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CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS SEGUNDA PARTE


En esas misiones, los religiosos católicos no recibían ningún sueldo de la Iglesia pero los creyentes les daban de sobra, y ellos estaban obligados a recoger y enviarle diezmos y tributos a Roma. Y, en actividades religiosas, muchos funcionarios eclesiásticos cometían toda clase de abusos y delitos, cosa que la Iglesia les alcahueteaba, porque, sin ellos costarle nada a sus arcas, le producían riqueza a la monarquía eclesiástica, pero, en forma oficial, les exigía que se portaran como santos, siendo su función religiosa la de obreros perpetuos en la expansión del sometimiento de conciencia eclesiástico.

Según La Infamia Cristiana, el libro viejísimo anónimo ya mencionado, el papa Juan XII llamaba a los curas religiosos misioneros como ‘camorreros religiosos’.

Para que los funcionarios religiosos cristianos no supieran de las perversidades de la Iglesia, la mayoría de los papas no les permitieron a éstos llegar a Roma, la única parte del mundo donde casi toda la gente sabía de lo asesinos, esclavistas y bandidos que eran los papas y donde casi todo el pueblo los tenía como emperadores perversos.

En este punto de la historia, las monarquías europeas y la Iglesia Católica ya llevaban más de mil años de estar mezcladas. Ya hemos visto que la mayoría de los papas y de los reyes o monarcas fueron delincuentes de la misma calaña, y que además de que cometieron toda clase de delitos, los monarcas eclesiásticos, bajo pena de muerte, impusieron obligatoria la religión cristiana y fomentaron la estupidez en el pueblo raso para esclavizarlo o convertirlo en contribuyente de la Iglesia Romana. También hemos visto que numerosas veces, con propósitos económicos o políticos de su conveniencia, senadores, reyes y emperadores nombraron papas, cardenales, obispos y a todos los funcionarios católicos que ellos quisieron. Pues algo parecido ocurrió con la mal llamada Santa Inquisición que, además de la Iglesia, la establecieron y la aplicaron numerosos gobernantes.

Es lógico que, mientras no haya daño, a nadie le importa la religión o creencias religiosas de los demás. Y si la regla de siempre ha sido que los gobiernos poco o nada se preocupan por los problemas reales de sus pueblos, mucho menos debieron preocuparse los gobernantes por la salvación de las almas de sus súbditos. Entonces, siendo así las cosas, es fácil deducir que nunca ha sido honesta la tan cacareada misión religiosa cristiana, emprendida por la Iglesia Católica y numerosos monarcas, supuestamente para salvar almas, y que el verdadero propósito de esas misiones ha sido aprovecharse de los ingenuos, esclavizar pueblos y robar sus propiedades.

Históricamente está comprobado que las guerras Cruzadas no fueron por motivos religiosos sino para robar riquezas y para aumentar expansiones territoriales, lo cual, además del saqueo, casi siempre incluía la esclavización de los pobladores y toda clase de asesinatos políticos. Además, durante mucho tiempo, los jefes musulmanes y los gobernantes de países católicos realizaron numerosas cruzadas ‘domesticas’ internas, para robar riquezas y/o asesinar enemigos políticos.

En cuanto a pretensiones, todas las monarquías de Europa eran iguales de ambiciosas y por lo tanto todas querían tener el control de la Iglesia, que, aunque los Estados Papales tenían fronteras, con su religión no ocurría tal cosa y prácticamente en toda Europa el cristianismo era una gran población ingenua, sometida de conciencia a las absurdas normas eclesiásticas, siendo además una gran fuerza de opinión pública y política en permanente crecimiento que todos los monarcas querían tener a su favor.

Así pues, el enorme interés político por la Iglesia se debía a que ésta influía en una gran población que no tenía fronteras y que con su bien planeado adoctrinamiento, además de que el pueblo creía ciegamente en ella, por todos lados su población creyente aumentaba  y generaba cada vez más riqueza. La realidad política europea en esa época era que el gobernante que contaba con el apoyo de la Iglesia tenía todo a su favor, mientras que era satanizado y condenado al fracaso cualquier gobierno que fuera contrario a ella.

En el año 1.277, para suceder al ya fallecido Juan XXI, fue elegido papa Giovanni Gaetano Orsini, hijo del senador Mateo Rosso Orsini, el segundo papa que impuso esta oligarca y poderosa familia romana. Giovanni Orsini era uno de los hombres más sanguinarios de la Iglesia, había sido jefe de la Inquisición, al ser elegido papa tomó el nombre de Nicolás III (1.277 a 1.280) y en su papado fue un cruel asesino y dictador, seguidor de las ideas gregorianas, teniendo como propósito que su familia se adueñara de la Iglesia y que el papa fuera el rey de los reyes del mundo. Mediante un concordato le quitó al emperador Rodolfo de Habsburgo el exarcado de Rávena y los territorios de Romaña, estableciendo que los funcionarios públicos de esas dos regiones debían ser ciudadanos de Roma, con cuyas reglas las puso bajo el control de su familia. Con una bula le estableció pobreza absoluta a los miembros de la congregación franciscana, la comunidad que en ese tiempo manejaba y aplicaba la mal llamada Santa Inquisición, cuya intención, al decretar esa pobreza, era que los inquisidores no se robaran para ellos y le entregaran a él las propiedades de las personas que asesinaban con los castigos  inquisitorios. Para favor del pueblo indefenso, el papa sufría de numerosos achaques que evitaron que cometiera un número mayor de delitos. Murió en el año 1.280; se dijo que los pocos religiosos que lo trataron consideraron que iría directo al infierno.

Cuando murió el papa Nicolás III, todavía el colegio cardenalicio seguía integrado por las dos facciones, italiana y francesa. Las dos facciones, en seis meses de discusiones, no pudieron ponerse de acuerdo para elegir al nuevo papa. Entonces, para inclinar la balanza al lado francés, el rey Carlos de Anjou hizo detener a dos cardenales de la facción italiana. En esas circunstancias fue elegido papa Simón de Brie, quien había sido canciller del gobierno francés y quien tomó el nombre de Martín IV (1.281 a 1.285). En realidad, fue el rey Carlos de Anjou quien hizo elegir papa a Martín IV, por lo cual, durante todo su papado, este pontífice fue un servil incondicional suyo que lo apoyó en su viejo propósito de establecer el Imperio Latino de Oriente, una división territorial surgida en la Cuarta Cruzada, y con esa intensión excomulgó al emperador bizantino Miguel VIII Paleólogo, con lo que arruinó los logros de entendimiento logrados entre la Iglesia romana y la ortodoxa de Oriente.

El papa Martín IV fue entronizado en Orvieto, y lo primero que hizo fue nombrar de senador romano al rey francés Carlos de Anjou, cosa que iba en contra de las leyes romanas que establecían que los senadores romanos debían ser ciudadanos de Roma. Ese nombramiento indignó a los romanos, quienes nunca permitieron que el papa Martín pisara suelo romano. Con el beneplácito del papa, el rey Carlos de Anjou tenía al pueblo siciliano casi esclavizado. Hubo una revuelta ciudadana, los sicilianos masacraron a los franceses y expulsaron al rey Carlos. En apoyo de los sicilianos acudió y tomó el mando el rey Pedro III de Aragón, quien desde antes pretendía ese reino, por ser él casado con Constanza, hija del rey Manfredo, a quien el rey Carlos de Anjou había destronado y ejecutado en la Batalla de Benevento. En represalia, y tratando de recuperar Sicilia para su aliado rey Carlos, el papa excomulgó al rey Pedro y, sin éxito, mediante una ‘Cruzada doméstica’, trató de despojarlo del Reino de Aragón.

La alianza del papa Martín con el rey Carlos de Anjou causó toda clase de injusticias, asesinatos y anarquía en toda Europa. Es difícil creer que este papa criminal y marioneta haya tenido mérito para convertirse en santo -ahora es San Martín-; su número está errado ya que él se voló dos números al tomar el nombre de Martín IV, y lo más seguro es que, igual que su elección, su canonización también fue por influencias políticas.       

La elección del sucesor del papa Martín IV, fue rapidísima. El elegido fue un romano, antiguo miembro de la monarquía eclesiástica, familiar de los papas Benedicto II, Gregorio II y Honorio III. Además era hermano del senador romano Pandulfo. Al ser elegido papa tomó el nombre de Honorio IV (1.285 a 1.287) y, en general, fue bien aceptado por los romanos y durante su corto lapso ejerció en Roma. Pero, en política, fue igual de guerrero que su predecesor, incluso, en el año 1.287 anuló un tratado que arreglaba un conflicto en Sicilia, mediante el cual Carlos de Salerno, hijo del ya fallecido rey Carlos de Anjou, renunció al discutido trono de Sicilia a favor de Jaime II, hijo de Pedro III de Aragón. El papa Honorio, entonces, además de revivir el conflicto, prohibió que de allí en adelante se hicieran esa clase de tratados sin el consentimiento suyo. Militarmente sometió al conde Guido de Montefeltro, quien se oponía a reconocer la autoridad papal en varios territorios que la Iglesia se había tomado como suyos.

El papa Honorio IV, estableció que las casas bancarias podían recibir en consignación los impuestos obligatorios creados para financiar las guerras cruzadas, siendo éste el primer pontífice que utilizó los bancos en asuntos eclesiásticos.

Para agilizar los asesinatos, robos y castigos inquisitorios y ampliar la cobertura inquisitoria, este pontífice decretó que, además de los franciscanos, los miembros de la congregación de dominicanos también manejaran y realizaran los delitos de la Santa Inquisición. Murió de gota, una de las tantas enfermedades que sufría.

Cuando murió el papa Honorio IV, en Italia y Roma había una gran calamidad de peste que había sacado huyendo a los miembros del colegio cardenalicio, quienes se habían ido en varias direcciones y no volvieron a reunirse hasta que la peste fue controlada. En el cónclave, cuando se reunieron, resultó elegido papa un hombre sanguinario que había sido general de los inquisidores y que por ser él contrario a la ciencia había encarcelado al sabio Roger Bacon y había prohibido la publicación y lectura de sus obras. Éste papa fue el primer franciscano que ocupó la silla de san Pedro. Tomó el nombre de Nicolás IV (1.288 a 1.292) y este pontífice fue todo un bandidote que tan pronto se entronizó negoció con Carlos II de Anjou, a cambio de vasallaje a la Iglesia -entiéndase pago de impuestos-, el trono de rey de Nápoles y Sicilia, negándose a reconocer como rey de esos lugares a Jaime II de Aragón quien ejercía de rey de allí  desde 1.285, cuando había heredado el trono de su padre, Pedro III de Aragón. Y, después, negoció con Carlos Martel de Anjou, hijo del ya fallecido Carlos de Anjou, el otorgamiento del trono de Hungría, reino que le pertenecía a Alberto, hijo del emperador Rodolfo de Habsburgo.

Este papa vendedor de tronos ajenos, antes de morir, para robar riquezas y territorios quiso enviar una cruzada a Tierra Santa, pero no le funcionó ese proyecto porque no contó con el respaldo de los gobiernos de Europa, que ya no veían rentable esa aventura.

Luego de la muerte del papa Nicolás IV, la silla de san Pedro estuvo desocupada por más de dos años debido a que el colegio de cardenales estaba dividido entre las familias oligarcas romanas Colonna y Orsini, dos facciones que pelearon como perros, cada una luchando para elegir a uno de los suyos en el puesto más codiciado de Europa.

Ya agotados en esa lucha, los cardenales se dieron cuenta que en esas condiciones de paridad no era posible elegir a un miembro o favorito de ninguna de las dos familias y acordaron elegir papa a un hombre que no fuera político sino auténticamente religioso. El elegido fue un religioso que meditaba en una cueva, quien llegó al acto de consagración montado en un asno, y se sintió molesto porque el lambón rey Carlos Martel de Anjou, cuando él iba llegando a la ciudad de Aquila, donde fue consagrado, tomó el rejo de su asno, en fingida señal de humildad. El nuevo papa tomó el nombre de Celestino V (1.294), y a lomo de asno se trasladó a Nápoles, queriendo meditar por el camino sus asuntos pero no le fue posible debido a que no pudo desprenderse de su majestad, el impertinente rey Carlos de Anjou.

Este señor fue un papa honesto, religioso, que al darse cuenta de la enorme perversidad de la monarquía eclesiástica, se sintió indignado, renunció, montó en su asno y tomó camino de regreso a su cueva, con la intención de enseñar su propia religión cristiana, pero su sucesor lo hizo preso y luego lo encerró y lo asesinó en un castillo que tenía su familia cerca de Anagni. Ahora, este señor religioso es conocido como san Celestino, pero muchos decían que hacía milagros desde antes de morir.

Cuando renunció el papa Celestino, la monarquía eclesiástica siguió convencida de que lo más importante de la Iglesia era el poder y la política, pero el accionar de este hombre puso en evidencia que para sostener esas dos cosas era indispensable seguir fingiendo fe religiosa y no exponer al conocimiento de los verdaderos religiosos las perversidades de los monarcas eclesiásticos.

Con ese pontífice, honesto y religioso, las perversidades eclesiásticas no engranaban y aunque la renuncia de Celestino era lo más conveniente para todos los monarcas de la Iglesia, la salida suya les causó pánico porque para ellos no era conveniente que ese señor, reconocido como sabio y religioso, quedara suelto después de tener conocimiento de la enorme perversidad política en la dirección de la Iglesia Cristiana.

Celestino era contrario a que la Iglesia gobernara Estados, según sus palabras, Jesús nunca tuvo esa pretensión. Él no apoyaba la Inquisición ni las Cruzadas, puesto que Jesús aconsejaba ser buenos de espíritu y nada de violencia. De haberlo querido, el papa Celestino, con absoluta y neta justicia hubiera podido excomulgar a todos los cardenales de la Iglesia, igual que a casi todos los obispos, en realidad una jauría de políticos perversos y bandidos, disfrazados de religiosos.

Luego de la renuncia del papa Celestino, el pánico en la monarquía eclesiástica se generalizó por la gran posibilidad de que se filtraran sus asuntos perversos, a los ‘curas camorreros’ y al común de la gente en el exterior, cosa que podría generar un incontrolable cisma religioso protestante en Occidente. Entonces, de afán, la monarquía eclesiástica eligió papa a un abogado, de origen español pero miembro de la nobleza romana, quien tomó el nombre de Bonifacio VIII (1.294 a 1.303) y quien la primera decisión que tomó como papa fue ordenar apresar al ahora religioso Celestino, el señor pontífice que había renunciado, a quien hizo encarcelar y luego asesinar en el castillo ya mencionado. Poco después hizo que Jaime II de Aragón renunciara a sus derechos de Sicilia para él cedérselos a Carlos de Anjou, pero el pueblo siciliano se rebeló en su contra y coronó de rey a Federico II, hermano de Jaime II. Ante esa rebelión, al papa Bonifacio VIII le tocó reversar y confirmar al rey Federico II.

Este papa era sumamente autoritario y se dijo que el fantasma del papa Celestino lo obligó a aceptar las exigencias del pueblo siciliano, pues corrían rumores de rebeliones religiosas. Más tarde, por asuntos de impuestos, se enfrentó con el rey francés, Felipe IV el Hermoso. Ese conflicto se debió a que, por escasez de recursos económicos, el rey de Francia le puso impuesto a algunos de los productos que eran exportados a los Estados Pontificios. Cuando el papa Bonifacio supo de esos impuestos emitió una bula, conocida como ‘Clericis Laicos’, con la que le prohibía a todos los gobiernos del mundo cobrarle impuesto a la Iglesia, sin el consentimiento del papa. Pero el rey Felipe IV ignoró esa bula y estableció que todos los productos que se exportaran de Francia tenían que pagar impuestos, sin importar el país de destino.

En esa época, a cambio de su farsa religiosa, la Iglesia católica ordeñaba a casi todos los países europeos, y, en este caso de impuestos, el temor del papa Bonifacio no era porque ocurriera un cisma religioso sino un cobro internacional generalizado de impuestos, temor de cobros por el que le tocó tratar suavecito con el rey Felipe IV. Sin embargo, poco después, con la intensión de debilitar el gobierno francés, el papa Bonifacio estableció un nuevo obispado en Pamiers, en el sur de Francia, donde nombró de obispo a Bernardo de Saisset, pero, inmediatamente, el rey Felipe encarceló a Saisset y lo acusó de alta traición.

Con la supuesta intención de solucionar definitivamente el conflicto entre el poder auto presumidamente eterno de la Iglesia y el poder temporal del rey de Francia, el papa Bonifacio VIII emitió una bula, conocida con el nombre de ‘Ausculta Fili’, donde convocó al rey Felipe IV y al clero francés a un concilio que se realizaría el 1 de noviembre de 1.302 en Roma, pero el rey Felipe IV no asistió ni permitió que el clero francés viajara a Roma. Sin embargo, sin la asistencia francesa, el concilio se realizó y dio como resultado la emisión de una bula, conocida como ‘Unam Sanctam’, con la que se actualizaba el antiguo sistema de la jerarquía religiosa gregoriana. Una parte de esa bula dice: “En el mundo existen dos gobiernos, el espiritual y el temporal, y ambos pertenecen a la Iglesia. El uno está en la mano del Papa y el otro en la mano de los reyes; pero los reyes no pueden hacer uso de él mas que por la Iglesia, según la orden y el permiso del Papa. Si el poder temporal se tuerce, debe ser enderezado por el poder espiritual”.

El final de la bula dice: “Así pues, declaramos, decimos, decidimos y pronunciamos que es de absoluta necesidad para salvarse, que toda creatura humana esté sometida al Pontífice romano”.

