a todos debió tener que alimentarlos con pescado, incluidos los miembros de su familia y los animales herbívoros, puesto que en esa época no existían aparatos para conservar carnes o alimentos. No es necesario analizar mucho para suponer que, en ese espacio tan pequeño, además de los problemas alimenticios, el manejo de las parejas de elefante, rinoceronte, jirafa, león, tigre, ganado, bestias y de culebras, por mencionar solo algunas, en esa nave y con sólo ese grupo familiar, en realidad hubiera sido algo imposible de lograr.

A los absurdos mencionados hay que agregar que todo, incluyendo el arca, tuvo que hacerlo Noé con las uñas, ya que en esa época no habían inventado las herramientas, y sin presupuesto ni prestaciones sociales porque, según las explicaciones de la Tora, Dios era su amo y no su patrón. Además, aunque ninguna religión funciona sin dinero, todos los dioses que han inventado los religiosos suelen ser totalmente pobres o al menos no hay registro, sin ambigüedades, de alguno que, en vez de pretencioso, sea o haya sido platudo y dadivoso.

Pero la historia de Noé tiene más cabezas absurdas. Resulta que, según la Torá, de los hijos de Noé surgió toda la humanidad existente, aunque de este asunto tampoco hay explicaciones claras. A su hijo Sem se le atribuye haber generado los habitantes del oriente próximo, literalmente la raza blanca; a Cam se le da la paternidad de toda la gente negra  de África; y a Jafet la de todos los indios que viven esparcidos en la tierra. No dice la Torá si Noe fue o no un abuelo racista ni que tuviera una esposa blanca, una negra y una india. En cuanto a la barca, desde que la desocupó Noé está perdida, pero se sabe que todavía hay gente ingenua buscándola.

Otro hecho inusitado de la religión judía es el que tiene que ver con la recibida de los Diez Mandamientos, de parte de Moisés. Según los escritos de la Torá, Moisés duró 40 días con sus noches, a la intemperie, en pleno desierto, esperando instrucciones u órdenes de Dios. Pasado ese  tiempo de espera, dice la Torá, se le apareció Dios con dos tablas de piedra donde estaban los Diez Mandamientos “escritos con su dedo”, es decir, con el dedo de Dios. – En esta parte del escrito religioso no hay claridad acerca de cómo supo Moisés que el escrito de las tablas había sido hecho con el dedo de Dios, ni de qué tan grandes y pesadas eran las dos láminas, pero, para evitar corrosión y destrucción del documento, así como menos peso y facilidad para transportarlo, hubiera sido más conveniente que Dios hubiera escrito esos mandamientos en una lámina de aluminio-.

La Torá dice que Moisés, cuando bajaba –debió ser que estaba en una loma-, vio al pueblo judío adorando a un becerro de oro, por lo que él se enfadó y rompió las dos tablas de piedra. No explica la Torá si entre toda esa población había siquiera una persona que supiera leer, cosa que hubiera sido muy poco probable ya que en esa época más de 99 por ciento de la gente del mundo debió ser analfabeta. Tampoco se sabe qué se hicieron los pedazos de piedra de las dos tablas en las que estaban escritos los Diez Mandamientos, pero resultaba obvio que a esos documentos no se les podía sacar fotocopias y que debían ser tratados con sumo cuidado, ya que habían sido escritos con el ‘dedo’ y letra del mismísimo Dios. Si hubiera ocurrido realmente ese asunto, habría sido muy mala la escogencia de los judíos al haber elegido al profeta malas pulgas Moisés, para manejar tan valiosos ‘documentos’.

En algunos casos, la religión judía pretende ser la más antigua de la humanidad, pero tiene muchas cosas del zoroastrismo, de donde se concluye su origen. Pero es poco lo que se sabe en realidad del profeta Zoroastro. De los sacerdotes judíos sí se sabe que para la época en que supuestamente vivió Jesús de Nazaret, ellos en Jerusalén tenían armada una organización, llamada Sanedrín, que con argumentos religiosos era un eficiente sistema de aprobación y cobro de diezmos, es decir, un recaudo que les permitía a los jefes de esa religión vivir con comodidades de reyes.

Y, por lo poco que históricamente se sabe del asunto, si la crucifixión del nazareno fue cierta, puede deducirse que es casi seguro que los sacerdotes judíos hicieron matar a Jesús fue porque su modo de predicar religión los perjudicaba económicamente. Según algunos comentarios de Orígenes, un filósofo y escritor cristiano que vivió mas o menos entre los años 185 y 254, Jesús decía que no había que ir a templos ni que pagar diezmos para ganar la gloria de Dios, anuncio que debió ser visto por los rabinos judíos como un predicado flagelante para sus ingresos económicos. Pero hay más detalles que demuestran que la muerte de Jesús pudo ser por motivos económicos y no religiosos. Se deduce que el prefecto Poncio Pilato, que era un romano astuto, se lavó las manos en presencia de los sacerdotes judíos fue porque era conocedor de la inocencia de Jesús y sabía que éstos querían matarlo con la mayor crueldad posible, para con eso disuadir a los seguidores de su movimiento religioso, que quizá ya eran numerosos y bien vistos por la población pobre judía que estaba casi esclavizada con los impuestos romanos y el sanedrín judío del Templo de Jerusalén. No tiene otra explicación el hecho de que a Jesús, en su muerte, los sacerdotes judíos le hubieran dado un trato tan cruel sin él haber sido acusado de haber cometido un delito atroz.

La inexistencia de la historia de Jesús hace suponer que él fue solo un religioso que no alcanzó a ver su fama, por lo que es fácil deducir que los evangelios, que es donde empieza a aparecer la supuesta vida divina de Jesucristo y que fueron escritos más de cien años después de su muerte; por los fracasos de las autoendiosadas de los monarcas romanos fueron inventados y elaborados a conveniencia de políticos corruptos y de la aristocracia romana, de donde surgió la perversa monarquía eclesiástica romana que se convirtió en la Iglesia Cristiana. Es obvio que la endiosada de Jesús fue hecha en aras de riqueza y de poder político, pues, por fe religiosa, en Roma jamás se hubiera podido desarrollar un cristianismo imperial, esclavista, saqueador y asesino como ocurrió desde cuando la religión cristiana se convirtió en la religión oficial del imperio romano.

En la antigüedad, los líderes religiosos judíos predicaron y establecieron que el dios de Israel era el único Creador del universo que existía y que Él había elegido y bendecido únicamente a las tribus de los 12 hijos de Jacob que se hallaban esparcidas en Judea, es decir, al pueblo judío, y que a ellos los había designado para que en el futuro dirigieran y gobernaran al resto de la humanidad y les había concedido el Don para que, con el correr del tiempo, todos los demás pueblos humanos fueran sus esclavos o vasallos.

Los judíos proclamaban y creían que ningún otro pueblo había sido elegido de Dios y, cuando podían, marcaban las viviendas de los integrantes de otras tribus y por el mero hecho de no ser judíos los asesinaban. Por sus creencias religiosas estaban seguros de que ellos algún día podrían eliminar o esclavizar a los seguidores de las demás religiones, y a quienes no fueran judíos los consideraban de una clase social mas baja.

Debido a que muchas veces en Judea habían pestes o escaseaba la comida, con frecuencia había emigraciones judías y, con propósitos expansionistas, los israelitas siempre trataban de formar Estados judíos independientes dentro de las tribus o naciones que los acogían, sin importarles a ellos lo bien que los recibieran o trataran en el exterior, comportamiento que los convirtió en extranjeros indeseables.

Para ellos, el mero hecho de ser judíos significaba tener una posición divina y social más alta que el resto de la humanidad, ya que según sus creencias, ese único dios, en dos láminas de piedra les escribió, "con su propio dedo", los Diez Mandamientos, en los cuales basaban sus ideas religiosas y por lo tanto creían que, en general, sus enseñanzas eran instrucciones directas de Dios y que con su apoyo se tomarían el mundo.

Es absurdo que los judíos, después que crucificaron a Jesús, hubieran reconocido que él era el mecías que ellos estaban esperando, y que desde mucho antes sabían de su llegada. Eso quiere decir que los sacerdotes judíos, igual que los romanos, en el tiempo del acondicionamiento político de la religión cristiana, también quisieron participar de la utilidad de la rica torta socio-económica en que se estaba convirtiendo el cristianismo. Pero los romanos, después que saquearon lo que consideraron útil de las escrituras de la religión judía, se adueñaron de toda la utilidad que producía la religión cristiana, y a los jefes religiosos judíos les tocó quedarse cayados y desligados de esa mina de riquezas y hacer toldo aparte.

En el año 70 de nuestra era hubo una gran revuelta judía en contra del emperador Vespasiano, cuyo resultado fue una serie de masacres en Judea y la destrucción de Jerusalén, incluido El Templo, y la esclavización y esparción de judíos y cristianos por todo el imperio romano, siendo humillados los miembros de ambas religiones, lo que produjo un acercamiento religioso entre judíos y cristianos, lo cual se cree que fue el comienzo de que los cristianos tomaran parte de las creencias judías, que esa época eran unas enseñanzas tradicionales que no estaban escritas en su totalidad. Después, durante mucho tiempo, la monarquía romana asesinó a los religiosos cristianos y, como no pudo acabar con esas ideas religiosas, poco a poco se hizo dueña de la religión cristiana, acondicionó los evangelios y reglamentó el cristianismo de acuerdo a sus conveniencias económicas y políticas, cosa que veremos más adelante.

Causa suspicacia que los papas siguientes no hubieran tenido en cuenta el consejo bíblico que el obispo Ireneo de Lyon (130 - 202) les hacía a los ricos de entonces, a que se deshicieran de sus riquezas, para poder obtener vida eterna. Eso ya lo había hecho varios siglos antes, con propósitos de humildad, el señor Siddartha Guatama, más conocido como Buda, el fundador del budismo. Y, siguiendo ese ejemplo, hubiera sido razonable que los papas, para obtener la vida eterna que la Iglesia predicaba, hubieran rechazado la riqueza y preferido la sufrida vida de los pobres. Pero, más tarde, los papas se convirtieron en poderosos emperadores, ladrones, esclavistas, saqueadores y hasta la fecha los asesinos más crueles del mundo han sido pontífices de la Iglesia. Más adelante veremos que la Iglesia, con falsas divinidades religiosas que se autoproclamaron los papas romanos, mediante toda clase de tramoyas, causó más muertes y saqueos que las dos guerras mundiales juntas. Y aunque la Iglesia ya no es un imperio gubernamental, todavía es una monarquía de ricos, defensora de sus ancestros oligarcas y gran productora de riquezas para sus dueños que, se dice, la mayoría son oligarcas italianos.

Cabe recordar que venía refiriéndome a la religión judía y no a la cristiana. Pero es que después de la supuesta muerte de Jesús, por un largo tiempo, la política romana y las religiones judía, romana y cristiana se convirtieron en una ensalada de arreglos y conflictos; en la Roma eclesiástica, durante mucho tiempo, muchas veces emperador y pontífice era la misma persona y en la práctica este individuo era el jefe de todas las organizaciones políticas y religiosas del Mundo Cristiano que, desde entonces, por más de 15 siglos fue gobernado por la monarquía romana, aunque en esto conviene aclarar que la palabra ‘pontífice’, antiguamente quería decir: “Máximo responsable del puente sobre el río Tíber y jefe religioso de Roma”.

Para tener una idea del respeto que la monarquía romana le tenía a la religión, nótese que el emperador Augusto –‘el Venerable’-, había sido pontífice a los 15 años de edad, tres años antes de ascender a emperador, y que este hecho ocurrió poco antes del supuesto nacimiento de Jesús. Además, también vale añadir que el papa Benedicto IX fue consagrado pontífice cuando solo tenía once años de edad, cosa que veremos más adelante. Y debe entenderse que, de acuerdo a las pretensiones de las leyes eclesiásticas romanas, el obispo de Roma era el pontífice romano y jefe religioso de todos los seres humanos y el rey de todos los gobiernos del mundo.

Por los motivos ya mencionados, la explicación más lógica de estos hechos es que la muerte de Jesús, si es que la hubo, fue por asuntos económicos entre judíos y ajena a los intereses de Roma. Y que la verdadera causa de la formación del Pontificado cristiano, como lo conocemos ahora, no fue por fe religiosa sino por propósitos económicos y políticos de la monarquía romana, en provecho de la muy astuta oligarquía italiana.  

En cuanto a otros impedimentos que debió haber para culminar ese asunto, conviene tener en cuenta que entre Roma y Jerusalén hay una gran distancia; y que Judea, cuya capital cuando nació Jesús era Jerusalén, entonces era un Estado-provincia sometido y oprimido por el imperio romano, con ninguna aceptación local voluntaria a los romanos. Otro inconveniente para esa unión religiosa era que judíos y romanos hablaban idiomas diferentes, y que, en asuntos religiosos, mientras los primeros eran monoteístas, los segundos eran politeístas, dos creencias distintas que debieron impedir ese engranaje religioso. Además, casi toda la gente del imperio romano en asuntos religiosos se sentía segura porque veía a su nobleza como dioses todopoderosos y, en cuanto a la religión, el pueblo romano hacía lo que ordenara el emperador, quien casi siempre se creía y se auto consideraba un dios protegido de los dioses romanos, ante los cuales éstos no creían que existiera un ser divino más poderoso. Pero la mayoría de los emperadores romanos fueron más supersticiosos que religiosos; casi no creían que existiera el Demonio sino varios dioses, superiores a ellos, que se irritaban con facilidad y que para evitar sus castigos o ganarse sus favores era necesario hacerles diversos eventos y sacrificios.

Las creencias religiosas de los judíos han sido casi las mismas todo el tiempo; creen que existe un sólo Dios, universal, omnipotente, con semejanza física de hombre blanco, pero totalmente bueno y misericordioso. Igualmente, creen en la existencia de un solo Demonio, también con semejanza humana pero de raza negra y malísimo; piensan que el Demonio a toda hora está buscando la manera de joderlos y poniéndoles trampas para hacerlos pecar.

En teorías, la religión cristiana tiene bastantes cosas de la religión judía. Las dos son monoteístas, aceptan los mismos Diez Mandamientos y han cumplido de igual manera con “No matarás”, pero, en la práctica, los cristianos no son monoteístas porque creen y predican que Jesús también es Dios y en su nombre han sido mucho más criminales que los judíos y grandes hacedores de leyes, abogados, santos, vírgenes, y de inventos casi inexplicables como la Trinidad; del bautizo mojado con agua bendita, las hostias y muchas otras cosas, referidas más adelante.

Para darle más claridad al enredo religioso habido entre Roma y Jerusalén, ya hechas las explicaciones anteriores, habría que reconocer que sería absurdo aceptar que se hubiera hecho una unión y conversión netamente religiosa de la perversa monarquía romana a las creencias de los tercos y perseguidos religiosos seguidores del entonces desconocido Jesús, añadido que, en ética  religiosa, las dos partes eran como el agua y el aceite.

Lo que ocurrió, según los registros históricos, fue que a pesar de que los sacerdotes judíos y las autoridades romanas persiguieron y asesinaron a los cristianos por predicar ese novedoso modo religioso, luego de la muerte del creador de esas teorías, dichas enseñanzas, que además de sabias evitaban pago de impuestos, se convirtieron en apoyo económico y espiritual de los oprimidos o necesitados y la religión cristiana se regó por casi todo el mundo civilizado de entonces y, con el tiempo, los corruptos y astutos dirigentes romanos, cuyas falsas divinidades no habían funcionado, vieron las inmensas oportunidades que podrían surgir al divinizar y explotar política y económicamente esa religión, cosa que perversamente hicieron después. Y lo que siguió mas tarde, como puede verse más adelante, fue que varios líderes de la monarquía romana poco a poco acabaron con los verdaderos religiosos cristianos y después endiosaron a Jesús y ellos mismos se hicieron papas o los elegían a su antojo, y así el papa pasó de ser un religioso, verdaderamente seguidor de la fe y las enseñanzas cristianas, a ser un monarca perverso o un títere de la aristocracia romana, con todos los viejos vicios de las monarquías, como ocurrió, entre otros tantos casos, en el grupo de papas elegidos por la familia de Teofilacto y Teodora, conocidos como ‘la pornocracia’, lo cual es narrado más adelante. 

Pero eso no fue un asunto resuelto de un día para otro sino un lentísimo proceso con numerosos conflictos entre varias generaciones de monarcas romanos, contra religiosos cristianos. Antes no había el título de papa, al principio, la religión cristiana era dirigida por varios obispos que no tenían jefatura unificada, y casi todos esos primeros jefes cristianos fueron cruelmente asesinados por la monarquía romana, muchas veces con la complicidad judía. En todos los territorios ocupados o sometidos por el imperio romano, siempre se imponía la religión del emperador, pero los religiosos cristianos cada vez ganaban más seguidores y además se mezclaban con líderes políticos, lo cual indujo a algunos emperadores, ya avanzado el conflicto, a convertirse en gobernantes antipapas como lo fueron los emperadores Diocleciano y Maximiano, cosa que veremos adelante.

Pero, para mayor claridad, regresemos al comienzo del supuesto hecho que dio lugar al surgimiento de la religión cristiana, tal como la conocemos ahora. Según la Biblia, en un relato que es muy rico en protocolo y jerga religiosa, con ángeles y espíritu santo abordo, el asunto empezó en Judea cuando los padres de una tierna muchacha, llamada María, quisieron hacerla casar con un señor, llamado José, que ella casi no conocía.

El relato evangélico dice que María, para evitar el matrimonio, huyó de su casa y se internó en un monte tupido de olivos, donde, estando meditando, se le apareció un ángel –o arcángel según otras escrituras religiosas, esa parte no es muy clara en cuanto al grado del mensajero de Dios-, y le dio un mensaje acerca de un romance divino y varios días después ella apareció muy nerviosa explicando que por obra y gracia del Espíritu Santo había quedado embarazada de Dios y que iba a tener un hijo suyo.

La Biblia dice que José al principio no le creyó a María, pero que después, en un sueño, se le apareció el ángel Gabriel –éste como que sí portaba escarapela con identidad porque en todos los escritos evangélicos aparece con el nombre de ‘ángel Gabriel’- y lo convenció del asunto, y que cuando el niño nació José lo aceptó como hijo de Dios. Pero, como sea que hubieran ocurrido las cosas, lo cierto fue que para los romanos de la época del arreglo o acomodo de los evangelios, con lo jodidas y putas que eran las mujeres en ese tiempo, por mucho que adornaran ese asunto fue muy difícil que ellos lo creyeran, y esa fábula a todos les causaba más suspicacias que credibilidad.

Vale aclarar que a pesar de las muy adornadas y ambiguas explicaciones de la Biblia, respaldando la veracidad de esos hechos, hasta la fecha no hay prueba cierta de que Dios haya negado o reconocido la paternidad de Jesús, y que sí hay numerosas pruebas históricas de que la endiosada de Jesús fue decretada a la fuerza por la influencia del emperador Constantino en el primer concilio cristiano, realizado en el año 325 en Nicea; y también vale señalar que, desde tiempos remotos, endiosar no era una cosa rara ni desconocida para la monarquía romana; recordemos que Calígula se autoconsideraba divino y exigía que lo trataran como un dios, y que por decreto deificó a una de sus prostitutas hermanas y que, entre otros, los tres emperadores de la dinastía Flavia se autoendiosaron. Y también decía ser dios un tal Simón que vivió en la época que se dice que existió Jesús, pero no existe prueba histórica de que Jesús hubiera hecho o dicho lo que le atribuyen los evangelios, cuya escritura parece haber sido planeada y contratada por la monarquía romana más de cien años después de la muerte del ahora llamado Jesucristo, cuando ya no vivía nadie que lo hubiera podido conocer, y en una época en la que todo el pueblo raso era analfabeta y a todos les hacían creer que era cierto todo lo que estuviera escrito.

Pero no hay duda de que el contenido del modo religioso cristiano tenía mensajes de esperanza y de justicia social que atraían a las multitudes maltratadas, prédicas de fe que hicieron enojar primero a los sacerdotes judíos y después a los gobernadores romanos, quienes trataron con crueldad a los entonces indefensos seguidores de esa religión.

Así pasaron varias décadas de lucha en esa puja religiosa y social, y la desprestigiada monarquía romana no pudo acabar con la cada día más creciente comunidad cristiana, y, para beneficiarse y superar ese fracaso, los monarcas romanos decidieron apropiarse de la religión cristiana y adecuarla a sus conveniencias económicas y políticas. De esa estrategia política surgió la endiosada de Jesús, y después, con toda clase de crueldades, la monarquía eclesiástica romana obligó a la gente a creer y a aceptar la existencia de un supuesto Salvador que, luego de asignarle a Roma la Santa Sede, los había facultado a ellos para que dirigieran la humanidad y fueran jefes de todos los gobiernos del mundo.

En el año 440 hubo un acuerdo que iluminó la imagen de la Iglesia: Los monarcas y la oligarquía romana eligieron pontífice cristiano a León Magno, un político y diplomático del imperio romano que después manejaría bastante bien las cosas, incluso se asegura que además de oligarca era religioso y que salvó a Roma del cruel Atila. Según registros históricos de ese hecho, ante la inminente llegada de Atila, el emperador había huido de Rávena a Roma y luego de esta ciudad quién sabe hacia dónde y atrás huyeron los generales, los coroneles; todo el que pudo puso pies en polvorosa y se marchó de Roma; los precios de los caballos se pusieron por las nubes, hasta los lentos jumentos fueron vendidos a precio de oro. Pero el valeroso papa León Magno, no huyó sino que salió armado de una camándula a enfrentar al temible rey de los hunos, quien quedó lelo al ver al frente suyo nada menos que al sumo jefe de los otrora perseguidos cristianos, de quien no sabía nada de su vida u origen. Se asegura que Atila, quien no era creyente pero tampoco un cobarde capaz de matar a un religioso desarmado, cuando salió de la sorpresa, sonrió y cordialmente saludó al religioso, y que luego los dos hablaron respetuosamente, quedando convenido que los hombres de Atila solo tomarían un mercado al estilo pirata en Roma y no le harían ningún daño a la ciudad. Con ese convenio, el gran político y diplomático papa salvó a Roma de una segura y deseada destrucción de parte de Atila. Pero el papa León Magno fue solo un buen representante entre los muy numerosos papas bandidos que resultaron después, con la conversión de la monarquía romana en jefes religiosos cristianos.

Aunque al alcance del público siempre hubo abundantes datos acerca de las obras religiosas, políticas y de gobierno que realizaron todos los papas, los delitos que ellos cometieron fueron un secreto de Estado de la Iglesia. Es muy cierto que, todo el tiempo, en el Vaticano lo que no ha sido sagrado ha sido secreto; gran parte de lo que veremos de aquí en adelante es un resumen de casos que por mucho tiempo fueron tapados por la Iglesia, pero que por algún motivo fueron sabidos y registrados por los historiadores, aclarando que estos son solo la parte de los ‘pecaditos’ cometidos por los papas, que pudieron ser registrados por algún historiador de la época y salvados de ser quemados por la Iglesia, pero es de suponer que gran parte de los delitos y maldades pontificias quedaron sin registro histórico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

               HISTORIA DE LA IGLESIA Y BIOGRAFÍA DE LOS PAPAS

 

Primero, a vuelo de pájaro, antes de meternos de lleno en la HISTORIA DE LOS PAPAS Y DE LA IGLESIA miremos algunos de los inventos y arandelas protocolarias religiosas que algunos pontífices le agregaron al cristianismo: A san Clemente (Ejerció de jefe de la Iglesia del año 88 al 97), se le atribuye el anexo de la palabra Amén al cristianismo. A san Alejandro (105 a 115), además de reglamentar la materia prima para hacer las hostias, se le atribuye el invento del agua bendita. -Él ha sido un suertudo pues, aunque no patentó su invento, hasta el presente nadie le ha robado esa patente ni se sabe de pirateo ni de plagios a su famosa y mundialmente conocida agua-.

A san Higinio (136 a 140), se le atribuye el invento de los padrinos, una hembra y un varón, en el bautizo cristiano. -Es de notar que este invento sí fue plagiado o se le dio un uso diferente por parte de la mafia siciliana que estableció un sólo padrino en sus organizaciones mafiosas-.

San Urbano I (222 a 230), permitió que la Iglesia tuviera propiedades.- Y a él también se le puede considerar de suertudo porque, en esa época, ningún gobierno del mundo le cobraba impuesto a las propiedades de la Iglesia católica-.

Ponciano (230 a 235), inventó la frase “El señor esté con vosotros”.  San Lucio I (253 a 254), prohibió las relaciones sexuales de cristianos que no fueran entre esposos. –Menos mal que él no duró mucho, no se sabe si después oficialmente abolieron esa prohibición, pero, para los hombres cristianos, no debió ser buena cosa vivir con esas reglas-.

A san Félix I (269 a 274), se le atribuye la fusión humano-divina de la Trinidad, que dio como resultado que el Padre, el hijo y el Espíritu Santo son tres personas distintas y un sólo Dios verdadero. –Matemáticamente, todavía la humanidad no ha podido entender cómo es que funciona ese asunto-.

San Eutiquiano (275 a 283), estableció el uso religioso de la ‘dalmática’, una prenda muy parecida al manto que usaban los emperadores romanos. -La pinta de ellos no tenía porqué ser inferior a la de los emperadores, siendo que ya la Iglesia producía de sobra el dinero para comprarla-.

En el lapso de san Melquíades (311 a 314), ocurrió el triunfo militar cristiano que luego convirtió a la religión cristiana en religión oficial del Imperio Romano. Pero, el verdadero cristianismo hacía mucho tiempo que había desaparecido y los papas ya no eran pacíficos, como el Jesús de Nazaret de la leyenda evangélica, sino hombres sanguinarios y guerreros, miembros de la oligarquía romana que poco a poco se había adueñando de la religión cristiana.

San Silvestre (314 a 335), inventó la ‘Corona Férrea’ y formuló el contenido de ‘El Credo’. A san Marco (336), se le atribuye el invento del ‘Palio’, hecho de lana blanca de cordero bendito. –No está claro si el cordero blanco se bendecía o era solo a su lana.

San Dámaso (366 a 384), introdujo al cristianismo la palabra hebrea ‘aleluya’ e hizo traducir y agregar a esta religión gran parte de las sagradas escrituras de la religión judía. Todo indica que él fue el papa que inició el saqueó cristiano a las escrituras sagradas judías, y que era miembro de la monarquía romana y muy erudito.

San Zósimo (417 a 418), prohibió que los hijos no legítimos fueran ordenados sacerdotes. El sacerdocio era la profesión más lucrativa en ese tiempo y, respecto a ese asunto, La Infamia Cristiana, un libro anónimo viejísimo, dice que a muchísimas personas que vivían en unión libre desde jóvenes les tocó casarse ya viejos, para que sus hijos pudieran ser sacerdotes. El asunto es que, según ese libro, en esos matrimonios de viejos, muchos hombres cambiaron de mujer y metieron “gata nueva por liebre vieja”, cosa que se facilitaba, debido a que las mujeres de esa época no tenían documentos de identidad.

San Félix (483 a 492), no fue casado por la iglesia pero tuvo varios hijos, entre ellos el padre del famoso san Gregorio Magno. Su sucesor fue Gelasio I (492 a 496), el inventor de la frase: “señor ten piedad”.

A San Juan II (533 a 535), se le atribuye el invento del cambio de nombre de los pontífices. –Él tuvo que cambiarse de nombre porque se llamaba Mercurio, nombre de un dios pagano de Roma, pero ese invento ya era viejo entre los monarcas, y según la obra de Idaclio, Los Seglares de Grecia, quienes verdaderamente lo idearon y lo usaron primero fueron, Dolocia, Idona y Antea, tres hermanas, hermosas y ricas prostitutas de Atenas, lo cual , según la obra de Idaclio, “primero contagió a casi todas las putas de Atenas, y poco a poco a los monarcas y luego a todas las putas y también a las demás mujeres del mundo.” Y, desde entonces, a casi todos los papas que siguieron-.

San Sabiniano (604 a 606), estableció y organizó el sonido de campanas en las horas de ceremonias religiosas. Adeodato I (615 a 618), fue el primer papa que usó sello en los documentos de la iglesia. San Teodoro I; (642 a 649), le agregó a ‘Pontífice’ el título de ‘Soberano’. -Eso fue algo muy parecido a los caprichos de la familia de Augusto, el ‘Venerable’,  y los ‘césares’ Julio-Claudios-.

San Eugenio I (654 a 657), les impuso la castidad a los sacerdotes. -En ese tiempo se pensó que el propósito del papa era evitar los abusos sexuales que estaban cometiendo muchos eclesiásticos, pero, el remedio, además de absurdo, puede haber sido peor que el mal que se pretendía sanar. Para mejor remedio y buen ejemplo eclesiástico hubiera sido mejor imponerles a todos sus funcionarios religiosos el matrimonio por la Iglesia-.