En reacción a esa bula, el rey Felipe IV hizo una asamblea en Louvre, donde acusó al papa de herejía y simonía y, enfurecido, le ordenó a su consejero Guillermo de Nogaret, que fuera a Roma y le diera una paliza al papa Bonifacio VIII, y que lo trajera a París, jalado de las mechas.

El papa Bonifacio VIII estaba de locha en su palacio veraniego, en la ciudad de Anagni, cuando supo que el rey francés lo quería tratar con dureza. Enseguida preparó una bula para excomulgarlo, pero no alcanzó a publicarla porque Guillermo de Nogaret ya había hecho contacto con Sciarra Colonna, enemigo acérrimo del papa; con la clase alta de Anagni, quienes tampoco gustaban de él; y con la facción francesa del colegio de cardenales, quienes apoyados por milicianos asaltaron el palacio veraniego del papa.

Al iniciarse el asalto, Bonifacio VIII, creyendo que sus enemigos no le harían daño si lo encontraban vestido con sus prendas de papa, se vistió con toda la gala pontificia y los esperó sentado como un rey. Al encontrarlo Sciarra Colonna con esa vestimenta, lo insultó diciéndole que su vestido de religioso no evitaba que él fuera el bandido más pretencioso del mundo y lo atacó a bofetadas. Luego lo empelotaron y duraron tres días humillándolo, dándole palo y azote, hasta que el pueblo raso de Anagni se los quitó y fue llevado a Roma, donde murió a los pocos días por el efecto de la golpiza que le habían dado en Anagni.

Con la muerte del papa Bonifacio VIII finalizaron las pretensiones de la Iglesia, de gobernar a todos los gobiernos del mundo. Entonces la Iglesia quedó en poder de los franceses y tiempo después la sede del papado fue trasladada a la ciudad de Avignon, que entonces pertenecía al reino de Nápoles.

Tras la muerte del papa Bonifacio, la monarquía eclesiástica eligió papa a un romano de clase humilde, pero que era un encumbrado servil de la monarquía política romana, quien tomó el nombre de Benedicto XI (1.303 a 1.304), y a quien le tocó ejercer su papado en medio de la lucha entre monarcas religiosos franceses y romanos. No era tan pretencioso como su antecesor; duró menos de un año y fue poco lo que pudo hacer para calmar el lío religioso. Era un hombre creído y ostentoso, negó conocer a su propia madre, que era pobre y viuda, porque fue con ropa humilde a visitarlo a su despacho. Murió envenenado por orden del consejero francés Guillermo de Nogaret, a quien había excomulgado.

Cuando murió el papa Benedicto XI, las dos facciones de cardenales, francesa y romana, demoraron casi un año luchando para poder elegir al nuevo pontífice y cuando hubo acuerdo el elegido fue un francés, favorito del rey Felipe IV, quien tomó el nombre de Clemente V (1.305 a 1.314) y quien, para que el rey francés asistiera a su consagración, decidió consagrarse en la ciudad de Lyon.

En realidad, durante el lapso de Clemente V, quien ejerció de papa fue el rey francés, Felipe IV. Por orden del rey, lo primero que hizo el papa fue nombrar de cardenales a nueve hombres, parientes o cercanos a Felipe IV, y poco después trasladó el papado a Avignon donde ejerció él su pontificado.

Debido a la guerra que tuvo Francia con Inglaterra, el rey Felipe estaba muy endeudado con los integrantes de La Orden del Temple, de los caballeros templarios. Con el apoyo de normas religiosas, emitidas por el papa Clemente V, el rey hizo prisioneros a los caballeros templarios, los asesinó, robó sus enormes fortunas y no les pagó la deuda. Si hubiera existido el delito de ‘bulicidio’, el papa Clemente lo hubiera cometido varias veces pues anuló todas las bulas que le eran contrarias al rey de Francia. En resumen; el rey Felipe IV y el papa Clemente V fueron dos bandidos tan de la misma calaña y tan unidos que murieron casi en la misma fecha.

La silla de san Pedro quedó desocupada por casi dos años luego de la muerte del papa Clemente V, debido a que el cónclave, reunido en Carpentras, estaba dividido en tres facciones, una francesa, una de gascones y una italiana, y cada una tenía su candidato. Cabe explicar que a los miembros de la monarquía francesa no les interesaba ocupar la silla de san Pedro, sino que la ocupara un papa títere del monarca francés. Y, en esta elección, luego de casi dos años de discusiones fallidas, el rey francés ordenó hacer un cónclave en Lyon, donde asistieron 23 cardenales, la gran mayoría franceses, y eligieron papa a un abogado y político francés, de clase humilde, quien tomó el nombre de Juan XXII (1.316 a 1.334), y quien, como el anterior, fijó su despacho en Avignon.

Poco después de ser entronizado Juan XXII, sin que nadie lo llamara, se involucró en el conflicto que había por el trono de Alemania, pretendido por los duques Luis de Baviera y Federico de Austria. El papa Juan XXII, de pura viveza, se autoproclamó regente de Alemania, según él mientras se definía la legitimidad del trono alemán, sin embargo, peleando por ese asunto, en la Batalla de Mühldorf, el duque Luis IV venció al duque Federico y éste último renunció a su pretensión al trono de Alemania, debiendo quedar arreglado ese pleito, pero el papa Juan XXII no quiso reconocer como rey de Alemania al duque Luis IV ni mucho menos coronarlo de emperador del Sacro Imperio, alegando que éste había tomado el título sin su confirmación, y más tarde lo acusó de herético, supuestamente porque protegía pensadores heterodoxos, y lo excomulgó. La respuesta de Luis IV fue invadir a Italia con un poderoso ejército que entró a Roma, depuso al papa y eligió a un nuevo pontífice que tomó el nombre de Nicolás V, siendo este el primer antipapa italiano de la historia.

El papa Juan XXII huyó y excomulgó a Roma, cosa que le arruinó el turismo religioso a la ciudad y provocó la rebelión de los romanos, quienes hicieron ir a Luis IV de la Ciudad Eterna. Poco después el antipapa Nicolás renunció y se sometió al papa Juan XXII, quien varias veces fue acusado de herejía y sería recordado por los alemanes y muchos europeos como un papa oportunista y bandido.         

El siguiente papa también fue una marioneta del gobierno Francés. El elegido era de familia humilde, hijo de un panadero. Cuando supo que había sido elegido a pontífice les dijo a los cardenales que habían elegido papa a un asno. Tomó el nombre de Benedicto XII (1.334 a 1.342). Este hombre había sido inquisidor, pero siendo papa no fue tan sanguinario. Trabajó con la dureza de un burro, depuró la Iglesia y no fue cruel en asuntos religiosos. En asuntos políticos fue un buen mandadero de la monarquía francesa, que todavía no se interesaba en ocupar la silla de san Pedro sino en tener al papa bajo control y al servicio de Francia.

En el año 1.342, tras la muerte del papa Benedicto XII, fue elegido el cuarto papa que despacharía en Avignon; era francés, igual que los tres anteriores, y tomó el nombre de Clemente VI (1.342 a 1.352). Este papa, además de tramposo y nepotista, fue un absoluto servil del rey Felipe de Francia. Poco después de ser entronizado le compró a Juana de Nápoles el producto público de la ciudad de Avignon, pero luego la tramó y no le pagó lo convenido sino que le dijo que él representaba a Dios, y a cambio del pago convenido la confesó y le perdonó el supuesto pecado de haber asesinado a su esposo.

Durante su lapso nombró cardenales a varios familiares suyos, entre ellos el futuro papa Gregorio II, y, para sostener la vida llena de lujos que llevaba, fue un gran vendedor de cosas consideradas sagradas por la Iglesia, por lo que en su papado se generalizó la simonía. Era mujeriego y vicioso pero estimuló el arte y la literatura y no fue un papa sanguinario, incluso prohibió el peregrinaje de flagelantes, unas procesiones de cretinos religiosos que rogándole cosas a Dios se flagelaban en sus recorridos.

Cuando quedó vacante la silla de san Pedro, antes de elegir al sucesor del fallecido Clemente VI, los 26 cardenales electores negociaron con el candidato que iban a elegir, la línea política que él debía seguir al ser entronizado. Hubo acuerdo en ese tema y el elegido tomó el nombre de Inocencio VI (1.352 a 1.362), pero este papa, ya consagrado, anuló el convenio que había hecho con los cardenales, alegando que era ilegal limitar los poderes del papa.

Según los registros históricos, el papa Inocencio VI no se dejó manipular de nadie, acabó con la costumbre de varios cargos religiosos en una misma persona, atacó con dureza la corrupción religiosa, eliminó los lujos y ostentaciones en que vivían la mayoría de jefes religiosos, de los que muchos tenían más de cien mansiones, y obligó a los obispos a residir en sus diócesis. Y en lo político hizo todo lo contrario a lo convenido con sus electores, pues lo acordado fue involucrar al Sacro Imperio en la guerra en contra de Inglaterra, pero el papa Inocencio fue un gran buscador de paz y logró un acuerdo político que permitió el fin de la guerra entre Inglaterra y Francia. Además, delegó en Gil Álvarez de Albornoz, la función de restablecer el orden en Roma, ciudad que debido a la anarquía política, desde mucho antes estaba inmersa en revueltas ciudadanas, en las que en ese entonces cayó linchado el gobernador romano Cola di Rienzo, pero De Albornoz logró su propósito y eso significó la paz para Roma y los Estados Pontificios.

Fue Inocencio VI la única persona que entró en conflicto con el rey de Castilla, Pedro el Cruel, por el maltrato que le daba a su prisionera esposa, Blanca de Borbón, aunque no pudo evitar que el monarca causara su muerte. En resumen: la historia registra que este señor pontífice, a pesar de tener todo en contra suya, obró muy bien.

El sucesor del papa Inocencio VI fue un gran humanista y diplomático francés que tomó el nombre de Urbano V (1.362 a 1.370), y que fue el primer y único miembro de la nobleza francesa en ser elegido pontífice. Este diplomático creía que Roma era el mejor lugar para el despacho del papa. Por eso, al ser consagrado se mudó a Roma y ejerció con mucha sabiduría, pero cuando murió Gil Álvarez de Albornoz, gobernador de los Estados Pontificios, la violencia se apoderó de la Ciudad Eterna y el papa Urbano tuvo que trasladar su despacho a Avignon. Poco después Inglaterra y Francia volvieron a entrar en guerra, pero el papa Urbano no tuvo nada que ver en ese asunto. Urbano V no fue un papa religioso sino un hombre de ciencia. Fundó varias universidades y apoyó a todos los establecimientos educativos que pudo. Desde su punto de vista, las creencias religiosas no eran de inspiraciones divinas sino humanas. Sus datos biográficos apuntan a que él no creía que Dios estuviera involucrado en la creación de los asuntos religiosos humanos, pero, presionado por la monarquía eclesiástica, este fue uno de los papas que más misiones evangelizadoras envió al extranjero, incluidos algunos lugares de los más remotos países asiáticos.

El último papa de nacionalidad francesa fue elegido el 30 de diciembre de 1.370. Ese día, para suceder al papa Urbano V, por unanimidad resultó elegido un sobrino del fallecido papa Clemente VI, quien lo había nombrado cardenal cuando tenía 18 años de edad. Tomó el nombre de Gregorio XI (1.371 a 1.378), y fue un papa político y guerrero que al fracasar en organizar una cruzada en contra de los turcos, generó o se involucró en varias guerras, y que por nombrar obispos franceses en pueblos y ciudades italianas provocó grandes revueltas ciudadanas en Italia. Esas revueltas fueron aprovechadas por el político Bernabó Visconti para apoderarse de Reggio y de otros territorios pontificios, por lo que el papa le envió una bula con la que lo excomulgaba, pero Bernabó ni siquiera la leyó sino que les hizo comer el pergamino donde estaba escrita a quienes se la fueron a entregar. En respuesta, el papa le declaró la guerra, pero las tropas de Bernabó derrotaron a las católicas. Entonces el papa hizo una alianza militar con la reina de Nápoles y con el rey de Hungría, a la que se unió John Hawkwood, jefe de mercenarios ingleses, y con esa fuerza obligó a Bernabó a pactar un acuerdo, arreglo que resultó muy favorable para Bernabó debido a que él sobornó a los negociadores del papa.

Pero las revueltas en Italia continuaron porque el papa no retiró los obispos franceses, y las cosas empeoraron cuando empezó a nombrar obispos franceses en Florencia, con lo que provocó que los florentinos se aliaran con Bernabó, y además surgieron revueltas en los Estados Pontificios, cuyos ciudadanos no apoyaban el nombramiento de obispos franceses en territorios extranjeros. En respuesta a esas insurrecciones, el papa Gregorio XI puso a Florencia en interdicto, excomulgó a sus habitantes y declaró ilegales sus posesiones. Las enormes pérdidas económicas hicieron que los florentinos buscaran la mediación de Catalina de Siena, pero, debido la intransigencia del papa, fue poco lo que ella pudo hacer.

La nobleza de Avignon se sentía muy incomoda con la sede del papa en esa ciudad y le había dado la misión a Catalina de convencerlo de que mudara su sede a Roma, cosa que supuestamente acabaría con las revueltas. Para dicha del pueblo de Avignon, eso sí lo consiguió Catalina, el papa se mudó a Roma, pero poco después el cardenal Roberto de Ginebra, futuro antipapa Clemente VII, ordenó masacrar a la población de Cesena, asesinatos masivos que alteraron el ánimo de los romanos de tal forma que hicieron que Gregorio XI regresara su despacho a Avignon.

En esa época los políticos querían tener el control del papa, pero en ninguna ciudad querían tener su despacho. Tiempo después, el papa Gregorio, en contra de su voluntad, tuvo que regresar su despacho a Roma, y Avignon nunca volvió a ser sede del jefe de la Iglesia Cristiana.

Según el revolucionario Bernabó Visconti, el mejor lugar para sede de los papas era el infierno. Y Roma fue casi un infierno para el papa Gregorio, donde, no sin fundamento, todo el tiempo se sintió amenazado de muerte.

Debido al lío habido por el nombramiento de obispos franceses, cuando murió el papa Gregorio los romanos por ningún motivo querían que su sucesor fuera otro francés. En Roma hubo numerosas manifestaciones exigiendo que si la sede del papa era Roma y ellos tenían que aguantarse la ‘sarna religiosa’, pues que el papa fuera romano o al menos italiano. Pero ni en Roma ni en ninguna parte querían tener ese cartel criminal y perverso que dirigía la Iglesia Cristiana y mucho menos al ‘Vicario de Cristo’.

El colegio de cardenales, que estaba integrado por 22 ‘apóstoles’, para elegir al nuevo papa se reunió en Roma con solo 16 de sus integrantes debido a que éstos no esperaron la llegada de 6 cardenales que venían de Avignon.

En ese tiempo, los integrantes del colegio de cardenales estaban divididos en tres facciones y cada facción tenía su propio candidato, pero las manifestaciones del pueblo romano los hicieron temer por sus vidas y decidieron elegir papa al italiano Bartolomeo Prignano, un conocido administrador de asuntos religiosos que había colaborado en el traslado de la sede pontificia, de Avignon a Roma.

Antes de anunciarse la elección de Bartolomeo, un cardenal de la dinastía Orsini dijo que el elegido había sido el anciano cardenal de san Pedro, y poco después otro cardenal anunció la elección del obispo francés Jean de Bar, cosa que estuvo a punto de producir que el pueblo romano linchara a los cardenales. Para calmar los ánimos de los revoltosos, el colegio de cardenales hizo público que la elección del papa había favorecido al anciano Tebaldeschi, cardenal de san Pedro, para más tarde corregir la elección y confirmar finalmente a Bartolomeo, quien fue bien aceptado por los revoltosos y quien tomó el nombre de Urbano VI (1.378 a 1.389).

El papa Urbano resultó ser un auténtico delincuente y muy pronto se convirtió en la persona más odiada de Europa, por ser un político bandido, chantajista, altanero, abusivo, entrometido y con un sin número de pretensiones caprichosas. Para apoderarse de este reino, dijo que Nápoles estaba mal administrada, por el simple hecho de estar gobernado por una mujer, y amenazó a su gobernadora, Juana de Nápoles, diciéndole que si no le pagaba con total cumplimiento los tributos feudales a la Iglesia, la deponía y la encerraba en un convento.

Poco después de iniciado su gobierno, debido a que al papa Urbano VI no lo querían en Roma ni él quiso irse para Avignon, donde tampoco lo querían, el colegio cardenalicio hizo un cónclave en Agnani, donde fue declarada nula su consagración, argumentando que su elección había sido ilegal por haberse hecho con la presión del populacho romano, y el puesto del pontífice fue declarado vacante. Un mes mas tarde, el colegio cardenalicio se reunió en Fondi e hizo una nueva elección de papa, esta vez con la presión del rey Carlos V de Francia. En ese cónclave fue elegido papa el obispo Roberto de Ginebra, involucrado en la ya mencionada masacre de Cesena, quien tomó el nombre de Clemente VII. Los miembros del colegio cardenalicio, con la nueva elección de papa, esperaban que el papa Urbano renunciara, pero él no se consideró peor persona o más bandido que el obispo Roberto de Ginebra y en vez de volver a ser Bartolomeo decidió seguir siendo su santidad Urbano VI, y, para tener apoyo eclesiástico, nombró veinte cardenales, con los que formalizó su propio colegio de cardenales.