San Constantino (708 a 715), implantó el ‘beso de pies’. -Los ateos cultos, a este acto, además de humillante, lo consideran antihigiénico-.

San Zacarías (741 a 752), impuso a Pipino el Breve, de rey de los Francos, quien fue el primer soberano ascendido por un pontífice.

San Esteban II fue papa solo un día en el año 752, pero eso fue suficiente para que sea llamado san Esteban. Cabe señalar que su sucesor fue San Esteban III, a quien se le atribuye el invento de ‘la sacada en hombros’.

Sergio III (904 a 911) fue el primer papa que hizo esculpir la tiara en sus medallas. Juan XV (985 a 996), fue el inventor del ascenso de humanos fallecidos a santos o al menos el primero en iniciar un proceso de canonización; el elegido fue un obispo oligarca alemán, llamado Ulrico, siendo él el primer santo de la Iglesia. -Pero vale aclarar que, en la práctica, san Joaquín y santa Ana, los supuestos abuelos de Jesús, deben ser los santos más viejos de la Iglesia-.

Benedicto VIII (1.012 a 1.024), estableció que los clérigos no se casaran. –Eso fue una gran ventaja para los curas: casaban a los demás hombres y ellos se quedaban solteritos haciendo ochas y panochas-.  Juan XIX (1.024 a 1.032), le puso el nombre de un salmo a las 7 notas musicales. Benedicto IX fue la persona mas joven en llegar a ser papa. Ocupó ese puesto a los 11 años de edad (1.032); fue papa en tres lapsos distintos y murió no siendo papa. Siguiendo el orden cronológico de los pontífices, en otro aparte de esta obra hay más información de este papa de cero en conducta.

San Celestino V (1.294) fue un hombre virtuoso que renunció al pontificado cuando se dio cuenta que la monarquía romana, perversamente, lo usaban a él y a la religión cristiana de instrumentos políticos. En la práctica, él ha sido el único papa, verdaderamente cristiano, que ha tenido la Iglesia.

Según rumores históricos, el papa Calixto III (1.455 a 1.458) excomulgó al cometa Halley por considerarlo cosa del Diablo.

La Iglesia Cristiana, o sea el Vaticano que existe ahora, es un invento romano. Y si Jesús existió, hay que dar por hecho que él fue un semiesclavo del imperio romano, por lo que quizá jamás se imaginó y tal vez por ningún motivo lo hubiera admitido en un testamento, que Roma fuera su ‘Santa Sede’ y que, desde esa ciudad esclavista, la monarquía que tenía sometida a su patria administrara su organización religiosa.

Cabe aclarar que, aunque han sido numerosos los conflictos de papas romanos con reyes o monarcas, casi siempre los problemas graves fueron por asuntos políticos y no por causas religiosas, ya que, como veremos en adelante, la gran mayoría de los papas o jefes de la Iglesia, no fueron personas religiosas sino personajes políticos, ambiciosos de riquezas y poder, sin vocación religiosa.

Tito Domiciano, el último emperador de la dinastía Flavia, fue sucedido por el emperador Nerva (96-98) y este por el emperador Trajano (98-117) en cuyo lapso, en el año 115, ocurrió una rebelión judía. En ese año los judíos declararon como Mesías al líder judío Simón bar Kojba, quien dirigió una gran rebelión que causó una vez más la destrucción total de Jerusalén y, en total, más de un millón de muertos, habiendo finalizado el conflicto en el año 135 cuando el ‘Mesías’ judío fue derrotado y su cabeza fue enviada como trofeo de guerra al emperador Adriano (117-138) quien había sucedido a Trajano. El sucesor de Adriano fue el emperador Antonio Pío (138-161), y ningún historiador volvió a mencionar a los cristianos desde el lapso del emperador Nerón, en el año 68, cuando Tácito escribió que los cristianos se declararon culpables del incendio de Roma, o sea que, durante esos cien años, la secta cristiana pasó inadvertida por los historiadores.

La lista de los primeros 12 papas fue hecha, alrededor del año 173, por el obispo intelectual Irineo de Lyon, pero hasta esa fecha el cristianismo debió tener un número mucho mayor de jefes, pues Irineo cubre 140 años con solo 12 papas, a un promedio de mas de 10 años por papa, lo cual debió ser imposible en el comienzo del cristianismo. Además, al comienzo, la religión de Jesús era dirigida por varios obispos que ninguno se consideraba jefe de los demás, es decir, el cristianismo era algo así como una filosofía religiosa, que era predicada por hombres avanzados en ideas justas y que no tenía jefatura unificada. Pero, según Irineo de Lyon, los primeros 12 papas fueron: San Pedro, quien murió en el año 64 o 67; san Lino (67 a 76); san Anacleto (76 a 88); san Clemente (88 a 97); san Evaristo (97 a 105); san Alejandro (105 a 115); san Sixto (115 a 125); san Telésforo (125 a 136); san Higinio (136 a 140); san Pío (140 a 155); san Aniceto (155 a 166); san Sotero (166 a 175). Hasta esta época, el cristianismo no había hecho registro histórico de sus jefes ni de sus actividades, se cree que casi todos los primeros obispos fueron analfabetas y lo más seguro es que Irineo inventó la mayoría de esos nombres y con ellos llenó el vacío, para ordenar desde entonces una lista verdadera de jefes de la religión cristiana, y, hasta donde se sabe, Irineo fue el primer cristiano en sugerir que Jesús era una Creación de Dios

Es deducible que en esa época, en el Oriente se estaba iniciando la imposición romana de la endiosada de Jesús. Poco antes se habían enfrentado con sus ideas los filósofos Orígenes y Celso. Orígenes era un religioso puritano, seguidor del antiguo cristianismo, de quien, aunque los menciona, no hay datos acerca del modo de su interpretación de los evangelios, pero sí hay registros de escritos suyos con los que ataca al filósofo Celso porque éste en sus obras se burlaba de Jesucristo; entre otras cosas, en uno de sus libros Celso aseguraba que Jesús había sido hijo de una judía amancebada con un soldado romano de nombre Pantero, y que había practicado la magia que aprendió en Egipto y que por eso había tenido unos cuantos discípulos de entre la plebe más miserable y digna de compasión, añadiendo que era indigna de una divinidad su muerte en la cruz.

Es casi seguro que los evangelios surgieron de las obras de Orígenes y del obispo Irineo de Lyon, pero al comienzo éstos no fueron escritos como hechos reales sino como frases máximas de sabiduría. En esa época eran pocas las personas que sabían leer y no existía el papel; la escritura se hacía en papiros y en pergaminos, elementos que sólo estaban al alcance de personas ricas, circunstancia que va en contra de que los supuestos humildes seguidores de Jesús hubiesen podido comunicarse por escrito y con sus cartas generar los Evangelios. Y a lo anterior hay que añadir que, además de los desastres habidos en Judea por la primera guerra romana-judía (66-74), el emperador Adriano (117-138), en la segunda guerra contra los judíos dejó en escombros el territorio de Judea, incluido Jerusalén, por lo que es muy difícil que un siglo después, en la tierra del supuesto Mesías existiera algo que hubiese sido escrito allí, en la época que se supone que vivió y murió Jesús.

En los 140 años siguientes a la lista de pontífices de Irineo de Lyon hubo 22 papas y ya las condiciones de seguridad para ellos eran mucho mejores, pero de la historia de los primeros y verdaderos cristianos, hasta 100 años después de la muerte del inventor de esta religión, no quedó nada registrado o que se sepa con certeza. La mezcla de la religión cristiana con la perversa monarquía romana fue un proceso lento, que empezó en el segundo siglo del actual calendario gregoriano, pero todos los jefes religiosos que seguían y predicaban la auténtica religión cristiana fueron eliminados por los sacerdotes judíos y la monarquía romana, durante el primer siglo del cristianismo.

Siguiendo el orden que estableció Irineo de Lyon, el papa número 13, sucesor de san Sotero, fue san Eleuterio (175 a 189), cuyo nombre significaba ‘hombre libre’ por lo que se deduce que había sido esclavo y liberado, y lo más seguro es que su libertad y su elección de pontífice se dieron con alguna condición política de la monarquía romana. En esa época, el emperador de Roma era Marco Aurelio (161 a 177), quien no había hecho persecución cristiana, y su hijo y sucesor, el emperador Cómodo (177 a 180), tampoco persiguió a los cristianos y el papa Eleuterio fue aliado suyo.

El siguiente papa fue Víctor I (189 a 199), quien fue el primer papa que luchó con los obispos para que celebraran la pascua según el rito romano y no el hebreo, y en idioma latín; en la práctica, ya la monarquía romana influía en la elección del papa y se estaba tomando el cristianismo. Su sucesor fue el papa Ceferino (199 a 217), un romano que era analfabeta y que fue elegido y consagrado por ser títere de Severo, el entonces emperador romano, y quien, debido a su mínimo conocimiento religioso, tuvo que nombrar de secretario suyo a Calixto, otro servil del emperador que sería después su sucesor, el papa Calixto I (217 a 222) quien construyó las catacumbas de la Vía Appia o catacumbas de san Calixto, donde después fueron sepultados 46 papas y numerosos cristianos que por persecuciones político-religiosas fueron asesinados.

Tras la muerte del papa Ceferino, debido a inconformidades internas en el cristianismo por el servilismo político al que estaba sometida la fe cristiana a la dinastía monarca romana de los Severo, en especial a Caracalla, junto con Calixto los opositores religiosos eligieron otro papa, ahora conocido como el antipapa Hipólito, lo cual causó el primer cisma religioso en el cristianismo.

Luego de la muerte de Calixto, fue elegido el papa Urbano I (222 a 230) quien ejerció casi todo el tiempo de su papado enfrentado políticamente con el otro papa de entonces, el ahora antipapa Hipólito, pero sin persecución imperial por ser él aliado y servil del emperador Severo Alejandro, el último monarca romano de la dinastía de los Severo. Pero, por asuntos políticos, este papa fue cruelmente martirizado y asesinado por Maximiano el Tracio, un militar gigante que se convirtió en enemigo del joven emperador Severo Alejandro y, luego de derrotarlo, se hizo emperador de Roma. Poco después, por ser aliados políticos de la monarquía romana, Maximiano asesinó numeroso líderes cristianos; y, como dato curioso, vale añadir que este emperador deificó a su fallecida esposa Paulina, y que él fue el único emperador romano que no conoció a Roma. Sin embargo, su cabeza sí llegó a Roma, en mayo de 238, como trofeo de guerra, y entonces empezó el lapso de los ‘Soldados Emperadores’ un periodo de 50 años en los que, además de un sinnúmero de supuestos herederos del trono, hubo 26 emperadores romanos, de los que sólo Claudio II a quien lo eliminó una peste, no murió asesinado o suicidado. Pero varios de ellos fueron deificados, entre estos el mencionado Claudio II y el emperador Aureliano, o sea que Roma nunca ha parado de ser una fábrica de divinidades humanas.

El sucesor de Urbano I fue Ponciano, (230 a 235) el primer papa, hasta entonces, que abdicó y no murió siendo papa. Fue desde entonces que empezó a registrase por escrito la historia de los papas. Tanto el antipapa Hipólito como el papa Ponciano fueron encerrados por el emperador Maximiano, en una mina de sal, donde concilió con ellos sus abdicaciones a favor de Antero (235 a 236, Antero duró de papa solo 43 días), quien fue el primer papa impuesto directamente por un monarca. Luego de conciliar con el emperador Maximiano, los hasta entonces papas Hipólito y Ponciano, por asuntos políticos fueron martirizados y azotados hasta morir, y sus cuerpos fueron sepultados en las catacumbas de San Calixto. Según rumores históricos, el papa Ponciano era casado y él era el mismo Valeriano, amigo del papa Urbano y esposo de santa Cecilia, la actual patrona eclesiástica de los músicos. Y también existen escritos que dicen que esta santa, que era de familia monárquica, tenía relaciones románticas y políticas con el papa Urbano, amigo de su esposo Valeriano.

El siguiente papa fue Fabián (236 a 250), quien era un granjero laico y fue elegido papa en una reunión secreta debido a la persecución religiosa del emperador Maximiano. Según datos históricos, en esa reunión secreta los dirigentes cristianos estaban discutiendo la elección del sucesor del papa Antero y de repente una paloma se posó sobre el granjero, que era un simple espectador del asunto, lo cual fue interpretado por los religiosos como una señal de Dios para elegirlo a él, y por unanimidad fue elegido papa, procediéndose enseguida a su ordenamiento de sacerdote y de obispo. Eso parece increíble, pero, según el historiador Eusebio de Cesarea, en su obra, Historia de la Iglesia, el granjero laico, de esa reunión salió siendo papa. El papa Fabián murió martirizado, 14 años después, por líos políticos con el emperador Decio (249-251), y fue sepultado en las catacumbas de san Calixto.

Para elegir al sucesor de Fabián hubo que esperar la muerte del emperador Decio, ocurrida 18 meses después, y el elegido fue el papa Cornelio (251 a 253), a quien le tocó enfrentar un problema de apostasía religiosa, surgido poco antes por la persecución del emperador Decio. Ese lío de apostasía se le convirtió al papa en un gran problema con un obispo romano, llamado Novaciano, porque el papa Cornelio era partidario de perdonar y reintegrar a la Iglesia a los cristianos que querían reintegrarse, conocidos como ‘lapsi’, que eran numerosas personas que para evitar la persecución religiosa del emperador Decio habían renunciado a la fe cristiana y que al calmarse las cosas querían reintegrarse a la Iglesia, pero el obispo Novaciano era contrario a ese perdón, ya que él consideraba que el cristianismo debía estar integrado solo por personas santas, que jamás hubieran pecado. Por ese asunto, el obispo Novaciano fue elegido papa por tres obispos puritanos y fundó una congregación religiosa conocida como la Iglesia de los Puros, con lo que provocó la realización de un sínodo, en el cual se condenó su liga religiosa y él fue excomulgado.

El papa Cornelio murió encarcelado y martirizado por líos políticos con Galo, el nuevo emperador romano, quien, para desprestigiar a los jefes del cristianismo, sus enemigos políticos, le acusó de ofender a los dioses romanos y con ello provocar una epidemia en Roma. Su sucesor fue el papa Lucio (253 a 254), quien siguió la política de su anterior en contra de los novacianos o puritanos y, por ser su aliado político, no fue perseguido por Valeriano, el nuevo emperador de Roma.

El siguiente papa fue Esteban I (254 a 257), quien continuó con el problema de los lapsi, pero siendo contrario al emperador y a favor de los novacianos. Fue un papa político y autoritario, decretó que la Iglesia Romana estaba moral y jurídicamente por encima de todas las demás iglesias del mundo, con lo que provocó la ruptura de varias iglesias extranjeras con la romana. Por asuntos económicos y políticos, murió degollado en su silla papal.

El siguiente ocupante de la silla de san Pedro fue el papa Sixto II (257 a 258), quien solucionó el problema lapsi, pero, por orden del emperador Valeriano, fue detenido en una ceremonia religiosa, estando en un cementerio, y ese mismo día fue asesinado junto con varios religiosos que le acompañaban. Su sucesor fue el papa Dionisio (259 a 268), que fue elegido casi un año después de la muerte de su anterior, debido a las persecuciones del emperador Valeriano. Este papa persiguió con dureza el modalismo, una doctrina de un filósofo llamado Sabelio que aseguraba que las tres formas de nombrar a la santísima Trinidad no eran otra cosa que tres formas distintas de nombrar al único Dios. Y por ese mismo asunto tuvo conflictos con el obispo Dionisio de Alejandría, un pleito religioso conocido como “la controversia de los dos Dionisios”. El papa Dionisio fue amigo y colaborador de Galieno, el nuevo emperador de Roma. Su sucesor fue el papa Félix I (269 a 274) quien siguió el conflicto religioso con la Iglesia de Oriente, por la interpretación religiosa de la Trinidad y el concepto de la divinidad humana de Jesús, y también tuvo roces religiosos por el reconocimiento eclesiástico de dos naturalezas distintas en Jesucristo.

El siguiente papa fue Eutiquiano (275 a 283) quien ejerció su papado en alianza con los tres seguidos emperadores romanos: Tácito, Floriano y Probo.

En el año 283, tras la muerte de Eutiquiano, fue elegido el papa Cayo (283 a 296), quien era sobrino de Diocleciano, el nuevo emperador romano, siendo este político el primer miembro de la monarquía romana en ser elegido papa. Durante su papado estableció las normas que debían seguirse para ascender a obispo; por conflictos internos por asuntos políticos, cuando él murió, la Iglesia se enemistó con el gobierno romano y eligió de pontífice a un líder político de la oposición del emperador romano.

Ese líder de la oposición y nuevo jefe de la Iglesia fue el papa Marcelino (296 a 304), a quien le tocó soportar una fuerte persecución política de parte de Diocleciano, el emperador de Roma. Por asuntos políticos, el emperador decretó la pena de muerte para todos los ciudadanos romanos que no renunciaran a la religión cristiana e hizo destruir las iglesias y quemar los libros y los textos religiosos cristianos. A la vez los donatistas, un movimiento religioso fundado en Cartago, África, por el obispo Donato, acusaron al papa Marcelino de cobarde y traidor por haber quemado o entregado libros religiosos a los funcionarios romanos, pero ese asunto también era político y no fue comprobado.

La Iglesia siguió siendo contraria al emperador, y, tras la muerte del papa Marcelino, debido a la persecución política, hubo que esperar cuatro años para elegir a su sucesor. El elegido fue el papa Marcelo I (308 a 309) quien tuvo problemas por haber decretado que quienes hubieran renunciado a la fe cristiana por persecuciones políticas, si querían volver a ser cristianos tendrían que pagar fuertes penitencias.

Por ese conflicto del papa con los lapsi, el nuevo emperador romano, Majencio, hizo desterrar al papa Marcelo, quien poco después fue asesinado en el exilio. El siguiente papa fue Eusebio (309) quien quiso arreglarle el problema a los lapsi pero encontró fuerte oposición de un radicalista religioso llamado Heraclio. Ese conflicto fue tan fuerte y amplio que, para solucionarlo, el emperador Majencio los desterró a ambos. Igual que su predecesor, el papa Eusebio fue asesinado en el exilio. Su sucesor fue el papa Melquíades (310 a 314), quien era un político guerrero que antes de ser papa había sido perseguido por los emperadores Diocleciano, Maximiano y Majencio. Durante su papado ocurrió la Batalla del Puente Milvio, en la que Constantino I el Grande, con ayuda militar cristiana derrotó al emperador Majencio. En esa batalla, Majencio murió ahogado tratando de pasar el río Tíber y, por entonces, terminó la persecución política a los cristianos.  

En el año 313, el nuevo emperador romano, Constantino el Grande, legalizó la religión cristiana, temporalmente, y le devolvió las propiedades a la Iglesia mediante una ley que fue conocida como el Edicto de Milán, y después convocó el Primer Concilio de Nicea, realizado en el año 325, donde se confirmó la legalización de la religión cristiana en el imperio romano y por la influencia del emperador se abolió la tesis Arriana, una teoría cristiana que no reconocía a Jesús como hijo de Dios.

En este punto de la historia, no es muy clara la posición que tenía la Iglesia Cristiana Romana acerca de la divinidad de Jesucristo; los dirigentes cristianos romanos eran jefes políticos que lo que les interesaba era el poder y la riqueza, pero los líderes cristianos de Oriente sí eran fanáticos a la religión, y en ese entonces había un conflicto entre dos obispos de Alejandría, con el que estaban causando roces y divisiones entre los cristianos de todo el imperio romano. En ese pleito religioso, de un lado estaba la idea del obispo Alejandro de Alejandría, quien sostenía que Jesucristo tenía naturalezas divina y humana y que por lo tanto era verdadero dios y verdadero hombre; y en contra de ese concepto estaba la creencia del obispo Arrio, cuya posición era que Jesús había sido una creación de Dios y que por eso ni era dios ni tenía naturaleza divina.

Hay que entender que el problema era porque los dos religiosos suponían de modos diferentes la naturaleza de Jesús, pero que eran solo las suposiciones de ellos, y que ese lío era una duda que no se podía aclarar. Para solucionar esa controversia religiosa, a ese concilio asistieron un poco menos de trecientas personas, casi todas del área del conflicto religioso y, en los alegatos, primero hubo un empate entre las dos partes, pero, según se dijo, el emperador Constantino hizo inclinar las cosas hacia el lado de su favorito, el obispo Alejandro, y la endiosa de Jesús quedó realizada, pero enseguida las cosas se complicaron y surgió una guerra civil por el resultado de ese concilio, evento en el que, además de la endiosada de Jesús, nació el credo niceno, pero sin filioque, es decir, no mencionaba al hijo de Dios.

Luego de la derrota de Majencio, el emperador Constantino siguió compartiendo el gobierno del imperio con Licinio, pero, con apoyo cristiano, en el año 337 derrotó a este otro emperador y quedó gobernando todo el imperio y después del Concilio de Nicea hizo ejecutar a quienes no estaban de acuerdo con la existencia del dios cristiano. La colaboración militar cristiana fue determinante para que este emperador se quedara en solitario con el poder romano, y en agradecimiento a esas victorias, entre otras cosas, Constantino le regaló una basílica al siguiente papa, Silvestre I (314 a 335), conocida actualmente como la Basílica de San Juan de Letrán, y antes de morir se hizo bautizar por un obispo cristiano, cosa que lo convirtió en el primer emperador cristiano, siendo él además, en la práctica, el verdadero jefe del cristianismo durante todo su mandato. Pero, aunque Constantino pudo ser el emperador que más les dio ayudas y prebendas a los cristianos, no fue él quien convirtió la religión cristiana en religión oficial del imperio romano, lo cual se dio en el año 380, con el Edicto de Tesalónica, emitido por el emperador Teodosio.

Lógicamente, esa conversión religiosa no se debió a la fe de los romanos en el dios de los cristianos, sino porque, al pasar ese tiempo con la religión cristiana legalizada, la desprestigiada y perversa monarquía romana se convenció de que el cristianismo era sumamente rentable en lo económico, en la política y en la guerra.

Desde el año 314, como consecuencia de la legalización del cristianismo, en el imperio romano hubo una gran persecución a las religiones paganas, con el resultado de un gran número de sacerdotes paganos asesinados y sus templos saqueados y destruidos. O sea que los cristianos empezaron a hacer con otras religiones lo que antes habían hecho con la de ellos.

El emperador Constantino, con apoyo cristiano, destruyó todos los templos de dioses paganos de Grecia y de ellos robó todos sus tesoros, con los que financió y decoró la nueva capital romana que construyó, entonces llamada Constantinopla, ahora Estambul.

Como ya se dijo, en la práctica, el emperador Constantino fue el verdadero jefe de los cristianos durante su lapso, y, en cuanto a su comportamiento humano, Constantino fue como los demás monarcas de su tiempo, es decir, un emperador esclavista y saqueador y un despiadado asesino que ejecutó a todos sus enemigos políticos y a varios familiares suyos, entre estos a Crispo, su hijo mayor, y a Fausta su esposa. Se supo que su hijo fue ejecutado por falsas acusaciones de Fausta, y que luego Constantino descubrió la trama de su esposa, por lo que la ejecutó y se arrepintió de haber ejecutado a su hijo y por eso sufrió un grave cargo de conciencia; el papa Silvestre le dijo que, si se confesaba, Dios le perdonaría todos sus pecados, lo cual hizo, y desde que verificó el error en la muerte su hijo prohibió la ejecución de niños, cosa que condenaba con pena de muerte a quien lo hiciera.

Hasta que finalizó su mandato (en el año 337) fueron prohibidas las crucifixiones y las peleas a muerte de gladiadores en la arena, pero esta última prohibición no le gustó al pueblo romano, ya que desde tiempos remotos esas muertes eran su diversión favorita. En resumen; el emperador Constantino fue el hombre que más influyó en la endiosada de Jesús y fue el padre de ‘los Constantino’, una dinastía de monarcas romanos que pudo ser igual o más perversa y asesina que la de los Julio- Claudios.

El papa Silvestre I fue el creador de la Tiara pontificia, y en todo fue un fiel servil del emperador romano. Su mayor problema fue el surgimiento del arrianismo, un conjunto de doctrinas cristianas escritas por el presbítero Arrio, el hombre de la tesis que no reconocía a Jesús como hijo de Dios, y cuyas ideas fueron derrotadas por la influencia del emperador Constantino; en otras palabras: Sin la influencia del emperador Constantino, lo más probable es que en el Concilio de Nicea se hubieran aprobado las ideas de Arrio y con ello Jesús hubiera quedado reducido a profeta, o quién sabe a qué, pero, bajo cuerda, en esa época la oligarquía eclesiástica romana ya tenía bastante avanzada la endiosada de Jesús. El papa Silvestre I aprobó el resultado del Concilio de Nicea ya mencionado, condenó el arrianismo y, por imposición romana, Jesús fue oficialmente endiosado. En ese concilio, el erudito Arrio fue excomulgado y después murió envenenado, en el año 336, un día antes de serle levantada la excomunión.

El sucesor del papa Silvestre I fue el papa Marcos (336), quien, según rumores, no quiso ser un papa títere del emperador Constantino, y murió poco después de ser entronizado, quizá asesinado, pero no hay mayor información de sus acciones. Su sucesor fue el papa Julio I (337 a 352), a quien le tocó ejercer su papado con el imperio romano dividido. Tras la muerte del emperador Constantino, el imperio romano fue repartido entre sus tres hijos Constantino II, Constancio II y Constante. Poco después, Constantino II fue ejecutado por su hermano Constante y su parte del imperio fue anexada a la de éste. El imperio quedó dividido en dos gobiernos, Constancio II gobernaba al Oriente, y su hermano Constante al Occidente. En cuanto a religión, Constancio era arriano y Constante católico romano, por lo cual, al comienzo, el papa Julio no tenía persecución en Roma, pero el poco antes glorioso obispo Anastasio de Alejandría, sucesor de Alejandro, fue depuesto, y, en el año 350, Constante murió asesinado en una guerra territorial con el autodeclarado emperador Magnencio y luego el imperio romano fue reunificado bajo el mando de Constancio. Esa reunificación imperial fue seguida de una gran persecución religiosa al catolicismo cristiano, de parte del emperador Constancio, cuyo propósito era, igual que en Oriente, establecer el catolicismo arrianismo en Occidente, en otras palabras: No permitir en Occidente que se predicara que Jesús había sido hijo de Dios o dios, sino un profeta, cosa que se aseguraba en Oriente, incluido el lugar donde, supuestamente, había vivido y muerto Jesús. Por solicitud del papa Julio I se realizó un concilio en Sárdica, en el cual se debía dilucidar la destitución de obispos en Oriente, pero, por no cumplirse unos requisitos, los arrianos no asistieron y por eso el concilio fracasó.

No hay datos precisos acerca de la muerte del papa Julio I, lo que sí se sabe es que él fue el inventor de la farsa de que Jesús había nacido el 25 de diciembre, mentira que decretó para beneficiar al dios cristiano, ya que en ese fecha, desde tiempos remotos, en gran parte del mundo se celebraba el Solsticio de Invierno. En su lapso, la endiosada de Jesús estuvo casi abolida, pero la pretensión de la monarquía romana era endiosar a Jesús a como diera lugar y asignar a Roma como su Santa Sede; y ser los monarcas romanos los únicos representantes y beneficiarios del dios hijo de Dios que habían inventado los oligarcas romanos, cosa que sobradamente lograron después. Y, en la práctica, el concilio de Nicea fue el primer salto de la monarquía romana para establecer universalmente la endiosada de Jesús, cosa que, como veremos más adelante, coronarían del todo en el Concilio de Éfeso.

El siguiente papa fue Liberio (352 a 366), cuyo lapso empezó en plena persecución religiosa arriana. El papa no aceptó el cambio religioso, por lo que fue desterrado a Berea, donde durante dos años fue cruelmente maltratado, mientras en Roma varios obispos católicos se volvieron arrianos y eligieron papa a un diácono arriano que ahora es conocido como el antipapa Félix II. Pero la presión política, respaldada por el pueblo romano, hizo que el emperador permitiera el regreso del papa Liberio a Roma. La intención del emperador era que en Roma hubiera un papa católico y otro arriano, y que cada quien creyera a Jesús como le diera la gana, pero el papa arriano Félix II, que creía que Jesús no era Dios porque nació y no existía antes de su nacimiento, mientras Dios ha sido sin principio y eterno; el religioso, indignado por la farsa de la Iglesia Romana, se encerró en su casa y no volvió a ejercer la religión.

En el año 361 murió el emperador Constancio II, su sucesor fue Juliano el Apóstata quien restauró el paganismo como la religión oficial romana, pero éste no duró mucho en el trono; murió en el año 363. Tras su muerte, el imperio romano nuevamente fue dividido entre dos hermanos; uno, llamado Valente, gobernaba en Oriente, y su hermano Valentiniano I en Occidente. Para bien de la oligarquía romana y del papa Liberio, el emperador Valentiniano resultó católico, o sea que admitía que Jesús había sido hijo de Dios y que también era dios. Y muy pronto hubo alianza entre el papa, el emperador de Occidente y gran parte de la oligarquía romana.     