Entonces había en Europa Occidental dos delincuentes que en vez de estar encarcelados eran papas, lo cual dio origen a otro cisma religioso en Occidente. Por conveniencias políticas, los gobiernos de Italia -sin incluir Nápoles-, Alemania y Flandes siguieron reconociendo papa legítimo a Urbano VI; y el resto de gobiernos de Europa a Clemente VII, pero el problema era bastante complicado, pues, además de dos pontífice, había dos colegios cardenalicios; tiempo después, la ‘Santa Iglesia’ determinó que Urbano VI fue el papa legítimo y puso en el infierno al antipapa Clemente. Sin embargo, para la mayoría de los creyentes que los conocieron a ellos dos, ambos eran criminales de la misma calaña y debieron ir a ese mismo lugar.

Casi a lo último de su lapso, el papa Clemente depuso a Juana de Nápoles y puso en su reemplazo a Carlos Durazzo, a quien luego depuso y coronó de rey de Nápoles a Luis de Anjou. Más tarde, en Italia, en una cruzada en su contra, Durazzo hizo prisionero al papa, pero él quiso seguir gobernando desde prisión y Durazzo le permitió regresar a Roma para envenenarlo en esa ciudad, donde murió intoxicado maldiciendo a Durazzo.

Cuando murió el papa Urbano VI, el otro papa, el actualmente antipapa Clemente VII, tenía su sede pontificia en Avignon. Entonces, los cardenales del colegio cardenalicio personal del papa Urbano se reunieron en Roma y para suceder al fallecido eligieron papa a un miembro de la nobleza italiana, quien tomó el nombre de Bonifacio IX (1.389 a 1.404) y quien lo primero que hizo fue excomulgar a su similar Clemente VII, que en respuesta lo excomulgó a él. Luego depuso al poco antes coronado rey de Nápoles, Luis de Anjou, que había sido coronado por el papa Urbano VI, y en su reemplazo coronó de rey a Ladislao I de Nápoles, hijo de Carlos III, cosa que enfrentó a los dos reyes y que generó muertes y anarquía en Nápoles.

Debido a los enormes problemas políticos y sociales que causaba la existencia de dos pontífices a la vez, con el agravante de que ahora estaban mutuamente excomulgados, los gobiernos de Europa se pusieron de acuerdo y le presentaron a los dos papas una propuesta, originada de un estudio hecho por la Universidad de París, para solucionar el problema del cisma religioso en Occidente. Esa propuesta planteaba tres formas de solución a ese problema: Una era la abdicación voluntaria y simultanea de los dos papas, seguida de la elección de un nuevo pontífice; otra era que por medio de una comisión arbitral, especialista y neutral, se analizaran los derechos de ambos papas y se estableciera cual de los dos era el legítimo; y la última o tercera era que mediante un concilio ecuménico se discutiera el asunto y se decretara cuál de los dos era el papa legítimo. Bonifacio respondió que no aceptaba ninguna de las tres formas propuestas; Clemente la única que no aceptaba era la del concilio ecuménico, insinuando que los cardenales eran políticos corruptos. Debido a ese fracaso, para presionar la solución a ese asunto, los gobiernos aliados de Clemente dejaron de apoyarlo, pero él no se inmutó y siguió en Avignon, despachando como único y legítimo papa.

En el año 1.394 murió Clemente VII y poco después el colegio de cardenales que tenía sede en Avignon se reunió y, para reemplazar a este recién fallecido papa, eligió al cardenal Pedro Martínez, quien tomó el nombre de Benedicto XIII, otro papa de ese tiempo que también luchó contra el papa Bonifacio IX y que, después, la ‘Santa Iglesia’ lo envió al infierno de los antipapas.

El cisma de los papas mutuamente excomulgados hizo surgir en Roma un movimiento de penitentes flagelantes encapuchados, conocido como Peregrinos Bianchi, cuyos practicantes le pedían perdón a Dios por los pecados que cometía el papa de Roma, y con eso causaron una gran alteración religiosa entre el pueblo romano. El papa Bonifacio ordenó capturar a los líderes de esos grupos y en hogueras los quemó a la vista del público para que se disolviera ese movimiento. Bonifacio IX murió en Roma, casi de repente, hubo sospechas de envenenamiento.

Hemos visto que en esa época había dos colegios cardenalicios, uno en Roma y otro en Avignon; que cada colegio se auto consideraba el único legítimo, y que cada uno elegía un papa distinto, al que cada colegio cardenalicio consideraba como el único legítimo. Eso en realidad fue una perversidad eclesiástica, conocida como Cisma de Occidente, que daba como resultado un doble pago de tributos religiosos en el Imperio Eclesiástico.

Es de entender que casi toda la gente necesita un dios a quien acudir espiritualmente y, desde hace mucho tiempo, la Iglesia Romana ha asegurado tener el Propio, del que se autoproclamó ser su representante y del que de alguna manera ha vendido sus supuestas divinidades en todos los países del mundo. Y si se hubieran contabilizado los diezmos y demás arandelas que ha cobrado la Iglesia, aplicando la religión a la fuerza y soportando su legitimidad con su muy prometida pero nunca comprobada Salvación Divina, no habría duda de que todo el tiempo el mejor negocio del mundo ha sido el dios de la religión católica. La Iglesia todo el tiempo ha tenido un gran reguero de ‘curas camorreros’, esparcidos en el mundo, trabajándole gratis, predicadores que todo lo que han invertido ha sido palabras con retórica y ambigüedades religiosas, o sea la inentendible jerga religiosa. Y dichos ‘curas camorreros’, con el adoctrinamiento religioso que aplicaron, le contagiaron la mente a casi toda la gente de los lugares donde evangelizaron, en especial al pueblo raso, y le generaron una gran estupidez y el mayor atraso científico a la humanidad, siendo la monarquía eclesiástica la única beneficiada con su cháchara religiosa, ya que, a cambio de ésta, desde todas partes del mundo ha estado recibiendo enormes riquezas económicas y el máximo poder político del planeta.

Cuando murió el papa Bonifacio IX, el colegio cardenalicio de Roma, para sucederlo eligió a un abogado italiano que había estado muchos años en Inglaterra recaudando los impuestos religiosos de la Iglesia. El elegido ya era cardenal componente del colegio que lo eligió, y antes de la elección todos los cardenales juraron que de resultar elegido no importaría perder la tiara con tal de solucionar el problema del cisma religioso existente. Pero cuando el partido gibelino supo de la elección de pontífice al cardenal Cosimo de Migliorati, organizó una gran revuelta ciudadana que hizo ir de Roma a los cardenales e impidió que se discutiera el problema del cisma religioso.

El nuevo papa tomó el nombre de Inocencio VII (1.404 a 1.406), y para controlar la situación de orden público, alterado en su contra, tuvo que solicitarle ayuda a Ladislao, el rey de Nápoles. El rey acudió y normalizó las cosas, pero antes le hizo prometer al papa que cuando hubiera la reunión para discutir el cisma, su trono de rey debía quedar reconocido y su rival, Luis de Anjou, excomulgado.

Poco después, el papa Inocencio hizo venir a un mercenario, sobrino suyo, llamado Ludovico, quien asesinó a casi todos sus opositores y de premio el papa lo nombró cardenal. El pueblo romano, al saber de ese nombramiento, se enfureció, mató a numerosos dirigentes del partido del papa (welfos) y éste tuvo que huir a Viterbo. Su aliado, el rey Ladislao, con numerosos asesinatos le arregló el problema de orden público, y de premio el papa lo nombró marqués y conde de Fermo, pero Ladislao quería extender su autoridad a todos los Estados Pontificios, pretensión por la que los dos rompieron la alianza, disgustaron y el papa excomulgó a Ladislao y éste hizo que envenenaran al pontífice.

Durante su lapso, el papa Inocencio VII incumplió su juramento acerca de solucionar el problema eclesiástico en Occidente de dos papas a la vez. Cansado de esperar el tan anunciado concilio, Benedicto XIII le escribió varias cartas para tratar la solución del problema del cisma religioso, pero nunca recibió respuesta suya.

Poco después de la muerte del papa Inocencio VII, para elegir a su sucesor se reunieron en Roma 15 cardenales. Debido a que el papa Benedicto XIII había dado señas de disposición de querer acabar con el cisma de Occidente, los 15 cardenales se reunieron con la condición de que el elegido renunciaría si el papa Benedicto abdicaba, y habría nueva elección de papa. En este concilio resultó elegido un aristócrata veneciano que tomó el nombre de Gregorio XII (1.406 a 1.415), quien, no obstante al acuerdo de los cardenales, no hizo las diligencias para solucionar el asunto del cisma religioso, ya que ese tema se complicó de inmediato, debido a que el rey Ladislao de Nápoles se involucró en esas discusiones y las cosas se trabaron. Además, la familia aristocrática del papa Gregorio XII tomó cartas en el asunto y empeoró la situación. Luego hubo una propuesta para que los dos papas se reunieran en Savona y trataran personalmente el asunto, pero la mutua desconfianza, en el sentido de que ambos sospechaban que podían ser asesinados o hechos prisioneros por su similar, impidió esa forma de solución. -Esas sospechas no eran infundadas, hemos visto que los papas eran monarcas delincuentes y gente de la peor calaña, quienes no dudaban en matar o hacerse matar por el trono-.

Debido a que el nuevo papa no mostró interés en arreglar el problema del cisma religioso, los cardenales que lo eligieron se decepcionaron y le retiraron el apoyo, pero, debido esa decisión, él los convocó a una reunión en Lucca, supuestamente para solucionar el asunto, y en esa ciudad los hizo prisioneros y para reforzar su poder en la Iglesia nombró a cuatro sobrinos suyos de cardenales. Al saber ese asunto, el papa Benedicto también nombró su tanda de cardenales, cosa que disgustó a los antiguos cardenales suyos y aprovechando que al papa Gregorio se le habían escapado siete cardenales, éstos los  contactaron y convinieron hacer un concilio en Pisa, en el año 1.409, con el propósito de deponer a ambos papas y elegir uno nuevo. Los dos papas fueron invitados a ese concilio pero ninguno de ellos asistió. En ese evento ambos papas fueron acusados de cismáticos, heréticos y perjuros y los dos fueron depuestos, quedando vacante el trono pontificio. Un mes más tarde, el mismo grupo de cardenales se reunió y eligió a un nuevo papa que tomó el nombre de Alejandro V, y cuya sede pontificia  fue la ciudad de Pisa.

Ni el papa Benedicto ni su similar Gregorio reconocieron la validez del concilio de Pisa; ambos lo acusaron de anticanónico, alegando que solo el papa tenía facultades para convocar un concilio. El papa Gregorio había reforzado su propio colegio de cardenales con el nombramiento de diez nuevos cardenales y convocó un concilio en Cividade di Triuli, al que solo asistieron sus cardenales títeres, quienes declararon tanto a Benedicto XIII como a Alejandro V como cismáticos y devastadores de la ‘Santa Iglesia’. Pero lo cierto era que entonces la ‘Santa Iglesia’ tenía tres papas, individualmente legítimos desde el punto de vista de cada uno de ellos y mutuamente excomulgados.

En el año 1.410 murió el papa Alejandro V, y su huérfano colegio de cardenales, para sucederlo, eligió a un nuevo papa que tomó el nombre de Juan XXIII. Poco después de éste ser entronizado, Segismundo, emperador del Sacro Imperio, para librarse del tormento político que era tener que lidiar con tres papas diferentes y pretenciosos, hizo toda clase de parapetos hasta que logró convencer a Juan XXIII de que convocara un concilio, para arreglar el problema del cisma religioso. Hubo acuerdo y el concilio fue convocado para el año 1.414, en la ciudad de Constanza, y al realizarse fue presidido por el papa Juan XXIII, quien secretamente llevaba la intención de hacerse papa único, ganándose el apoyo de los participantes. Pero en ese concilio las discusiones se hicieron con un formato democrático, en el que las determinaciones del concilio estaban por encima de la autoridad del papa, cosa que no esperaba su santidad Juan XXIII, quien al verse obligado a aceptar esas condiciones huyó de Constanza, para no perder la tiara pontificia. Pero lo persiguieron, lo capturaron y le hicieron un juicio en el que fue acusado de violación, incesto, adulterio, profanación y de varios homicidios; allí quedó claro que él era amante de la esposa de un hermano suyo. Fue obligado a abdicar y, para acallar ese escándalo eclesiástico, primero fue encarcelado y poco después, en secreto, fue enviado como arzobispo de Tusculum, donde sedujo y abusó de más de 200 mujeres entre monjas, doncellas, casadas y viudas, por lo cual fue trasladado a Frascati, lugar donde murió siendo obispo. Desde cuando era papa, de su santidad Juan XXIII se decía que en asuntos sexuales era más activo que el mitólogo gallo de la pasión.

Poco después, el papa Gregorio, mediante una bula reconoció la validez de ese concilio y voluntariamente renunció. Benedicto se negó a abdicar y siguió siendo papa hasta el año 1.417, cuando otro concilio lo depuso y después eligió un nuevo papa, quien tomó el nombre de Martín V (1.417 a 1.431), y quien gracias a la tenacidad del emperador Segismundo terminó con el cisma de Occidente.

Para evitarle futuros problemas al arreglo del cisma religioso, el expapa Benedicto XIII, ahora arzobispo de Porto, fue envenenado un mes antes de elegir al papa Martín V, cuyo verdadero nombre era Oddone Colonna, hijo de Agapito Colonna y Caterine Conti, miembros de las dos familias oligarcas romanas más influyentes en esa época.  

En el lapso del papa Martín V fue injustamente condenada a la hoguera la visionaria Juana de Arco, y con este papa terminó el cisma de Occidente, pero, como veremos de aquí en adelante, la gran mayoría de los papas siguientes fueron tan perversos y tan bandidos como los anteriores.

Del papa Martin V puede decirse que le gustaban mucho más los viajes y el turismo religioso que la política. Su sucesor fue un sobrino del papa Gregorio XII, quien tomó el nombre de Eugenio IV (1.431 a 1.447) y quien debutó su papado con el ya decretado asesinato eclesiástico de Juana de Arco, y luego tuvo grandes conflictos políticos con la familia Colonna, entonces amos y dirigentes políticos de Roma, quienes consideraban al papa como un subalterno de ellos. Lo que más importaba en ese lío, supuestamente religioso, eran los impuestos que pagaban los fieles; ese pleito lo ganó el papa Eugenio porque contó con el apoyo de los cardenales, a quienes les daba la mitad de las ganancias de la Iglesia. Sin embargo, en el año 1.439, en un concilio que se realizó en Basilea, el papa Eugenio IV fue depuesto por un grupo de cardenales que estaba tratando de arreglar divergencias eclesiásticas acerca de la subordinación del papa a las determinaciones de los concilios, y en su reemplazo éstos eligieron papa el conde de Piamonte, quien tomó el nombre de Félix V y quien ejerció en Lausana y Saboya como auténtico pontífice, hasta el año 1.449 cuando renunció y fue oficialmente declarado antipapa.

El propio sucesor del papa Eugenio IV tomó el nombre de Nicolás V (1.447 a 1.455) y este pontífice se convirtió en el hombre más injusto de la humanidad, ya que este papa delincuente, mediante una bula conocida como Dum Diversas, autorizó al rey de Portugal a reducir a esclavitud perpetua y hereditaria a todo “sarraceno, pagano y a cualquier otro incrédulo”, decreto papal que fue el comienzo de la legalización de la esclavización humana. Refiriéndose al rey de Portugal, la bula Dum Diversas dice:

“Le otorgamos por estos documentos presentes, con nuestra Autoridad Apostólica, permiso pleno y libre para invadir, buscar, capturar y subyugar a sarracenos y paganos y otros infieles y enemigos de Cristo dondequiera que se encuentren, así como sus reinos, ducados, condados, principados, y otros bienes [...] y para reducir sus personas a la esclavitud perpetua.”

En el año 1.455, para ampliar la cobertura de la legalización de la esclavitud, el papa Nicolás V emitió otra bula, conocida como Romanus Pontifex, cosa que sirvió para esclavizar legalmente a casi toda la gente humilde de raza negra. En el punto 4 esta bula dice:

“(4) Recientemente llegó a nuestros oídos, no sin gran gozo y alegría de nuestro espíritu, que nuestro dilecto hijo y noble varón, el Infante Enrique de Portugal, tío de nuestro queridísimo hijo en Cristo. Alfonso, ilustre rey de Portugal y del Algarve, siguiendo las huellas de su padre Juan, de clara memoria, rey de los mencionados reinos, abrasado en el ardor de la Fe y en el celo de la salvación de las almas, como católico y verdadero soldado de Cristo, creador de todas las cosas, y como acérrimo y fortísimo defensor de su Fe y luchador intrépido, aspira ardientemente, desde
tierna edad, a que el nombre del mismo gloriosísimo Creador sea difundido, exaltado y venerado en todas las tierras del orbe, hasta en los lugares más remotos y desconocidos, así como a que los enemigos de la milagrosa Cruz, en que somos redimidos, es decir, los pérfidos sarracenos y todos los otros infieles, sean traídos como esclavos al gremio de su fe”.