El siguiente papa fue Dámaso I (366 a 384), quien continuó el propósito romano de endiosar mundialmente a Jesús y, para facilitar las cosas, estableció el cambio de idioma, de hebreo a latín, en los ritos religiosos cristianos e hizo traducir la Biblia, del hebreo al latín, que era conocida entonces como la Vulgata. El emperador romano de Oriente era Teodosio I (378-395) quien, en el año 380, declaró como religión oficial la versión ortodoxa de la religión cristiana, con lo que en la práctica dejó al cristianismo romano como religión oficial de los dos imperios.

En la práctica, Dámaso I fue el papa que convirtió a Roma en La Santa Sede Cristiana y además él fue un gran saqueador de los escritos sagrados de la religión judía, a los cuales hizo editar a modo y conveniencia romana; era más mujeriego que religioso y sus preferidas eran las mujeres casadas, los arrianos, sin éxito, lo acusaron de adulterio, siendo él un líder elitista y guerrero que durante los dos primeros años de su lapso peleó con dureza con otro papa, ahora conocido como el antipapa Ursino, elegido junto con él por varios obispos inconformes con su elección. Esa guerra entre religiosos fue tan fuerte que en sus batallas campales diariamente se recogía más de un centenar de cadáveres. Por ese asunto, el papa Dámaso fue acusado de asesinato, pero el emperador de Occidente, Valentiniano I, que como ya se dijo era su aliado, le dio su respaldo, lo  defendió y desterró a Ursino. Después, el papa Dámaso, apoyado por el emperador Valentiniano, hizo un gran número de masacres de religiosos arrianos, apolinaristas y macedonianos, a quienes con toda crueldad asesinaba por herejes, pero, aunque cometió un sinnúmero de asesinatos, la Iglesia lo convirtió en santo por haberle servido tanto a sus intereses económicos y políticos.

Cabe explicar que el apolinarismo era una doctrina contraria al arrianismo, en el sentido de que aseguraba que el espíritu de Jesús sí era Dios, pero no engranaba con la creencia del papa porque convertía el cuerpo del Cristo romano en una marioneta de Dios; y el macedonianismo era una liga religiosa que negaba la divinidad del espíritu santo.

Tras la muerte de Dámaso fue elegido el papa Siricio (384 a 399), quien fue el primer papa que imitó a los emperadores en cuanto a ejecutar leyes, decretos cristianos y mandatos civiles. Y también fue el primer jefe cristiano que usó el título de ‘Papa’.

Como buen miembro de la monarquía romana, el siguiente papa, Anastasio I (399 a 401) ejerció el papado como un monarca eclesiástico y fue reemplazado por su hijo, llamado Inocencio I (401 a 417), quien tuvo fuertes enfrentamientos religiosos con los seguidores del pelagianismo, un movimiento religioso formado por un filósofo de nombre Pelagio, quien, entre otras cosas, consideraba que no existía el pecado original; en otras palabras, para Pelagio, las relaciones sexuales normales de la gente no eran un pecado religioso sino una regla normal de la naturaleza en su función evolutiva. El papa excomulgó a Pelagio por pensar de esa manera, pero con eso no se arregló el lío sexo- religioso, así como tampoco los problemas de fe en la divinidad de Jesús.  

Pero las peores dificultades del papa Inocencio I surgieron por la ocupación del rey visigodo Alarico a la ciudad de Roma, un problema originado por la división del imperio romano en Oriente y Occidente. En esa época era normal dividir el imperio romano entre varios herederos del trono, pero esos repartos fueron causando problemas internos que lo debilitaron y generaron la principal causa de su desastroso fin.

Tras la muerte del papa Inocencio I, fue elegido el papa Zósimo (417 a 418), un político impulsivo que estaba de acuerdo con las teorías de Pelagio y lo absolvió de la condena de herejía que le había impuesto su predecesor, pero por el trato que le dio a ese asunto tuvo varios conflictos religiosos internos y murió de repente, quizá envenenado.

Luego de la muerte del papa Zósimo, fue elegido el papa Bonifacio I (418 a 422), pero su elección no fue aceptada por los diáconos de Roma, porque ellos lo consideraban como muy viejo, terco y mañoso; éstos eligieron papa a Eulalio, quien se entronizó y se instaló en el Palacio Laterano. Sin embargo, el emperador de Roma, Flavio Honorio, mediante decreto resolvió que el verdadero papa era Bonifacio; éste, con su respaldo tomó el Laterano y asumió como legítimo papa, siendo esta la primera vez que la Iglesia, públicamente, permitió que una autoridad civil solucionara un problema suyo religioso. Y aunque muy pocas personas entendieron el significado de ese detalle, el emperador con ese decreto también por primera vez, públicamente, puso en claro quién era el verdadero jefe de los jefes de la Iglesia.

El sucesor del papa Bonifacio fue el papa Celestino I (422 a 432), quien era pariente del poco después emperador romano, Valentiniano III. En el lapso de este papa todavía no se había solucionado el lío religioso por las naturalezas de Jesús, y, en el año 431, por ese tema había un conflicto religioso entre Nestorio, el obispo de Constantinopla, y el obispo de Alejandría, cuyo nombre era Cirilo. Nestorio quería establecer religiosamente que Jesús era un dios que había habitado en un ser humano, pero separado lo humano de lo divino, y que María era madre del Jesús humano pero no de Dios. Al contrario, Cirilo mezclaba lo humano con lo divino y era partidario de establecer que María era madre de Jesús y de Dios. Para solucionar ese asunto, en ese año los jefes cristianos hicieron un Concilio en Éfeso, convocado por el emperador Teodosio II, cuyo resultado inicial fue un empate en condenas mutuas de ambas partes religiosas, pero, poco después, Cirilo sobornó a los familiares y representantes del emperador, quienes obligaron a que el veredicto fuera favorable a la proposición de Cirilo, cuya tesis era igual a la de la monarquía eclesiástica romana.

En la práctica, el concilio de Éfeso lo hicieron en solitario los seguidores de Cirilo, ya que luego del empate entre las tesis de Cirilo y Nestorio, la familia del emperador, que aún no había llegado cuando hubo empate en el evento, intervino en el concilio y los jefes nestorianos fueron acusados como herejes y expulsados del recinto.

 En el Concilio de Éfeso fue confirmada la endiosada de Jesús y, de ñapa, fue conciliado y quedó oficialmente establecido que María, además de ser virgen, era madre de Dios, y además se decretó la prohibición de modificar el credo niceno, norma que fue anulada en el Concilio de Toledo, en el que le añadieron la norma filioque.

Con la explicación anterior debe quedar claro que ‘La Fábula de Jesucristo y la de la Virgen María’ fue aprobada por Cirilo y la familia del emperador Teodosio II, en el Concilio de Éfeso, y que desde entonces la tesis de este obispo quedó legitimada como el soporte divino del cristianismo.

Cabe aclarar que en esa época había un fuerte conflicto religioso entre las iglesias de Oriente, porque, en el primer concilio de Constantinopla, realizado en el año 381, le habían añadido el filioque al credo niceno, o sea que al contenido del rezo le añadieron que el Hijo de Dios era tan dios como el Padre, cosa que no era admitida en todo Oriente. Ese lío religioso era la continuación del conflicto por la tesis arriana, pero en Roma como que no le dieron mayor importancia a ese asunto, pues al Concilio de Constantinopla no asistió ningún representante del emperador romano ni de la iglesia romana y por eso hubo que conciliar ese tema en Éfeso. El credo original de Nicea era así:

Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo.

Y en el concilio de Constantinopla, el credo quedó así:

Creo en un solo Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó en María La virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato,  padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo,  señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados, espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Si a estas alturas de cultura humana se analiza el contenido del credo, se debe llegar a la honesta conclusión de que la humanidad jamás ha tenido información de que Dios haya engendrado un hijo “nacido del Padre antes de todos los siglos”, y que tampoco se sabe con certeza, que ese supuesto hijo de Dios “vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”, y que, por lo tanto, el credo cristiano no es mas que una farsa religiosa surgida de los caprichos arcaicos de sus redactores.

En el concilio de Éfeso se prohibió la versión del credo niceno de Constantinopla y, por disposición de la Iglesia Romana, la diáspora nestoriana fue expulsada del imperio romano, habiéndose refugiado en el imperio sasánida. De hecho, lo resuelto en este concilio fue un edicto impuesto a la fuerza por la familia del emperador Teodosio II y la monarquía eclesiástica romana. Y, en esencia, establecieron una cosa absurda, pues se supone que Dios es mucho más viejo que María, su supuesta madre. Y también es un mandamiento religioso que se contradice; la religión cristiana se autoconsidera como monoteísta, es decir, admite que existe un solo Dios y que es un ser increado, agregados que por lógica desvirtúan a María como madre suya o que exista un hijo de Dios que también sea Dios. Sin embargo, con la jerga religiosa cristiana cualquier absurdo puede ser explicado como cosa cierta.

 Si nos atenemos a la historia que ha sido escrita, ‘La Fábula de Jesucristo’ es una auténtica farsa religiosa romana, pues la realidad histórica es que jamás ha existido el Cristo hijo de María con Dios, sino que el dios Jesucristo fue un invento perverso de la monarquía romana, impuesto en los concilios ya mencionados, para con sus divinidades falsas obtener poderes económicos y políticos, cosa que a la fuerza y usando toda clase de crueldades impuso la Iglesia en todos los lugares que con su chantaje religioso logró conquistar más tarde, ya convertida en el poderoso Imperio Cristiano, tal como lo veremos más adelante. En una parte del contenido del asunto resuelto en el Concilio de Éfeso dice:

“Pues, no decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen.”

 Es obvio que una mujer no puede quedar virgen después de parir un hijo de carne y hueso y que, por lo tanto, lo aquí explicado, además de ser ambiguo, se contradice en cuanto a la virginidad carnal de María.

Así pues, históricamente es claro que la endiosada de Jesús y la farsa de la Virgen María fueron establecidas a la fuerza, por los emperadores Constantino I y Teodosio II con el beneplácito de la monarquía cristiana romana, en los concilios de Nicea y de Éfeso. Después del concilio de Éfeso hubo numerosos conflictos religiosos por las obligadas cualidades y naturalezas del Jesús que luego impuso la monarquía romana, pleitos que ocurrieron porque, sin ninguna prueba verdadera de que tales cosas eran ciertas, la Iglesia estableció a la fuerza que toda la humanidad tenía que creer que Jesús era Dios. Más adelante veremos que la monarquía eclesiástica romana estableció que los papas debían ser exclusivamente ciudadanos romanos, que ejercieran y vivieran en Roma, o, en otras palabras, los jefes de la Iglesia Romana decretaron que la monarquía eclesiástica romana debía ser la única directora del cristianismo y beneficiaria exclusiva de las riquezas económicas y del poder político que producía en el mundo la religión cristiana, y también veremos que hubo un papa que al ser elegido renunció dos veces a la elección del pontificado, para evitarse la obligación de tener  que calumniar a Dios predicando que el Creador había tenido un hijo con una mujer.

Desde entonces, la Iglesia persiguió y asesinó a todos los ideólogos que no estuvieron de acuerdo con las divinidades poco antes proclamadas. Y la forma o modo obligatorio que aplicó la Iglesia en esa imposición religiosa fue tan fuerte que todavía en el Mundo Cristiano no es fácil discutir libremente la certeza de la divinidad de Jesús. Pero, en esa época, el concilio de Éfeso, con la condena nestoriana a la tesis arriana y la definitiva endiosada de Jesús, no solucionó el conflicto interno de la Iglesia, sino que, al contrario, las cosas se complicaron mucho más y por ese lío fueron asesinados muchos religiosos, casi neutrales en ese asunto, porque no veían posible que una mujer hubiera parido un hijo del propio Dios, como era la posición oficial de la Iglesia. Y los asesinatos por supuestas controversias religiosas continuaron por largo tiempo; durante más de mil años, para robar riquezas o por asuntos políticos, la Iglesia no paró de asesinar gente, y quizá causó más muertos que la segunda guerra mundial, pero, con la evolución de la cultura humana y la llegada de Internet, cada vez son menos los que desconocen la historia de esas farsas, y a la vez disminuyen los ingenuos que creen en el dios romano.

Cabe señalar que desde el punto de vista de muchos filósofos, la Iglesia calumnia a Dios al asegurar que Jesús es su hijo y que por lo tanto todos los papas han sido farsantes o ingenuos al predicar tal cosa.

El siguiente papa tomó el nombre de Sixto III (432 a 440), quien por tratar de conciliar el conflicto religioso entre cirilianos y nestorianos fue acusado por los cirilianos de apoyar a los nestorianos. Este papa era miembro de la familia oligarca Colonna, una dinastía de la que muchos de sus miembros hacían parte de la rosca eclesiástica.

En el año 440 murió el papa Sixto III y, para fortunio de la Iglesia, fue elegido papa el político y diplomático León I el Magno (440 a 461), de quien se dice que fue uno de los papas más benéfico para la Iglesia. En el año 450, Valentiniano III, entonces emperador de Roma, había huido de la ciudad de Rávena ante la inminente llegada de Atila, el temible rey de los hunos. En esa época Roma era odiada por muchos pueblos de Europa que antes habían sido saqueados y esclavizados por el imperio romano, cuando era poderoso, pero que los repartos y conflictos internos de las monarquías romanas ya habían debilitado y esa situación la estaban aprovechando algunos de los pueblos que habían sido maltratados por los romanos, reinos que ahora eran poderosos, y le estaban cobrando a Roma esa vieja deuda, mediante saqueos y asesinatos. En esta ocasión, la diplomacia del papa León, con un arreglo hecho en Mantua impidió que Atila destruyera a Roma, y además con ese accionar puso a la Iglesia como la mayor fuerza política de Europa y fue él en la práctica el primer papa que gobernó a Roma. Sin embargo, en el año 455 Roma fue saqueada por Genserico, rey de los vándalos, y lo único que pudo hacer el papa León fue salvar de la muerte a los romanos y evitar que la ciudad fuera incendiada.

Luego de la muerte del papa León I, el siguiente papa fue Hilario (461 a 468), de quien no hay registros de acciones importantes en su papado. Su sucesor fue el papa Simplicio (468 a 483), en cuyo lapso, en el año 476, Odoacro, rey de los hérulos, venció y depuso al emperador Rómulo Augústulo, con lo que finalizó el imperio romano de Occidente. En ese entonces, por el imperio romano de Oriente, estaban en guerra Basilisco y Zenón; primero Basilisco le arrebató el trono a Zenón y declaró el monofisismo como doctrina imperial admitida. La doctrina monofisista sostenía que en Jesús solo había habitado la naturaleza divina, lo cual no engranaba con la doctrina oficial de la Iglesia Católica que sostenía que Jesús había tenido dos naturalezas, una divina y la otra humana. Esta doctrina, en el año 451, había sido condenada en el concilio de Calcedonia. El final de lo resuelto en ese concilio dice: “Tras haber sido reguladas totalmente por nosotros estas cosas, este Santo Concilio ecuménico definió que a nadie se permita proferir otra fe ni escribirla, ni pensarla o enseñarla a otros”.  – Ya la Iglesia quería ser la dueña del pensamiento de toda la humanidad y someterla de conciencia a sus caprichos-.

En Oriente, luego de ser destronado, con ayuda cristiana Zenón recuperó el imperio y prohibió la doctrina monofisista. Entonces, el Imperio de Oriente se convirtió en Imperio Bizantino, con lo que dio fin el antiguo imperio romano, y la Iglesia ya era una gran fuerza religiosa, sin frontera. El papa apoyó a varios líderes invasores y no tuvo problema con los cambios de gobierno que surgieron en Europa. Puede decirse que engranó bien con los nuevos y varios gobernantes de los dos hemisferios.

El siguiente papa tomó el nombre de Félix III (483 a 492), quien hasta antes de ser elegido papa era un aristócrata de oligarquía romana, con mujer y dos hijos, habiendo ocupado la silla de san Pedro gracias al rey germano, Odoacro. Tan pronto se hizo papa entró en conflicto con su subalterno, el patriarca Acacio de Constantinopla, porque éste era seguidor de la doctrina monofisista. El primer paso de ese conflicto fue que el papa Félix excomulgó al patriarca Acacio y éste a su vez lo excomulgó a él, con lo que se inició el después llamado Cisma acaciano; en resumen, un papa en Roma y otro en Constantinopla, los dos mutuamente excomulgados. –Ese conflicto fue tan despiadado, que algunos religiosos creyeron que Dios, haciendo justicia, a los dos papas los mandaría directo al infierno-.

La ‘excomulguitis’ de los papas continuó con Gelasio I (492 a 496), sucesor del papa Félix, quien también excomulgó al patriarca Acasio y él recibió igual trato de éste.

Tras la muerte de Gelasio I, en el año 496, fue elegido papa un miembro de la aristocracia romana, quien tomó el nombre de Anastasio II (496 a 498), siendo en esa época Anastasio I el emperador bizantino. Los dos Anastasio trataron de arreglar el lío del cisma acaciano, pero el papa Anastasio murió de repente, posiblemente envenenado. El sucesor del papa Anastasio II fue elegido el 22 de noviembre del año 498 y tomó el nombre de Símaco (498 a 514), y ese mismo día, el senador romano Festo, apoyado por el emperador bizantino Anastasio I, reunió y dirigió un grupo de clérigos y políticos que eligieron papa al arcipreste Lorenzo.

Debido a que entonces en Occidente había dos papas y que por haber dos eran un gran problema para el rey de Italia, Teodorico el Grande; el monarca, para solucionar ese asunto, apoyó a Símaco y convocó un concilio en Roma en el que Lorenzo, a cambio de ser nombrado obispo de Nocera, aceptó la legitimidad de Símaco. Pero, en el año 501, el senador Festo acusó a Símaco de haber cometido diversos crímenes y el obispo Lorenzo regresó a Roma, para apoyarlo. Poco después, al ser requerido, el papa Símaco se negó a comparecer ante el rey a responder las acusaciones de Festo y, para legitimar su negación, convocó un sínodo, conocido como ‘Synodus Palmaris’, en el que se estableció que ninguna corte humana tenía facultad para enjuiciar a un papa, porque éste solo podía ser juzgado por Dios. Debido a ese imposible, el rey Teodorico encerró a Símaco, y con funciones de papa instaló a Lorenzo en el Palacio de Letrán, hasta el año 506 cuando los dos tuvieron disgustos por asuntos políticos, por lo que lo removió y nuevamente le restableció las funciones papales a Símaco y lo instaló en el palacio de Letrán.

El viejo problema del ‘Cisma acaciano’, o los dos papas a la vez, uno en Oriente y otro en Occidente, fue solucionado por el papa Hormisdas (514 a 523), sucesor del papa Símaco, y padre del futuro papa Silverio. Ya en esa época los papas eran políticos ambiciosos que estaban mezclados o en conflictos con oligarcas y líderes políticos, y la Iglesia era el botín político y económico por el que todos los políticos luchaban para obtener su control.

En el año 525, el rey Teodorico comisionó al papa Juan I (523 a 526), sucesor del papa Hormisdas, para que fuera a Constantinopla a negociar unos asuntos políticos con el emperador bizantino Justino I, pero el papa regresó sin los resultados esperados. Por ese fracaso, al regresar el papa a Roma, Teodorico lo encarceló en Rávena, capital del reino ostrogodo, y lo hizo ejecutar martirizado. Poco después, por imposición de Teodorico, fue hecho papa Félix IV (526 a 530), quien hasta la muerte del rey fue un títere suyo y luego siguió siendo títere del nuevo rey, Atalarico.

En el año 529, se publicó un edicto del papa mediante el cual se nombraba de sucesor suyo a Bonifacio II, cuando Félix muriera, cosa que revivió por poco tiempo el cisma eclesiástico, ya que, cuando murió el papa, el clero eligió a Dióscuro para sucederlo, pero, como cosa normal de quienes estaban en contra de los deseos del monarca de turno, Dióscuro murió a los pocos días de su elección. Y la elección del papa Bonifacio II (530 a 532) quedó en firme, siendo éste un protegido y servil del rey godo Atalarico, pero tuvo una fuerte oposición en el senado romano porque él también quería, mediante edicto, dejar nombrado su sucesor. El papa Bonifacio II murió sin poder definir ese asunto, según rumores, envenenado.

La elección del sucesor de Bonifacio II, no fue fácil. Debido al auge de candidatos y aspirantes a sucederle hubo dos meses de discusiones y luego fue necesario debatir el asunto en el senado romano, y de allí pasó a la Corte Ostrogoda de Rávena, donde se convirtió en un lío bochornoso, por lo cual la Corte emitió un decreto condenatorio de la ‘simonía’ cristiana, en el que agregaba que si volvía ese alegato allí, los involucrados tendrían que pagarle a la corte 3.000 sólidos que serían repartidos entre los pobres.

Conviene explicar que la Iglesia, desde mucho antes, tenía un gran número de curas con nombramientos estables, que, en la práctica, casi todos eran misioneros serviles de la monarquía eclesiástica romana, estratégicamente adoctrinados y esparcidos por muchas partes del mundo, predicando el cristianismo, recogiendo los diezmos para sus jefes y llenándole la cabeza de cucarachas a la gente ingenua y, para someterla de conciencia, estimulando la estupidez.

Por el trabajo y buen engranaje de esos religiosos, los problemas en la elección del papa nunca afectaban la maquinaria productora de diezmos y riqueza de la religión cristiana. En muchos casos los religiosos misioneros también fueron víctimas aprovechadas de los astutos y perversos monarcas de la Iglesia, quienes en su totalidad eran miembros de la oligarquía política de Roma, personajes ambiciosos de riqueza y poder, nada creyentes religiosos, que tuvieron a su favor la falta de comunicaciones y la ignorancia de la gente. Y el adoctrinamiento aplicado por los misioneros eclesiásticos fue tan sometedor de conciencia que todavía hay un sinnúmero de ingenuos que creen en las promesas divinas que venden las iglesias y pastores en todo el mundo.

Luego de numerosos problemas y discusiones, en reemplazo de Bonifacio II fue elegido papa un favorito de la monarquía romana, llamado Mercurio, siendo este el primer pontífice que cambió su nombre, y que, en su caso personal, le tocó cambiárselo por tener el mismo nombre de un dios pagano de los romanos. Tomó el nombre de Juan II (533 a 535), y murió en un concilio, tratando de arreglar el viejo conflicto religioso por la tesis arriana, según rumores envenenado.

El sucesor del papa Juan II fue el papa Agapito I (535 a 536), un radicalista religioso que generó numerosos conflictos entre la Iglesia católica y religiosos arrianos, así como con la emperatriz Teodora, la esposa del emperador bizantino Justiniano I, porque ella era seguidora del monofisismo y contraria a las ambiciones de la monarquía eclesiástica romana. Ya el territorio del imperio romano de Occidente se había convertido en varios Estados, y ahora gran parte del antiguo imperio romano de Oriente era el Imperio Bizantino, cuyo territorio tenía conflictos religiosos con Roma, porque sus habitantes se negaban a reconocer la divinidad de Jesús.

En el año 536, el rey ostrogodo Teodato envió al papa Agapito I a Constantinopla a disuadir al emperador Justiniano I, para que pusiera fin a sus ambiciones territoriales en Italia, donde, Belisario, un general bizantino, se había tomado a Sicilia. Agapito, se cree que murió envenenado en Constantinopla, regresó a Roma en un ataúd de plomo, y no pudo conseguir lo solicitado por el rey Teodato.

El sucesor de Agapito fue el papa Silverio (536 a 537), quien era hijo legítimo del papa Hormisdas y fue elegido con el apoyo del rey Teodato, pero sin el del emperador Justiniano I, quien quería en la silla de san Pedro a Vigilio, su protegido. Estando en Constantinopla, sin saber de la elección de Silverio, Vigilio viajó a Italia con una carta del emperador bizantino dirigida al general Belisario ordenándole que apoyase a Vigilio para su elección de papa. El general, luego de recibir la carta, con su ejército entró a Roma e hizo sitiar la ciudad; después hubo un malentendido de donde resultó acusado de traición el papa Silverio, quien fue despojado de su investidura y enviado al exilio a la ciudad de Patara, entonces en Bizancio, actual Turquía. Poco después, el papa regresó y logró probar su inocencia pero fue encarcelado por orden de la emperatriz Teodora, la esposa del emperador Justiniano, quien lo hizo asesinar en la cárcel, en el año 537, y su sucesor fue el papa Vigilio (537 a 555), el favorito de Teodora. Vigilio era miembro de la nobleza romana y fue un papa desprestigiado por sus frecuentes cambios de actitud religiosa. Cuando murió lo sepultaron en un cementerio de la monarquía romana.

La capital del imperio bizantino era Constantinopla, la antigua capital romana que había construido Constantino I el Grande; de aquí en adelante, hasta el año 590, la elección y el manejo de los papas estuvieron a cargo de políticos bizantinos y reyes godos, que varias veces se tomaron Roma. El papa siguiente fue un miembro de la nobleza romana, elegido por el emperador bizantino Justiniano I, y consagrado con la asistencia de solo dos obispos romanos, quien tomó el nombre de Pelagio I (556 a 561), siendo él en su papado una marioneta del emperador bizantino, por lo cual varias ciudades se separaron de la Iglesia Romana, entre estas Rávena y Milán.

El sucesor del papa Pelagio I también era miembro de la nobleza romana y también fue elegido por el emperador Justiniano I. Tomó el nombre de Juan III (561 a 574), pero casi no existen registros de las acciones de este papa, debido a que su archivo fue destruido por invasores lombardos, es decir, escandinavos.

En el año 565 murió el emperador Justiniano I, y fue sucedido por su sobrino, Justino II (565 a 578). El sucesor del papa Juan III fue elegido casi un año después de vacancia de la silla de san Pedro, debido a las sucesivas invasiones lombardas a Roma. El elegido tomó el nombre de Benedicto I (575 a 579), de quien tampoco se conocen sus actividades religiosas. El siguiente papa fue elegido por el rey visigodo Leovigildo, y no hay registro de sus actividades antes de ser papa. Al ser elegido tomó el nombre de Pelagio II (579 a 590); de este papa se sabe que tuvo conflictos con el patriarca de Constantinopla, por no reconocerle a éste el título de ‘ecuménico’ que ya llevaba, y que él fue un papa mucho más militar que religioso. Murió de peste.  

En el año 590 fue elegido papa un oligarca romano que tomó el nombre de Gregorio I Magno (590 a 604). Este pontífice era bisnieto y nieto, respectivamente, de los papas Félix III y León IV y antes de él ser papa, debido a las constantes guerras habidas entre varios emperadores y reyes, Roma había sido destruida y saqueada varias veces. No hay duda de que el papa Gregorio fue un gran hombre. Su familia, oligarca y de la rosca eclesiástica, lo había educado para la política, pero él tenía vocación religiosa. La clase alta y política de Roma, cuando no quedaba nada que robar, abandonó la ciudad. Se dice que el único rico que se había quedado en Roma era el luego elegido papa Gregorio, quien junto con la tiara cristiana le tocó asumir la crisis de Roma, y por eso fue que este papa ejerció a la vez como protector de Roma y de papa limosnero y dador de limosnas, pues aunque usaba todos los recursos producidos por todas las iglesias cristianas de otros lugares, éstos no eran suficientes para aliviar las enormes necesidades del pueblo romano y le tocó pedir ayuda extranjera. Y tenía que pagarle 500 libras de oro anuales al rey lombardo Agilulfo, para que no atacara la ciudad. Todos sus datos históricos indican que el papa Gregorio fue un hombre bueno y sabio, distinto en eso a casi todos los papas anteriores. 

El sucesor de Gregorio I tomó el nombre de Sabiniano (604 a 606) y fue un papa injusto y odiado por los romanos. Su sucesor fue impuesto por Flavio Focas, el entonces emperador bizantino. Tomó el nombre de Bonifacio III (607), siendo este un hombre de carácter, que al ser entronizado se negó a ser marioneta del emperador, lo que se supone que fue la causa de su pronta muerte. En su corto lapso trabajó con dureza a favor del liderazgo religioso y político de la monarquía eclesiástica romana.

El siguiente turno en la silla de san Pedro fue para el papa Bonifacio IV (608 a 615), quien también fue impuesto por el emperador Focas, pero que, a diferencia del anterior, hasta la muerte de Focas en el año 610, no tuvo problemas con él.

El nuevo emperador bizantino fue Flavius Heraclio I (611-641), quien tras la muerte del papa Bonifacio IV, para sucederlo eligió papa a un sacerdote viejito que tenía más de 40 años de ser cura y que se decía que era taumaturgo porque curaba a los enfermos besándoles las partes enfermas. El anciano sacerdote se llamaba ‘entregado por Dios’ y figura con el nombre de Adeodato (615 a 618), y, como era de esperarse, fue un alma de Dios que curó un gran número de enfermos y no se metió con nadie.  

El siguiente papa fue Bonifacio V (619 a 625), a quien luego de ser elegido papa le tocó esperar más de un año para consagrarse, debido a la demora en la ratificación de su elección por parte del emperador bizantino Heraclio I. Para aliviar la inseguridad política en Italia, este papa estableció que las iglesias católicas fueran lugares de asilo político.  

Tras la muerte del papa Bonifacio V, fue elegido papa el hijo de un cónsul romano, quien tomó el nombre de Honorio I (625 a 638), y quien en su largo lapso tuvo que afrontar un enorme lío político-religioso surgido a raíz de las conquistas territoriales de Egipto, Palestina y Siria por parte del emperador Heraclio. El problema era porque los seguidores de las doctrinas religiosas de esos territorios tenían un conflicto con el cristianismo romano, debido a las naturalezas divina y humana que la Iglesia le había impuesto a Jesús. En algunas creencias no era aceptada la existencia de un dios humano, y entre otras cosas se alegaba que, de ser así, el cuerpo humano de Jesús habría sido tomado por un espíritu divino y convertido en una marioneta de Dios; que el cuerpo de Jesús era humano y que el hijo de Dios era su espíritu; que María era madre del Jesús humano y que ni era virgen ni era madre de un hijo de Dios. Y la Iglesia aseguraba que la virgen María era madre de Jesús humano y de Jesús divino, y que Él era el único y verdadero hijo de Dios y tan dios como el Creador. Con frecuencia, por los alegatos religiosos surgían conflictos violentos en el imperio bizantino; al emperador Heraclio no le temblaba la espada para arrebatar territorios o posesiones, pero en su imperio no quería luchas internas por creencias religiosas. Para solucionar ese conflicto hizo que entre los patriarcas y el papa encontraran un arreglo acerca de las naturalezas de Jesús, acuerdo que supuso el establecimiento del monotelismo, una doctrina que sostenía que en Jesús habitaban dos naturalezas pero una sola voluntad. En este arreglo, el Jesús del catolicismo romano perdió la voluntad humana, actitud que recuperó el Cristo romano en el Tercer Concilio de Constantinopla, en el año 681, en el que fue excomulgado el ya entonces fallecido papa Honorio I, datos históricos que veremos más adelante.

En el año 638, luego de la muerte del papa Honorio, fue elegido papa un religioso radical que tomó el nombre de Severino (640), y que no pudo consagrarse papa hasta el año 640, debido a que el emperador bizantino, Heraclio, se negaba a ratificar su elección si él no se comprometía a aprobar la Ecthesis, un edicto promulgado por el emperador en el que se establecía predicar en el imperio bizantino la fe monotelista, el modo ya explicado relacionado con las naturalezas de Jesús. En respuesta a esa exigencia, el papa hizo embargar los fondos que se usaban para pagarles a las tropas bizantinas de Roma, lo cual provocó que el emperador ordenara el decomiso del tesoro de la Iglesia. Para arreglar el asunto, varios legados de Severino fueron a Constantinopla y le prometieron al emperador que éste firmaría la Ecthesis, obteniendo con esa promesa la ratificación de la elección del pontífice. Pero, luego de ser consagrado, el papa Severino además de negarse a aprobar la Ecthesis convocó un concilio en el que se declaró herético el contenido del edicto del emperador. Entonces el emperador hizo saquear la iglesia de san Juan y el Palacio de Letrán, y en el desarrollo de esas acciones el papa Severino fue asesinado.

El siguiente papa tomó el nombre de Juan IV (640 a 642) y continuó con el conflicto de la Ecthesis, lo que debió ocasionar su pronta muerte.

En el año 641 murió el emperador Heraclio y el trono bizantino quedó dividido entre sus dos hijos, Constantino III Heraclio, hijo de su primera esposa, y  Heraclonas, hijo de Martina, segunda esposa del emperador Heraclio. Heraclonas tenía 15 años y estaba bajo la protección de Martina, quien en vida del emperador había tratado a Constantino como hijo propio, pero éste ahora era adulto y estaba casado. Poco después de estar compartiendo el imperio los dos hermanos, Constantino murió envenenado y luego se descubrió que los causantes del envenenamiento habían sido Martina y su hijo Heraclonas. La familia del difunto emperador Heraclio le cortó la lengua a Martina, y a Heraclonas le cercenaron la nariz y los dos murieron desangrados. Entonces, el hijo mayor de Constantino, de once años y llamado Constante II, fue elegido emperador.

En el año 642, tras la muerte del papa Juan IV, fue elegido papa un cardenal oriental que tomó el nombre de Teodoro I (642 a 649) y que al lío por la Ecthesis, con el nuevo emperador Constante II (641-668), le agregó un conflicto con Pablo, Patriarca de Constantinopla, aduciendo que su elección era anticanónica por haber sido destituido ilegalmente Pirro, el Patriarca anterior. Los dos, el patriarca y el ex-patriarca, se declararon seguidores de la doctrina monotelista y ambos fueron excomulgados por el papa Teodoro. En respuesta a la excomunión, el patriarca Pablo ordenó destruir los templos católicos en Constantinopla y encarcelar a los nuncios papales. Tratando de acabar con ese conflicto, el joven emperador Constante II emitió un edicto, conocido como ‘Typos’, en el que prohibía a todos los súbditos ortodoxos que estaban en la fe cristiana inmaculada y pertenecían a la Iglesia católica y apostólica, luchar o querellarse unos con otros sobre una voluntad o dos voluntades en Jesús”, y ordenó eliminar todos los escritos religiosos conflictivos, incluyendo la Ecthesis. Sin embargo, el emperador no eliminó la doctrina monotelista, de la cual era seguidor, por lo que dejó insatisfecho al papa Teodoro I, razón por la que él convocó un concilio en Letrán para que se aclarara ese tema,  pero habiendo muerto Teodoro antes de que dicho concilio se realizara. Este papa se hacía llamar ‘Pontífice Soberano’ y no hay datos públicos acerca de la causa de su muerte.

El siguiente papa fue Martín I (649 a 655), quien continuó con el conflicto religioso habido entre la Iglesia Romana y el emperador bizantino. Luego de ser entronizado, convocó de nuevo al ya mencionado concilio en Letrán, con cuya determinación fue condenado el monotelismo, que era la fórmula religiosa que quería imponer en Roma el emperador bizantino Constante II, con el propósito de solucionar el problema religioso surgido entre la ortodoxia cristiana y el monofisismo romano. Asimismo, ese concilio confirmó la condena a la Ecthesis, el edicto decretado por el anterior emperador, Heraclio, y excomulgó al patriarca de Constantinopla. En respuesta a esas medidas, el emperador Constante II ordenó que le llevaran preso al papa a Constantinopla. En cumplimiento de esa orden, el exorca de Rávena depuso al papa y lo llevó preso a Constantinopla, donde encadenado y con toda clase de vejaciones fue procesado en el Hipódromo y sentenciado a muerte, pero el emperador le conmutó la ejecución por el exilio en Crimea, lugar donde murió poco después a causa del mal trato que había recibido en el Hipódromo.

Un año antes de la muerte del papa Martín I, por orden directa del emperador Constante II, fue elegido papa un títere suyo que tomó el nombre de Eugenio I (654 a 657); la única novedad de este papa fue que decretó que los sacerdotes cristianos fueran castos a perpetuidad. – La humanidad puede perdonarle su servilismo político, pero la naturaleza sexual humana jamás estará de acuerdo con su decreto absurdo-.

El sucesor del papa Eugenio también fue impuesto por el emperador Constante II. Este papa tomó el nombre de Vitaliano (657 a 672), y durante su largo periodo de funciones el emperador Constante II visitó a Roma y fue recibido con pompas religiosas pero hubo protestas ciudadanas, por lo cual el emperador permitió que luego de marcharse él sus tropas saquearan la ciudad, cuyo botín incluyó el bronce de la cúpula del Panteón. De ese hecho surgió un conflicto entre el papa y Mauro, el obispo de Rávena, quien con el apoyo del emperador hacía todo lo posible para debilitar el poder político del papa, dando como resultado que los dos jefes religiosos se excomulgaron mutuamente.

El emperador Constante II, para que sus hijos heredaran el trono, había asesinado a su hermano Teodosio. En el lapso de este pontífice, el emperador murió asesinado y fue sucedido por sus tres hijos Constantino IV, Heraclio y Tiberio, siendo Constantino IV quien en realidad gobernó el imperio.

Constantino IV, tratando de arreglar los conflictos religiosos, convocó un concilio, que fue realizado en los años 680 y 681 en Constantinopla y en el que, bajo la dirección del emperador, Jesús recuperó la voluntad humana que había perdido en el arreglo antes explicado y en el que surgió otro arreglo de fe religiosa para el imperio bizantino. El resumen de este arreglo se reduce a que, por la presión política de la Iglesia Romana, en este concilio se le reconocieron de nuevo los atributos divinos y humanos al Cristo romano, tema que es retomado y explicado un poco más adelante.

En el año 683 el emperador Constantino IV (668-685) les cortó la lengua a sus hermanos Heraclio y Tiberio, para inhabilitarlos como gobernantes o candidatos al trono y asegurarle la sucesión del trono a su hijo Justiniano II. Este emperador, motivado por asuntos políticos, se apartó del modo religioso que apoyaban sus predecesores y adoptó en el imperio bizantino la vieja fe religiosa de los cristianos romanos. El papa Vitaliano murió antes del concilio del 680, pero engranó en ambos modos religiosos, e inició el empalme de las dos doctrinas religiosas en Bizancio.  

El siguiente papa fue impuesto por el emperador Constantino IV; tomó el nombre de Adeodato II (672 a 676), pero no fue un ‘entregado por Dios’, como su tocayo, sino un títere del emperador y un pontífice que persiguió con dureza a los seguidores del monotelismo, el antiguo modo religioso bizantino, ya entonces considerado hereje por su jefe y elector.

El siguiente ocupante de la silla de san Pedro fue el papa Dono (676 a 678), impuesto por el emperador bizantino, de quien fue un títere y fiel servidor político.

En el año 678, por haber regalado sus riquezas, fue elegido papa por los religiosos romanos un señor religioso que tenía más de 100 años de edad, quien tomó como nombre Agatón (678 a 681). Este señor era un empedernido seguidor de la antigua fe religiosa cristiana y, como era lógico, el emperador bizantino no se opuso a su elección. El veterano religioso, debido a su vejez, no asistió al concilio convocado y dirigido por Constantino IV en Constantinopla, de cuyo resultado se logró un arreglo que restableció el monofisismo religioso en el imperio bizantino; se condenó el monotelismo y se excomulgó al mucho antes fallecido papa Honorio I, excomunión en la que no estuvo de acuerdo el emperador. El viejito papa antes de ser elegido pontífice había quedado en la miseria y logró que el emperador Constantino IV aboliera un impuesto de 3.000 escudos, establecido por Justiniano I, que tenían que pagarle los elegidos a pontífice al emperador bizantino por confirmar su elección.

El siguiente turno en la silla de san Pedro fue para el papa León II (682 a 683), pero la excomunión al papa Honorio I le atrasó por mas de un año la consagración, ya que el emperador Constantino IV, por no creer en la divinidad conciliada y ser creyente del monotelismo como lo era el papa excomulgado, se negó a confirmar su elección hasta cuando fuera anulada esa excomunión, una vuelta incómoda en ese entonces que tuvieron que cumplir los arcaicos o astutos asistentes al ya mencionado concilio. Sin embargo, esa delicadeza moral desapareció en los monarcas eclesiásticos y después no tuvieron problemas para hacer cualquier clase de vejaciones con los papas muertos, como entre otros casos ocurrió con el difunto papa Formoso, cosa que veremos en su turno, en orden cronológico. El pontificado de León II duró menos de un año y se puede decir que lo gozó o lo pasó inadvertido.

La consagración del papa siguiente, Benedicto II (684 a 685), también tuvo un año de atraso después de su elección, por falta de confirmación del emperador Constantino IV, y también pasó en cero su labor eclesiástica, pero este pontífice logró un acuerdo con el emperador, para que de allí en adelante ese asunto pasara a ser manejado como confirmación simple y que estuviera a cargo del exarca de Rávena, requisito que desde entonces fue mucho mas ágil, por solucionarse cerca de Roma, y que empezó favoreciendo a su sucesor Juan V (685 a 686), quien fue confirmado el mismo día de su elección. Lo único que se sabe del papa Juan V fue que le despojó los obispados de Cerdeña y Córcega a la ciudad de Cagliari y se los asignó a la Santa Sede.

En la elección del sucesor del papa Juan V había un conflicto de intereses políticos entre religiosos y militares; por mientras se ponían de acuerdo eligieron papa a un religioso viejito, quien tomó el nombre de Conón (686 a 687) y quien murió envenenado un año más tarde, sin meterse con nadie ni saberse cuál de los dos bandos le dio el tóxico.

El emperador Constantino IV falleció en el año 685 y su sucesor, Justiniano II (685-711), después restableció el viejo modo de confirmación imperial en la elección de los papas, porque el exarca de Rávena fue sospechoso de simonía y señalado de haber sido sobornado en la elección del sucesor del papa Conón. El sucesor del papa Conón, luego de pagar el soborno, tomó el nombre de Sergio I (687 a 701), aunque antes habían sido elegidos el arcediano Pascual y el arcipreste Teodoro pero ninguno de los dos fueron aceptados por el exarca de Rávena y la Iglesia los convirtió en los antipapas Teodoro II y Pascual II.

Cabe señalar que el emperador Justiniano II fue despojado del poder por dos generales entre los años 695 y 705, y no pudo poner preso al papa Sergio I, debido a la oposición del pentápolis y a la alianza del papa con los militares de Rávena, quienes por poco linchan al general Zacarías, el segundo personaje enviado por el emperador para apresar al pontífice. Y también es de señalar que el papa Sergio I, por presiones de la monarquía eclesiástica romana, no aprobó un canon con el que se pretendía establecer que los hombres casados pudieran ejercer el sacerdocio.

Luego de la muerte del papa Sergio I, después de sobornar al exarca se hizo elegir papa un hombre de nombre desconocido que tomó el nombre de Juan VI (701 a 705), siendo este un pontífice político que mediante la entrega de dinero y territorios de dominio eclesiástico a Gisulfo, jefe lombardo, evitó que éste invadiera a Roma. A pesar de no ser religioso, su papado fue bien aceptado por los romanos. Por la buena imagen pública de este papa, su sucesor tomó el nombre de Juan VII (705 a 707), quien logró que el nuevo rey lombardo, Ariperto II, le devolviera los territorios que su anterior le había entregado a Gisulfo. Además, tuvo buenas relaciones con el emperador Justiniano II, quien había perdido el trono y lo recuperó en el lapso de este papa.

El sucesor del papa Juan VII fue un religioso, enfermo de gota, que solo duró 20 días y que tomó el nombre de Sisino (15 de enero a 4 de febrero de 708).

Tras la muerte del papa Sisino fue elegido pontífice un religioso oriental que tomó el nombre de Constantino I (708 a 715) y que después fue bien recibido por el emperador Justiniano II, en un viaje que el pontífice hizo a Constantinopla.

En el año 711, ya habiendo regresado el papa a Roma, se invirtieron las cosas en cuanto al requisito de la confirmación del papa por el emperador bizantino. El cambio en la regla se debió a que el emperador Justiniano II fue derrotado militarmente y ejecutado por el rebelde Filípico Bardano, quien enseguida se autoproclamó emperador. Pero los problemas que se le presentaron por ilegitimidad en el ejercicio de funciones imperiales obligaron a Bardano a pedirle certificación al papa Constantino, quien se la negó porque él era seguidor religioso del monotelismo y quería restablecer esa doctrina en el imperio. Debido a esa negación, Filípico Bardano cayó en desgracia y, en una revuelta política, un militar aliado del papa le hizo sacar los ojos, lo destronó y con el respaldo de la Iglesia se convirtió en el nuevo emperador bizantino Anastasio II (713-715), quien luego hizo abolir todos los edictos de su anterior que fueran contrarios a la voluntad del papa, incluso, al ser destronado por Teodosio III (715-717), este emperador se convirtió en monje, pero luego volvió a la política y en una rebelión fue ejecutado por León III, el entonces emperador bizantino. Y, antes de esa ejecución, para evitar que asesinaran a un hijo suyo, el emperador Teodosio III renunció al trono y luego se convirtió en obispo de Éfeso, o sea que la monarquía y los jefes religiosos eran una misma mezcla.

El siguiente papa fue Gregorio II (715 a 731), un romano de nombre desconocido que además de papa se convirtió en defensor de Roma y mezcló los asuntos religiosos con acciones militares, habiendo abatido con su ejército al exarca de Rávena, cuando éste iba a detenerlo por orden del emperador bizantino. Gregorio II fue el primer papa que gobernó un territorio eclesiástico y su gobierno fue bien aceptado por los romanos; en su lapso aumentó el adoctrinamiento religioso en Europa, especialmente en Alemania, y por los beneficios que le generó al cristianismo romano la Iglesia lo considera como uno de sus mejores pontífices.

El sucesor de Gregorio II fue elegido por el pueblo romano, en el funeral del papa fallecido. Tomó el nombre de Gregorio III (731 a 741), y al ser entronizado fue un amigo de doble cara del rey de Lombardía, Liutprando, quien por su amistad con él no se tomó Roma, pero después el papa se hizo amigo de los enemigos de Liutprando, a quienes apoyó militarmente, cosa que desató la ira de éste y fue necesario que el papa se le humillara para evitar la toma de unos territorios que eran de la Iglesia. Lo sucedió el papa Zacarías (741 a 752), un pontífice político que contribuyó para que Pipino el Breve destronara a Childerico III, el último rey de la dinastía merovingia, es decir, de los monarcas que gobernaron el territorio donde ahora están Alemania, Bélgica, Francia y Suiza.

El rey Zacarías era un monarca inepto y perezoso, Pipino era solo el mayordomo de palacio pero en la práctica él era quien gobernaba el pueblo franco. Habiendo planeado él la usurpación del poder, con la intención de legitimar su condición de monarca le consultó al papa acerca de quién debía ser el rey de los francos. La pregunta que le hizo Pipino al papa fue: ¿Quién debe ser el rey; quien ejerce en la práctica la realeza o quien la ostenta nominalmente? El papa le respondió: “Quien lo es de hecho, séalo de derecho”.

Con el apoyo del papa, el mayordomo destronó al monarca y entonces nació entre ellos dos una fuerte alianza política y militar que fue el pilar para que Pipino el Breve se convirtiera en el origen de la dinastía carolingia. Y fue una alianza simbiótica, pues, con la ayuda de Pipino el Breve, los papas Zacarías y Esteban II formaron o fundaron los Estados Pontificios y, en agradecimiento a esa ayuda, el papa Esteban II (752 a 757), sucesor del papa Zacarías, proclamó a Pipino de ‘Patricio de los romanos’, quien con ese título se convirtió en el político más influyente de Occidente. Y, desde entonces, los papas, por ser a la vez pontífices de la Iglesia y gobernantes de los Estados Pontificios, se convirtieron en poderosos emperadores.

El papa Esteban II fue un fiel aliado de Pipino, y su sucesor fue su propio hermano, quien tomó el nombre de Pablo I (757 a 767) y quien tan pronto fue elegido papa le juró total fidelidad a su amigo el rey Pipino, que fue su jefe y protector.

Cuando murió el papa Pablo I, la elección de su sucesor no fue fácil. Primero hubo un gran conflicto entre clérigos y políticos; luego los clérigos eligieron papa a un sacerdote llamado Felipe, pero enseguida los políticos lo obligaron a renunciar. El duque de Nepi provocó una insurrección armada que impuso como papa a un hermano suyo, quien tomó el nombre de Constantino II, pero poco después fue depuesto y luego declarado antipapa por la Iglesia. La muerte de Pipino el Breve, ocurrida en ese entonces, complicó más el asunto; luego de ires y venires, entre clérigos y políticos acordaron la elección de un colaborador mutuo quien tomó el nombre de Esteban III (768 a 772), siendo él un político que hizo un cambio temporal de la política eclesiástica en cuanto a un alejamiento de los reyes francos y acercamiento a los lombardos, motivado por el matrimonio del nuevo rey franco, Carlomagno, con la hija de Disiderio, rey de Lombardía. Se dijo que Esteban III, como papa, fue un buen diplomático; Carlomagno era hijo de Pipino el Breve, el papa Esteban al comienzo estuvo alejado de él pero muy pronto se vio obligado a solicitar su ayuda para evitar la invasión de Disiderio a territorios de la Iglesia, cosa que resultó positiva a favor del papa.

El sucesor del papa Esteban III, fue el hijo de Tódulo, un importante duque de Roma, siendo él antes de su elección un influyente cónsul romano, y  al ser elegido papa tomó el nombre de Adriano I (772 a 795). Al poco tiempo de ser entronizado este influyente político, el rey Disiderio cometió el error de intentar hacerse a los Estados Pontificios, pero el papa Adriano, igual que su anterior, solicitó ayuda a su amigo el rey Carlomagno, quien no solo le ayudó a evitar la toma de Roma por parte del rey lombardo, sino que además le devolvió al papa todos los territorios dados por su padre, Pipino. Y, Carlomagno, con la ayuda del papa Adriano, destronó a su suegro Disiderio y se hizo rey de los lombardos, siendo él además rey de los francos.

Ya en ese tiempo era total la ausencia de verdaderos cristianos entre los jefes de la Iglesia Católica. Pero, como siempre, esparcidos por todo Oriente y Occidente había un gran número de sacerdotes, predicando la religión cristiana y adoctrinando pueblos ignorantes, llenándoles la cabeza de cucarachas con absurdos religiosos a los ingenuos, que los había de sobra porque así era casi toda la población del mundo en ese entonces.

El emperador bizantino de esa época, Constantino VI (776 a 797), no hizo mayor cosa; Irene, madre del emperador, fue en realidad quien gobernó el imperio en casi todo ese lapso y, para sostenerse en el poder, encegueció y asesinó a su hijo emperador. Pero este imperio había sido sometido por los musulmanes y la emperatriz no le pagaba impuestos religiosos al papa romano sino al califa al-Mahdi. Ya en ese tiempo, el Islam y la Iglesia, además de imperios saqueadores y esclavistas, eran grandes cobradores de impuestos religiosos obligados, y los califas y los papas no dudaban en hacer ejecutar a quien se negara a o se pusiera a pagárselos.

El sucesor del papa Adriano era hasta entonces el tesorero de la Iglesia. Al ser elegido papa tomó el nombre de León III (795 a 816) y aunque no hacía parte de la oligarquía romana, sí era un político astuto que tan pronto se entronizó le envió una carta a Carlomagno, con la que le envió la llave de la supuesta tumba de san Pedro y la bandera de Roma, con la cual reconocía al rey de los francos como protector de los Estados Pontificios. Pero, por no ser de la oligarquía romana, el papa no contaba con el apoyo de la dinastía de su predecesor, quienes le hicieron un atentado en el que León III resultó herido y fue formalmente depuesto e internado en el monasterio de San Erasmo, de donde logró huir a Paderborn a reunirse con Carlomagno a quien le pidió ayuda.

Estando el papa León protegido en Paderborn, la monarquía romana envió allí una embajada que lo acusó de adulterio, pero el rey no validó su deposición y le dio tropas para que lo escoltaran a Roma. Tiempo después el rey fue a Roma y convocó un sínodo, donde escuchó al papa y a sus acusadores; ganó el papa, dos días después, en la Basílica de San pedro, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador de Occidente.

Ese acto de coronación imperial fue el nacimiento del nuevo Imperio de Occidente, una tradición que duró hasta el año 1.452 y que supuso el engranaje de la iglesia cristiana con los imperios de Oriente y de Occidente, con primacía de Roma pero aceptando el papa un poder temporal a los emperadores, quienes ejercían un gobierno civil que era distinto al del pontífice quien, además de Jefe de Estado de los Estados Pontificios, era el jefe mundial de la ya influyente y poderosa Iglesia Cristiana.

En el año 817 fue elegido papa un aristócrata romano que tomó el nombre de Esteban IV (816 a 817) que fue el sucesor del papa León III y que tan pronto fue consagrado le exigió al pueblo romano jurarle fidelidad a Ludovico Pío, rey de los francos, a quien enseguida coronó de emperador de Occidente. El papa Esteban, por problemas políticos, murió envenenado poco después.

El nuevo emperador Ludovico Pío era hijo y sucesor de Carlomagno. Al morir el papa Esteban IV, este emperador hizo elegir papa a un miembro de la oligarquía romana, quien tomó el nombre de Pascual I (817 a 824) y a quien por su ascenso le regaló los territorios de Córcega y Cerdeña. Además, mediante un convenio escrito conocido como ‘Pactum Ludovicianum’,  confirmó las donaciones hechas antes a la Iglesia  por su abuelo Pipino el Breve y por su padre Carlomagno, integradas por Roma, Rávena, Pentápolis, Sabina, Tuscia, Perúgia, Campania y Trívoli, y fueron establecidos entonces los límites del Estado de la Iglesia, dentro del cual el pontífice ejercía de emperador.

El papa Pascual coronó de emperador regente a Lotario, hijo de Ludovico, pero este papa era sumamente ambicioso, a lo último de su mandato entró en conflicto con el emperador, por reclamos de primacía territorial, y tratando de inclinar la balanza a su favor hizo asesinar a dos investigadores imperiales que habían sido asignados para aclarar y solucionar ese asunto. Por esas muertes, el papa fue acusado de asesinato y murió durante el proceso, no se sabe si fue envenenado o si se suicidó. Su gobierno en el Estado de la Iglesia fue injusto, el pueblo romano lo odiaba y no permitió que lo sepultaran en la Basílica de san Pedro.

Debido a que el gobierno pontificio cada vez era más influyente y su alcance de mayor tamaño, ya que en lo religioso no tenía fronteras; el pontífice que reemplazó al papa Pascual, mediante un compromiso político hecho con el candidato antes de ser elegido, fue impuesto por los emperadores Ludovico y Lotario; el elegido fue un político y oligarca romano que tomó el nombre de Eugenio II (824 a 827) y que tan pronto fue consagrado, guiado por el emperador regente, Lotario, estableció las normas de convivencia del pontífice con el imperio de Occidente. Los dos, mediante un documento conocido como ‘Constantitutio Lotharii’, establecieron que de allí en adelante, para la consagración de los papas, sería indispensable que, antes, su elección fuera aprobada por el emperador de Occidente.

En el año 827 las relaciones intrafamiliares de los emperadores Ludovico y su hijo Lotario andaban muy mal. Los dos, por estar peleándose los poderes del imperio, descuidaron la elección del nuevo papa, cuando murió el efímero papa Valentín (duró solo un mes del año 827), quien desde antes de ser papa había sido un servil de ellos dos.

El nuevo papa elegido fue un presbítero de Roma, quien tomó el nombre de Gregorio IV (827 a 844) y a quien ambos emperadores, padre e hijo, por separado, le hicieron jurar fidelidad, antes de su consagración. El asunto fue que el hombre se arrepintió de ser papa, cuando se dio cuenta del lío en que estaba metido por la pelea entre los dos monarcas, y para consagrarlo fue necesario sacarlo a la fuerza de la iglesia de san Cosme y san Damián donde estaba internado, huyéndole a la postura de la tiara.

Lo difícil de resolver, para el recién elegido papa, era que de todas maneras tenía que decidir si apoyaba al emperador Ludovico, o a su hijo Lotario quien quería destronar a su padre y hacerse único emperador de Occidente; se decidió por Lotario, ya en rebeldía con su padre, y lo acompañó con su ejército a Francia, donde el papa armó un tremendo conflicto con los obispos franceses porque ellos apoyaban a Luis el Piadoso – este Luis el Piadoso, que de piadoso no debió tener mucho ya que por conveniencias políticas había enceguecido y asesinado a un sobrino suyo, era el mismo emperador Ludovico, pero en Francia usaba ese otro nombre-, a quien reconocían como el legítimo soberano y a quien destronó su hijo Lotario con la ayuda del papa y de unos hermanos suyos, habidos en varios matrimonios del Piadoso.

En medio de ese conflicto, el papa amenazó con excomulgar a los obispos franceses que no apoyaran a Lotario, pero los obispos le respondieron por escrito que en lo religioso la iglesia gala no dependía en nada de las peculiaridades de Roma y que, si los excomulgaba, ellos desconocerían sus cánones. Poco después, la solución de ese conflicto religioso se dio por asuntos políticos; los hijos de Ludovico se pelearon entre ellos por el trono francés y tuvieron que restituir nuevamente a su padre a emperador de los francos y las cosas en Francia casi volvieron a la normalidad política y religiosa. Pero en Roma, el manejo de las rentas que le producía la religión a la Iglesia seguía siendo peleado por la muy ambiciosa y corrupta oligarquía eclesiástica romana; el cargo de papa era un premio mayor que todos los miembros de la monarquía romana querían obtener o al menos ser príncipes beneficiarios de la Fábula de Jesucristo.