No hay que pensarlo mucho para entender que el papa Nicolás V no era un creyente cristiano sino un jefe eclesiástico hipócrita y perverso, que para facilitarles el robo a sus compinches bandidos legislaba a favor de ellos, componiendo entre todos un cartel de asesinos y esclavistas que hacían toda clase de leyes amañadas que, en la práctica, les daban licencia para robar riquezas, asesinar enemigos y esclavizar gente indefensa. El punto 10 de esta misma bula dice:

“(10) Nos, pensando con la debida meditación en todas y cada una de las cosas indicadas y teniendo a que, anteriormente, al citado rey Alfonso se concedió por otras epístolas nuestras, entre otras cosas, facultad plena y libre para a cualesquier sarracenos y paganos y otros enemigos de Cristo, en cualquier parte que estuviesen, y a los reinos, ducados, principados, señoríos, posesiones y bienes muebles e inmuebles, tenidos y poseídos por ellos, invadirlos, conquistarlos, combatirlos, vencerlos, y someterlos; y reducir a servidumbre perpetua a las personas de los mismos, y atribuirse para sí y sus sucesores y apropiarse y aplicar para uso y utilidad suya y de sus sucesores sus reinos, ducados, principados, señoríos, posesiones y bienes de ellos. “

 Y, en el punto 22, la bula Romanus Pontifex finaliza diciendo:  

“(22) A ningún hombre, pues, será lícito infringir esta página de nuestra declaración, constitución, donación, concesión, apropiación, decreto, observación, exhortación, in junción, inhibición, mandato y voluntad, o atreverse a contrariarla temerariamente. Mas si alguno presumiese atentar contra ello, sepa que incurre en la indignación de
Dios Todopoderoso y de los Santos Pedro y Pablo, sus apóstoles.”

Poco después de la proclamación de esta bula, con el dinero de la venta masiva de esclavos africanos, que casi todos fueron apresados siendo gente libre que ni siquiera sabía de la supuesta existencia del Cristo romano, se financiaron las expediciones de Enrique el Navegante, buscando una ruta marítima a la India.

Desde entonces, sin motivos de guerra y sin ninguna justificación, por mandato de la ‘Santa Iglesia’ la gente pobre podía ser legalmente degradada a la esclavitud perpetua y sus generaciones heredaban esa condición.

Pero en gran parte de Europa había noblezas que ya no querían someterse a la autoridad civil del papa. En el año 1.452 el papa Nicolás V enfrentó con éxito una conspiración para derrocarlo, y en el año 1.453 sufrió una derrota militar de los turcos que significó la caída a manos musulmanas de Constantinopla. Para bien de la humanidad, este hombre nefasto murió en el año 1.455; se dice que muchos esclavos hicieron fiestas y le desearon a su santidad Nicolás V feliz viaje al infierno. Mucho tiempo después, el ahora San Pedro Claver consideró como sumamente injusta la esclavitud y la maldijo.    

El verdadero nombre del sucesor del papa Nicolás V era Alfonso de Borja, proveniente de Villa Borja, y miembro de la dinastía Borja, quienes aliados con Jaime I de Aragón habían conquistado Valencia. Este Borja era abogado, y fue elegido papa por el rey Alfonso V de Aragón. Al ser consagrado pontífice tomó el nombre de Calixto III (1.455 a 1.458); antes, este sujeto era un cardenal esclavista, nepotista, guerrero y saqueador. Tan pronto fue consagrado hizo príncipes a sus dos sobrinos, Luis y Rodrigo, dos bandidos de su misma calaña, y poco después los nombró cardenales. Pero hay que entender que en ese tiempo la gran mayoría de cardenales eran hombres de esa misma calaña y nombrados de igual manera. En esta época, por todas partes, los curas o sacerdotes se encargaban de predicar ‘la camorra religiosa’ para ganar más población y riqueza para la Iglesia; ellos hacían el trabajo de adoctrinamiento religioso y de recaudo de diezmos, y los monarcas de la Iglesia recibían los enormes ingresos que producía la Religión Católica.

La familia Borja fue muy parecida a la familia de Teofilacto y Marozia, en el sentido de que, para aumentar sus posesiones, algunos de sus miembros estratégicamente se casaban con miembros de familias poderosas de Europa, y luego de obtener el beneficio pretendido mataban o encarcelaban a los cónyuges, para darle paso a otro matrimonio conveniente, mientras otros familiares ocupaban los puestos claves de la Iglesia.

Aunque la Iglesia niega ese asunto, hay registros que aseguran que, en el año 1.456, estando el papa Calixto III preparando una Cruzada en contra de los turcos, alguien le informó al pontífice de la aparecida del cometa Halley en el cielo de Oriente, y poco después le explicaron al papa el mal augurio que podía significar ese chorro de luz para el ejército cristiano que iba a salir para Constantinopla. Entonces, para eliminar el mal presagio, el papa Calixto III excomulgó al cometa Halley, como cosa del Diablo, y sus tropas salieron tranquilas y seguras a asesinar turcos musulmanes, para saquear y robar sus riquezas, ya que, en general, los saqueadores cristianos creyeron que con esa excomunión quedaba eliminado el riesgo que ese supuesto demonio les anunciaba en el cielo de Oriente. Pero esa excomunión no causó el efecto que los confiados cristianos esperaban, pues esa Cruzada terminó en un gran desastre militar y económico para las tropas de la Iglesia.

El papa Calixto III canonizó al gran criminal y fanático religioso Vicente Ferrer, un líder cristiano sectario que tenía como lema y actitud bautismo o muerte”,  y quien dijo que los judíos eran animales con rabo, que menstrúan como las mujeres” y afirmaba que los judíos tienen entre otros el más oculto y abominable oprobio, pues les sale de la cara aquel exangüe olor y amarillez de su rostro. La señal de Caín está puesta sobre ellos y eso es el olor que exhalan.”

Al final de su pontificado, por asuntos económicos y políticos, este papa se enemistó con Ferrante I, hijo y heredero del rey Alfonso V de Aragón, a quien no aceptó coronar como rey de Nápoles porque consideraba que ese territorio le pertenecía a la Iglesia. Según numerosos escritos históricos, su santidad Calixto III fue un político sanguinario y un bandido en todo el sentido de la palabra. Por presión política hizo anular la condena a la visionaria francesa Juana de Arco, para luego ser declarada inocente y canonizada por la ‘Santa Iglesia’ como Santa Juana de Arco, siendo ella hasta el presente la única santa que, según la Iglesia, ha estado en el infierno.

Juana de Arco, por supuesta brujería, había muerto en la hoguera, en el año 1.431; en el papado de Calixto III, la ‘Santa Iglesia’ aceptó que se había equivocado en ese hecho y aseguró haberla pasado del Infierno a la Gloria. Y eso fue todo lo que tuvo que pagar la asesina y perversa Iglesia para arreglar su supuesto error. Mas adelante veremos que Rodrigo Borja, o Borgia en latín, el sobrino bandido que nombró cardenal el papa Calixto, se convierte en el bandidazo papa Alejandro VI.

El siguiente papa fue un seglar italiano que tomó el nombre de Pío II (1.458 a 1.464), y fue elegido pontífice por votos de protesta de los cardenales, para no elegir al cardenal de Ruán. Este hombre, antes de ser papa había sido un trotamundos sufrido, autodidacta y trabajador, que le había tocado hacer de toda clase de oficios. Siendo papa fue algo religioso; en lo político fue un buen conciliador, además era amante de las artes y es el único papa que ha escrito su autobiografía. Por sus escritos se supo que tuvo dos hijos y que consideraba la esclavitud como “un gran crimen”. Además, el papa Pío II escribió varios libros de asuntos mundanos, entre los que sobresalió el titulado como Historia de dos amantes.

El sucesor del papa Pío II fue un sobrino del papa Eugenio IV, quien tomó el nombre de Pablo II (1.464 a 1.471), pero se autodenominaba ‘el Hermoso’. De este papa hay numerosos escritos acerca de que le gustaban las orgías sexuales con jóvenes que lo ataban y lo azotaban desnudo. Algunos registros históricos dicen que al comienzo quiso que lo llamaran ‘Hermoso’ y que por elegir ese nombre fue recriminado por los cardenales, quienes le pidieron que tomara otro nombre y le aconsejaron llevar una vida más apropiada con su investidura de papa, pero, aunque aceptó tomar el nombre de Pablo II, en lo demás fue muy poco lo conseguido para que se corrigiera, pues no era religioso y por encima de todo prefería sus bacanales sexuales y las parrandas pueblerinas. No le agradaban los escritores ni los poetas, para dejarlos varados cerró la oficina de compendiadores del Vaticano, la mayor fuente de empleo de éstos, y luego hizo encarcelar al poeta Platina, quien por ese cierre le envió una carta amenazante en el sentido de hacer públicas sus prácticas sodomitas.

En algunos hechos no hay coincidencia y es posible que algunos escritores de su época no hayan sido neutrales con el papa Pablo II, por lo que resulta imposible dar todos los escritos históricos acerca de su persona como cosa cierta. En lo que sí coinciden todos los que lo mencionan es en que él era un degenerado sexual. Este papa murió luego de comerse una ensalada de melón, en la que habían aprovechado el olor de la fruta para disipar el de la fulminante cantarella con la que le condimentaron ese día su desayuno.

El sucesor del papa Pablo II fue el oligarca Francesco della Rovere, quien entonces era el jefe de la Orden de los Franciscanos, la división más antigua de la Iglesia en manejar los secuestros, robos y asesinatos inquisitorios. Al ser consagrado tomó el nombre de Sixto IV (1.471 a 1.484). Este papa, según los escritos históricos, fue un gran delincuente en todo el sentido de la palabra. Mediante cualquier número de asesinatos hizo aumentar el tamaño de los Estados Pontificios. Nombró cardenal a su sobrino, Raddale Riario, un asesino inquisidor que falló en un atentado para asesinar a Lorenzo el Magnífico, gobernador de Florencia. Por este hecho fue condenado a la horca el arzobispo de Pisa, quien resultó ser uno de los organizadores del atentado criminal. En respuesta a esa condena, el papa Sixto IV emitió un interdicto en contra de los florentinos, castigo por el que surgió una guerra entre los Estados de la Iglesia y Florencia, una lucha con un sinnúmero de muertes que luego de dos años la ganó el ejército del papa.

Al final de esa guerra, Lorenzo el Magnífico fue asesinado y Girotamo Riario, otro sobrino del papa Sixto, lo reemplazó de Gobernador de Florencia. Después, a casi todos sus sobrinos los nombró cardenales u obispos; a su sobrino Giuliano Della Rovere, por ser un cruel asesino inquisidor, lo nombró cardenal y le asignó ocho obispados y el arzobispado de Avignon. Mas adelante veremos que, tiempo después, este cardenal inquisidor se convirtió en ‘el papa guerrero’, Julio II, quien personalmente comandaba los ejércitos de la Iglesia y eliminaba poblaciones enteras para robarles sus propiedades.

El papa Sixto era insaciable en posesiones territoriales, presionó a los venecianos para que atacaran a Ferrara y provocaran anarquía en ese territorio, con la intención de crear la necesidad de tener él que poner el orden, y al hacerlo entregárselo a otro sobrino suyo. Pero los príncipes italianos, que sabían de las pretensiones territoriales del papa, hicieron una alianza para forzarlo a parar sus propósitos expansionistas, acuerdo que enojó al pontífice y amenazó a varios de ellos con la excomunión. Más tarde se alió con los venecianos en un ataque a Ferrara, pero fueron repelidos por una alianza entre Milán, Florencia, y el rey de Nápoles, antes aliado suyo. Esa guerra se salió del control del papa y debido a que le estaban invadiendo territorios a la Iglesia quiso detenerla, pero por asuntos políticos los venecianos se negaron a obedecerle y de castigo el papa emitió un interdicto en contra de Venecia, con lo que forzó un arreglo.

En realidad, las creencias religiosas jamás han perjudicado a la gente de religiones distintas. Pero, en la antigüedad, el motivo religioso fue el sofisma más usado por casi todos los papas o jefes religiosos y la gran mayoría de monarcas bandidos, para justificar toda clase de robos, esclavizar pueblos y camuflar toda clase de delitos.

Teniendo como argumento la fe cristiana, Sixto IV fue uno de los papas más duros en la aplicación de la Inquisición; durante su lapso se estableció la Inquisición Española, a cargo del rey Fernando de Aragón, y más tarde, mediante una bula, fijó un inquisidor en Sevilla. Y de este papa criminal, además de que fue descaradamente nepotista, se sabe que hizo negocios de indulgencia; por lo menos nombró 23 cardenales, la gran mayoría de ellos mediante soborno, incluido el que le hizo a su después querido amante, Pietro Foscari, quien además le compró cuatro obispados y una abadía.

Según algunos escritos históricos, el papa Sixto IV era bisexual. Estos aseguran que el cardenal Pietro Foscari se convirtió en su influyente amante, y que su santidad cometió incesto con una hermana suya, con quien tuvo un hijo. En resumen; con los registros históricos se puede concluir que el papa Sixto IV, como pontífice, fue un personaje bandido, degenerado, que con parte de lo que robó hizo varias obras públicas y de arte en Roma, incluyendo la capilla que lleva su nombre, y que en lo personal cometió casi todos los delitos y maldades humanamente posibles.  

Después de la muerte del papa Sixto, en el cónclave para elegir a su sucesor hubo un gran record de asistencia de cardenales. En total asistieron 32 cardenales, incluidos los 23 que con diversos trucos había nombrado el difunto papa Sixto IV. El elegido fue Giovanni Batista, un asesino inquisidor hijo de un senador romano, quien tomó el nombre de Inocencio VIII (1.484 a 1.492), y quien fue un papa inquisidor, corrupto, que usó toda clase de artilugios para ayudarles a varios monarcas aliados suyos a apoderarse de territorios y de toda clase de propiedades, mediante una cacería de brujas que terminaba en asesinato de los acusados y robo de sus pertenencias. En ayuda de esas acciones emitió una bula, conocida como ‘Summis Desiderantes Affectibus’, y con el respaldo de esta envió a Alemania a los inquisidores Heinrich Cramer y Jacob Sprenger, este último conocido como ‘el apóstol del rosario’, donde la Iglesia hizo la primera gran cacería masiva de supuestas brujas, cosa que, en realidad, era un sofisma para asesinar personas desprotegidas que tuvieran alguna riqueza y robar sus propiedades.

En el año 1.487, basados en esa bula, los dominicos elaboraron un temible código de operaciones llamado ‘Malleus Maleficarum’ o el ‘Martillo de las Brujas’, que contenía todo el procedimiento a seguir para capturar, juzgar, torturar y ejecutar a las brujas y ‘recuperar’ sus pertenencias para la ‘Santa Iglesia’.

Al comienzo de su papado, el papa Inocencio quiso enviar una cruzada en contra de los turcos pero no obtuvo el respaldo militar de los gobiernos cristianos europeos por estar enfrentados en las guerras que había estimulado su predecesor.

Igual que la mayoría de los monarcas, este papa hizo todo lo posible para impedir el conocimiento de cultura a la población humilde humana, limitando la enseñanza de los pobres a los dictados eclesiásticos, y prohibió la lectura de un gran número de libros, argumentando que eran heréticos.

El papa Inocencio fue un aliado bandido y sanguinario del cardenal Rodrigo Borgia, futuro papa Alejandro VI, entonces jefe eclesiástico del partido aragonista, y en su lapso los dos facilitaron la aplicación de una enorme y cruel inquisición en Castilla y Aragón, para que sus monarcas robaran recursos para financiar la guerra que sostenían esos dos reinos con el reino de Granada.

Según rumores históricos, el papa Inocencio VIII fue el padre de Cristóbal Colón, y hay escritos que dicen que intentó asesinar al entonces famoso cardenal Alfonso Petrucci.

Conviene recordar que todo el contenido de esta obra fue tomado de escritos históricos, mantenidos religiosamente encubiertos. En esta obra, las diferencias con otros libros de Historia radican en que, además de que en este libro aparecen hechos que por presiones elitistas no aparecen en otras obras, en su contenido no hay apología o sutileza con los criminales. Si el papa o cualquier otro monarca era un delincuente, en esta obra es mencionado de acuerdo a esa condición y se dice con claridad cómo es que han sido los hechos históricos. En el caso anterior, la mayoría de las obras históricas ampliamente conocidas dicen que el papa Inocencio y el cardenal Rodrigo Borja colaboraron con los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en la conquista del reino de Granada, pero no aclaran que ese par de criminales, usando sus investiduras religiosas, emitieron varios reglamentos amañados que les permitieron a los también delincuente monarcas de Castilla y de Aragón, legalmente, asesinar a una gran cantidad de sus indefensos ciudadanos, para apoderarse de sus riquezas y usarlas para financiar esa guerra y para aumentar sus riquezas personales y las de los monarcas de la Iglesia.

Y si para robar y financiar la guerra, los monarcas de Aragón y de Castilla asesinaron cruelmente a una gran cantidad de sus propios ciudadanos, es fácil deducir lo numerosos y la crueldad de los asesinatos que ellos cometieron en Granada, con el beneplácito del papa Inocencio VIII y del cardenal Borja. Esa cruzada ‘doméstica’ en contra de Granada le generó tanta utilidad económica y política a la Iglesia que, en agradecimiento, el papa Inocencio a los reyes Isabel y Fernando les concedió el título de ‘Católica Majestad’, grado por el que desde entonces fueron conocidos como ‘reyes católicos’, siendo ellos en realidad iguales que el papa Inocencio VIII y el entonces cardenal Rodrigo Borja: Auténticos criminales de la peor calaña humana.

Así pues, el verdadero propósito de la inquisición no tenía nada que ver con asuntos religiosos sino que fue un sofisma en ese sentido, usado primero por la Iglesia y luego por numerosos monarcas, para robar riquezas y eliminar enemigos o rivales políticos.