Cuando murió el papa Gregorio IV, por asuntos políticos y religiosos fueron elegidos dos papas a la vez: un archidiácono llamado Juan fue elegido por el público religioso, y la oligarquía política romana eligió a un aristócrata que tomó el nombre de Sergio II (844 a 847) y que fue consagrado sin que su elección fuera confirmada por Lotario, el emperador de Occidente, razón por la que éste envió a Roma a su hijo Luis II con un gran ejército, para que castigara esa falta. Desde antes, el archidiácono Juan había sido declarado antipapa y condenado a muerte; el papa Sergio II, para arreglar el problema de su consagración sin la aprobación del emperador, coronó como rey de Lombardía a Luis II, el hijo del emperador  –Lombardía es un territorio de Italia, que en ese tiempo era uno de los estados de la Iglesia, cuya capital era Milán-, y según registros históricos, este papa, además de conceder ese reinado, vendió todos los puestos eclesiásticos que pudo vender y todas las cosas de la Iglesia que tuvieron cliente que las comprara, por lo cual su santidad Sergio II ha sido acusado de gran cometedor de simonía, el delito de vender puestos y cosas sagradas de la Iglesia. Cuando él murió era raro el oligarca romano que no tenía el título de ‘obispo cristiano’, certificado  por el papa Sergio II.

El sucesor de este papa fue un estratega militar que por no ser religioso se negaba a ser pontífice, pero al fin lo convencieron. Tomó el nombre de León IV (847 a 855), y pronto derrotó a los saqueadores sarracenos en Ostia y libró a Roma de esos invasores.

Tras la muerte del papa León IV, los romanos eligieron pontífice a un señor religioso que tomó el nombre de Benedicto III (855 a 858), pero el emperador Lotario I se había decidido por el cardenal Anastasio, un aristócrata y político que no contaba con el respaldo de la oligarquía romana, pero que con el apoyo del emperador se entronizó y ejerció de papa hasta cuando la presión romana lo hizo salir para consagrar a Benedicto, quien excomulgó a su similar y éste pasó a la lista de antipapas. Pero hay numerosos datos que aseguran que, en vez del cardenal Anastasio, quien ocupó la silla de san Pedro en ese lapso fue la papisa Juana. En esta época, la familia del emperador de Occidente estaba inmersa en un gran conflicto, peleándose el poder imperial.

Cuando murió el papa Benedicto, para sucederlo fue elegido un oligarca que había sido ‘ascendido’ a subdiácono por el papa Sergio II, quien tomó el nombre de Nicolás I el Magno (858 a 867), siendo este un político ambiciosos y astuto que aprovechó la crisis habida en el llamado reino carolingio, por el ya mencionado enfrentamiento monárquico intrafamiliar, y, sin que el emperador Luis II se diera cuenta, estableció una doctrina que ponía el poder religioso del papa por encima de cualquier poder civil, incluido el representado por el emperador de Occidente, y con esa norma, el papa Nicolás I se convirtió en jefe del emperador y, de frente, le negó el divorcio a Lotario II, hermano del emperador Luis II, cosa que provocó que el emperador sitiara a Roma. Luego se proclamó jefe religioso del patriarca de Oriente, Focio, quien también era un político de la misma calaña del papa Nicolás I y quien ahora estaba en conflicto con una parte de la monarquía de Oriente. Pero, el patriarca Focio no solo se negó a aceptarle la subordinación religiosa al papa Nicolás sino que, en respuesta, lo excomulgó, le eliminó el filioque al credo de Oriente y puso al papa en conflicto con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Nicolás, como la gran mayoría de papas, no fue un hombre religioso, pero debido a los logros económicos y de poder político que él consiguió para el cristianismo romano, la Iglesia lo tiene en la lista de los mejores papas.

En el año 858, el pueblo raso romano, cansado del gobierno que venían haciendo los papas políticos y corruptos, eligió papa a un viejito cristiano que era casado y tenía una hija, pero que era un hombre honesto, culto, bueno y religioso. El viejito se negó en varias ocasiones a aceptar la elección de papa, pero el pueblo le rogó que aceptara y lograron convencerlo. Tomó el nombre de Adriano II (867 a 872), y fue él un papa que se dedicó a solucionar los problemas religiosos entre la iglesia de Oriente y la de Occidente, y autorizó ejercer el cristianismo en cualquier idioma, ya que desde su punto de vista Dios no tenía barreras idiomáticas, libertad que no era permitida por la Iglesia. El viejito papa vivía sanamente con su esposa y su hija en el Palacio de Letrán, pero un oligarca, familiar del antipapa Anastasio, asesinó a las dos mujeres en Letrán y a los pocos días murió el anciano papa, no se sabe si de tristeza o envenenado.

Se ha rumorado que el papa Juan VIII (872 a 882), sucesor del papa Adriano II, fue la mujer que, haciéndose pasar por hombre, tomó ese nombre. Este papa, poco después de ser consagrado coronó de emperador de Occidente a Carlos el Calvo, para que le ayudara a combatir los sarracenos, que estaban a punto de tomarse Roma. En esencia, los sarracenos eran musulmanes, más que todo árabes, quienes muchas veces intentaron tomarse Roma. En su lapso, este papa hizo numerosas masacres y murieron como animales salvajes un gran número de sarracenos, él perdió varias batallas y le tocó lidiar el problema del cisma religioso de Oriente, al fin aceptando su dogma católico, con lo que, entre otras cosas, fue admitida por la Iglesia de Occidente la legalidad en Oriente del credo sin filioque, es decir, sin incluir en el rezo al Hijo a Dios.

También se especuló que los enemigos políticos de este papa lo trataban de papisa Juana por su afeminada manera de hablar y por ser conciliador con los orientales, pero que éste no fue la papisa Juana, ya que se asegura que ésta había sido asesinada alrededor del año 857, y que, desde su muerte, para la ceremonia de consagración, la Iglesia había establecido el uso obligado de una silla con el asiento perforado, conocida como ‘Chaise Percée’, donde, antes de ser consagrado, debía sentarse el elegido a pontífice, casi desnudo, quedando el gajo de sus partes en discusión colgado y a la vista, para que dos altos funcionarios eclesiásticos, conocidos como Confirmantes, pudieran verificar que el aspirante era varón, debiendo ellos palpar con sus manos la dotación sexual del elegido, y después que jalaban el miembro y los testículos se oía declarar: “Duos habet et bene pendentes”, literalmente: “Tiene dos y cuelgan bien”, y los presentes respondían en coro: “Demos gracias a Dios”. Esa regla, que ya existía en el tiempo del papa Juan VIII, duró hasta el siglo XVI, cuando fue eliminada por el papa Adriano VI. Sin embargo, aunque todo indica que la papisa Juana sí existió, su época de funciones es confusa, pues hay numerosos datos que la ubican enseguida del papa León IV, en el año 855, inclusive, algunos escritos aseguran que el padre del hijo de la papisa era Lamberto de Sajonía; de todas maneras la Iglesia ha sido experta en ocultar o silenciar sus fallas y delitos, y es casi seguro que su relación oficial de papas no corresponde en todo con la realidad. El papa Juan VIII fue muerto a martillazos, al no hacerle efecto rápido el veneno que ya le habían dado.

El sucesor del papa Juan VIII, fue un religioso que había estado preso por orden del emperador bizantino Basilio I, y quien tomó el nombre de Marino I (882 a 884). Era un hombre revolucionario y murió envenenado poco después de haber anulado la excomunión que su antecesor le había hecho al obispo Formoso, por haber apoyado a su amigo Arnulfo como rey de Italia, en vez de al monarca franco Carlos II el Calvo, a quien apoyó y coronó el papa Juan VIII.

 El sucesor del papa Marino fue un criminal que antes de ser papa les sacaba los ojos a sus enemigos. Era miembro de la oligarquía romana y al ser elegido tomó el nombre de Adriano III (884 a 885). Fue un dictador eclesiástico a favor de la Iglesia Romana; en uno de sus tantos abusos hizo azotar desnuda a una dama en Letrán. En ese tiempo se le consideró como guerrero y sanguinario; expidió un decreto donde establecía que la consagración del papa no requería autorización de ningún emperador. Murió asesinado en circunstancias desconocidas cuando iba en camino a Francia invitado por el monarca Carlos III el Grueso, a quien había adoptado como hijo de la Iglesia Romana. Este papa fue beatificado y, por haber sido un gran criminal, le habían impugnado la canonización, pero fue hecho santo de la Iglesia, mediante un decreto del papa León XIII, en el año 1.891. –En vez de san Adriano debería llamársele san Cuervo-.

El sucesor del papa Adriano fue elegido sin que éste hubiera muerto todavía, razón por la que él se encerró en su casa a esperar la confirmación del asesinato del papa Adriano y no salió hasta cuando le confirmaron el crimen. Enseguida fue consagrado y tomó el nombre de Esteban V o VI (885 a 891) y con él comenzó otra época de papas títeres, que es conocida como ‘la noche del papado’, siendo esta una de las tantas épocas en que los papas fueron títeres de la mal llamada nobleza.

El patriarca de Oriente era Esteban I, hermano del emperador bizantino; allí, en Oriente, el cristianismo desde hacía mucho tiempo estaba en manos de la monarquía imperial. En este lapso, en Occidente fue destronado el emperador Carlos III el Gordo, y el llamado Sacro Imperio Romano Germánico se fraccionó en tres Estados: Alemania, Francia e Italia. Poco después de estos hechos, el rey de Italia, Guido de Spoleto, se hizo coronar de emperador del Sacro Imperio, por su servil, el papa Esteban V, quien fue un títere suyo en todo su lapso.

El sucesor del papa Esteban fue el obispo Formoso, un líder político que había tenido un conflicto con el papa Juan VIII, porque mientas él apoyaba para rey de Italia a Arnulfo, Juan VIII apoyaba a Carlos III el Calvo; fue elegido el Calvo, y el papa Juan VIII excomulgó a Formoso, excomunión que, como vimos, le fue levantada por el papa Marino I. Este obispo, cuyo nombre es desconocido, al ser elegido papa tomó el nombre de Formoso (891 a 896), y luego se vio forzado a coronar de emperador a su contrario político, Lamberto de Spoleto, hijo del ahora fallecido Guido de Spoleto, pero tramó su caída al convencer a su amigo Arnulfo, ahora rey de Francia, para que se tomara a Roma y la liberara de la familia Spoleto. Arnulfo se tomó la ciudad, expulsó a Lamberto y fue coronado por Formoso, en la Basílica de San Pedro, como legítimo emperador del fraccionado Sacro Imperio. El papa Formoso murió envenenado poco después de dicha coronación, y Arnulfo, por enfermedad, tuvo que abandonar Roma y así pudo regresar Lamberto quien nuevamente se posesionó como emperador del Sacro Imperio.

Para reemplazar al papa Formoso fue elegido un oligarca, amigo de la familia Spoleto, quien tomó el nombre de Bonifacio VI (896), pero que, como cosa normal en esa mezcla de papas y emperadores, murió a los quince días de su consagración, de lepra, según la Iglesia, pero se rumoró que fue envenenado porque se negó a hacer un espectáculo de circo con el cadáver del papa Formoso. Para sucederlo fue elegido otro amigo de la familia Spoleto. Éste tomó el nombre de Esteban VI (896 a 897) y tan pronto se consagró ordenó hacer un concilio que fue conocido como ‘Sínodo del terror’, concilio que consistió en hacerle un juicio al cadáver del papa Formoso, cuyo esqueleto fue exhumado y vestido con ropa de papa, con una corona sobre la calavera. El cadáver de Formoso fue acusado de deslealtad a la Iglesia por haber nombrado a su sucesor de forma incorrecta, al hacerlo obispo de la Diócesis de Padua donde supuestamente lo había preparado para que fuera su sucesor. Pero la verdadera razón del asunto era una deuda política; se debía a que Formoso había apoyado a Arnulfo en la anterior destronada de Lamberto de Spoleto, cuya familia asesinó a sus enemigos políticos y quería vengarse con el papa Formoso, sin importarle que ya estuviera muerto. En medio de un gran hedor a carne podrida, el cadáver de Formoso fue interrogado y sin que éste respondiera cosa alguna fue hallado culpable, por lo cual fue declarada inválida su consagración de papa y anuladas todas sus aprobaciones y nombramientos. Al cadáver le quitaron la ropa de papa y le pusieron unos harapos, a la vez que le cortaron los tres dedos que usaba en las bendiciones y luego fue atado a una carroza que lo arrastró por las calles de Roma, y ante el asombro del pueblo romano fue lanzado al río Tíber y luego rescatado con las redes de un pescador que lo llevó a un lugar donde estuvo oculto un corto tiempo. El pueblo romano, al conocer los hechos, apresó al papa Esteban VI y poco después fue estrangulado en un calabozo. La familia Spoleto, por la presión del pueblo romano, para suceder al papa Esteban V permitió la elección y consagración de un oligarca de la oposición, hermano del fallecido papa Marino I, quien tomó el nombre de Romano (897) y quien murió envenenado tres meses después.

El sucesor del papa Romano era de su mismo partido político. Al ser consagrado tomó el nombre de Teodoro II (897) y solo duró veinte días para morir envenenado, tiempo que apenas le alcanzó para hacer sepultar en La Basílica de san Pedro los restos del cadáver de Formoso y anular todo lo resuelto en el ‘Sínodo del terror’, ahora llamado ‘Concilio del cadáver’, y devolverle validez a los actos y nombramientos de Formoso, a la vez que anuló todas las actas suscritas por Esteban VI con la familia Spoleto.

Muerto Teodoro II, la familia Spoleto impuso de papa a un títere del emperador Lamberto de Spoleto, quien tomó el nombre de Juan IX (898 a 900) y quien tan pronto se consagró anuló la coronación del emperador Arnulfo, hecha por el papa Formoso, y en su lugar coronó de emperador, con retroactividad a la coronación de Arnulfo, a su protector Lamberto de Spoleto, quien falleció poco después en un accidente ecuestre. El papa Juan IX continuó las acusaciones en contra del fallecido papa Formoso.

El siguiente papa fue un oligarca romano que tomó el nombre de Benedicto IV (900 a 903), y que al ser consagrado se negó a coronar de emperador del Sacro Imperio a Berenguer, rey de Italia, y en lugar de éste coronó al rey carolingio Luis III, quien fue derrotado y enceguecido por Berenguer, quedando el papa, hasta su pronta muerte, bajo el dominio de la familia del poderoso jefe militar y senador romano Teofilacto y de su esposa, la aristocrática prostituta Teodora, igual que de la hija de ambos, la también prostituta Marozia, quienes desde entonces y por largo tiempo manejaron a su antojo la Iglesia y nombraron y asesinaron a varios papas seguidos.

Su sucesor fue el papa León V (903), quien solo duró un mes en ejercicio y por líos con Teofilacto fue depuesto y encarcelado por su director espiritual, el cardenal Cristóbal, un títere del senador que ejerció ilegalmente el papado durante el año siguiente.

En el año 904 fue elegido el primer papa de la después llamada ‘pornocracia’, cuyos integrantes fueron elegidos y manejados por las prostitutas oligarcas Teodora y Marozia. Estas mujeres, ya se dijo, eran la esposa y la hija de ésta con el cónsul y senador Teofilacto, quienes además fueron dos prostitutas hermosas de la más alta élite social de la Roma de entonces y quienes mediante fornicaciones, intrigas y asesinatos ponían y deponían papas a su antojo. Teofilacto era homosexual y se casó con la aristocrática y hermosa Teodora por apariencias y ambiciones económicas y políticas. Y ella se casó con él porque era un rico jefe militar y todopoderoso político romano, dueño del castillo San Ángel, siendo él una persona tan ambiciosa y perversa que, en aras de conseguir dinero, le dio libertad sexual a Teodora y no se molestaba al ver, primero  a su esposa y después a su supuesta hija, poniendo sus hermosuras y pasiones a fin de acrecentar más las riquezas y las posesiones de su familia. 

Luego de la derrota del rey Luis III, por asuntos políticos el manejo de la Iglesia quedó bajo el dominio total de la familia del senador Teofilacto y eran ellos quienes decidían la elección de los pontífices, y lo que podía y debía hacer el papa. El nombramiento del papa y todo el producto económico y político de la Iglesia les pertenecían a ellos. Pero, en la práctica, Teofilacto manejaba el ejército y el senado romano, y su esposa, con la ayuda de su hija, manejaba la Iglesia. Teodora premiaba a sus amantes preferidos con la tiara pontificia, pero ese premio era una muerte anunciada.

El primero de estos papas tomó el nombre de Sergio III (904 a 911), quien había participado, como obispo, en el ‘Concilio del cadáver’ y quien antes de consagrarse hizo degollar al encerrado papa León V y ordenó estrangular al ahora antipapa Cristóbal. Desde antes de ser elegido pontífice, el papa Sergio era amante de Teodora y luego lo fue también de su hija, Marozia, de cuya relación hubo un hijo que fue papa, con el nombre de Juan XI; siendo estos oligarcas los pilares de una familia romana perversa que después gobernó a Roma por varias décadas y le aportó a la Iglesia varios papas, entre estos los muy perversos Juan XII y Benedicto IX. En este periodo de pontificado, el emperador Luís III había sido capturado, cegado y depuesto por el rey de Italia Berenguer I, quien después trató infructuosamente de que Sergio III lo coronara como emperador sucesor, cosa que el papa no aceptó porque eso no era conveniente para el esposo y padre de sus dos amantes, Teodora y Marozia, y ellas no se lo permitieron.

Aunque solo se interesaba en la política, en el año 906 el papa Sergio emitió una bula, conocida como Canon Episcopi, con la que declaró como hereje la brujería.

En esa época el patriarca de Oriente se había negado a aprobarle el divorcio a León VI,  emperador bizantino, para casarse con su amante Zoe, que le había dado su único hijo. El emperador acudió y arregló las cosas con la élite romana, y el papa Sergio ignoró tanto la legislación civil de la época, como la eclesiástica y aprobó el divorcio del emperador. Eso lo enfrentó con el patriarca Nicolás el Místico, quien dejó de reconocer su autoridad religiosa. En resumen; este papa fue un títere de sus jefes electores y en todo lo que fue útil puso la Iglesia y la religión cristiana al servicio de sus jefas y amantes Teodora y Marozia.  

Cuando murió el papa Sergio, el nuevo papa elegido fue un eclesiástico que también era amante de Teodora y quien tomó el nombre de Anastasio III (911 a 913). Este papa fue un títere de Teodora, pero no llenó las expectativas de su familia, razón por la que fue envenenado por su amante, en coordinación con su esposo, el senador Teofilacto.

El sucesor de Anastasio fue otro amante de Teodora, quien tomó el nombre de Landón (913 a 914) y quien tan pronto se consagró, por orden de Teodora, nombró arzobispo de Rávena a Juan de Tossignano, quizá el más antiguo y más preferido de sus amantes, quien después fue su sucesor con el nombre de Juan X. El papa Landón duró en funciones un poco más de seis meses y murió envenenado por Teodora.

El nuevo papa fue Juan X (914 a 928), y resultó menos manejable y más arisco para el veneno que sus predecesores e hizo valer sus poderes al lograr una coalición pacificadora entre los distintos príncipes de Italia, entre estos Alberico I, el entonces esposo de Marozia, y más tarde coronó como emperador del Sacro Imperio a Berenguer I, con lo cual empezó a organizar un gran ejército para arreglar el problema de los ataques sarracenos. Fue Juan X el primer papa de la historia en ponerse al frente de un ejército, y con un manejo bien motivado derrotó definitivamente a los sarracenos en la Batalla de Garigliano, con lo que se ganó la admiración del pueblo romano y la envidia de Guido de Toscana, el nuevo esposo de Marozia, quien con el apoyo de su excuñado, Hugo de Arlés, lo apresó y lo hizo asesinar en prisión, en compañía de Pedro, hermano del papa y jefe de seguridad del Palacio de Letrán.

Según se ha dicho, el verdadero padre de Marozia fue el papa Juan X; en el año 924, Marozia y su esposo Alberico I intentaron tomarse el poder absoluto de Roma y se enfrentaron con el papa Juan X, resultando asesinado Alberico I, muerte que convirtió en enemigos al papa con su supuesta hija.

Cabe señalar que este Alberico I, para tomarse el poder, había asesinado al duque Guido de Spoleto, y que, poco después de enviudar de Alberico, Marozia se casó con el marqués Guido de Toscana. Y, aunque el papa Juan X fue impuesto por Teodora y hace parte del grupo de papas conocido como la ‘pornocracia’, hay que reconocer que él no fue un títere de la familia de Teofilacto, quienes luego se arrepintieron de haberlo entronizado. Además, vale aclarar que Marozia, cuando se casó con Alberico I, su primer esposo, estaba embarazada de su amante, el papa Sergio III, pero el niño que resultó de ese embarazo, nacido en el año 910, fue legitimado por Alberico. Este hijo de Marozia con el papa Sergio también fue papa y tomó el nombre de Juan XI. Y, durante el matrimonio de Marozia con Alberico I, nació un hijo de ambos que tomó el nombre de Alberico II, quien más tarde protagonizaría la caída de su madre y el asesinato de su hermano; y en su tercer matrimonio, con el rey Hugo de Arlés, Marozia tuvo una hija, primero llamada Berta y luego Eudoxia, que fue esposa de Romano II, emperador bizantino, y amante de Otón I, emperador del Sacro Imperio. La esposa de Teofilacto, Teodora, además de Marozia, tuvo otra hija llamada Teodora la Menor, cuyos  descendientes también fueron papas y/o líderes políticos perversos, como veremos más adelante. Y, como dato curioso, seis de los tantos papas perversos que le aportó a la Iglesia esta dinastía, tomaron el nombre de ‘Juan’, siendo el primero Juan XI y el último Juan XIX; y Benedicto fue el otro nombre que más usaron los papas de este grupo de pontífices perversos.

Años después, siendo Marozia prisionera de su hijo Alberico II, en una charla le aseguró al escritor Tenissio, autor del libro El dios de la Donna Senatrix de Roma, que los escritos de la Vulgata Romana, es decir, la actual Biblia Cristiana, estaban llenos de mentiras piadosas que eran lo mejor para embobar a la gente; que ella nunca había sido religiosa ni había tenido vínculo alguno con ningún religioso; que ninguno de los papas con quien ella había tratado era religioso, y que, hasta donde ella sabía, el único dios de todos los papas era el poder del Señor Dinero. -No hay duda de que Marozia ha sido la mujer más ‘en-papada’ de la historia: hija de  papa, amante de papa y madre de papa-.

El sucesor de Juan X fue elegido por la familia de Teofilacto, antes de que el papa en funciones fuera asesinado en prisión. El elegido fue un cardenal oligarca de quien se decía que era amante de Teodora y quien al ser consagrado tomó el nombre de León VI (928) pero, por alguna razón, fue asesinado a los pocos meses por orden de Marozia.

El siguiente papa fue elegido por Marozia y tomó el nombre de Esteban VII (928 a 931); este papa títere le duró a Marozia un poco más de dos años y, por orden suya, fue asesinado en febrero de 931. Su segundo esposo, Guido de Toscana, murió de repente en el año 929 y se rumoró que había sido envenenado para ella casarse con Hugo de Arlés, rey de Italia.

El sucesor del papa Esteban VII fue el hijo de Marozia con el papa Sergio, quien entonces tenía 20 años de edad y quien tomó el nombre de Juan XI (931 a 935). Fue elegido por su propia madre, Marozia, y fue un títere suyo que lo único importante que hizo fue anular el matrimonio del rey de Italia, Hugo de Arlés con su esposa Alda, para que éste pudiera casarse con Marozia. Hugo de Arlés era hermanastro del segundo esposo de Marozia, Guido de Toscana. Con este matrimonio, el propósito de Marozia era hacerse al poder absoluto de Roma y de Italia, pero resultó fallido debido a que su hijo, el príncipe Alberico II, también quería tener ese poder y se rebeló en contra de su familia; destronó a su padrastro y puso en prisión de por vida a Marozia, su propia madre, igual que a su hermano, el papa Juan XI, a quien hizo ejecutar en prisión.

Desde entonces, Alberico II, en alianza con Odón el abad de Cluny, convirtió a Roma en un ducado independiente, con lo cual pudo controlar el manejo de los papas en los años siguientes. Agilizada la muerte de su hermano papa, Alberico eligió de pontífice a un monje benedictino, quien tomó el nombre de León VII (936 a 939) y a quien destinó para que le arreglara el problema entre él y su padrastro, Hugo de Arlés, que, apoyado por el pueblo italiano, le exigía el gobierno de Italia. Ese asunto fue arreglado mediante el matrimonio de Alberico II con Alda, la hija de su padrastro. Por lo demás, puede decirse que el papa León VII fue un títere totalmente manejado por Alberico, quien fue un monarca seglar con todas las perversidades de los monarcas de su época. El papa León VII murió fornicando con una mujer adúltera.

Para suceder al papa León VII, Alberico eligió a otro papa títere suyo, quien tomó el nombre de Esteban VIII (939 a 942) y quien fue un mandadero y comodín político de este monarca. Hay registros históricos que aseguran que el papa Esteban VIII murió de tétano, luego de que le cortaran la nariz por falta de olfato en los asuntos políticos.

Tras la muerte de Esteban VIII, el conde Alberico nombró un nuevo papa títere, quien tomó el nombre de Marino II (942 a 946) y quien fue tan privado de Alberico que casi no hay registros de sus funciones papales, ni de la causa de su muerte.

El sucesor del papa Marino también fue elegido por Alberico y tomó el nombre de Agapito II (946 a 955). En esa época hubo bastante movimiento político en Europa, Hugo de Arlés, el suegro y padrastro de Alberico, poco antes de morir abdicó de rey de Italia a favor de su hijo Lotario, y luego Lotario fue envenenado por Berengario II, quien fue coronado rey de Italia junto con su hijo Adalberto. Poco después, Berengario II, para afianzarse más en el poder, quiso casar a su hijo Adalberto con Adelaida de Borgoña, viuda de Lotario, pero ésta le pidió auxilio al rey alemán Otón I, quien con un poderoso ejército entró a Italia, se casó con Adelaida y fue proclamado rey de los francos y de los lombardos. Berengario II aceptó ser rey de Italia y vasallo de Otón I.

En suma, la intención de Otón era que el papa lo coronara de emperador, pero Alberico se opuso e hizo que su títere, el papa Agapito, le enviara una embajada al rey alemán, para que le comunicara su negativa en ese sentido. Esa coronación dependía de la poderosa Roma y el amo de Roma era el conde y senador Alberico. Siendo así las cosas, Alberico reunió en la Basílica de san Pedro a los miembros de la nobleza romana y les hizo jurar que al morir el papa Agapito II, elegirían a Octaviano, el hijo suyo, en su reemplazo. Pero, de repente, quizá envenenado, antes que el papa murió el conde Alberico, y el joven Octaviano heredó el título de “Senador y Príncipe de todos los Romanos”. En ese entonces, Octaviano tenía 17 años y era un ‘gomelo’ que no se cansaba de fornicar, jugar dados y correr caballos. Era altanero, no tenía vocación religiosa ni había recibido capacitación o enseñanza en ese sentido.

Un año más tarde que Alberico murió el papa Agapito II, y tal como lo había prometido la nobleza romana, el príncipe Octaviano, con 18 años de edad, fue elegido papa. Tomó el nombre de Juan XII (955 a 964). Según registros escritos, este joven papa fue uno de los hombres más perversos de la Iglesia; en su lapso pontificio se aseguraba que antes que a Dios él prefería al Diablo y que no se sabía ni siquiera el Padrenuestro. Hay tantos escritos acerca de la vida del papa Juan XII, que es imposible saber cuales son ciertos y cuales no. Muchos de esos escritos dicen que era bisexual y que además de las mujeres le gustaban los adolescentes musculosos, y que premiaba a los que mejor se lo fornicaran, dándoles obispados de ciudades selectas, incluso, muchos aseguraron que los ascendía a obispos en cualquier parte, mas que todo en pesebreras de caballos. Y que cometía incesto con su madre, con sus hermanas, con sus sobrinas; y que en el Palacio Laterano mantenía un harem de prostitutas, con lo que lo convirtió en “una casa pública de prostitución”; que a las mujeres de esa época les advertían que no fueran a la iglesia del Laterano, porque el papa para violar no tenía hora ni escogencia, que igual violaba a doncellas, casadas o solteras; que el tipo era un fornicador tan impulsivo que era capaz de violar a una culebra. Además, hay registros donde se narra que Benedicto, director espiritual de Juan XII, le dijo a él que no quería ver más violaciones en el Laterano, y que el papa, para que Benedicto no volviera a ver las violaciones, le hizo quemar los ojos y lo encegueció. También hay acusaciones acerca de que hizo castrar a un cardenal, con lo cual le causó la muerte. Se decía que tenía como 2.000 caballos y que a sus caballos preferidos los emborrachaba con higos empapados en vino y luego los ponía a fornicar con yeguas hermosas y tiernas; y que si alguno de esos caballos, por muy borracho o por cualquier otra razón no fornicaba él lo mataba. Que cuando jugaba le pedía ayuda al Diablo y que a veces, emocionado por un triunfo, brindaba por el Diablo en el altar mayor de la Basílica de san Pedro. 