Hasta aquí hemos visto que la monarquía eclesiástica no era religiosa, y es lógico que mucho menos iba a creer en brujas, pero, tanto para la Iglesia como para los monarcas criminales, la Inquisición era efectiva para, legalmente, robar o cometer cualquier clase de delito que les conviniera. En realidad casi no hubo condena en que los verdaderos propósitos de los inquisidores no estuvieran ligados con asuntos económicos o políticos. Y casi siempre los acusados, sabiendo que de todas maneras los iban a matar, para evitar los crueles martirios se declaraban culpables de lo que sus verdugos inquisidores quisieran y agilizaban sus muertes y por ende el éxito de sus asesinos.

El papa Inocencio, además de asesino y bandido, fue un gran nepotista; con sus allegados surtió los puestos claves de la Iglesia, incluyendo el nombramiento de cardenal a un nieto suyo que tenía 13 años de edad. Poco antes de su muerte, tratando de salvarle la vida al papa Inocencio VIII, murieron tres niños de quienes le hicieron una transfusión oral de sangre al pontífice. Sin que se inmutara su santidad Inocencio VIII, dichos niños murieron siendo obligados a donarle sus sangres a este vampiro criminal.  

Poco después de la muerte del papa Inocencio VIII, en el año 1.492, por decisión de cardenales políticos corruptos que fueron sobornados, el cardenal Rodrigo Borja fue elegido papa y tomó el nombre de Alejandro VI (1.492 a 1.503). Este papa, por la gama, cantidad y magnitud de sus delitos, es, sin lugar a dudas, el bandido todo delito más completo que se ha sentado en la silla de san Pedro. Borgia, o Borja en español, era abogado, como fue explicado antes, había sido nombrado cardenal por su tío, el papa Calixto III, y había sido general de los ejércitos de la Iglesia, prefecto de Roma y legado de la Iglesia en varios países de Europa, además de haber sido jefe del partido aragonés y, como ya se dijo, el más efectivo aliado inquisidor de los reyes de Aragón y Castilla.

Cuando era cardenal, el papa Alejandro VI tuvo un reguero de hijos en varios países de Europa. A los mayores de ellos ya los había acomodado en puestos claves de la Iglesia, desde antes de ser elegido papa, y luego de ser entronizado los reacomodó. Después, por conveniencias políticas, a fin de aumentar el poder y las posesiones económicas de su familia, a una hija suya, llamada Lucrecia, la casó en varias ocasiones, entre otros con Giovanni Sforza, Alfonso de Aragón, Alfonso de Ferrara; y a otro hijo suyo, llamado César, en contra de su voluntad lo nombró cardenal, pero luego le aceptó la renuncia y desde entonces fue su gran aliado en asuntos militares. Su hijo Pedro Luis era duque de Gandia; y sus hijos Juan, Isabel, Girotama, Godofredo, y quién sabe cuántos más, pasaron a ser ministros de la Iglesia o comodines matrimoniales políticos.

Con el beneplácito del papa Alejandro VI, el 31 de marzo del año 1.492 fue proclamado un edicto en Granada, mediante el cual se expulsaron del territorio español casi 200.000 judíos, quedando establecido que gran parte de sus bienes serían despojados y repartidos en partes iguales entre la Corona de España y la Santa Sede, mejor dicho, entre los reyes de España y el papa Alejandro VI. Y debido a que hubo judíos ricos a los que no se les pudo quitar toda la riqueza, mediante un gran pago de impuestos anuales, el papa Alejandro VI les permitió  a estos judíos vivir en Roma, repartos de bienes robados y pagos de impuestos que le aumentaron bastante su ya enorme riqueza a su santidad. En otro negocio sucio, por la suma de 400.000 ducados, el papa Alejandro VI hizo asesinar al hermano del sultán de Constantinopla, a quien tenía en Roma bajo su protección por un pago de 40.000 ducados anuales, pero en este caso vale aclarar que el sultán era quien pagaba la protección de su hermano y que, por éste ser heredero al sultanato, fue el mismo sultán quien pagó el asesinato de su hermano.

Alejandro VI, ya ejerciendo de papa, se hizo amante de la muy oligarca Giulia Parnese y luego nombró cardenal a Alessandro Parnese, hermano de ella y futuro papa Paulo III.

Este papa, además de ser full delitos, era un gran estratega de guerra. Con gran astucia hizo una alianza militar con varios Estados europeos y con esas tropas logró rodear y vencer los aparentemente invencibles ejércitos del rey Carlos VIII de Francia, quien había invadido gran parte de Italia y pretendía apoderarse de Nápoles, victoria con la que el papa cobró un gran triunfo para la Iglesia. Luego de esas acciones militares, mientras el resto de Italia estuvo en contra del rey francés, Florencia, gobernada por un monje llamado Savonarola, se mantuvo aliada con Carlos VIII, actitud por la que el papa Alejandro VI excomulgó al monje, y a la vista del público lo ejecutó en la horca y quemó su cadáver. Pero ese fue solo uno de los tantos miles de asesinatos que cometió el papa Alejandro VI en su lapso de gobierno papal, aunque, para infortunio de su familia, se le escapó el cardenal Giuliano Della Rovere, su peor enemigo, quien lo había acusado de simonía y de haber sido elegido mediante soborno, pactado con el cardenal Ascanio Sforza, y quien tiempo después sería el temible papa Julio II, otro criminal de talla mayor que, como veremos más adelante, trató con dureza a la familia Borgia.

Cuando murió el rey Carlos VIII de Francia, fue sucedido por su primo Luis XII, quien en Granada hizo un tratado secreto con Fernando de Castilla y Aragón ‘el Católico’, por el cual los dos se repartían el reinado de Nápoles, entonces en poder del rey Federico I, que lo había heredado en forma legítima. Después, cuando el papa Alejandro VI supo el asunto de ese reparto se enojó con éstos, pero Fernando, que desde mucho antes era aliado suyo en toda clase de delitos, lo calmó cuando le dijo la cantidad de beneficios que le tenía reservados a él en ese reparto.

En el año 1.501, el papa Alejandro depuso al rey Federico I y lo acusó de haberse aliado con los turcos para urdir un contubernio en contra de la Iglesia. Pero el verdadero propósito del papa Alejandro era despejarles el camino a sus socios bandidos para que se repartieran el reino de Nápoles, cosa que ellos hicieron y cumplieron con la coima convenida con el papa. Después, en el año 1.503, los dos monarcas entraron en guerra,  los españoles derrotaron a los franceses y, con el beneplácito del papa Alejandro VI, Nápoles pasó a ser pertenencia española.   

En el lapso del papa Alejandro VI, con el patrocinio de los ‘reyes católicos’, ocurrió el mal llamado “Descubrimiento de América”, cosa que en realidad fue una invasión europea a estas tierras, con el asesinato de los sabios nativos, el saqueo de riquezas y la esclavización a los indígenas de este continente, iniciado por españoles y portugueses, con el respaldo y complicidad de la Iglesia.

Ya habiendo visto la clase de delincuentes que eran los personajes que patrocinaron los viajes de Colón a ‘Las Indias’, tendría que ser sumamente ingenua una persona, para creer que esos ‘blancos’, supuestamente religiosos, vinieron a América por el deseo de salvar las almas de los nativos de aquí y no con la intención de robar sus tesoros y apropiarse de sus tierras.

Se supo que cuando el papa Alejandro VI se enteró de que Cristóbal Colón había encontrado un enorme territorio lleno de tesoros y poblado de gente casi desarmada, le dio un yeyo emocional tan fuerte que estuvo a punto de volverse loco. Después, cuando se repuso del impacto emocional, hizo una solemne ceremonia religiosa y en ella se autoproclamó dueño de las almas de los habitantes de ‘Las Indias’ y de sus tesoros. Y, poco después, mediante una bula inter caetera, conocida como ‘Eximice Devotionis’, les regaló ‘Las Indias’ a sus aliados y paisanos ‘reyes católicos’, con la condición de que evangelizaran los pueblos invadidos por ellos y lo incluyeran a él con una buena tajada de los tesoros que saquearan de este territorio. Pero el ‘descubrimiento’ resultó mucho mayor de lo que se pensaba, y el rey Manuel de Portugal, que reclamaba derechos en ese hallazgo, tuvo conocimiento de la magnitud de lo encontrado y, mediante un enorme soborno, logró que el papa Alejandro emitiera otra bula inter caetera, llamada ‘Dudum Siquidem’, que en este caso, tal como se dice que el mítico Moisés dividió con su vara el mar Rojo; el papa Alejandro VI, con esa bula caetera, dividió el océano Atlántico, de polo a polo, y le dio una mitad del nuevo mundo a España y la otra a Portugal. Como dato curioso de ese reparto bulero, el contenido de la segunda bula no anula la acción del regalo de ‘Las Indias’ que hace la primera bula.

Esa división de ‘Las Indias’ le resultó tan beneficiosa a Portugal que al rey Manuel, después, lo llamaron ‘el Afortunado’. Y aunque hubo protestas de franceses e ingleses, ese asunto quedó en firme en el año 1.494, con el Tratado de Tordesillas que fijó los límites de la influencia de esos reinados a cien leguas de las Azores y Cabo Verde.

El papa Alejandro VI aprobó el uso de un edicto monárquico en ‘Las Indias’, conocido como El Requerimiento, cuya lectura se hacía en cualquier lugar despoblado en el que sólo había gente de Europa, en un idioma que los indígenas no entendían, y esa lectura era la comunicación formal y legal de la Iglesia a los nativos de América de que estaban obligados a someterse al papa y a los reyes católicos. El contenido de ese edicto es falso y absurdo, y las humillantes normas que establece tienen como soporte esencial la farsa del supuesto apóstol san Pedro de la Iglesia. En una de sus partes dice:

 

“De todas estas gentes Dios nuestro Señor dio cargo a uno, que fue llamado San Pedro, para que de todos los hombres del mundo fuese señor y superior a quien todos obedeciesen, y fue cabeza de todo el linaje humano, dondequiera que los hombres viniesen en cualquier ley, secta o creencia; y dióle todo el mundo por su Reino y jurisdicción, y como quiera que él mandó poner su silla en Roma, como el lugar más aparejado para dirigir el mundo, y juzgar y gobernar a todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles o de cualquier otra secta o creencia que fueren. A este llamaron Papa, porque quiere decir, admirable, padre mayor y gobernador de todos los hombres.  A este San Pedro obedecieron y tomaron por señor, Rey y superior del universo los que en aquel tiempo vivían, y así mismo han tenido a todos los otros que después de él fueron elegidos al pontificado, y así se ha continuado hasta ahora, y continuará hasta que el mundo se acabe.

Uno de los Pontífices pasados que en lugar de éste sucedió en aquella dignidad y silla que he dicho, como señor del mundo hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los dichos Rey y Reina y sus sucesores en estos Reinos, con todo lo que en ella hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ello pasaron, según se ha dicho, que podréis ver si quisieseis.

Así que sus Majestades son Reyes y señores de estas islas y tierra firme por virtud de la dicha donación; y como a tales Reyes y señores algunas islas más y casi todas a quien esto ha sido notificado, han recibido a sus Majestades, y los han obedecido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin ninguna resistencia y luego sin dilación, como fueron informados de los susodichos, obedecieron y recibieron los varones religiosos que sus Altezas les enviaban para que les predicasen y enseñasen nuestra Santa Fe y todos ellos de su libre, agradable voluntad, sin premio ni condición alguna, se tornaron cristianos y lo son, y sus Majestades los recibieron alegre y benignamente, y así los mandaron tratar como a los otros súbditos y vasallos; y vosotros sois tenidos y obligados a hacer lo mismo.

 

Vale recordar que no existe historia del Cristo romano. Ni mucho menos puede haber existido el todo poderoso apóstol san Pedro que menciona El Requerimiento, como rey del mundo en su tiempo y como el supuesto legado de Dios que, según afirma este panfleto perverso, le confirió el poder universal al papa romano. En ese edicto, además de que se reconoció que existió un san Pedro con poderes universales, se amenazaba a los nativos americanos con quitarles sus bienes, tomarle sus mujeres y sus hijos y convertirlos a todos en esclavos. Una de las partes amenazantes del Requerimiento dice:

 

“ Y si así no lo hicieseis o en ello maliciosamente pusieseis dilación, os certifico que con la ayuda de Dios, nosotros entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos, y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia y de sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos, y como tales los venderemos y dispondremos de ellos como sus Majestades mandaren, y os tomaremos vuestros bienes, y os haremos todos los males y daños que pudiéramos, como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y aclamamos que las muertes y daños que de ello se generasen sea a vuestra culpa y no de sus Majestades, ni nuestra, ni de estos caballeros que vienen con nosotros; y de como lo decimos y requerimos pedimos al presente escribano que nos lo dé por testimonio signado, y a los presente rogamos que de ello sean testigos.”

 

Varios años después, Dámaso Merlengo, un cura franciscano que había sido enviado por la Iglesia a espiar los tesoros de los nativos de ‘Las Indias’, estando en el actual departamento colombiano, Córdoba, le explicó el tema de la creencia cristiana de un solo Dios universal y le leyó el Requerimiento a Marimbo Panzenú, gran cacique de la cultura Sinú, quien luego de oír su explicación y el contenido del edicto, con absoluta dignidad dijo que le parecía bien lo que creían sobre la existencia de un solo Dios que gobernaba el cielo y la tierra. Y muy seguro de lo que dijo añadió: “...pero acerca de lo que dice que el papa es el señor de todo el universo en lugar de Dios, y que ha hecho amo de estas tierras al rey de Castilla; le aseguro que el papa debió estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el rey que pedía y aceptaba tales cosas debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros, y si cree que puede tenerlas que venga acá a tomarlas, que nosotros le pondremos la cabeza en un palo, como siempre lo hacemos con los bandidos.”[] 

El cura Dámaso, después, se hizo amigo de Marimbo y nunca le dio información de tesoros a la Iglesia. Pero, en respaldo a la posición del cacique Marimbo, el entonces jefe religioso de la cultura zenú, un sacerdote indígena llamado Sanapa, no le permitió al cura Dámaso prometer la gloria de Dios a los nativos de su territorio, debido a que él consideraba que ninguna persona podía ofrecer la gloria de Dios sin que el propio Dios lo hubiera autorizado, un requisito totalmente razonable y que nadie puede cumplir, por el simple hecho de que, en este mundo, Dios no ha dado esa autorización. Pero la perversidad eclesiástica no tuvo límites; para someter a los nativos y robar sus riquezas, todos los sabios y líderes americanos fueron asesinados por los inquisidores cristianos y la Iglesia quemó o hizo destruir los códices maya e inca.

El 6 de agosto de 1.503, el papa Alejandro VI, acompañado de su hijo César, asistió a un banquete político en la casa campestre del cardenal Adriano da Corneto. A ese evento asistió un gran número de jefes religiosos y políticos, quienes a los pocos días enfermaron y, según algunos datos, el único que se salvó fue César, el hijo del papa. El papa Alejandro VI murió doce días después; luego se rumoró que todos murieron envenenados con cantarella y que el responsable del envenenamiento había sido César, habiéndole ordenado al jefe de cocina no darle veneno a su padre, pero que por un infortunado –o afortunado para muchos- error, el monarca se tragó una gran porción toxica y murió el día 18 de ese mismo mes. También se rumoró que César, junto con la toxina cantarella le había dado al jefe cocinero una lista de las personas que debía envenenar, pero que éste había decidido envenenarlos a todos, incluyéndose él mismo, porque sabía que después éste lo mataría, y que ese día César había fingido estar muy indispuesto, con lo que justificó no probar ningún bocado y que luego, cuando todos cayeron, él se hizo el enfermo hasta cuando el papa Pío III lo hizo encarcelar por ese asunto. Otras informaciones dicen que la muerte de todo el grupo de personalidades que asistieron a ese banquete se debió a que esa residencia estaba contaminada de una epidemia de malaria y que César se salvó por la fortaleza de su juventud, pero la pura verdad nunca se sabrá, pues en esa reunión de capos cualquier cosa pudo ocurrir.

El papa Alejandro VI es considerado como uno de los hombres más criminales de la humanidad, según datos históricos cometió incesto con su hija Lucrecia y tuvo un hijo con ella; en el año 1.501 organizó en el Vaticano una gran orgía sexual con casi cien prostitutas bailando desnudas, en la que participó él con sus hijos y la plana mayor de la Iglesia, evento que se dijo que pudo ser superior a las orgías que realizó el papa Juan XII; su hijo Cesar asesinó a su hermano Juan de Gandia, para hacerse jefe de los ejércitos pontificios; y para que Francia, su aliada, se tomara Nápoles, César hizo asesinar a su cuñado Alfonso de Bisceglia, esposo en ese entonces de su hermana Lucrecia con quien él cometía incesto; y por un pleito político hizo encarcelar a Sancha de Aragón, también cuñada suya, esposa de su hermano Jofré, ambos cuñados hijos del rey de Nápoles. Pero, tras la muerte de Alejandro VI, la familia Borgia cayó en desgracia y nadie la respaldó. Casi al final del derrumbe de esta dinastía, César logró escaparse de una prisión española pero murió en una lucha con unos soldados, quienes luego de matarlo le robaron la ropa y dejaron su cuerpo desnudo, cerca de la ciudad de Viana.

El cónclave que se reunió para elegir al sucesor del fallecido papa Alejandro VI estaba dividido en dos facciones casi parejas en número de cardenales; una estaba apoyada por el influyente César Borgia, y buscaba la elección del cardenal Georges d´Amboise; y la otra apoyaba la elección del cardenal Giuliano Della Rovere. Debido a esa situación, las discusiones se estancaron y para salir del atolladero las dos partes decidieron elegir un papa de conveniencia. El elegido fue un cardenal que era sobrino del fallecido papa Pío II, quien tomó el nombre de Pío III (del 22 de septiembre al 18 de octubre de 1503), y quien lo único que alcanzó a hacer fue encarcelar a Cesar Borgia, acusado de ser el autor intelectual del envenenamiento masivo donde había muerto su padre. Pío III murió envenenado con cantarella, 26 días después de haber sido consagrado, según se dijo, dada por Pandolfo Petrucci, gobernador de Siena.