Cabe señalar que en cuanto a los normales pleitos de las monarquías, el papa Juan XII se vio forzado a pedirle ayuda al rey de Alemania, el luego emperador Otón I. Eso se debió a que Berengario II, rey de Italia, intentó extender su soberanía sobre algunos territorios de la Iglesia, que eran gobernados por el papa. La recompensa por esa ayuda, ofrecida por Juan XII y recibida por Otón I, fue la corona imperial y un juramento de fidelidad de parte del papa, por lo cual el pueblo romano se vio obligado a jurarles fidelidad a los dos. Ese evento fue hecho en Roma, y de ese convenio surgió el Sacro Imperio Romano Germánico. Pero el papa Juan XII no era persona que cumpliera compromiso; tan pronto se marchó Otón de Roma, él buscó alianza con los bizantinos, los búlgaros y los príncipes romanos, para desencantarse del muy ostentoso emperador. Sin embargo, al darse cuenta del incumplimiento, Otón reaccionó con una marcha militar sobre Roma, el papa huyó y el emperador convocó un concilio en la Basílica de san Pedro, en el que el papa fue depuesto y luego lo acusó de traidor, perjurio, incesto, omisión y sacrilegio; imputaciones que eran del todo serias y documentadas. Ese mismo día, para sustituir a Juan XII fue elegido papa el secretario del emperador Otón, un seglar laico llamado León que recorrió todos los grados o instancias religiosas en pocas horas para ser consagrado papa ese mismo día, y que quizá por no tener tiempo para pensar en otro alias, tomó el nombre de León VIII.

El papa Juan XII en su huída se había llevado los tesoros de la Iglesia, luego usó parte de ellos para armar un ejército con el cual regresó a Roma tan pronto se había ido Otón para Alemania. Entonces el papa León VIII tuvo que huir y, tal como había hecho Otón, el ya destituido papa y nuevo ocupador de Roma convocó un concilio, en el que depuso al papa León VIII y le repuso la tiara pontificia a Juan XII, es decir, a él mismo. Desde entonces el papa Juan XII se dedicó el resto de sus días a vengarse de sus supuestos enemigos y a gozar la vida, cometiendo un gran número de asesinatos y de violaciones.

Son muy numerosos y diversos los delitos que se le atribuyen al papa Juan XII y por lo singulares es difícil creer que los haya cometido todos. Lo que sí se sabe con certeza es que su santidad murió de 27 años de edad, de unos martillazos que le dio en la cabeza el esposo de una mujer que él estaba violando.

El clero romano, para suceder al papa Juan XII eligió papa a un cardenal diácono que tomó el nombre de Benedicto V (964), pero Otón, cuando supo ese asunto regresó a Roma, puso preso a Benedicto y lo regresó al rango de diácono, para más tarde enviarlo exiliado a Hamburgo, donde murió asesinado. El emperador repuso en la silla de san Pedro a su protegido, el papa León VIII (964 a 965), quien fue un servil suyo y quien, según registros históricos, murió en plena acción sexual, luego de haber comido demasiado.

Tras la muerte de este papa, el emperador Otón, ahora amante de Berta la hermana del papa Juan XII, nombró papa a Giovanni Crescenzi, hijo de Teodora la Joven y sobrino de Marozia, quien tomó el nombre de Juan XIII (965 a 972), y a quien, aunque varios papas anteriores habían sido títeres de su familia, paradójicamente, le tocó ser títere de Otón y coronarle de emperador a su hijo Otón II, de solo 12 años de edad, pero antes hubo compensación porque ya Otón había nombrado prefecto de Roma a Crescencio I, también hijo de Teodora la Joven y hermano del papa.

Cuando Murió Juan XIII, el emperador Otón eligió papa a un títere suyo que era un desconocido de la oligarquía romana, entonces en cabeza de Crescencio I que quería en la silla de san Pedro a un pupilo suyo llamado Francone. El elegido de Otón tomó el nombre de Benedicto VI (973 a 974), pero debido a la muerte del emperador, este papa fue depuesto por Crescencio I y luego estrangulado por un papa impuesto por éste, el ahora llamado antipapa Bonifacio VII, quien ejerció de papa hasta cuando Sicco de Spoleto, el representante del nuevo emperador Otón II, los hizo salir de Roma a él y a Crescencio I, y luego, por orden de Otón II, impuso de papa a un nieto de Marozia y miembro de la élite de la oligarquía romana, quien tomó el nombre de Benedicto VII (974 a 983) y quien fue un papa títere tanto de la monarquía romana como de Otón II.

Cuando murió el papa Benedicto VII, el emperador Otón II impuso de papa a su vicecanciller imperial, quien tomo el nombre de Juan XIV (983 a 984), pero poco después murió Otón II y fue sucedido por Otón III, de solo tres años de edad, quedando el papa Juan XIV indefenso, circunstancia que fue aprovechada por el entonces también papa Bonifacio VII, para regresar a Roma y hacerlo poner preso y ejercer de papa por segunda vez. El papa Juan XIV fue asesinado poco después estando preso.

En el año 984 murió Crescencio I, y el sucesor de Juan XIV fue impuesto por Crescencio II, monarcas estos que, como ha sido explicado, eran descendientes de Teodora y Teofilacto I. Este papa tomó el nombre de Juan XV (985 a 996) y, después, por asuntos políticos los dos disgustaron y el papa se alió con Otón III, rival político de los Crescencio. En ese tiempo lo que menos quería Crescencio II era tener cerca de Roma a Otón III, razón por la que decidió reconciliarse con el papa y manejarlo a su favor, ya que él, como bisnieto de Marozia y sobrino del fallecido papa Juan XIII, tenía experiencia en ese asunto.

El papa Juan XV, por nepotismo, fue odiado por el pueblo romano, y en lo religioso es recordado porque por un decreto suyo fue ascendido a santo Ulrico de Augsburgo, un obispo que había sido miembro de la nobleza alemana y que fue el primer santo canonizado por la Iglesia. No hay datos que permitan establecer las razones por las que fue canonizado este obispo, lo que sí se sabe es que, para ser santo, la Iglesia jamás ha exigido que el difunto haya sido buena persona; y tampoco ha sido requisito eclesiástico que para ser papa haya que ser religioso. Desde la endiosada de Jesús, en el año 325, la monarquía romana había suspendido las divinizaciones humanas y no hay claridad acerca de la causa del invento de las canonizaciones, pero ese asunto resultó ser un buen negocio para la Iglesia y por eso esta no ha parado de gestionar y canonizar santos.

Pero el santo alemán no cayó bien en la monarquía romana, y, por asuntos políticos, al final del lapso de este papa, que ya era aliado del gobierno alemán, Crescencio II hizo un levantamiento en contra de la Iglesia, rebelión que causó que el emperador Otón III ocupara a Roma y, cuando el papa Juan XV falleció, éste impuso de pontífice a un primo suyo, que fue el primer alemán en ocupar la silla de san Pedro.

El primo del emperador Otón, al ser elegido papa tenía 24 años y tomó el nombre de Gregorio V (996 a 999) y su primer acto como papa fue coronar a su primo Otón III como emperador del Sacro Imperio. Pero este papa, por ser alemán igual que el primer santo, no era bien aceptado por la monarquía eclesiástica romana, y, aprovechando que Otón y el papa habían salido de Roma, Crescencio II, con apoyo bizantino hizo nombrar de segundo papa al obispo Juan Filigato, quien tomó el nombre de Juan XVI. Sin embargo, poco después Otón regresó a Roma e hizo decapitar a Crecencio II y se dice que encarceló de por vida a Juan XVI. En cuanto al papa Gregorio V, todas sus funciones fueron de apoyo a su primo emperador; como cosa normal en esa época, el papa Gregorio V murió de repente.

En el año 999 el emperador Otón III eligió de pontífice al primer francés que ocupó la silla de san Pedro, un hombre que había sido profesor suyo, llamado Gerberto de Aurillac, quien al ser entronizado tomó el nombre de Silvestre II (999 a 1.003). Este señor no era religioso ni político sino un sabio muy adelantado a su tiempo, que estableció el conocimiento de la matemática moderna por toda Europa. Además, era un gran inventor de relojes, ábacos, astrolabios y numerosas cosas que sólo él sabía manejar. También era mago, astrónomo, filósofo y hablaba numerosos idiomas. -Sin comentarios: me quito el sombrero ante este hombre sabio al que la Iglesia Romana ha considerado como diabólico-.

Desde entonces, en la práctica, la monarquía eclesiástica romana se hizo cargo del nombramiento de los papas, y éstos elegían y coronaban a los reyes y a los emperadores que fueran convenientes a los interesas de la Iglesia Romana. Para dar una idea de cómo funcionaba ese asunto, pongamos el ejemplo de que un pastor controla miles de ovejas con un perro. Las ovejas le temen al perro y se dejan controlar de éste, pero es el pastor quien decide lo que haga el perro. Cambiadas las cosas, las ovejas son la gente, el papa es el perro y la monarquía eclesiástica romana es el pastor.

En el año 1.002 murió el emperador Otón III y el poder de manejo de los papas pasó a manos de Crescencio III, hijo de Crescencio II y nuevo gobernador de Roma. El sucesor del papa Silvestre fue elegido por Crescencio III; este papa, sin haber existido antes Juan XVI, tomó el nombre de Juan XVII (ejerció cinco meses en el año 1.003), y de él solo se sabe que era casado, que tenía tres hijos y que murió asesinado. Su sucesor fue el papa Juan XVIII (1.003 a 1.009), quien fue una marioneta del monarca romano Crecencio III, su elector, y quien siendo papa coronó de rey de Italia a Enrique II, futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cosa que disgustó a su protector. Después, por presión de Crescencio III, el papa Juan XVIII tuvo que retirarse del papado poco antes de morir envenenado. Luego, Crescencio III impuso de papa a un clérigo de familia humilde, quien tomó el nombre de Sergio IV (1.009 a 1012) y a quien Crescencio casi no pudo controlar, debido a que éste era más religioso que político y casi no se interesaba en los poderes terrenales del monarca.

En el año 1.012 murió  Crescencio III, y los condes de Túsculo aprovecharon para elegir papa a Teofilacto, uno de sus hijos, quien tomó el nombre de Benedicto VIII (1.012 a 1.024), pero enseguida fue expulsado de Roma por la familia Crescencio, sus parientes y enemigos políticos descendientes de Teodora y Marozia, quienes eligieron a otro papa que tomó el nombre de Gregorio y que ejerció en Roma durante dos años. Sin embargo, con la ayuda de Enrique II de Sajonia, el papa Benedicto recuperó su lugar en Roma. Después, para devolverle ese favor, el papa coronó de emperador del Sacro Imperio a Enrique II, le dio una cruz con símbolo de poder universal y con él participó en varias guerras, donde el papa estableció que desde el sábado en la noche hasta el lunes no hubiera acciones de combate, intervalo que fue conocido como ‘la tregua de Dios’.

El emperador Enrique II era miembro de la dinastía de los Otón y en su lapso revivió el lío del filioque, tema que poco después generó el conflicto religioso conocido como el Cisma Cristiano entre Oriente y Occidente. En cuanto a Benedicto VIII, este fue un papa monarca y guerrero, que hizo subir más la élite de su familia que, igual que los Crescencio, era descendiente de Teodora y Teofilacto. Su sucesor fue su propio hermano, llamado Romano, quien tomó el nombre de Juan XIX (1.024 a 1.032). Este papa, antes de ser elegido para ocupar la silla de san Pedro, además de cónsul era un corrupto senador romano, seguidor de la religión laica, y para consagrarse sobornó a los cardenales, quienes en un solo día le hicieron todos los ascensos eclesiásticos requeridos y, ese mismo día, de hombre laico pasó a ser papa cristiano. Juan XIX es uno de los papas más acusados de sodomía, entre muchas cosa al respecto se dijo que vendió por una gran cantidad de oro el título de ‘Ecuménico’, es decir, de Patriarca Universal, al patriarca de Constantinopla, pero que después la presión política de la monarquía eclesiástica romana le hizo devolver el oro que había recibido y anular ese asunto. Por los registros históricos es fácil deducir que este papa fue un fiel seguidor del ‘Señor Dinero’, que según su tátara abuela Marozia, había sido el verdadero dios de todos los papas que ella conoció.

Hasta aquí hemos visto que los papas no eran elegidos por gente religiosa y que los elegidos ni eran religiosos ni mucho menos sus elecciones eran con fines religiosos. Créase o no, lo que en realidad decidía la elección de los papas era el poder económico, con el que también se costeaba el poder político y el militar. La inversión en obtener el control de la Iglesia o el poder de elegir a los papas, todo el tiempo ha sido la mejor inversión económica y política en todo el sentido de la palabra. Y ese gran negocio, casi todo el tiempo ha sido de propiedad exclusiva de la oligarquía romana, cosa que seguiremos viendo en adelante.

Al morir el corrupto papa Juan XIX, la todavía muy poderosa dinastía de Marozia, mediante soborno a la curia, eligió papa a un tataranieto de esta difunta prostituta, de nombre Teofilacto, que era sobrino de los dos papas anteriores e hijo del conde Alberico III, el dueño del poder de Roma en ese tiempo. El elegido tenía solo 11 años de edad y tomó el nombre de Benedicto IX, y fue papa en tres ocasiones y lapsos diferentes, entre los años 1.032 y 1.048. La primera parte del lapso de este niño papa estuvo manejada por su padre Alberico III (1.032 a 1.044), quien como todos los miembros mayores de su familia era un político perverso en todo el sentido de la palabra. Pero el niño papa muy pronto empezó a hacer diabluras; le gustaban las orgías sexuales y andando en esas se enamoró de una prima suya y renunció al pontificado, para casarse con ella, pero después se arrepintió y retomó la silla de san Pedro. En funciones políticas se hizo aliado del emperador Conrado II y para cobrar una vieja enemistad que Conrado tenía con Heriberto, arzobispo de Milán, excomulgó al arzobispo. En suma de casos, el papa Benedicto IX era un criminal todo delito y varias veces fue expulsado de Roma por los Crescencio, sus parientes y enemigos políticos, pero su aliado emperador lo protegía, lo apoyaba y lo restituía en la silla de san Pedro.

En el año 1.039 murió el emperador Conrado y aprovechó Gerardo di Sasso, un militar romano, para expulsar de Roma al papa y mediante un soborno a la curia, pagado por la familia Crescencio, fue elegido en su lugar el obispo de Sabina quien tomó el nombre de Silvestre III (1.045). Pero, poco después, con el apoyo de su familia, Benedicto expulsó a Silvestre y se posesionó nuevamente en Roma. Más tarde le vendió por 1.500 libras de oro el trono de papa a Juan Graciano, quien fue consagrado con todos los protocolos y las reglas normales de la Iglesia, y luego tomó el nombre de Gregorio VI (1.045 a 1.046), pero, poco después, el ahora ciudadano Teofilacto, regresó sin el oro, a reclamar el trono de papa que había vendido. Había entonces tres papas reclamando como suya la silla de san Pedro: Gregorio VI, en Roma; Benedicto IX, en Túsculo; y Silvestre III, en Sabina. Sin embargo, se tenía como verdadero papa a Gregorio VI que se había consagrado papa oficialmente luego de la compra del trono. Y, como si tres papas no fueran suficientes, con el apoyo de Enrique III, sucesor de Conrado II, fue elegido y consagrado papa el conde de Morsleben quien tomó el nombre de Clemente II (1.046 a 1047), siendo éste un total servil de su elector, a quien coronó de emperador del Sacro Imperio. El periodo que duró este papa fue corto, pero la Iglesia lo reconoció como legítimo, murió de malaria en un viaje que hizo a Alemania y, al ser legitimado, dejó la elección del papa en poder del emperador Enrique III.

El papa Gregorio seguía en Roma, pero nuevamente el papa Benedicto con la ayuda de su familia organizó un ejército, con el cual entró a Roma e hizo huir al papa Gregorio, enfrentándose con la oposición de los Crescencio, familia que igual que la suya era descendiente de Teodora y Teofilacto pero ya en esta época las dos familias eran enemigas históricas. Enseguida siguió una guerra cruel entre las dos familias, en cuyos enfrentamientos fue expulsado de Roma el papa Benedicto, ciudad a donde nunca pudo regresar ni tampoco pudo recuperar el trono y cuando murió, en Grottaferrata, todavía estaba tratando de recuperarlo.

El último papa sucesor de Benedicto IX fue elegido por el emperador Enrique III. Tomó el nombre de Dámaso II (1.048), y murió de repente 23 días después de ser entronizado.

Poco después, el emperador del Sacro Imperio, Enrique III, impuso de papa a un hijo del duque de Alsacia, pariente cercano suyo, quien tomó el nombre de León IX (1.049 a 1.054) y fue él un papa dinámico que quiso poner en alto en Roma el nombre de los papas alemanes, en cuyo propósito estableció un eficiente ordenamiento en las cosas del Estado cristiano y un buen comportamiento de los religiosos, por lo cual se ganó el aprecio de los romanos, pero, por celos políticos y el lío del filioque, no pudo conciliar con el patriarca de Oriente, por lo que aumentó el cisma religioso entre las dos latitudes. El papa León IX armó un ejército para defender los Estados Pontificios de los invasores normandos, pero fue derrotado y fue hecho prisionero hasta poco antes de su muerte y fue canonizado por el papa Víctor III en el año 1.087.

El sucesor del papa León IX también fue impuesto por el emperador Enrique III, el elegido fue un hijo del conde de Calw, otro pariente del emperador, y éste tomó el nombre de Víctor II (1.055 a 1.057). En su lapso murió el emperador Enrique III, quien dejó el trono en poder de Enrique IV, un hijo suyo de solo 6 años de edad. El papa Víctor II fue un servidor de la política alemana y fue el último papa nombrado por un emperador alemán.

Debido a la muerte del emperador Enrique III y a la inexperiencia política de su viuda Gunhilda, la madre y regente del niño emperador Enrique IV, en la elección del sucesor del papa Víctor II fue ignorado el compromiso de aprobación del emperador del Sacro Imperio a la elección papal, y, sin cumplir ese acuerdo, el colegio cardenalicio eligió y entronizó papa al abad de Montecassino, quien tomó el nombre de Esteban IX (1.057 a 1.058). Este papa, con el apoyo de un hermano suyo, conocido como ‘el Barbudo’, organizó y armó un ejército con el que los dos hicieron una expedición militar en contra de los normandos y en esa contienda el papa contrajo malaria y murió.

En la época de la muerte del papa Esteban IX, el colegio cardenalicio, por asuntos políticos internos estaba dividido y no pudo ponerse de acuerdo para elegir al nuevo papa. Una parte de los monarcas de la Iglesia Romana quería que el Estado Pontificio fuera un imperio libre y poderoso y que el papa fuera el emperador más influyente de Europa y del mundo entero, y otra parte apoyaba a los monarcas civiles. En julio de 1.058, debido a esa división, fueron elegidos dos papas; uno tomó el nombre de Benedicto X y el otro de Nicolás II; en definitiva, la silla de san Pedro la ganó Nicolás II (1.059 a 1.061), quien como era de esperarse excomulgó a su rival Benedicto.

Nicolás II había sido respaldado por el entonces obispo y ambicioso líder religioso romano, Hildebrando Aldobrandeschi, futuro papa Gregorio VII, igual que por la sección de la monarquía eclesiástica que quería convertir la Iglesia en el imperio más poderoso del mundo y, para comenzar ese asunto, los monarcas eclesiástico hicieron su ceremonia de consagración más pomposa que la de cualquier emperador de su tiempo. Pero la pomposa ceremonia fue solo el comienzo, ya que lo más trascendente de este papado fueron las reglas establecidas por el papa Nicolás II, en un sínodo que hizo en Letrán, y que gran parte de lo allí establecido fue rechazado por los representantes del emperador Enrique IV, sucesor de Enrique III.

Entre otras cosas, en esas normas el papa Nicolás estableció que de allí en adelante el candidato a papa debía ser ciudadano romano y pertenecer al clero romano, y que su elección o rechazo le incumbía únicamente al colegio cardenalicio, cuya composición sería integrada por cardenales obispos y cardenales presbíteros, todos exclusivamente de Roma; y que el resto del clero católico y el pueblo romano solo tendrían derecho formal posterior a estar de acuerdo o no con la elección del escogido. Además, en uno de los apartes estableció que el emperador, en cuanto a la elección del papa, solo tendría derecho de consenso, nunca de oposición. Puede resumirse que una parte del contenido de esas normas establecía que de allí en adelante el papa tenía que ser un romano que viviera en Roma y que solo podía ser elegido por los monarcas eclesiásticos romanos que vivieran y ejercieran en Roma. En otras palabras: Estableció que, desde entonces, el producto político y económico de la religión cristiana tendría que ser exclusivamente para la monarquía eclesiástica romana, integrada en su totalidad por la muy perversa oligarquía romana. Pero esa pretensión de la monarquía romana no era nueva, desde antes de la endiosada de Jesús, la monarquía romana se auto consideraba de única dueña del producto del cristianismo.

Previniendo un ataque militar del todavía niño emperador Enrique IV, el papa Nicolás hizo alianza militar y negociaciones territoriales con Roberto Guiscordo, jefe de los hasta poco antes enemigos del imperio eclesiástico y ahora poderosos normandos, de quien a cambio de Benevento le entregó un territorio del imperio y de cuyo negocio además recibió armas y logística militar para las tropas de la Iglesia. El papa Nicolás II rápidamente, convirtió los Estados Eclesiásticos en un poderío militar.  

Con el propósito de que la Iglesia heredara los bienes de los religiosos casados, el papa Nicolás decretó que los clérigos casados repudiaran a sus esposas, de lo cual surgió un movimiento conocido como el nicolaísmo. Cuando murió el papa Nicolás, la Iglesia iba en camino a convertirse en el poderoso imperio que la monarquía eclesiástica romana había planeado

Tras la muerte del papa Nicolás II, el colegio cardenalicio eligió un sucesor y, haciendo uso del privilegio contemplado en el Constituio Lotharii, el emperador Enrique IV eligió otro. El elegido por los romanos tomó el nombre de Alejandro II y el del emperador tomó el nombre de Honorio II; luego hubo un lío político y en la silla de san Pedro se quedó Alejandro II (1.061 a 1.073), y como era de esperarse, Honorio II, quien era obispo de Parma, fue excomulgado por su rival.

Este papa continuó el ya viejo conflicto de la Iglesia con el emperador Enrique IV, surgido mas que todo por la anulación unilateral que le había hecho el papa Nicolás II al pacto mutuo del privilegio obligatorio del emperador de aprobar o anular la elección de los papas. El papa Alejandro II, por intereses políticos le negó al emperador Enrique el divorcio de su esposa Berta de Saboya, boda que se había realizado en contra del deseo del emperador, cuando él tenía 16 años.

Ya vimos que en ese tiempo, según el sínodo de Letrán, ni los cristianos ni el pueblo romano podían influir en la elección del papa y que el colegio cardenalicio era la única institución autorizada para esa función. Cabe agregar que los cardenales del colegio cardenalicio eran elegidos a dedo y conveniencias de los monarcas de la Iglesia Romana, que estaba compuesta por miembros de la crema y nata de la oligarquía romana. Pero, en el año 1.073, el pueblo romano se sentía tumbado de su derecho en ese asunto y presionó hasta tal punto que hizo elegir papa al administrador general de los bienes de la Iglesia, el cardenal Hildebrando, quien hacía parte de la élite eclesiástica romana y quien, porque le convenía, en contrariedad con las reglas eclesiásticas, aceptó ser elegido de tal forma. Al ser consagrado tomó el nombre de Gregorio VII (1.073 a 1.085), siendo este hombre un político hipócrita y ambicioso, muy distinto al religioso que fingía ser, que con su solapada astucia había enriquecido las arcas de casi todas las iglesias de Roma.

Poco después de su consagración, el papa Gregorio VII publicó un edicto, conocido como ‘Dictatus Papae’, donde se establecían el tratamiento y las consideraciones que se le debían dar al papa. El contenido de ese documento puede resumirse en tres partes importantes: La primera era la obligación de aceptar que el papa era el máximo jefe de la Iglesia y que estaba por encima de los fieles, los clérigos, los obispos y de todas las iglesias del mundo; y que era el papa la única persona autorizada para nombrar obispos. La segunda parte era que debía aceptarse que el papa era el “Señor Supremo del Mundo” y que todos los seres humanos debían someterse a él, incluyendo a los emperadores, reyes, príncipes y todas las demás autoridades del mundo. Y la tercera era que había que aceptar que la Iglesia Romana nunca había cometido un error ni lo cometería jamás en el testimonio de las Escrituras. –Es fácil deducir que el ahora san Gregorio VII era un pretencioso banquero, cínico y pésimo lector de la historia de perversidades del cristianismo eclesiástico romano. A continuación es transcrito, con traducción en español, el Dictatus Papae de san Gregorio VII:

 

                                                      DICTATUS PAPAE

 

I Que la Iglesia Romana ha sido fundada solamente por el Señor.

II Que sólo el Pontífice Romano sea dicho legítimamente universal.

III Que él sólo puede deponer o reponer obispos.

IV Que su legado está en el concilio por encima de todos los obispos aunque él sea de rango inferior; y que puede dar contra ellos sentencia de deposición.

V Que el Papa puede deponer ausentes.

VI Que con los excomulgados por el Papa no se puede, entre otras cosas, permanecer en la misma casa.

VII. Que sólo al Papa le es lícito, según necesidad del tiempo, dictar nuevas leyes, formar nuevas comunidades, convertir una fundación en abadía y, recíprocamente, dividir un rico obispado y reunir obispados pobres).

VIII. Que sólo él puede llevar las insignias imperiales.

IX. Que todos los príncipes deben de besar solamente los pies del Papa.

X. Que sólo se nombre el nombre del Papa en las iglesias.

XI. Que este nombre es único en el mundo.

XII. Que le es lícito deponer a los emperadores.

XIII. Que le es lícito trasladar a los obispos de una sede a otra, si le obliga a ello la necesidad.

XIV Que puede ordenar clérigos de cualquier iglesia en donde quiera).

XV. Que un ordenado por él puede presidir otra iglesia, pero no servirla; y que el ordenado por él no puede recibir grado superior de otro obispo.

XVI. Que ningún sínodo se llame general si no ha sido ordenado por el Papa.

XVII. Que ningún capitular ni ningún libro sea considerado como canónico sin su autorizada permisión).

XVIII. Que su sentencia no sea rechazada por nadie y sólo él pueda rechazar la de todos).
XIX Que no sea juzgado por nadie.

XX. Que nadie ose condenar al que apela a la sede apostólica.

XXI. Que las causas mayores de cualquier iglesia, sean referidas a la sede apostólica.
XXII. Que la Iglesia Romana no ha errado y no errará nunca, en el testimonio de las Escrituras.
XXIII. Que el Pontífice Romano, una vez ordenado canónicamente, es santificado indudablemente por los méritos del bienaventurado Pedro, según testimonio del santo obispo Ennodio de Pavía, apoyado por los muchos santos Padres según se contiene en los decretos del Beato Papa Símaco.

XXIV. Que por orden y permiso suyo es lícito a los subordinados formular acusaciones.
XXV. Que sin intervención de Sínodo alguno puede deponer y reponer obispos.
XXVI. Que nadie sea llamado católico si no concuerda con la Iglesia Romana.
XXVII. Que el Papa puede eximir a los súbditos de la fidelidad hacia príncipes inicuos.

 

Luego de publicar su Dictatus Papae, el papa Gregorio VII organizó un sistema interno de monarquía eclesiástica capitalista, cuyo monarca era el papa y su sucesor se elegiría del modo ya reglamentado por el papa Nicolás II, y estableció que los príncipes de la Iglesia debían ser escogidos dentro de las familias más pudientes de toda Europa y que éstos debían desligarse de sus familias, tomar como su verdadera familia a la Iglesia y asumir con toda responsabilidad las funciones dadas por la monarquía eclesiástica. En resumen: Con las cosas de esa manera, el cristianismo pasaba a ser la monarquía más rica del mundo y dejaba de ser una creencia religiosa para convertirse en una norma obligatoria de fe, nada menos que para toda la humanidad, cosa totalmente absurda pues cada quien debe tener derecho al menos de pensar y creer lo que le indiquen sus ideas.