El día 31 de octubre de 1.503, en un cónclave que solo duró pocas horas, fue elegido papa el cardenal Giuliano Della Rovere quien tomó el nombre de Julio II (1.503 a 1.513), siendo este hombre un temible criminal que era sobrino del papa Sixto IV, quien legalmente lo había autorizado a incursionar en toda clase de delitos y de asesinatos inquisitorios, siendo además el más temible enemigo de la familia Borgia.

Este hombre era sumamente rico y tan temible que los 11 cardenales españoles que estaban bajo las órdenes de César Borgia, ahora preso y en desgracia, por temor a sus represalias, no dudaron en aprobar su elección.

El papa Julio II no se sentó en la silla de san Pedro sino que enseguida enfiló las tropas de la Iglesia en contra de un gran número de ciudades y pueblos que estaban bajo control de César Borgia. Fue una guerra grande y durísima porque los Borgia a título personal se habían apoderado de la mayor parte de los bienes de la Iglesia. Pero el papa Julio II los trató con dureza; Borgia que se dejaba agarrar era Borgia ejecutado, según decía el papa por traición y robo a la Iglesia, aunque de robo hubiera sido mejor que él no hablara, puesto que esa era una de sus especialidades; habiendo que reconocer que buena parte del producto de sus robos se los dejó a la Iglesia. Mas tarde, cuando ya había desarticulado el poder de los Borgia, propició una gran cadena de guerras en toda Europa.

La caída de los Borgia, además de la formación de la República Veneciana, había provocado la rebeldía de Perusa y Bolonia, dos ciudades pertenecientes a los Estados de la Iglesia, respectivamente controladas por los Baglioni y los Bentivoglio, quines se negaban a someterse al gobierno papal. Ahora el propósito del papa Julio II era unir a toda Italia bajo el mando del Vaticano, y en poco tiempo ambas ciudades fueron sometidas por las armas del gran ejército católico, que en ese propósito eliminó a un gran número de la población civil y puso en fuga a las familias gobernantes, antiguos aliados de los Borgia. Su objetivo siguiente fue desintegrar la muy poderosa República Veneciana, para lo cual hizo alianza y numerosos convenios con el emperador Maximiliano; y, con toda clase de promesas, se alió entre otros con los gobiernos de España, Florencia, Francia, Hungría, Mantua, Saboya y con ellos formó la Liga de Cambrai, y entre todos conformaron un poderoso ejército con el cual, en la Batalla de Agnadello, el papa Julio sometió a Venecia.

Según datos históricos, el papa Julio II no creía en nadie, era muy mujeriego y tuvo un reguero de hijos pero casi todos murieron pequeños. Y era de muy malas pulgas, no andaba con rodeos para mentarle la madre a cualquiera y con frecuencia decía cualquier clase de palabrotas. Para someter a sus enemigos, en vez de la excomunión prefería las armas, pero en muchas ocasiones también usó como arma de guerra la excomunión. Luego de someter a Venecia, entró en guerra con su antes aliada Francia y para ayudarse con el arma divina emitió una bula, llamada ‘Ille Caelestitis’, con la que excomulgaba, en forma automática y genérica, a todos los gobiernos o personas que se aliaran con el rey francés. En este caso sobra decir que, según la Iglesia, quienes se aliaran con el papa, en contra de Francia, tenían la gloria de Dios asegurada. Y con la bula ‘Exigit Contumacium’ excomulgó y depuso a Juan III de Albret, norma que dejó a su reino sujeto de quedar en manos del primer monarca que se lo tomara, la cual fue aprovechada por el bandido Fernando de Castilla, quien militarmente invadió casi todo el territorio; y su similar en lo bandido el duque de Alba, quien se tomó Navarra.

Aunque ahora parezca mentira, las bulas de los papas tenían un efecto enormemente poderoso, eficacia que se debía a que todos los pueblos, ignorantes y con el cerebro manipulado con la ‘camorra religiosa’ de los curas, les temían más a la excomunión del papa que a las armas de sus ejércitos. Con la humanidad que vive en la actualidad, una bula como las dos antes mencionadas no tendría ningún efecto; en realidad, los papas de la antigüedad no eran otra cosa que monarcas perversos o criminales poderosos, que con la ‘camorra religiosa’ impedían la cultura de la gente, la sometían a la ignorancia y usando sus amenazas infernales podían hacer con la entonces tonta humanidad lo que les diera la gana.

El ‘papa guerrero’ duró todo su tiempo haciendo guerras; por su culpa murieron centenares de miles de personas y casi esclavizó a los artistas Miguel Ángel y Rafael. El pintor Miguel Ángel, cuando pintó la Capilla Sixtina se vengó del papa Julio II, a quien pintó con cara de diablo y para que tuviera mejor vista del público lo ubicó en la parte derecha, en el friso inferior.

En toda Europa había guerras generadas por el papa Julio II, cuando él murió en febrero de 1.513, y su muerte fue festejada por la gran mayoría de las personas que lo habían tratado.

En marzo de 1.513, para reemplazar al fallecido Julio II fue elegido papa Giovanni de Lorenzo di Médici, hijo de Lorenzo el Magnífico, un oligarca que entonces tenía 38 años y que había sido nombrado cardenal cuando tenía 13 años de edad. Tomó el nombre de León X (1.513 a 1.521), y fue este pontífice un gran bandidazo, a quien le gustaban las diversiones costosísimas y subsidiar campañas militares con dineros de la Iglesia, gastos con los que puso en dificultades económicas el erario del Vaticano.

Según datos históricos, el papa León X le estableció un precio al perdón de cada uno de los pecados reconocidos por la Iglesia y en el año 1.517 promulgó una bula, conocida como Taxa Camarae, con la que se regulaba ese cobro y autorizó descuentos especiales cuando se cancelaba el pecado por adelantado, es decir, antes de ser cometido.

Sin lugar a dudas, su santidad León X no fue un papa religioso sino un personaje sumamente pícaro y amante de los lujos costosísimos que, para sostener su elevado estilo de vida y la construcción de la Basílica de San Pedro, se inventó un sinnúmero de trampas con las que estafaba o tumbaba a los ingenuos, que esa época era casi toda la humanidad, incluidos muchos ricos creyentes, pero él no fue el primer papa bandido, pues, como lo hemos visto, la perversidad de los pontífices de la Iglesia era sumamente antigua y él lo sabía; para dar una idea del conocimiento que él tenía de este tema, sirve reseñar que el papa León X, poco después de haber ascendido a cardenal a su amigo, el poeta Pietro Bembo, le escribió una carta en la que entre cosas le decía:

 "..desde tiempos inmemorables es sabido cuán provechosa nos ha resultado esta fábula de Jesucristo...... , puesto que Dios nos dio el papado, disfrutémoslo."

Pero quizá la cadena de estafas más famosa del papa León X fue la que realizó cuando estableció un pago 'divino' de intereses de cien libras de oro por cada libra del metal precioso que los 'fieles' depositaran en el pontificado. El papa personalmente predicó ese asunto; según sus prédicas, todos los que depositaran oro en la Santa Sede, además de recibir esos extraordinarios intereses, aseguraban la entrada a la Gloria de Dio, y, con mucha sutileza, su santidad les explicaba a los interesados en ese tema, que, cuando ellos fallecieran, irían directos al Cielo, donde, el propio Dios, a sus almas les devolvería sus tesoros junto con las cien libras de oro de intereses por cada libra del metal precioso que hubieran depositado en el pontificado; y como eso lo decía nadie menos que su santidad, sin dudar de las palabras del papa, muchos le creyeron y hasta se endeudaron para depositar bastante oro en la Santa Sede.

El papa León X, desde antes de ser entronizado, era viejo amigo del poeta Pietro Bembo y al ocupar la silla de san Pedro lo nombró cardenal, igual que a los poetas y eruditos Bernardo Davizi y Giulio Sadoletto quienes, según se dijo, eran homosexuales como lo era el papa. Y como casi todos los papas de la antigüedad, el papa León X fue nepotista, a casi todos sus familiares los acomodó en los mejores puestos de la Iglesia; nombró cardenal a su primo Julio de Medici, futuro papa Clemente VII.

Autorizado por la Iglesia, el monje alemán Joahann Tetzel, se dedicó a recaudar grandes cantidades de oro para el papa León X, mediante la venta de indulgencias, cosa que funcionaba haciendo un pago, acordado con los ‘clientes’, para perdonar cualquier clase de pecado. Ante semejante farsa, el teólogo alemán Martín Lutero entró en rebeldía frente al papado y propició una reforma religiosa que haría dividir la religión cristiana, o sea que ese lío religioso causó el surgimiento de la Iglesia Protestante.

Ya estando la Iglesia alemana dividida, con la bula Exsurge Domine, el papa condenó la rebeldía de Lutero, pero éste en vez de arrepentirse la quemó públicamente; y en el año 1.521, Martín Lutero fue excomulgado, pero nada detuvo el crecimiento de su religión protestante.

Hay muchos datos de entonces que aseguran que al papa León X lo que más le preocupaba era vivir la vida lo mejor posible; algunos de éstos dicen que era ateo y que no se interesó mayor cosa en las guerras ni en la política, y que sus últimos días los pasó al lado de un tal Solimando, un cantante que supuestamente también era ateo y que se convirtió en su amante luego de que él hubiera asesinado por traición a su viejo amante, el cardenal Alfonso Petrucci; según Pico Mirandola, el papa León X decía que ni había dañado el mundo ni estaba obligado a arreglarlo.

Pudo ser para evitarle inconvenientes a la beneficiosa “fábula de Jesucristo”, que León X prohibió o censuró una gran cantidad de libros, lo cierto fue que en su papado hizo actualizar la lista de libros prohibidos por la Iglesia, y a esa lista entraron numerosas obras que podían poner en riesgo la continuación de la ‘fabulosa’ renta eclesiástica.

El sucesor del papa León X fue impuesto, en contra de la voluntad del elegido, por el emperador del Sacro Imperio, Carlos V, quien en esa época era el monarca más poderoso de Europa. El elegido había sido preceptor del emperador, cruel inquisidor del reino de Aragón, y debido a la ausencia de Carlos V porque poco antes había sido coronado emperador del Sacro Imperio, el nuevo papa en el momento de su elección ejercía de regente de España, donde llevaba la vida que nunca hubiera querido cambiar. Tomó el nombre de Adriano VI (1.522 a 1.523), siendo él uno de los pocos monarcas que fue elegido papa sin que quisiera ser pontífice, tocándole después hacer lo que le conviniera al todopoderoso emperador del Sacro Imperio. Pero de todos modos entre los dos hubo conflictos políticos, el papa Adriano VI era un líder político que se sostenía en sus ideas y difícil de manejar, su papado duró poco más de un año y según rumores fue asesinado por orden del emperador Carlos V.

El papa Adriano VI abolió el requisito de tener que sentarse en pelotas el elegido a papa en la silla del asiento perforado antes de ser consagrado a pontífice, y desde entonces la Iglesia ha eludido mencionar la Chaise Percée y ha hecho todo lo posible para borrar la existencia de la papisa Juana, cuya historia aceptó como cierta hasta esa época.

Para suceder al papa Adriano VI, fue elegido el cardenal Julio de Medici, primo del papa León X, quien tomó el nombre de Clemente VII (1.523 a 1.534), y quien, según el historiador Ferdinad Gregorovius, fue “el más desgraciado de los papas”.Todas sus acciones políticas para él fueron un fracaso, y en el asunto religioso le fue tan mal que se dice que lo único que hizo bien fue haberle negado el divorcio a Enrique VIII de Inglaterra, casado con Catalina de Aragón, tía del emperador del Sacro Imperio.

El rey Enrique VIII le solicitó el divorcio al papa Clemente VII, porque pretendía casarse con Ana Bolena, pero el papa so lo negó y con ese impedimento provocó el cisma anglicano, o sea el fin de la obediencia y sujeción de la Iglesia de Inglaterra a la Iglesia Romana, cisma que perdura todavía, o sea que hasta entonces le duraron los impuestos del alma de los ingleses al ‘Vicario de Cristo’, una gran pérdida económica que, como veremos más adelante, con excomuniones y guerras trataron de recuperar varios papas siguientes, pero, no obstante a los enormes gastos bélicos de la Santa Sede, Inglaterra nunca fue derrotada por la Iglesia y la monarquía eclesiástica romana, con la excepción del corto reinado de María I, perdió para siempre esa renta.

El resultado de la negación de ese divorcio fue que, desde entonces, el rey de Inglaterra hace las veces de pontífice, a lo que se añade que la jefatura religiosa gala puede ser ejercida por el rey o por la reina, tal como ocurrió en lapso de la reina Isabel I (1.558-1.603) cuya historia es contada más adelante. Sin embargo, desde cuando el papa perdió la facultad de deponer Jefes de Estado, los monarcas ingleses le han asignado esas funciones a alguno de los obispos elegidos por ellos, tal como ocurre en la actualidad que el jefe o primado de la Iglesia de Inglaterra es el obispo y gran catedrático Rowan Williams, quien tiene esposa e hijos, ya que la iglesia gala no le exige castidad a sus eclesiásticos.

Otro punto negativo del papa Clemente VII fue su descarada actitud nepotista, llegando a tener a un familiar suyo en cada uno de los puestos públicos importantes de Florencia. Todo indica que Clemente VII fue un político indeciso y corrupto que fracasó en todo y que no fue un pontífice religioso sino un vividor inepto. 

Poco después de la muerte del papa Clemente VII, para sucederlo fue elegido el cardenal hermano de la mujer que había sido amante del papa Alejandro VI, quien era miembro de la nobleza romana y quien tomó el nombre de Pablo III (1.534 a 1.549). Su familia era riquísima, dueña de enormes terrenos en los alrededores del lago Bolsena, él desde hacía tiempo estaba luchando por conseguir el papado y, tan pronto lo logró, sus primeras acciones fueron encaminadas a favorecer a su familia, especialmente a sus hijos y a sus nietos. Descaradamente nombró cardenales a sus nietos Guido Ascanio Sforza y Alejandro Farnese de 16 y 14 años de edad, respectivamente. Para calmar las protestas de la oligarquía romana, por su nepotismo familiar, nombró o introdujo a varios de los oligarcas protestantes en el Sagrado Colegio y les aprobó la Compañía de Jesús, una de las organizaciones más perversas de la Iglesia Católica, prebendas con las que la nobleza romana se dio por bien servida y se calmó. El lema de los Jesuitas es:

Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra.” 

 

 

La Compañía de Jesús ha sido la secta más criminal y más odiada del cristianismo; en sus memorias, Napoleón Bonaparte escribió:

 “Los jesuitas son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es el general de un ejército, no el mero abad de un monasterio. Y el objetivo de esta organización es Poder, Poder en su más despótico ejercicio, Poder absoluto, universal, Poder para controlar al mundo bajo la voluntad de un sólo hombre (El Superior General de los Jesuitas). El Jesuitismo es el más absoluto de los despotismos y, a la vez, es el más grandioso y enorme de los abusos.”

Y, tiempo después, el segundo presidente de los EE.UU John Adams, dijo:

“No me agrada la reaparición de los jesuitas. Si ha habido una corporación humana que merezca la condenación en la tierra y en el infierno es esta sociedad de Loyola. Sin embargo, nuestro sistema de tolerancia religiosa nos obliga a ofrecerles asilo.”

Y más adelante veremos que a esta organización criminal eclesiástica se le atribuye el asesinato del presidente de Estados Unidos, John Kennedy.

Poco después de ser entronizado, para hacer un ducado y dárselo a su hijo Pier Luigi, el papa Pablo III unió a Parma y Piacenza, mezcla por la que le surgió un conflicto con el gobernador de Milán, resultando su hijo Pier asesinado y Piacenza se separó de los Estados Eclesiásticos. Durante su papado, un nieto suyo, hijo de Pier Luigi, llamado Octavio, se casó con Margarita de Austria, hija de Carlos V el emperador del Sacro Imperio, y, con ese matrimonio, su nieto se convirtió en un influyente político. Después, por ambiciones territoriales, el papa tuvo conflictos con este nieto, pero no se trataron con la dureza normal de las monarquías sino que simplemente el papa le impidió a su nieto tener influencias en el antiguo ducado de su padre, o sea Parma y Piacenza.

El papa Pablo III, para evitar abusos le hizo reformas a la administración eclesiástica. Y, mediante una bula suya llamada “Sublimis Deus”, la Iglesia reconoció que los indígenas de América eran seres humano, y que se les debía enseñar la religión cristiana, pero sin torturarlos. Además, no aprobaba la esclavitud de los nativos de este continente ni el robo de sus posesiones y ha sido el único papa que le dio categoría de ciudad a un pueblo de América, habiéndole dado ese título a Santiago de Guatemala.

Casi al final de su papado, el cardenal Gian Pietro Garaffa, futuro papa Pablo IV, lo convenció para que le autorizara establecer un tribunal inquisitorio en Roma, una entidad que luego se transformó en el Santo Oficio Romano, pero el papa Pablo III no fue un hombre sanguinario sino un monarca pacífico que evitó guerras y puso un gran empeño en solucionar el problema de la Iglesia con la facción protestante. Murió de repente a los 81 años de edad.  