Pero no demoraron los problemas por el Dictatus Papae; el emperador Enrique IV siguió nombrando obispos a dedo corrido; el papa lo depuso, lo excomulgó y nombró en su reemplazo a Rodolfo, el duque de Sabina. En respuesta, Enrique IV convocó un sínodo en Brixen, que depuso al papa e impuso de papa al ahora conocido como antipapa Clemente III, y luego con un gran ejército entró a Roma, donde hizo otro sínodo que confirmó el nombramiento del papa Clemente, quien enseguida excomulgó a su rival, el papa Gregorio.

Ese lío político-religioso entre el papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV es conocido como ‘la querella de las investiduras’, y, tratando de arreglarlo, tuvo una gran participación la muy famosa y erótica Matilde de Toscana. Ya la Iglesia tenía recursos para enfrentar militarmente a cualquier imperio, pero el papa Gregorio era un político banquero que no tenía experiencia en guerra y organizó tarde el ejército aliado de los lombardos, razón por la que el ejército de la Iglesia fue presa fácil de las tropas emperador. Y, como si esa falla fuera poco, cuando las tropas del emperador se retiraron de Roma, entraron los militares lombardos que supuestamente venían a apoyar a las tropas eclesiásticas, pero lo que hicieron fue terminar de saquear la ciudad, saqueo que provocó un levantamiento popular en contra de la Iglesia. El papa Gregorio, huyéndole al emperador Enrique, se había escondido en el castillo de Sant Ángelo y por la revuelta popular tuvo que huir de Roma, viéndose obligado a refugiarse en Salerno donde misteriosamente murió poco después. Este papa fue un gran hacedor de santos, en el año 1.083 canonizó al rey Esteban I de Hungría, a su hijo el príncipe Emérico, así como a San Gerardo Sagredo, San Andrés y San Benedicto, estos últimos fueron tres obispos húngaros que defendieron el filioque.

Tras el fallecimiento del papa Gregorio VII, siguiendo sus ideas en cuanto al perfil del candidato a elegir, el colegio cardenalicio eligió papa al hijo del príncipe Landolfo V de Benevento, siendo este un hombre rico, político y carismático que había sido nombrado cardenal por el papa Gregorio, pero que no era religioso ni quería ser papa. El hombre se enfureció cuando supo que lo habían elegido papa, y demoró un año para dejarse consagrar. Tomó el nombre de Víctor III (1.086 a 1.087) y de protesta al papado romano, cuando le pusieron la tiara abandonó Roma y se mudó a Montecassino.

El retiro del papa Víctor III fue aprovechado por el  otro papa de entonces, Clemente III, quien para su provecho ocupó la silla de san Pedro en Roma. Entre tanto, el papa Víctor III, a quien le importaban un bledo la religión cristiana y la silla de san Pedro, siguió viviendo relajado en Montecassino. Pero la muy veterana y poderosa Matilde de Toscana, ahora esposa de Godofredo IV el Jorobado y dueña política de Romaña y Lombardía, lo presionó hasta tal punto que lo hizo regresar a Roma. Más tarde, el papa Víctor excomulgó al antipapa Clemente y, por presiones de la monarquía eclesiástica, fue él quien empezó las guerras cruzadas enviando un ejército a África a combatir a los musulmanes.

Según rumores, el papa Víctor III murió envenenado por monarcas eclesiásticos que participaban con él en un sínodo en Benevento.

Es de agregar que con su ‘Dictatus Papae’ y sus otras reglas, el papa Gregorio VI, además de pretender convertir la Iglesia Católica en el más rico y poderoso imperio del mundo, quería que la elección del papa no dependiera de ningún gobierno, sino que, al contrario, fuera el papa quien decidiera el nombramiento de emperadores y de todos los demás monarcas o gobernantes del universo. Su propósito era establecer una monarquía eclesiástica, cuyo monarca debía ser elegido por su selecta élite de cardenales, teniendo él un pensamiento muy parecido al de Hitler. Esas ideas continuaron siendo defendidas por muchos de los papas siguientes, y de sus propósitos fue que surgieron las guerras cruzadas. Después, el papa Gregorio fue considerado por la monarquía de la Iglesia como un gran ideólogo, incluso, fue canonizado, a pesar de su cinismo, sus frecuentes abusos y sus infinitas ambiciones de poder. Pero es que la Iglesia nunca ha tenido de requisito que para ser santo haya que ser respetuoso.

Poco después de la muerte del papa Víctor, la monarquía eclesiástica eligió y consagró papa a uno de sus propios monarcas, quien tomó el nombre de Urbano II (1.088 a 1.099), habiendo sido éste uno de los hombres mas cercano al papa Gregorio y gran aprobador de sus ideas, hasta el punto de decir, ya siendo papa: “Todo lo que él rechazaba, yo lo rechazo; lo que él condenaba, yo lo condeno; lo que él amaba, yo lo quiero; lo que él consideraba verdadero, yo lo confirmo y lo apruebo”. Además, el papa Urbano fue un político inescrupuloso y oportunista. Para apropiarse del poder en Alemania negoció el matrimonio y casó a la ahora viejita condesa y viuda rica, Matilde de Toscana, con el joven conde Welf de Baviera que tenía solo 18 años de edad.

Luego de su consagración, para poder ocupar su puesto en Roma, el papa Urbano II tuvo que combatir varios días con las tropas del entonces papa y ahora antipapa Clemente III, quien estaba apoyado por las tropas del emperador Enrique IV, pero este papa sí era un guerrero todo terreno que fue capaz de enfrentarse a la vez con los dos monarcas más poderosos de Europa, el rey Felipe I de Francia y el emperador del Sacro Imperio, Enrique IV, con cuyo hijo, Conrado, se alió el papa Urbano para destronar al emperador.

Pero la guerra más grande que hizo nació del concilio que él realizó en Piacenza, donde se determinó una guerra general de todos los países cristianos en contra de los Estados musulmanes. El primer objetivo fue Jerusalén, lo de guerra religiosa era un sofisma, pues el verdadero propósito era el saqueo de pueblos y ciudades y el robo de tierra; nada que ver con religión, la verdad fue que todos los que participaron en esa aventura bélica llevaban en la mente hacerse a un valioso botín. Más adelante veremos que la fe musulmana tampoco fue creada con fines religiosos, sino para obtener poder económico y militar, con el que se podía robar territorios y riquezas y hacerle frente al cristianismo.

El papa Urbano murió en Roma cuando su ejército cruzado estaba a punto de tomarse Jerusalén; la monarquía eclesiástica en su reemplazo nombró a un cardenal que tomó el nombre de Pascual II (1.099 a 1.118), y que siguió con las ideas gregorianas, pero que, además de tener que enfrentar una fuerte lucha con las viejas monarquías europeas, le tocó continuar con el lío de la querella de las investiduras.

A raíz de la alianza de la Iglesia con el hijo en rebelión de Enrique IV, para solucionar ese conflicto, en el año 1.105 el emperador fue forzado a realizar una dieta en Maguncia, tratado en el que por la presión de la Iglesia fue obligado a abdicar a favor de su hijo, el nuevo emperador Enrique V, quien, luego de ser reconocido como emperador del Sacro Imperio por este papa, no quiso dejar de nombrar obispos; siendo emperador alegó que la facultad de nombrar obispos era un derecho histórico que no le podían quitar a él.

Se dice que el error se debió a una ingenuidad del papa Pascual, porque antes de reconocerlo como emperador no le puso la condición de que la investidura de obispos fuera exclusividad del jefe de la Iglesia. El monarca siguió nombrando obispos y el papa Pascual II, después, se negó a coronar oficialmente al emperador Enrique V, y por esa negación el monarca se tomó a Roma y apresó al pontífice, surgiendo entonces entre ellos dos un acuerdo en el que, a cambio de que Enrique V renunciara a las investiduras, además de coronarlo, el papa le entregó territorios eclesiásticos al monarca, pero enseguida hubo una rebelión popular en contra del emperador, a quien le tocó salir de Roma llevando al papa de prisionero y, a los pocos días, el papa coronó al emperador, quien lo liberó con la condición de que jamás podría ser excomulgado. Sin embargo, en un concilio, realizado en la Basílica de Letrán en el año 1.112, fue anulado el acuerdo territorial que ellos habían hecho, y en otro concilio, hecho en Viena, fue excomulgado el emperador Enrique V.

En esa época murió la viejita Matilde de Toscana, y según el papa Pascual II todos sus bienes los heredaba la Iglesia. Pero el emperador Enrique V, con un documento que según él le había firmado en secreto Matilde, cuando todavía la ‘Canosa’ era una romántica viuda, reclamaba como suyas las posesiones dejadas por ella. Por esa herencia los dos guerrearon con dureza, perdió el papa y le tocó huir de Roma por un tiempo, luego regresó y murió poco después, seguramente envenenado. 

Cuando murió el papa Pascual, la monarquía eclesiástica, que ya tenía entre los suyos a numerosos miembros de la monarquía italiana, nombró para sucederlo a un hijo de cuna noble que tomó el nombre de Gelasio II (1.118 a 1.119), pero el emperador Enrique V se sintió políticamente tumbado al no ser consultado ni tenido en cuenta en la elección del nuevo papa, motivo por el que con su ejército entró a Roma, depuso al pontífice y nombró papa a un obispo portugués que tomó el nombre de Gregorio III, mas conocido como ‘Burro hispánico’. El papa Gelasio se refugió en Gaeta, donde fue consagrado y excomulgó al emperador Enrique V y a ‘Burro hispánico’. Después, el papa Gelasio pudo regresar a Roma y luego viajó a Francia donde murió envenenado, en Cluny, poco antes de iniciar un concilio que había ido a realizar.

Se supo que la muerte del papa Gelasio se debió a que había monarcas de la Iglesia que no querían discutir algunos puntos incluidos en ese abortado concilio. Según la Iglesia, el papa Gelasio murió de repente, una muerte muy frecuente en las antiguas monarquías europeas, cuando estas usaban el veneno para provocar sus movimientos elitistas. Ya en esa época la Iglesia católica era una monarquía con las perversidades normales de las demás monarquías del mundo. Y la gran mayoría de los ‘príncipes’ de la Iglesia era partidaria de que ningún gobernador del mundo pudiera decidir en los asuntos internos del cristianismo. En Cluny, los jefes católicos tenían al hombre que estaba dispuesto a poner las cosas de esa manera; ese hombre era un hijo del conde de Borgoña, Guillermo I, un príncipe de la Iglesia que era gregoriano hasta los tuétanos y que desde mucho antes era un líder de la Iglesia Romana, comprometido en ese propósito.

En Roma estaba ejerciendo de papa el ahora antipapa ‘Burro hispánico’, apoyado por un gran ejército de su elector, el emperador Enrique V, por lo cual, luego del asesinato del papa Gelasio II, el hijo de Guillermo I y nuevo papa fue elegido y consagrado en Cluny, habiendo tomado éste el nombre de Calixto II (1.119 a 1.124). Inmediatamente, el papa Calixto II le envió un embajador al emperador Enrique, con una cita a la ciudad de Reims, para tratar el tema de nombramientos de eclesiásticos. El emperador acudió a la cita pero llegó con un ejército suficiente para una gran guerra, lo cual hizo disgustar al papa, por lo que lo excomulgó, y también excomulgó al papa ‘Burro hispánico’. Poco después, el papa Calixto apoyado por los normandos derrotó al ejército que el emperador tenía en Roma e hizo huir al entonces también papa Gregorio III o ‘Burro hispánico’ a quien luego capturó en Sutri y lo encarceló hasta su muerte en el año 1.137.

Luego de recuperar su puesto en Roma, el papa Calixto presionó al emperador Enrique V hasta que en un concordato, celebrado en Worms, lo hizo renunciar a su facultad de poder nombrar eclesiásticos y reconocer que los miembros de la Iglesia eran los únicos que estaban facultados para hacer esos nombramientos.

Al terminar el papa Calixto II con la impertinencia imperial, de nombrar eclesiásticos, se dedicó de lleno a los asuntos políticos de la Iglesia y realizó en Roma el Primer Concilio Ecuménico hecho en la Basílica de Letrán, que es considerado por la Iglesia como el primero de magnitud universal realizado en Occidente.

Cuando murió el papa Calixto, el colegio de cardenales estaba liderado por las familias oligarcas romanas Pierleoni y Frangipani, cuyos integrantes no pudieron ponerse de acuerdo para elegir al sucesor del pontífice fallecido. Por no haber acuerdo entre los ‘príncipes’ de la Iglesia, los cardenales de cada una de esas familias eligieron un papa distinto, siendo elegidos dos pontífices a la vez; uno que tomó el nombre de Celestino II y otro que adoptó el de Honorio II. Sin embargo, Celestino renunció casi enseguida y le despejó el camino a Honorio II (1.124 a 1.130) quien tuvo que iniciar su mandato decidiendo quién sería el nuevo rey de Alemania, debido a que, tras la muerte del emperador Enrique V, el trono alemán era pretendido por los duques de Franconia, Sajonía y Suabia. Honorio se decidió por Lotario, el duque de Sajonía, a quien creía que era el más propenso a mantenerse marginado del poder del papa y más fácil de convertirlo en su vasallo y gran pagador de impuestos religiosos.

Ya en esta época, la Iglesia no aceptaba que las autoridades civiles nombraran a sus clérigos, pero ella se reservaba la facultad de nombrar a cualquier autoridad del mundo, norma que hacía parte del ya avanzado propósito eclesiástico gregoriano. Además de ir en línea con ese proyecto, el papa Honorio II estableció una inquisición y se las aplicó con toda clase de crueldades y miles de asesinatos a los franceses cátaros, quienes eran en ese entonces una secta religiosa gnóstica, a la vez que promulgó la obligación universal humana de someterse a la religión cristiana. Para la aplicación de esa masacre cátara, este papa decretó que, bajo pena de muerte, la indefensa población humana tenía que someterse a la Iglesia y creer en las divinidades que predicaban los eclesiásticos; que toda la gente tenía que pagarle a la monarquía eclesiástica romana los obligados diezmos y primicias, someterse de conciencia al papa y al Cristo romano y admitir que el dios de la religión católica era el único y verdadero Dios y el único Salvador de almas de este mundo, cuyo reemplazo legal, por asignación directa del Hijo de Dios, era el papa, quien además de pontífice universal debía ejercer como obispo de Roma.  

Cuando murió el papa Honorio II, las mismas dos familias seguían controlando el colegio cardenalicio y, por segunda vez consecutiva, eligieron cada una un papa diferente. La familia Pierleoni eligió papa a un cardenal de ese apellido, quien tomó el nombre de Anacleto II; y los Frangipani eligieron al cardenal Gregorio Papareschi, quien tomó el nombre de Inocencio II (1.130 a 1.143).

Anacleto era respaldado por el pueblo romano y fue consagrado en la Basílica de san Pedro, mientras que a Inocencio, con poco respaldo popular, le tocó consagrarse en la iglesia de Santa María Nuova e irse enseguida al exilio a Francia. Pero este hombre era un político audaz y después se ganó el apoyo de los reyes de Francia, Luis VI; de Alemania, Lotario II; de Inglaterra, Enrique I; y de Castilla, Alfonso VII, o sea el de los líderes políticos más poderosos, después del papa, quienes, en este caso, pretendían la corona del Sacro Imperio, en vacancia desde la muerte del emperador Enrique V, y con ese propósito le ofrecieron apoyo militar para que ejerciera en Roma normalmente su papado.

El sometimiento humano al cristianismo iba evolucionando bien, el problema que se presentaba al interior de la Iglesia, en ese tiempo, se debía a que dos familias romanas poderosas tenían numerosos miembros familiares en la monarquía eclesiástica y cada una de esas familias quería tener el manejo de la Iglesia, y por ende apropiarse de la enorme riqueza, económica y política, que producía la fe religiosa cristiana. En realidad, el conflicto habido no era por asuntos religiosos, a ellos la religión católica les importaba un bledo, y lo que peleaban era poder y riqueza, que es lo mismo por lo que han peleado siempre la Iglesia, el Islam y todas las monarquías del mundo.

Hay que tener en cuenta que los políticos no dan regalos sin pedir o esperar algo mejor a cambio. Entonces, el apoyo que le ofrecieron los monarcas europeos al papa Inocencio II, no pudo ser gratis sino por compromisos con ellos. Anacleto II, el otro papa, ejerció en Roma durante varios años, con toda normalidad, hasta que Inocencio II, con el apoyo de tropas de los monarcas mencionados, entró a Roma y en la Basílica de Letrán coronó  a Lotario II de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Poco después se marchó Lotario, y Anacleto expulsó de Roma a Inocencio, quien se refugió en Pisa donde celebró un concilio, en el que fue excomulgado a su rival Anacleto, y luego le pidió ayuda a Lotario para expulsarlo de Roma. Lotario regresó y lo escoltó a Roma con su ejército, pero murió de repente, antes de expulsar a Anacleto que seguía firme con el apoyo lombardo, y entonces quedaron en Roma dos pontífices, que ambos aseguraban ser el legítimo. Esa trampa religiosa, con doble pago de diezmos, duró así hasta que murió Anacleto, quien también había excomulgado a Inocencio, pero que, por morirse primero que su rival, le tocó irse a los infiernos eclesiásticos, ya que los monarcas vivos de la Iglesia, después, en un concilio, realizado en Roma, le validaron la excomunión al papa muerto, anularon sus acciones y decretaron que el legítimo papa era Inocencio II.

En esa época el pueblo romano estaba harto de tener dos papas a la vez y no apoyó a un papa que eligieron los Pierleoni, en reemplazo de Anacleto II, ahora conocido como el antipapa Víctor IV, pero él luchó para ejercer el papado. En los registros históricos es fácil notar la poca vergüenza que tenían los papas que eran elegidos en la antigüedad.

El resultado era que con dos papas a la vez, un gran número de romanos tenía que pagar dos impuestos, uno para cada papa, además de la anarquía que causaba el hecho de haber dos papas en Roma, cuyo Jefe de Estado era el papa o en este caso los dos papas, cada uno jalando para su lado, como dos perros peleando un cuero, cosa dicha así entonces por el político Arnaldo de Brescia y agregando que ya Roma no era la Ciudad Eterna sino la ramera del paseo de los papas, problema que usó de argumento para solicitar que Roma se desligara de la Iglesia y pasara a control de gobernadores civiles.

Luego de la muerte del papa Inocencio II, en los tres años siguientes hubo dos papas que lucharon hasta la muerte con los políticos romanos, para no perder el gobierno de Roma. El primero de éstos fue Celestino II (1.143 a 1.144), sucesor de Inocencio II, quien murió en extrañas circunstancias en esa lucha; y luego su sucesor Lucio II (1.144 a 1.145), quien como buen dictador disolvió el senado de Roma y poco después murió de una pedrada en la cabeza, cuando con su ejército trataba de tomarse el capitolio.

Cuando el papa Lucio II disolvió el senado, Giordano Pierleoni, hermano del antipapa Anacleto II, se autoproclamó Patricio de Roma y organizó de nuevo el senado. Para calmar los ánimos del pueblo romano, que estaba revuelto en contra de la Iglesia, las dos familias dueñas del colegio cardenalicio se pusieron de acuerdo en elegir a un papa ajeno a los problemas de la ciudad, en reemplazo del papa anterior. En ese acuerdo fue elegido papa un abad político que tomó el nombre de Eugenio III (1.145 a 1.153) y que por líos políticos con Arnaldo de Brescia se vio obligado a ejercer casi todo su lapso desde afuera de Roma. En esa época, los romanos llamaban a los papas ‘sarna católica’, porque cuando los expulsaban por un lado enseguida aparecían más fuertes por otro.

En el año 1.146, el papa Eugenio III canonizó al emperador Enrique II junto con su esposa la emperatriz Cunecunda. Debido al conflicto de los dos papas anteriores con el senado romano, que exigía la separación del gobierno de Roma del control eclesiástico, el papa Eugenio III tuvo que irse a ejercer su gobierno papal a la ciudad de Viterbo. Allí, tiempo después, se reunió con Arnaldo de Brescia, líder del senado romano, y los dos llegaron a un acuerdo con el que el papa aceptó el restablecimiento del senado y Brescia aceptó que el senado quedara bajo la autoridad del papa, arreglo que le permitió al jefe de la Iglesia regresar a Roma, pero los políticos romanos no aceptaron ese acuerdo y el papa se vio forzado a exiliarse en Francia, donde organizó una segunda guerra cruzada, para robarles riquezas a los musulmanes, operación que terminó en un auténtico fracaso.

El papa Eugenio III, porque lo habían expulsado de Roma, excomulgó a Brescia y regresó a esta ciudad con apoyo militar del rey de Sicilia. Sin embargo, poco después se quedó sin apoyo y otra vez tuvo que huir. Finalmente, a cambio de coronarlo de emperador del Sacro Imperio, negoció apoyo militar con Federico I Barbarroja y pudo regresar a Roma donde, misteriosamente, murió a los pocos días aún sin haber coronado de emperador a Barbarroja.

Es de notar que los papas de esa época no honraban el cargo. En la práctica, los pontífices eran más bandidos que los emperadores contemporáneos, y eso quizá se debía a que la monarquía eclesiástica estaba acostumbrada a tratar con miembros de casi todas las monarquías de Europa, habiendo aprendido y aplicado los pontífices todas las malicias y perversidades de las monarquías europeas. Igual que los demás monarcas de esa época, los papas eran delincuentes que mataban y se hacían matar por el trono, y, aunque casi todos fingían ser religiosos, lo que en verdad peleaban era riqueza y poder, la religión les importaba un bledo, inclusive, con la Inquisición y las guerras cruzadas obraban abiertamente en contra de las enseñanzas de paz y de humildad del religioso Jesús, quien, según la Iglesia, ha sido su patrón e hijo de Dios y jefe de la Santa Sede.

Fingiendo motivos religiosos, en las guerras cruzadas participaron todos los gobiernos de los llamados países católicos, pero el verdadero propósito de todas esas guerras fue eliminar a otras monarquías y esclavizar o eliminar a sus pobladores para robar sus tierras y sus riquezas.

La Inquisición, después de ser usada oficialmente por el papa Honorio II, fue aplicada por varios monarcas de Europa, con o sin la aprobación de la Iglesia católica, y también fue aplicada interna y externamente en numerosos países, para asesinar rivales políticos, esclavizar, saquear, robar y un sinnúmero de delitos.

El sucesor del papa Eugenio III tomó el nombre de Anastasio IV (1.153 a 1.154), y debido a tantos líos políticos al interior de la Iglesia, su papado pasó en blanco.

En el año 1.154, no funcionó la exclusividad de papa romano que había establecido el papa Nicolás II,  y fue elegido papa el cardenal Nicolás Breakspeara, el único inglés que ha ocupado la silla de san Pedro, quien tomó el nombre de Adriano IV (1.155 a 1.159), y quien como medida principal, luego de mudarse a Viterbo, prohibió los oficios religiosos en Roma, incluyendo los sacramentos y sepulturas religiosas, oficio cristiano este último que era manejado en exclusivo por la Iglesia y cuya prohibición dijo el papa Adriano IV que no levantaría hasta cuando la ciudadanía romana expulsara de la ciudad al líder independentista Arnaldo de Brescia.

Conviene explicar que aunque los papas no fueran religiosos, la monarquía eclesiástica siempre tenía el cuidado de tener bajo su mando a muchas personas religiosas que con ingenua devoción y fe católica andaban por todo el mundo predicando y cumpliendo las misiones religiosas cristianas, astutamente planeadas por la monarquía eclesiástica. A esos religiosos les era prohibido estudiar otras materias ‘profanas’ y por eso no sabían otra cosa que predicar las farsas eclesiásticas y, mediante el sometimiento de conciencia que le aplicaban a la población ingenua del mundo, todo el tiempo sostenían en alza tanto las entradas económicas de la Iglesia como el aumento del número de cristianos, función que se traducía en un enorme y permanente aumento del poder económico, político y militar del papa. Y también, todo el tiempo, la Iglesia católica ha tenido infiltrados entre sus funcionarios religiosos un gran número de depravados sexuales y delincuentes de toda calaña que han cometido todos los delitos humanamente posibles.

En la época del papa Adriano, la gente del pueblo raso de Roma estaba tan adoctrinada católicamente que creía ciegamente que el alma de un fallecido iría directamente al infierno si no era sepultado con los oficios religiosos de un sacerdote católico. Además, la religión cristiana todo el tiempo atraía una enorme cantidad de peregrinos a Roma, un turismo que le generaba muchos empleos y riqueza a la ciudad. Y por esos motivos, el papa Adriano con su chantaje religioso puso en gran dificultad a los romanos quienes, además de perder los enormes ingresos del turismo religioso, en contra de sus deseos se veían obligados a llevar a sus muertos a sepultarlos en ciudades vecinas, con muchas dificultades de transporte y fuertes gastos económicos. La ciudadanía, para que el papa les solucionara esos inconvenientes, expulsó al líder Brescia de Roma, y ‘el apóstol del norte’, como le decían a este papa, se acomodó en la silla de san Pedro y luego, sin líder que la defendiera, hizo lo que le dio la gana con la muy ingenua población romana.

Por invasión de territorios de la iglesia, el papa Adriano excomulgó al rey Guillermo de Sicilia, y por alianza militar renegoció la coronación imperial que el papa anterior había negociado con Federico I Barbarroja, ceremonia que debió realizarse en Sutri pero que fracasó porque Barbarroja le besó los pies al papa pero olvidó sujetarle los estribos de la silla de su caballo, evento que entonces hacía parte del protocolo con su santidad, y que, al no cumplirse, Adriano consideró como una gran falta de humildad con la majestad del papa y por eso le negó la coronación. Sin embargo, con repetición de besada de pies y tras haber cumplido todas las humillantes arandelas protocolarias del papa, Barbarroja fue coronado como emperador del Sacro Imperio poco después en Nepi.

El mismo día de la coronación, el ya emperador Barbarroja le entregó al papa a Arnaldo de Brescia, a quien poco antes había capturado. Inmediatamente el papa ejecutó a Brescia, asesinato que produjo una fuerte rebelión que luego se convirtió en una guerra entre los romanos y las tropas del emperador; los romanos fueron vencidos por el ejército de Barbaroja y como castigo el papa ahogó en el río Tíber a más de mil romanos, o sea a todos los líderes de la rebelión romana. Debido a la contaminación del río Tíber, con restos humanos, en ese tiempo hubo en Roma una epidemia de malaria, por lo cual el papa se refugió en Benevento, y Barbarroja tuvo que irse con su ejército para Alemania, oportunidad que aprovechó el rey Guillermo de Sicilia y derrotó a los bizantinos, aliados y protectores del papa.

Después, debido al poder militar del rey Guillermo, el papa Adriano hizo las paces con él, le anuló la excomunión, lo coronó de rey y le cedió unos territorios que antes le había dado a Barbarroja, dádiva esta que puso en conflicto a los dos monarcas. De su parte, Guillermo aceptó ser vasallo tributario del papa, le devolvió los territorios de la Iglesia que antes había invadido y se comprometió a proteger los Estados Eclesiásticos y a no volver a nombrar obispos en su reino.

Los romanos nunca quisieron al papa Adriano, durante casi todo su lapso él tuvo que ejercer en Benevento. Allí autorizó a Enrique II de Inglaterra a invadir a Irlanda, acción que justificó basándose en una bula, conocida como ‘Laudabiliter’. Pero, el papa Adriano no se sentía bien en Benevento, deseaba usar la propia silla de san Pedro, o sea la de Roma, y logró un acuerdo con los romanos que le permitió regresar a esta ciudad. Poco después, inusitadamente, este temible papa asesino fue muerto por una mosca que se le metió en la garganta y lo asfixió, yendo de paso por Agnani.

Luego de la muerte del papa Adriano IV, en el año 1.159, gran parte del colegio cardenalicio en alianza con los monarcas de España, Francia, Inglaterra, Portugal y Sicilia, eligieron papa a un abogado en asuntos religiosos, llamado Rolando Bandinelli, quien tomó el nombre de Alejandro III (1.159 a 1.181), y el resto de cardenales, en alianza con el emperador Barbarroja, eligieron papa al cardenal Monticelli, quien tomó el nombre de Víctor IV.

El emperador Barbarroja tenía la intención de apropiarse de toda Italia; en esa época había en Europa una pugna por el control mundial. En el año 1.160, el papa Víctor IV fue oficialmente entronizado en un sínodo realizado en Pavía, y el también papa Alejandro III tuvo que exiliarse en Francia. Pero, en esa época, tanto los papas como los cardenales eran políticos corruptos que no le ponían seriedad a la consagración de los pontífices y les daba igual admitir de papa oficial uno diferente todos los días. Víctor IV ejerció formalmente todo su lapso y murió siendo reconocido por la Iglesia como pontífice. Y luego de su muerte, el emperador Barbarroja hizo elegir en su reemplazo a otro papa, quien tomó el nombre de Pascual III, y quien ocupó con toda normalidad la silla de san Pedro en Roma y, nuevamente, lo coronó de emperador en el año 1.166. Pascual III también murió siendo reconocido oficialmente como papa de la Iglesia, en el año 1.168, y en su reemplazo Barbarroja hizo elegir otro papa que tomó el nombre de Calixto III.