El sucesor del papa Pablo III tomó el nombre de Julio III (1.550 a 1.555), y en sus funciones tuvo numerosas dificultades políticas porque no era de familia monarca ni sabía manejar las trampas políticas. En una de sus primeras acciones le entregó el ducado de Parma a Octavio, el nieto del papa Pablo III, con la condición de que éste se lo entregaría a su suegro, el emperador Carlos V, pero, luego de obtenerlo, Octavio se negó a devolverlo y para enfrentar a su suegro le pidió ayuda al rey de Francia, Enrique II, que estaba en guerra con el emperador Carlos V, y esta oportunidad fue aprovechada por el ‘cristianísimo’ rey francés quien se alió con Octavio, como ya se dijo yerno de su enemigo, y con los ‘herejísimos’ musulmanes turcos, y de esa alianza inusitada surgió el detonante que prendió varias guerras en Europa, conflictos que no pudo detener el muy tímido papa Julio III, un pontífice que no era religioso ni sabía de manejo político.

Cundo murió el papa Julio III, los problemas eclesiásticos, luterano y anglicano, concretamente, alemán e inglés, continuaban sin ser solucionados. Con la intención de sanar esas divisiones fue elegido papa el cardenal Marcelo Cervini, un humanista culto que había ejercido de cardenal de Jerusalén. Al ser elegido no cambió de nombre, se hizo llamar Marcelo II; por las embarradas del papa anterior había guerras por toda Europa, el trabajo que le esperaba al nuevo pontífice era grande, pero, misteriosamente, Marcelo II murió de repente a los 22 días de haber sido entronizado.

El sucesor del papa Marcelo II fue el cardenal Giovanni Pietro Caraffa, quien hasta entonces era el Inquisidor general de la Iglesia, y sin lugar a dudas uno de los hombres más sanguinarios de esa época. Tomó el nombre de Pablo IV (1.555 a 1.559). Tenía 80 años de edad, pero su vejez no fue impedimento para hacerles aplicar a los judíos el ‘Santo Oficio’, un reglamento inquisitorio inventado por él para obligar a la gente a cumplir todos los antojos de la Iglesia. Después, siendo papa, usó este reglamento de manera indiscriminada para asesinar un gran número de personas y robar propiedades. A los judíos los consideraba responsables de la muerte de Jesús, y para castigarlos promulgó una bula, llamada “Cun Nimis Absurdum”, en la que decretó la esclavización de todos los judíos y el remate de sus propiedades que, a precios irrisorios, pasaron a ser de los ‘fieles’ cristianos. Además, en esa bula estableció que los hombres judíos debían llevar sombreros amarillos y las mujeres judías velos o mantos, para que todos pudieran identificar con facilidad su humillante condición de judíos y esclavos. Una parte de la bula Cum Nimis Absurdum dice:

“Siendo extremadamente absurdo e inconveniente que los judíos, cuya propia culpa les redujo a perpetua esclavitud, so pretexto de que la caridad cristiana los ha recibido y tolere convivir con ellos, se muestren ingratos con los cristianos pagando con injurias los favores y procuren dominarlos en vez de prestarles la sujeción que siempre les deben permitir.

(2) Y en cada una de las ciudades, tierras y lugares donde habiten (los judíos) tendrán una sola sinagoga, no construyendo ninguna otra ni pudiendo poseer bienes inmuebles. Que todas sus sinagogas, al margen de una sola, sean completamente destruidas y arrasadas, y los bienes inmuebles que actualmente poseen sean vendidos a los cristianos en el plazo y al precio que le fijen los magistrados.”

Quizá sobra decir que los magistrados eran inquisidores y que el plazo que les dieron a los judíos para vender sus propiedades fue “inmediato” y el precio de venta casi un cero.

El papa Pablo IV odiaba a la dinastía de la Casa Habsburgo, encabezada entonces por el rey de España, Carlos V y luego por su hijo Felipe II, quienes habían hecho las paces con Francia. El muy sanguinario anciano Pablo IV, imitando al papa Julio II con su grito: “fuera los bárbaros”, y arrasando pueblos con igual procedimiento, hizo romper el pacto de paz entre españoles y franceses, alió su ejército con Francia y atacó las posesiones españolas en el sur de Italia. Pero las tropas españolas, al mando del duque de Alba, Fernando Álvarez, les causaron varias derrotas, sellando la victoria final en la Batalla de San Quintín, un triunfo que les permitió a los españoles la entrada a Roma y la captura del ahora humillado y tembloroso papa Pablo IV.

 La idea primordial del ejército español era ejecutar al papa, pero, al verlo viejito y humillado, el duque de Alba le perdonó la vida y lo dejó en libertad. Casi enseguida, españoles y franceses firmaron la paz. Sin embargo, poco antes de morir, el papa Pablo IV excomulgó al ahora emperador Felipe II y a su padre Carlos, castigo eclesiástico que puso en dificultades políticas al duque que le había perdonado la vida al pontífice.

Igual que muchos pontífices del pasado, Pablo IV consideraba que el papa era Dios en la tierra; que estaba por encima de toda la humanidad y que su investidura le permitía hacer lo que le diera la gana. Fue un dictador cruel que trató con dureza a la dinastía eclesiástica Colonna; el pueblo romano lo odiaba, el día que él murió la gente demolió una estatua suya, quemaron el palacio de la Inquisición, saquearon el convento de los inquisidores dominicanos y liberaron a los reos inquisitorios. Y los pocos judíos esclavizados que sobrevivieron a sus crueldades le desearon feliz llegada al infierno.

El sucesor del papa Pablo IV fue un médico, miembro de la dinastía de los Médicis, que tomó el nombre de Pío IV (1.559 a 1.565), y que fue un político pacifista. Se dedicó de lleno a mitigar los odios generados por su anterior y con mucho tino logró calmar el conflicto con los protestantes luteranos, aunque no pudo hacer nada con el problema anglicano, porque ahora la única hija de Ana Bolena con el rey Enrique VIII, era la ‘bastarda’ reina Isabel I de Inglaterra quien, para acabar con el sometimiento inglés al pontificado romano, no aceptó la propuesta de matrimonio que le hizo Felipe II de España, hijo del emperador Carlos V y viudo de su predecesora y hermanastra cristiana María I, pero, a diferencia de los pontífices siguientes, el papa Pío IV no atacó a la reina Isabel ni fue un hombre sanguinario y, aunque no era creyente religioso, administró muy bien los asuntos cristianos.

El sucesor del papa Pío IV sí fue un inquisidor sanguinario desde su juventud. Su nombre era Antonio Michele Ghiselieri, y, hasta poco antes de su elección, ocupaba el puesto de Gran Inquisidor de la Iglesia. Pero, por sus crueldades, había tenido problemas con su antecesor, quien lo destituyó y lo hizo salir del palacio que ocupaba. Sin embargo, cuando fue elegido papa, para aprovecharse de la buena imagen pública que tenía su antecesor, tomó el nombre de Pío V (1.566 a 1.572), siendo él un criminal que ya había establecido la inquisición en Roma y que al ser entronizado la hizo aplicar con toda crueldad en donde quiera que la Iglesia pudiera hacerlo. Con fondos de los Estados Pontificios financió una guerra ‘santa’ contra los hugonotes de Francia a quienes asesinó o esclavizó y robó sus propiedades; y a los judíos los expulsó de toda su jurisdicción y robó sus propiedades. Unió las tropas de la Iglesia con tropas de España y de Venecia y conformó un gran ejército, llamado Liga Santa, que puso al mando de Juan ‘Bautista’ de Austria, en contra de los turcos. Para apoyar a ese ejército emitió un decreto, llamado “Latae Sententiae”, que ante cualquier eventualidad que lo hiciera necesario obligaba a todos los países coligados con el cristianismo a acudir en su ayuda, en especial con la tropa de la Iglesia, so pena de pérdida de sus posesiones y liberación del juramento de dependencia de sus súbditos.

El papa Pío V fue sumamente exigente con los ‘fieles’ en cuanto al pago de los diezmos y primicias, la gente que por alguna razón no pagara esa obligación era acusada de herejía por sus agentes inquisidores, a quienes, según el papa, “había que pagarles o morir por infidelidad”.

Con su bula In Coena Domini, este papa promulgó que la Iglesia Romana estaba por encima de las demás iglesias y se autoproclamó como jefe universal de la humanidad y, por no someterse al pontificado romano, excomulgó a la reina Isabel I de Inglaterra, ya que ella era la ‘papisa anglicana’, mientras él consideraba que ninguna mujer podía ser jefa religiosa y sostenía que el papa estaba por encima de todo el mundo y que la religión católica no era solo una fe religiosa sino también una regla obligatoria para toda la humanidad, debiendo toda la gente someterse al papa, porque, desde su punto de vista, el pontífice romano era el verdadero y único representante de Dios en la tierra, con dignidades especiales que ya otros papas con bulas y decretos habían establecido, y siendo esto un círculo vicioso con el que unas pocas familias oligarcas romanas habían convertido a la Iglesia Católica en la empresa más poderosa y rentable del mundo, para beneficio exclusivo de la monarquía eclesiástica romana.

Hoy en día un asesino y violador de todos los Derechos Humanos, como fue el papa Pío V, no se salvaría de una gran encarcelada por parte de la Corte Penal Internacional, pero, no obstante a haber hecho cualquier número de asesinatos y masacres, en el año 1.712 este papa inquisidor y sanguinario fue canonizado por el papa Clemente XI.

Luego de la muerte del papa Pío V, para sucederlo fue elegido el cardenal Ugo Buoncompagni quien tomó el nombre de Gregorio XIII (1.572 a 1.585). Esta elección resultó de la influencia y presión del rey Felipe II de España, el monarca que había sido rechazado por la reina Isabel I, y fue este papa un continuador de las crueldades de su anterior. Además, durante su lapso hizo un sin número de intentos para asesinar a la reina Isabel I de Inglaterra, porque ni ella ni ningún otro miembro de la monarquía inglesa admitían que la Iglesia Inglesa dependiera de la Iglesia Romana. Matar o destronar a la reina Isabel I era la gran obsesión del papa Gregorio XIII; con ese fin organizó una acción militar, al mando de Juan ‘Bautista’ de Austria, que terminó en fracaso. Sin embargo, para continuar ese propósito hizo alianzas con monarcas de varios países de Europa, incluso hasta contrató sicarios en Roma, pero, a pesar los enormes costos que pagó en oro para matar a la reina, todos los intentos fracasaron. Y también fracasó en su intención de poner en guerra a Alemania y Francia en contra de los turcos, a quienes odiaba porque no le pagaban diezmos a la Iglesia Romana. Con oro de los Estados Pontificios financió una operación militar en Francia, contra el partido político-religioso protestante de los hugonotes, que en la sola noche del 24 de agosto de 1.572 dejó casi cien mil muertos, la gran mayoría de ellos niños y mujeres inocentes e indefensos. Esa masacre es recordada como “La noche de san Bartolomé”, evento que fue celebrado por el papa Gregorio XIII con un solemne “Te Deum” en la Basílica de san Pedro, una acción de júbilo en que la Iglesia le da gracias a Dios cuando el cristianismo recibe mercedes de gran trascendencia. Después hizo grabar una medalla conmemorativa de esa masacre, donde aparece en una cara su propia efigie y en la otra un ángel con una espada desenvainada matando hugonotes y una leyenda que dice: “Ugonotiorum Strages” (La destrucción de los Hugonotes); y más tarde, con esa misma representación y título, hizo que el artista Vasari, en uno de sus frescos le pintara ese recordatorio.

Con los enormes gastos en sus maniobras para asesinar a la reina Isabel de Inglaterra, sin ahorrar en costos con tal de conseguirlo, puso en quiebra el erario vaticano, y para conseguir recursos que le permitieran continuar sus acciones criminales acudió a los feudos y baronías que la Iglesia les había cedido a nobles en Romaña. Desde su punto de vista, esos bienes eran valiosos y no le producían lo justo a la Iglesia; para aliviar sus finanzas el papa Gregorio VIII ordenó expropiar los bienes a los romañoles que tuvieran pagos atrasados con la Iglesia o que pudieran ser considerados como ilegítimamente heredados, acciones con las que causó una gran incertidumbre entre los habitantes de esa comunidad y por lo que resultó un enorme número de asesinatos, la mayoría de ellos para legalizar valiosas herencias.

Pero este papa asesino y bandido no es recordado en la historia por sus cientos de miles de asesinatos ni por haber hecho recordatorios festejando esas muertes sino porque cambió el Calendario Juliano, inventado por Julio César en el año 46 a. C, por el Gregoriano que usamos en la actualidad. Asesorado por el astrónomo Christopher Clavius, y mediante la bula “Inter Gravísimas”, el papa Gregorio XIII decretó que del jueves 4 de octubre de 1.582 se pasara a viernes 15 de octubre de 1.582.

El 10 de abril de 1.585 murió el papa Gregorio XIII, la reina Isabel I seguía en su trono, el antes pacífico territorio de Romaña y toda Italia estaban convertidos en un escenario de batallas entre toda clase de forajidos, debido a las acciones de expropiación hechas por la ‘Santa Iglesia’. Pero los hugonotes no festejaron la muerte del papa Gregorio ni hicieron ningún tipo de recordatorio, porque para ellos ninguna muerte debía ser motivo de fiesta. 

Para suceder al fallecido papa Gregorio XIII fue elegido papa el curtido cardenal inquisidor Felice Peretti, enemigo político de su antecesor, quien tomó el nombre de Sixto V (1.585 a 1.590). Este papa era un hombre sanguinario que mucho antes había sido inquisidor en Venecia y por su crueldad lo habían expulsado los venecianos.

Cuando este cardenal ascendió a papa, Italia era azotada por un gran número de bandas y organizaciones criminales, generadas por su predecesor. El sanguinario papa Sixto gozaba cuando el cardenal Colonna, en acciones para controlar la delincuencia, llenaba el puente de San Ángelo con las cabezas de toda clase de malhechores y prostitutas.

Es de aclarar que en el comienzo de esas operaciones, la temible policía del Vaticano solo realizaba esas acciones en contra de bandas de peligrosos delincuentes, a los que ejecutaba y exhibía sus cabezas en el puente de San Ángelo, pero, cuando acabaron con los delincuentes peligrosos, para complacer al cardenal y al papa siguieron con el evento de exhibición de cabezas, abasteciéndose con la ejecución de prostitutas, ladroncillos y hasta personas pobres que, acosadas por el hambre que habían generado los líos políticos eclesiásticos, las agarraban robando comida y les aplicaban el ‘santo’ castigo.

En esa época, el puente de Fabricio, que une a Roma con la única isla del río Tíber, estaba en mal estado. El papa Sixto V, para solucionar ese problema, les encomendó el arreglo del puente a cuatro reconocidos arquitectos romanos. Estando en ese trabajo, por desacuerdos profesionales, los arquitectos tuvieron varios conflictos que provocaron un pequeño atraso en el arreglo del puente. El día que finalizaron la obra, en el mismo puente realizó un proceso el papa Sixto V, en el que acusó de peleones a los arquitectos y les hizo cortar la cabeza, luego hizo esculpir en piedra sus cabezas y ordenó colocar una de estas en cada una de las esquinas del puente. Ahora ese puente es conocido como “el puente de las cuatro cabezas” y el papa Sixto V, igual que san Ferrer, es considerado por la Iglesia como “un santo Patrono de los constructores de Roma.”

El papa Sixto V, antes de cortarles la cabeza a sus víctimas, hacía usar métodos de tormento tan crueles que se ganó el odio y repudio general de sus súbditos. Igual que el papa anterior, Sixto V odiaba a la ‘papisa’ reina Isabel de Inglaterra y trató de organizar una cruzada contra los ingleses, pero todos los gobernantes de Europa le respondieron que no hacían guerra para defender la fe religiosa sino para aumentar sus riquezas y territorios, y que por el poderío militar de Inglaterra no veían rentable esa aventura.

Eso de que las guerras cruzadas eran por asuntos económicos y no religiosos no le molestó porque él y todos los monarcas sabían que era cierto, pero lo que sí lo decepcionó fue el haber descubierto que todos los monarcas europeos tenían al papa como un dictador cruel, pretencioso, oportunista, incómodo para todos, y que para ellos él no era mas que un gobernante que, sin legitimidad verdadera, se aprovechaba de la divinidad de Dios. Sin embargo, con un poco de oro y tenacidad guerrera logró que Felipe II de España lo apoyara en la conformación de un ejército, compuesto por tropas de los Estados Papales y de España, bautizado por el papa con el nombre de “Armada Invencible” cuya misión de eliminar a la reina Isabel I de Inglaterra fue un fracaso desastroso para los ‘invencibles’, con la muerte de casi todos sus integrantes.

El papa Sixto V, convencido de que cuando muriera nadie le haría una estatua en su memoria, hizo construir una de sí mismo en la cima del Capitolio y se la dedicó él mismo, pero el pueblo romano la desmoronó el mismo día de su muerte.

Después de la muerte del papa Sixto V, en un cónclave al que asistieron 54 de los 65 cardenales que en esa época integraban el colegio cardenalicio, fue elegido papa el cardenal Giovanni Battista, hasta entonces Inquisidor General de la Iglesia y ferviente aplicador del ‘Santo Oficio’. Tomó el nombre de Urbano VII (del 15 al 27 de sept. de 1.590), pero 12 días después murió, se rumoró que envenenado, pero, según la Iglesia, de malaria. Poco después apareció un testamento, en el que el papa Urbano VII le regalaba sus posesiones a una organización caritativa, cosa que, según rumores de la época, tenía que ver con la verdadera causa de su muerte.