Mientras tanto, el otro papa, Alejandro III, seguía exiliado en Francia. Pero en el año 1.176 el emperador Barbarroja fue derrotado por una alianza militar conformada por el papa Alejandro III y fue obligado a aceptar a éste como papa legítimo y tuvo que entregarle a la Iglesia unos territorios que ésta reclamaba como suyos. Y, en el año 1.178, nueve años después de ser elegido papa, Alejandro III ocupó la silla de san Pedro, con retroactividad al año 1.159; y entonces, el luego declarado antipapa Calixto III, a cambio de ser nombrado rector de Benevento, aceptó renunciar al papado y reconocer a Alejandro III como legítimo papa. Es seguro que ni Víctor IV ni Pascual III supieron que, luego de sus muertes, la Santa Iglesia les anuló sus papados y los mandó al infierno de los antipapas.

En este recorrido histórico es de resaltar que permanentemente aumentaban las ovejas humanas de la Iglesia católica, o sea la gente ingenua con la cabeza llena de cucarachas, sometida por el adoctrinamiento de la Iglesia con la promesa de alcanzar la Gloria Divina por el pago de diezmos y fidelidad religiosa, y, claro está, quien se negara a someterse a la dictadura eclesiástica era despojado de sus bienes y cruelmente asesinado por los inquisidores cristianos. Y, fuera de aumentarle cada día las riquezas a la Iglesia, ese gran aumento de población religiosa se convertía en poder político y militar para los papas, quienes sin ningún impedimento cometían toda clase de delitos, según ellos, autorizados y apoyados por Jesucristo, y si en sus guerras o conflictos amañados les mataban a sus asesinos bandidos, entonces la Iglesia los consideraba mártires y santos.

Alejandro III fue expulsado de Roma, por la nobleza romana, y también murió siendo papa oficialmente reconocido por la Iglesia, pero no fue incluido en la lista de antipapas, sino que, al contrario, su lapso lo validaron con retroactividad al día de su consagración.

El siguiente papa tomó el nombre de Lucio III (1.181 a 1.185) y desde el comienzo de su papado se entrevistó con el emperador Barbarroja, para tratar de recuperar los territorios dejados por la viuda Matilde de Toscana, quien, según algunos datos, se los había regalado a la Iglesia en agradecimiento porque el papa Urbano II la había casado, siendo ella una anciana, con el joven duque de Baviera de 18 años de edad, pero que el emperador Enrique V, con alegatos de derechos propios y dinásticos, los había tomado como suyos. El emperador Barbarroja se negó a entregarle a la Iglesia la herencia de la viuda, por lo que el papa no aceptó coronarle a su hijo Enrique VI de coemperador.

Este papa fue sumamente ambicioso y asesino, en Roma no lo aceptaron y tuvo que gobernar desde el exilio; luego de entronizado hizo un sínodo en Verona, de donde salió un edicto, llamado ‘Ad Abolendam’, con el que se condenaban las supuestas herejías cátaras, valdenses y el arnaldismo, convirtiéndose luego ese edicto en instrumento legal para aplicar la mal llamada Santa Inquisición. El papa Lucio, con la intención de robar riquezas, organizó la Tercera Cruzada, pero murió en Verona antes de que se realizara.

El sucesor del papa Lucio tomó el nombre de Urbano III (1.185 a 1.187), y desde el comienzo de su ejercicio estuvo enfrentado con el emperador Barbarroja, porque éste estaba recuperando la influencia italiana que había perdido en la Batalla de Legnano, poder que le había surgido al casar a su hijo, el futuro Enrique VI, con Constanza, la heredera de la corona Siciliana, cuya causa hereditaria se debía a que Guillermo II de Sicilia no tenía hijo heredero.

Después, con ese matrimonio, los Estado Pontificios perdieron el vasallaje económico y el apoyo militar que recibían del Reino de Sicilia, pero, antes de perder ese beneficio, en respuesta a esa futura pérdida, el papa Urbano rompió relaciones con el emperador Barbarroja y se negó a coronar de emperador a su hijo. Sin embargo, eso no detuvo la intención de Barbarroja, quien ante la negativa del papa hizo coronar a su hijo por el patriarca de Aquilea. Ante ese desafío, el papa nombró de obispo de Lieja a Alberto de Lovanio, un contrario del emperador, y excomulgó al patriarca y a todos los obispos que habían participado en la coronación del hijo de Barbarroja, a quien amenazó con excomulgar, pero el recién coronado Enrique VI invadió los Estados Pontificios, que estaban casi indefensos por estar las tropas eclesiásticas en la Tercera Cruzada, y el papa Urbano, derrotado, tuvo que dar marcha atrás. En la misma época, el papa Urbano, en la Batalla de Hattin perdió Jerusalén y murió por la tristeza que le causaron esas dos derrotas militares.

El siguiente papa fue Gregorio VIII (1.187), quien murió envenenado poco después de su consagración, estando en Pisa, tratando de solucionar un conflicto entre esta ciudad y Génova, a la vez que buscaba ayuda militar y preparaba una flota para transportar tropas en contra del musulmán Saladino porque le había quitado Jerusalén a la Iglesia.

Es de aclarar que desde cuando el papa Urbano II había asesinado al senador Arnaldo de Brescia y ahogado a más de 1.000 líderes romanos en río Tíber, el pueblo romano no les permitía a los papas gobernar en Roma. Desde el año 1.153 los papas fueron expulsados de Roma y los romanos no querían saber nada de la ‘sarna pontificia’, el apodo que los políticos romanos le tenían al gobierno eclesiástico. Pero la monarquía eclesiástica todo el tiempo había estado tratando de recuperar la gobernación de Roma.

En el año 1.187, para suceder al papa Gregorio VIII y con el fin de recuperar la mina económica de Roma, los monarcas del cristianismo eligieron papa a un político romano que era bien aceptado por la sociedad romana y que tomó el nombre de Clemente III (1.187 a 1.191). Pero no obstante a ser un político bien aceptado en Roma, a este hombre, al  comienzo, los romanos no le aceptaron que gobernara desde allí y de frente le dijeron que no querían nunca mas en la Ciudad Eterna las peleas de perros que causaban ellos cuando eran dos o más papas a la vez. Sin embargo, el papa Clemente era un seglar que no sufría de vergüenza y fue un político astuto que logró, primero, el retorno del papado a Roma, y, después, a cambio de que el papa reconocería el senado romano, consiguió que el gobernador de Roma fuera nombrado por el papa y, mediante acuerdo, se estableció que los magistrados fueran elegidos por el pueblo romano.

En Roma hubo una enorme protesta popular por el regreso de ‘la sarna católica’ a la ciudad, pero el papa Clemente, como ya se dijo, no sufría de vergüenza y tan pronto pudo ocupó la silla de san Pedro en el Palacio de Letrán. Luego de este éxito, ya oficiando en Roma, el pontificado se reconcilió con Barbarroja y lo puso al mando de las tropas cristianas. Además, con la promesa de darles gran parte del botín que se consiguiera en la continuación de la Tercera Cruzada, hizo una alianza con los reyes de Inglaterra, Ricardo I Corazón de León; y de Francia, Felipe III, quienes aportaron tropas y logística militar; Barbarroja fue nombrado jefe de las tropas cruzadas y murió ahogado antes de entrar en combate.

Cuando murió el emperador Barbarroja, su hijo Enrique VI lo sucedió en el trono. Y cuando murió Guillermo II de Sicilia, vasallo del papa, Enrique VI, en nombre de su esposa, Constanza, reclamó el trono de Sicilia y dio por terminado el vasallaje siciliano, determinación que acabó con el pago de impuestos religiosos sicilianos y que por eso causó un enfrentamiento entre el papa Clemente III y el emperador Enrique VI.

Para evitar que el emperador lograra ese propósito, que suponía una gran pérdida económica y militar para la Iglesia, el papa Clemente coronó de rey de Sicilia a Tancredo de Lecce, por lo cual el emperador Enrique VI, para forzar una entrevista con el papa, al mando de un gran ejercito invadió a Italia, pero el papa Clemente murió de repente antes de darse esa entrevista.

En reemplazo del papa Clemente III fue elegido un veterano de la nobleza romana, perteneciente a la familia Orsini y muy antiguo miembro de la monarquía eclesiástica, quien tomó el nombre de Celestino III (1.191 a 1.198), y quien un día después de ser consagrado coronó de emperador a Enrique VI, el enemigo del, según rumores de entonces, envenenado papa Clemente III. El papa Celestino fue un servil del emperador Enrique VI, quien con autorización suya hizo asesinar al obispo de Lieja, Alberto di Lovanio y secuestró al rey Ricardo Corazón de León, a quien hizo capturar cuando venía de regreso de la Tercera Cruzada. De nada sirvió que Corazón de León fuera un aliado de los Estados Pontificios, pues por su libertad tuvo que pagarle un enorme tesoro al emperador Enrique VI, quien en la práctica era el jefe del papa Celestino. Además, Celestino III fue un papa tramposo; antes de morir quiso abdicar y elegir en su reemplazo a un político joven, favorito del emperador Enrique VI, pero la monarquía eclesiástica se opuso. El papa Celestino confirmó, en forma definitiva, los estatutos de La Orden de los Caballeros Teutones.

Tras la muerte del papa Celestino III, la monarquía eclesiástica romana, para sucederlo, eligió a un encumbrado miembro de la nobleza italiana, abogado y experto en asuntos eclesiásticos, quien tomó el nombre de Inocencio III (1.198 a 1.216), y fue este papa un político bandido y criminal, que puso en ejercicio las ideas gregorianas, imponiendo a la Iglesia romana por encima de todas las demás y al papa como el rey del universo. Poco después de ser entronizado, el papa Inocencio III se autoproclamó jefe universal de la humanidad y decretó que la religión y la fe católicas eran obligatorias para todos lo humanos y estableció que quien no se sometiera a ellas fuera ejecutado por el delito de herejía.

Cabe explicar que las creencias de la religión oficial católica tenían puntos que no eran admitidos por algunas de sus tantas divisiones, y había otras secciones que por eso se habían abierto del catolicismo.

La absurda imposición de la Iglesia Romana, de que una mujer parió un hijo de Dios, que según sus prédicas también es Dios, no era admitida por los religiosos cátaros, quienes consideraban ese anunciado como una calumnia y un irrespeto a Dios. –Si uno piensa en ese asunto, seguramente no podrá imaginarse a un hijo Dios saliendo de la vulva de una mujer: ¡Imposible! Eso no puede ser mas que una pretensión absurda, de gente que no piensa profundo en ese asunto, puesto que hay que suponer que Dios no tiene las naturales debilidades humanas. Y tampoco es posible imaginarnos al religioso Jesús yendo con una espada, matando gente y robando propiedades, como, apoyados en su nombre, lo hicieron millones de veces los auto proclamados cristianos-.

Aplicando la Inquisición, por cualquier cosa pero sin razón religiosa, el papa Inocencio III en casi toda Europa hizo asesinar una gran cantidad de gente, la mayoría de ellos pueblo ingenuo y confundido con el enredo religioso que habían hecho los cristianos, y, para robar más riquezas, promovió la Cuarta Cruzada, una guerra que poco a poco se salió de control y se convirtió en asesinatos y robos entre Estados católicos.

Otra acción criminal del papa Inocencio fue la Cruzada Albigense en contra de los cátaros, en represalia por el asesinato de Pierre de Castelnau, legado de la Iglesia. En esa Cruzada, en Beziers, en un solo día murieron como veinte mil personas, y en total hizo morir quemados a varios centenares de miles de albigenses.

El papa Inocencio III se hacía llamar ‘Vicario de Cristo’; fue amigo incondicional de Domingo de Guzmán, creador de los Dominicanos; y de Francisco de Asís, creador de los Franciscanos. En resumen: El papa Inocencio III fue un político sumamente asesino y full bandido que, apoyado en la religión cristiana, cometió cualquier número de masacres y todos los delitos humanamente posibles. Con la intención de robar riquezas, lo último que hizo fue un concilio en Letrán para aprobar La Quinta Cruzada.

El sucesor del papa Inocencio III fue un miembro de la monarquía eclesiástica romana, quien tomó el nombre de Honorio III (1.216 a 1.227), y quien había sido tesorero de la Iglesia, siendo además un guerrero despiadado que lo único que le interesaba era poner en movimiento las máquinas de matar gente para saquear ciudades y robar tierras, cosa en que se habían convertido Las Cruzadas y la Inquisición.

Honorio III aprovechó su experiencia de tesorero, para establecer los montos que cada monarca debía aportar para la guerra; su preferido, el rey Federico II de Alemania, hijo y heredero del emperador Enrique VI, resultó ser incumplido en ese asunto y peor colaborador militar, razón por la cual, el papa, para estimularlo y tratando de que mejorara en sus propósitos ‘cruzados’, lo coronó, en Roma, de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero, Federico II quería seguir viviendo sabroso en Alemania, y no tenía ganas de pelear con los musulmanes, de quienes había oído decir que eran unos barbudos que peleaban con dureza, y solo aportó una esquirla en efectivo y nada de tropa. Eso descuadró las cuentas de la Cruzada y, para empeorarle las cosas al papa Honorio, en esos días se supo que el sultán musulmán Al-kamil, luego de estar casi derrotado, se había recuperado y había derrotado a los cristianos en Damieta, por lo cual éstos venían de regreso a Europa, sin traer ningún botín. Sin embargo, el papa Honorio insistió en su propósito de recuperar Jerusalén y para ello tramó el matrimonio del emperador Federico II, cuya esposa había muerto y ahora él en su surtido harén era un viudo feliz, con la amargada Isabela II, una italofrancesa que era heredera del trono del reino de Jerusalén y que el papa Honorio III esperaba que esa tierrita, considerada Santa, sería un incentivo para que el emperador participara en la ya planeada Sexta Cruzada.

Luego de ese matrimonio, el papa logró que el emperador Federico II se comprometiera a salir con sus tropas el 25 de junio de 1.255, pero después al emperador le dio pereza salir y, mediante el Tratado de San Germano, Federico II aplazó por dos años la salida. El papa Honorio, para no estar dos años sin matar gente, con el rey Luis VIII de Francia organizó una ‘Cruzada doméstica’ en el sur de Francia, contra los albigenses, masacre que hizo enojar a Federico II que consideraba a éstos como ciudadanos de su imperio. Para fortunio de Federico II, el ambicioso papa Honorio III murió antes de cumplirse los dos años de plazo para él salir a la guerra contra los barbudos musulmanes.

El sucesor del papa Honorio fue otro monarca eclesiástico, guerrero y saqueador, asesino de pura cepa, que era sobrino del papa Inocencio III y que al ser elegido tomó el nombre de Gregorio IX (1.227 a 1. 241). Era un viejo inquisidor y gran partidario de las Cruzadas; su primer acto de papa fue excomulgar al emperador Federico II a quien acusó de las anteriores derrotas cristianas. Legalizó los crímenes de la Inquisición y le invadió territorios sicilianos a Federico II, quien para que el papa le levantara la excomunión le había tocado irse a tierra santa, a pelear con los barbudos y rescatarle territorios a la Iglesia. Pero, por la ocupación a los territorios, los partidarios del emperador expulsaron de Roma al papa Gregorio, viéndose él obligado a refugiarse en Viterbo, de donde también tuvo que irse y acomodarse en Perugia. El emperador, cuando supo de la invasión del papa, regresó, derrotó a los lombardos, aliados católicos, recuperó Sicilia y obligó al papa a levantarle la excomunión. Pero, el papa Gregorio, tan pronto recuperó poder militar, volvió a excomulgar al emperador Federico y ordenó una ‘Cruzada Doméstica’ en contra del Sacro Imperio, evento que produjo un gran número de masacres, robos y crueles castigos con toda clase de abusos.

El papa Gregorio IX canonizó a Domingo de Guzmán y a Francisco de Asís, y le asignó a la congregación de los dominicanos los castigos y asesinatos inquisitorios. Este papa fue uno de los pontífices más bandidos y más sanguinarios del catolicismo. Murió de 96 años, con la frustración de no haber podido eliminar al emperador Federico II, su peor enemigo, que entonces tenía sitiada a Roma y presos a varios monarcas políticos y religiosos, para evitar un concilio convocado por el papa, para deponerlo a él y elegir su reemplazo.

Poco después de la muerte de Gregorio IX, antes de elegir al sucesor de este papa, en el Palacio de Septizonio, en el Palatino, hubo un espectáculo macabro. El emperador Federico II tenía sitiada a Roma y tenía detenidos a dos de los 12 cardenales del colegio cardenalicio que debía elegir al nuevo papa. De acuerdo a las entonces vigentes reglas del III Concilio de Letrán, se requería dos terceras partes a favor para elegir al papa, pero, debido a la anarquía cardenalicia causada por las difíciles condiciones que afrontaba Roma, no había ningún candidato con apoyo suficiente para ser elegido. Luego de nueve días de discusiones, los diez cardenales del colegio no pudieron ponerse de acuerdo para elegir al nuevo papa. Entonces, el senador Mateo Rosso Orsini, un contrario del emperador Federico II, para evitar que éste influyera en la elección del nuevo pontífice, encerró a los diez cardenales bajo llave y les dijo que no los liberaría hasta cuando eligieran al nuevo papa. Así pasaron dos meses y por las dificultades del encierro murieron dos cardenales, quedando solo ocho que al fin decidieron elegir papa al cardenal Godfredo Castiglioni quien tomó el nombre de Celestino IV, y quien, por el encierro, murió antes de ser consagrado, pero alcanzó a excomulgar al senador Mateo Rosso Orsini, padre del futuro papa Nicolás III. Enseguida, por temor a tener que hacer encerrados otro cónclave, los cardenales huyeron de Roma y pasaron dos años sin regresar ni elegir un nuevo papa. Pero, en Roma, a nadie le hizo falta el papa, pues desde mucho antes la gran mayoría de los romanos no quería que la ‘sarna pontificia’ volviera a gobernar la ciudad. Sin embargo, en el año 1.243 volvieron a reunirse los doce ‘apóstoles’ y eligieron de jefe a otro asesino inquisidor que recuperó para la Iglesia la mina de Roma.

El 25 de junio de 1.243, la monarquía eclesiástica eligió papa a un político, profesor de derecho canónico, contrario al emperador Federico, quien tomó el nombre de Inocencio IV (1.243 a 1.254), siendo este hombre un criminal todo delito, convencido de que el papa era el jefe universal de la humanidad, legado directo de Dios y jefe superior de todos los gobernantes del mundo. Se proclamó ‘pastor de todas las ovejas humanas’ con el derecho de eliminar a todo el que no aceptara ser su fiel vasallo, contribuyente y creyente de su entonces obligatoria religión cristiana.

Poco después, el emperador Federico II tuvo que negociar con el  papa Inocencio, cuyo arreglo convenido fue la devolución de los Estados Pontificios y el pago de una gran indemnización, pero el papa sabía que no lo querían en Roma y temiendo por su vida mudó su despacho a Lyon, donde contaba con el apoyo de los genoveses y donde convocó un concilio en el que excomulgó al emperador Federico II, y promulgó una bula, conocida como ‘Agni Sponsa Novilis’, en la que decretó el poder supremo de la Iglesia ante todos los gobernantes del mundo. Por esa bula, el emperador Federico le declaró la guerra y el papa le respondió con una ‘Cruzada Domestica’ contra su imperio, contienda que además de un sinnúmero de masacres por asuntos políticos, generó una anarquía que se regó por toda Europa, situación que aprovechó el papa para crear conflictos entre varios reyes y jefes de Estado. Puede resumirse que este papa fue un astuto político, ambicioso insaciable, asesino y anarquista creador de guerras en toda Europa para debilitar a los gobernantes y hacerse él el jefe de todos los monarcas.

Luego de la muerte del papa Inocencio IV, la monarquía eclesiástica eligió papa a un miembro de los condes de Segni, sobrino del papa Gregorio IX, quien tomó el nombre de Alejandro IV (1.254 a 1.261), y quien continuó con la política del papa anterior, pero mucho más suave en cuanto a guerras y asesinatos. Este papa apoyó a Alfonso X el Sabio, creador de la Universidad de Salamanca, y no compartía las ideas religiosas de los Flagelantes de Perusa, un grupo de peregrinos que recorría enormes distancias, camino a Roma, flagelándose en señal de penitencia. También en su favor se dice que el papa Alejandro IV fue un académico de la Iglesia y que organizó a los filósofos ermitaños.

El colegio cardenalicio, después de la encerrada que le hizo en Roma el senador Mateo Rosso Orsini, trasladó su sede a Viterbo. Cuando murió el papa Alejandro IV, allí solo había ocho cardenales y en más de dos meses de discusiones éstos no pudieron ponerse de acuerdo para elegir al nuevo papa. En esa época, elegir a un papa no era un asunto religioso sino un gran lío político, donde cada miembro del colegio de cardenales, de antemano estaba políticamente obligado a vetar la elección de numerosos candidatos y a la vez presionado a apoyar a otros. Debido a que todos tenían ese mismo problema y siendo ellos conscientes de que la única solución era la elección de un candidato ajeno a los asuntos políticos romanos, acordaron elegir papa al Patriarca de Jerusalén, quien en esos días había llegado a Viterbo a solicitar ayuda militar para controlar el asedio musulmán a la ciudad santa. Este señor era hijo de un zapatero francés y no hacía parte de monarquía alguna, por lo que al comienzo no aceptó la elección y preparó su regreso, pero el colegio cardenalicio le rogó que tomara el puesto, ya que no había más candidato porque en la Iglesia había escasez de cardenales debido a que los papas anteriores, por estar en guerra con la familia monarca Hohenstaufen, habían descuidado ese asunto. El patriarca aceptó el nombramiento y le pidió a cada cardenal el nombre de dos candidatos para ascenderlos a cardenal.

El nuevo papa tomó el nombre de Urbano IV (1.261 a 1.264), y lo primero que hizo fue aumentarle catorce cardenales al colegio cardenalicio, casi todos franceses o familiares de los que lo eligieron a él, por lo que fue tildado de nepotista y creador de una facción francesa en el colegio cardenalicio. Fue Urbano IV un papa religioso, a quien no le agradaban los científicos; prohibió las obras de Aristóteles, y se encartó con las guerras y los líos político de Europa. Ni siquiera conoció a Roma, despachó en Orvieto, Viterbo y Perusa.

El sucesor del papa Urbano fue un militar francés, conocido como Guido el Gordo, que había sido el primer cardenal nombrado por el papa Urbano IV, quien tomó el nombre de Clemente IV (1.265 a 1.268) y quien continuó con la ya avanzada política eclesiástica de exterminar a la familia Hohenstaufen, la dinastía que había aportado todos los emperadores del Sacro Imperio Romano desde el año 1.138, cuyo último enemigo fuerte de la Iglesia había sido el emperador Federico II, padre del rey Manfredo, ahora el objetivo militar católico, y con quien el papa Clemente se estrenó aplicándole una ‘Cruzada siciliana’ que en Benevento lo eliminó a él y a casi todo su ejército. Ya el único que quedaba de esa dinastía era un sobrino de Manfredo, llamado Conradino de Suavia, quien queriendo recuperar Sicilia se enfrentó a Carlos de Anjou, hermano del rey francés Luis IX y aliado militar del papa, y tuvo igual muerte que su tío.

Este papa militar le dio el triunfo definitivo a la Iglesia sobre la dinastía de estos emperadores del Sacro Imperio, difíciles de controlar o someter, y poco a poco parecía que iba tomando forma la antigua idea gregoriana, de que Roma fuera la capital del mundo y el papa el rey de toda la humanidad. Pero, internamente, la Iglesia tenía grandes conflictos políticos y cuando murió el papa Clemente, el colegio cardenalicio estaba dividido en dos facciones, una italiana y la otra francesa, que ambas querían elegir papa a uno de sus nacionales y alegando sus pretensiones duraron casi dos años y no pudieron elegir al nuevo papa.

Todavía los romanos no habían vuelto a aceptar que Roma fuera la sede del colegio cardenalicio, éste funcionaba en Viterbo, pero por los conflictos de la ‘sarna religiosa’, en esos dos años de alegatos, la situación se tornó tan difícil para los habitantes de Viterbo que, tomando como ejemplo lo hecho en Roma por el senador Orsini, éstos, para forzarlos a que se pusieran de acuerdo y lo más pronto posible eligieran al sucesor del difunto papa Clemente, encerraron bajo llave a los miembros del colegio cardenalicio en una edificación a la que luego le quitaron el techo para que quedaran a la intemperie, y los racionaron a pan y agua. Siendo así de duras las cosas, lo primero que acodaron los quince ‘apóstoles’ fue delegar la elección en solo seis cardenales para que los demás pudieran quedar libres. Estos seis cardenales, en pocos días, acordaron elegir papa a un veterano sanguinario de la Octava Cruzada, llamado Teobaldo, quien no era ni siquiera sacerdote y quien tomó el nombre de Gregorio X (1.272 a 1.276). Este papa, como era de esperarse, lo primero que hizo fue un concilio para organizar una Cruzada.

Debido al bochorno causado en Viterbo, el papa Gregorio X estableció oficialmente que los miembros del colegio cardenalicio fueran encerrados desde que empezaran las deliberaciones para elegir papa y que en la medida en que se demoraran en la elección les fueran disminuyendo los alimentos. Fue Gregorio X un papa guerrero, aliado militar de Rodolfo de Habsburgo, el nuevo emperador del Sacro Imperio, y, según rumores, murió envenenado, en la ciudad de Arezzo, yendo de regreso a Roma, aunque la Iglesia le atribuyó su muerte a un ataque de pleuresía.

El sucesor del papa Gregorio fue un destacado profesor francés quien tomó el nombre de Inocencio V (1.276), y quien también murió envenenado en oscuras circunstancias cuatro meses después de consagrarse. No obstante a su poco tiempo en la silla de san Pedro, alcanzó a organizar una ‘Cruzada Domestica’ a favor del rey de Castilla, quien así pudo asesinar a una gran cantidad de ricos y hacerse dueño de un buen número de propiedades. Para reforzar sus fuerzas de combate en contra de los musulmanes, la Iglesia estaba tratando de solucionar sus diferencias con la división cristiana ortodoxa de Oriente, alianza que apoyó el papa Inocencio en su corto periodo.

El siguiente papa elegido fue un miembro de los condes de Lavagne, que ni siquiera había sido sacerdote y fue consagrado sin llenar ese requisito que ya era obligatorio; tomó el nombre de Adriano V, pero el papa Pablo VI, en el año 1.975, lo eliminó de la lista oficial de papas, por haber sido entronizado sin ser ordenado de sacerdote. A él, físicamente, igual que a los dos pontífices anteriores, lo eliminaron con cantarella antes de dos meses de haber sido entronizado.

El sucesor de Adriano V fue Pedro Juliáo, único portugués que según la lista oficial de la Iglesia ha sido papa. Este hombre, antes de ser papa, era un famoso médico y catedrático que había sido médico personal del papa Gregorio X, y al ser elegido tomó el nombre de Juan XXI (1.276 a 1.277). Todo indica que Juan XXI fue un papa religioso y no conveniente para la política eclesiástica. La causa de su muerte no se sabe si fue un atentado criminal o un accidente, lo cierto fue que el techo del palacio papal de Viterbo le cayó encima y él quedó grave y murió a los pocos días. Pero es deducible que fueron placas de plomo lo que le cayó al papa encima, un modo elitista de asesinato que en la antigüedad era conocido como ‘muerte feliz’.

Es de señalar que los papas podían nombrar a dedo a cualquier persona en el cargo eclesiástico que ellos quisieran. Así, un político o cualquier otra persona, si el papa lo quería, podía de un día para otro resultar siendo cardenal católico o cualquier otra figura religiosa, sin importar que esa persona antes ni siquiera hubiera pisado una iglesia.

Y aunque era raro que fuera elegido papa un hombre que no tuviera algún grado o vínculo eclesiástico, eso no significaba que el escogido debía ser una persona con vocación religiosa o que hubiera hecho carrera religiosa. De ninguna manera favorecía la devoción religiosa para ser elegido papa, sino que, al contrario, la monarquía de la Iglesia consideraba ingenuos a los religiosos y los enviaba a predicar sus enseñanzas religiosas absurdas a lugares lejanos, donde pasaban todas sus vidas de sacerdotes rasos, engañados y engañando a la gente, ya que, debido a la falta de comunicaciones, la gran mayoría de ellos ni siquiera sabía el nombre del papa en tiempo real. Pero, por cualquier razón, los funcionarios de la Iglesia, realmente religiosos, tenían al papa como santo y en todas partes sometían de conciencia a la gente y le hacían creer que él era un santo.