El siguiente papa elegido tomó el nombre de Gregorio XIV (1.590 a 1.591). Este papa no era político y fue elegido por votos de protesta, para no elegir a ninguno de los candidatos del rey Felipe II de España, pero después le tocó aliarse con él en contra de Enrique IV de Francia que lo acusaba de hereje, con el propósito de deponerlo y quitarle territorio a la Iglesia. Gregorio XIV, para no involucrarse en asuntos políticos, le asignó ese asunto a su sobrino, el cardenal Paolo Sfondrati; este papa tenía vocación religiosa y no fue guerrero ni sanguinario.

El sucesor del papa Gregorio XIV fue elegido por influencia del rey Felipe II de España y al ser consagrado tomó el nombre de Inocencio IX (3 de nov. a 30 de dic. de 1.591), y no alcanzó a hacer nada porque murió ‘de repente’ antes de dos meses de estar en el cargo. Este rey de España cargaba la lacra de haber sido rechazado en matrimonio por la ahora invencible reina Isabel I de Inglaterra, con lo que la Iglesia había perdido todas las posibilidades de recuperar sus enormes riquezas en ese reino, y por ese fracaso era mal visto por gran parte de la monarquía eclesiástica, pero, como hemos visto, el monarca español le dio brega por mucho tiempo a la rosca eclesiástica.  

En el año 1.592, la monarquía eclesiástica romana enfrentaba una enorme presión del rey Felipe II de España, para influir en la elección del sucesor del papa Inocencio IX. Los romanos lucharon con dureza y lograron elegir papa al cardenal italiano Ippolito Aldobrandini, hijo del gobernador de Florencia y hermano del cardenal Giovanni, quien tomó el nombre de Clemente VIII (1.592 a 1.605). Casi enseguida, el papa Clemente tuvo que afrontar un problema habido entre jesuitas y dominicos, suscitado por el efecto de la publicación de un libro, en el año 1.588, escrito por el jesuita Luis de Molina, que trataba acerca del libre albedrío humano en creencias religiosas. El papa instituyó una comisión, llamada “Congregatio de Auxilillis Gratia”, compuesta en su mayoría por inquisidores dominicos, supuestamente para que solucionara ese asunto, pero que luego de más diez años de discusiones no pudo solucionar el lío interno eclesiástico y el único resultado fue que estableció que de allí en adelante, para publicar cualquier libro sería necesaria una autorización previa del Santo Oficio.

Conviene señalar que a la monarquía eclesiástica lo que más le preocupaba era que la gente le pagara los diezmos a la Iglesia, algo así como un ‘impuesto del alma’, que según el Vaticano estaba obligado a pagarle a la Iglesia todo ser humano. Siendo así las cosas, a la Iglesia no le convenía que hubieran libros ‘herejes’ al alcance de las ‘ovejas humanas’, pues se corría el riesgo de que la enseñanza de algunos libros pusiera en duda que la fe religiosa católica fuera el único camino espiritual para llegar a Dios y, peor aún: Que la gente del común se diera cuenta que, por sus tantos delitos y perversidades, la Iglesia Católica Romana carecía –y carece- de dignidad para dirigir el cristianismo. En defensa de ese interés romano, el papa Clemente hizo actualizar la lista de libros prohibidos por la Iglesia (Index Librorum Prohibitorum) y ordenó nuevas ediciones de la Vulgata -la Vulgata era entonces la actual Biblia-, del Breviario, del Misal y de otros textos con contenido favorable al sometimiento de conciencia y al dominio espiritual humano que ejercía la Iglesia, pero con eso no pudo detener las controversias religiosas que se estaban desatando en toda Europa, y el poder político del papa empezó a caer.

En cuanto a las trampas normales de las monarquías, el papa Clemente fue un político astuto que le levantó la excomunión al rey de Francia y se alió con él y, cuando murió sin dejar heredero Alfonso II de Ferrara, usó al rey francés de respaldo militar para anexar a los Estados Pontificios el territorio del ducado de Ferrara. Y fue también un inquisidor cruel que hizo condenar a morir en la hoguera a un sin número de personas, entre estos el sabio Giordano Bruno, un asunto tan injusto y lleno de falsedades que el papa Juan Pablo II, a nombre de la Iglesia, pidió excusas públicas por ese hecho.

Bruno Giordano era monje y ejerció como profesor de astronomía en la misma época en la que el cardenal Roberto Francisco Belarmino enseñaba esa misma ciencia en la Universidad Católica de Lovaina, pero estos dos profesores enseñaban sobre universos muy distintos. El universo de Giordano era un espacio infinito y en éste la Tierra giraba alrededor del sol, que, según explicaba, era una estrella que formaba uno de los tantos millones de grupos planetarios del universo, el cual, como ya se dijo, Bruno describía como infinito, y en este universo el Cielo no existía. Este científico enseñaba, de manera ampliada con sus investigaciones, la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico, cosa que era muy distinta al universo que enseñaba Belarmino, que era el que reconocía la Iglesia, en el cual la Tierra era el centro del universo y todo giraba alrededor de ella y por debajo del Cielo, que era la Gloria o Paraíso de Dios.

El cardenal Belarmino era un inquisidor convencido de que Dios había facultado a la Iglesia para ejecutar a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con lo que predicaba, ordenaba y exigía el pontífice romano, supuestamente, en cumplimiento de la voluntad de Jesucristo. Como inquisidor y juez, Belarmino ordenó un sinnúmero de ejecuciones y su fanatismo religioso lo convirtió en uno de los hombres más sanguinarios y asesinos de su tiempo, pero él murió convencido de que sus crímenes eran obras divinas aprobadas por leyes escritas por el mismísimo Dios. Alguna veces dijo: “La doctrina de que la Tierra no es ni el centro del universo ni inamovible, sino que se mueve incluso con una rotación diaria, es absurda, tanto filosófica como teológicamente falsa, y como mínimo un error de fe.”

Por discrepancias científicas, la Iglesia hizo poner preso a Bruno Giordano y le asignó ese proceso al inquisidor y profesor Belarmino, quien, ejerciendo como juez, no dudó en condenarlo por herejía, por lo cual el científico fue quemado en una hoguera, a la vista del público, el 17 de febrero del año 1.600.

Belarmino fue un inquisidor cruel que siempre actuaba a nombre de Jesucristo, el dios romano, que, según la Iglesia, es el Salvador de almas de la humanidad, pero que, en ese entonces, en vez de actuar como salvador de almas, el Cristo romano era un supuesto ser divino manejado por la Inquisición como un fantasma desquiciado y criminal, que con sus crímenes y delitos beneficiaba a la Santa Iglesia, la entidad que lo implantó en Roma como un dios verdadero, pero del cual nunca se han tenido registros históricos de su existencia ni mucho menos de que haya salvado a alguien, sino que, al contrario, los historiadores registraron que la Iglesia ha hecho asesinar tanta gente y cometer tantos robos y delitos por infringir las absurdas reglas del Cristo romano, que, si éstos se pudieran contar, podrían superar a los flagelos habidos en las dos guerras mundiales.

El inquisidor y juez Belarmino, después de asesinar a Giordano, con el respaldo de la Iglesia condenó al también científico y sabio Galileo Galilei porque respaldaba la existencia del universo enseñado por Bruno, y con esa condena se llenó la copa que, para fortuna de Occidente, produjo el divorcio perpetuo de la Iglesia y la Ciencia.

Hoy en día, en el Mundo Occidental, Bruno y Galileo son considerados como los pilares de la ciencia moderna. Y Roberto Francisco Belarmino, el inquisidor que los condenó fue beatificado y canonizado por el papa Pío XI en el año 1930, y declarado como Doctor de la Iglesia en el año 1.931; y el papa Pablo VI creó un título cardenalicio a nombre de este santo exterminador de sabios y 'herejes', quien decía que el Santo Papa Romano era el esposo de la Santa Iglesia y que los hijos de esta familia divina eran la Santa Inquisición y el Santo oficio, siendo en realidad esos inventos eclesiásticos la ‘familia’ más nefasta que ha existido en este mundo.

Debido a su enorme y famosa sabiduría, fue difícil condenar a Galileo, inclusive, la Iglesia no logró quemarlo en la hoguera y a la vista del público, como había hecho con Bruno y como era su deseo para disuadir a la gente ilustrada que empezaba a comentar sus dudas respecto a la existencia del Cielo, es decir, a los líderes estudiosos y poderosos que empezaron a insinuar que dudaban de que por encima de la Tierra existiera la tan eclesiásticamente predicada Gloria y Paraíso de Dios. En el año 1.616 el inquisidor Belarmino le prohibió a Galileo publicar de ahí en adelante sus nuevos descubrimientos y en 1.634 fue condenado al encierro perpetuo en una villa florentina.

Belarmino, quien era sobrino del papa Marcelo II y considerado como 'el martillo de los herejes', durante el proceso de Giordano declaró: "Afirmar que la Tierra gira alrededor del sol es tan erróneo como proclamar que Jesús no nació de una virgen", y, por el beneficio que le aportaba a la Santa Sede, para la Iglesia era mejor acabar con los astrónomos que con la creencia de la existencia del Cielo por encima de la Tierra, pues, si Jesucristo se quedaba sin cielo de donde vigilarnos, el Cristo romano no sería tan real ni tan poderoso como afirmaba la Santa Iglesia, entonces en poder del papa Clemente VIII.

Este papa inquisidor duró bastante en el trono, pero no ocurrió igual con su sucesor, un político astuto de la familia Médici que al ser consagrado tomó el nombre de León XI (del 10 al 27 de abril de 1.605) y que como ocurrió con varios papas incómodos, murió ‘de repente’ pocos días después de ser consagrado.

El sucesor de León XI fue un abogado, perteneciente a la nobleza romana, quien pocos años antes había sido nombrado cardenal por el papa Clemente VIII. Tomó el nombre de Pablo V (1.605 a 1.621), y fue un papa guerrero que desde el comienzo de su lapso buscó apoyo militar de Italia y Francia para guerrear con Venecia, cuyo gobierno no permitía la expropiación de propiedades a favor de la Iglesia ni autorizaba la construcción de nuevas iglesias católicas en su territorio. Por ese motivo excomulgó al dux y al senado de la República de Venecia, castigo que fue respondido por el gobierno veneciano con la expulsión de todas las congregaciones jesuitas, teatinas y capuchinas, quedando sólo el clero secular porque se había sometido a las normas venecianas. Los gobiernos de Italia y Francia le negaron el apoyo militar al papa, pero sirvieron de mediadores en la solución del conflicto, por vía diplomática, y se logró un acuerdo que permitió el regreso de los religiosos expulsados, menos los jesuitas, y el levantamiento de las excomuniones a los venecianos, sin suspender las medidas gubernamentales causantes del conflicto.

En el año 1.605, un radicalista cristiano, llamado Guy Fawkes, quiso volar el edificio del Parlamento Inglés, con barriles llenos de pólvora, en un hecho que después fue conocido como “la conspiración de la pólvora”, y que falló porque las autoridades descubrieron a tiempo la caleta con los barriles llenos de pólvora, ubicada debajo del edificio de los parlamentarios. Desde mucho antes, el gobierno y la iglesia galas no admitían la superioridad eclesiástica de la Iglesia Romana ni le pagaban impuestos religiosos y, como resultado de ese atentado, el rey Jacobo I de Inglaterra le exigió un juramento de fidelidad a sus súbditos que incluía un reconocimiento expreso de que el papa no tenía facultades para deponer al rey de Inglaterra. Pero el papa Pablo V les prohibió hacer ese juramento a los cristianos ingleses, lo cual provocó una gran persecución oficial a quienes se acogieron a las prohibiciones del papa y por efectos del adoctrinamiento de conciencia les causó remordimiento religioso a quienes le juraron fidelidad al rey. -En este caso, jurando o no fidelidad al rey, el gran perjudicado fue el pueblo inglés-.

En el año 1616, Pablo V se reunió con el astrónomo Galileo Galilei, a quien pretendía acallar de sus declaraciones en el sentido de que la tierra era redonda y giraba alrededor del sol, cosa que apoyaba las teorías heliocéntricas de Aristarco de Samos y de Nicolás Copérnico y que iba en oposición a la doctrina de la Iglesia, que aseguraba que el sol giraba en torno a la tierra y que este planeta era plano y que arriba estaba el Cielo y debajo el Infierno. El astrónomo Galileo no dio el brazo a torcer en cuanto a sus ideas.

Como la gran mayoría de los papas, Pablo V fue acusado de nepotismo, debido a que delegó gran parte del manejo de la Iglesia a su sobrino, el cardenal Scipione Borghese, quien aprovechó ese poder para impulsar y consolidar a su familia en el poder político y eclesiástico de Europa. Este papa, entre otros, canonizó a Ignacio de Loyola, el español fundador de la ya mencionada Compañía de Jesús.

Cuando murió el papa Pablo V, por la influencia del cardenal Borghese fue elegido papa el cardenal Alessandro Ludovisio, un abogado y miembro de la nobleza italiana que tomó el nombre de Gregorio XV (1.621 a 1.623) y que tan pronto fue consagrado nombró cardenal a un joven sobrino suyo, llamado Ludovico Ludovisio, a quien le delegó casi todo el manejo de la Iglesia; y a un hermano suyo, llamado Horacio, lo nombró comandante de la armada papal. Y, como era de esperarse, el papa Gregorio fue un servil de la familia del cardenal Borghese.

Este papa sufría de numerosos achaques de salud que le impidieron participar en asuntos políticos, pero hay que agregar a su favor el hecho de haber establecido las normas básicas que se usarían desde entonces en la elección de futuros papas, cuyo propósito era evitar que gobiernos extranjeros pudieran influir en las elecciones pontificias, reglas aún vigentes y que de alguna manera fueron el comienzo de la pérdida del poder político internacional del papa y de la disminución de la perversidad eclesiástica. Y en su contra están los hechos de haber promovido la casería de brujas y de haberle financiado a Fernando II de Habsburgo una ‘guerra santa’ contra los protestantes; igual que el haber financiado la guerra que hizo Segismundo III de Polonia en contra de los turcos.

Tras la muerte del papa Gregorio XV, en un cónclave donde solo asistieron 54 de los 66 cardenales que en esa época conformaban el colegio cardenalicio, fue elegido papa un cardenal miembro de la nobleza florentina. Tomó el nombre de Urbano VIII (1.623 a 1644), y fue este un papa bandido, astuto y guerrero que, mediante engaños y artilugios de magia que había aprendido con el mago Tommaso Campanela, convenció al anciano duque Francesco della Rovere para que le cediera sus posesiones y territorios a la Iglesia, logrando de esa manera que los Estados Papales alcanzaran la mayor extensión histórica de territorios, y las riquezas y tesoros del anciano duque pasaron a engrosar las propiedades personales del papa y de su familia.

Poco después de ser entronizado, el papa Urbano VIII nombró cardenales a sus sobrinos Antonio, Francesco y Tadeo Barberini, y tiempo después también a su hermano Antonio lo nombró cardenal y jefe del ejército de los Estados Eclesiásticos. De ese descarado nepotismo del papa surgió una frase del pueblo romano que decía: “lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini”.

Debido a que su familia quería hacerse a los ducados de Castro y Ronciglione, el papa Urbano le hizo una guerra sucia a Odoardo Farnesio, duque de Parma y poseedor de esos territorios. Tratando de provocar la quiebra económica de Odoardo, el papa le prohibió a Roma la importación de granos procedentes del ducado de Castro y, como así no consiguió su propósito, excomulgó al duque a la vez que nominalmente le extinguió todos sus dominios e invadió militarmente los territorios pretendidos. Ante esos flagelantes atropellos del papa, el conde Odoardo hizo alianza con Módena, Toscana y Venecia, con quienes organizó un poderoso ejército con el que derrotó a las tropas de la Iglesia, y luego personalmente humilló al papa y lo obligó a firmar un, para él, ventajoso acuerdo de paz. De no haber sido por la ayuda francesa, las tropas aliadas se hubieran tomado Roma.

Luego de esa derrota militar, el entonces alicaído papa, obrando como un dictador o jefe mafioso, pero menos como religioso, usó todos los fondos del Vaticano para construir una fábrica de armas en Tívoli; aumentó y tecnificó sus tropas y construyó murallas y diversos tipos de defensa en todos los territorios papales. Puede decirse que preparó militarmente a la Iglesia para la “guerra de los treinta años”, una serie de conflictos bélicos que, por supuestos asuntos religiosos, se iniciaron entre España y Francia y se esparcieron por toda Europa.

Es de señalar que ninguna de las familias de las dinastías eclesiásticas romanas ha sido religiosa y que lo único que les ha interesado a los miembros de esa rosca eclesiástica ha sido el constante chorro de poder político y de riqueza que reciben de los creyentes cristianos, y que, desde tiempos remotos, dichas familias se han autoconsiderado como divinidades y únicas dueñas de ese producto. De los oligarcas romanos Julio-Claudio, de alguna manera surgieron los Constantino, los Teofilacto, los Crescencio, los Alberico, los Spoleto, los Médici, los della Rovere, los Orsini, etc. Y estos oligarcas no creían en la religión cristiana porque sabían de primera mano que toda la “fábula de Jesucristo” había sido inventada por sus antepasados y soportada con toda clase de engaños y crueldades, durante varios siglos, por ser una industria de mentiras religiosas de gran producción económica y política para sus dinastías oligarcas.

En esta época la religión cristiana era una entidad sin fronteras que, con los controles y normas de la Inquisición y del Santo Oficio, funcionaba como una dictadura sometedora de conciencia y productora de riquezas y poderes que día a día se extendía más, mediante el lavado de cerebro a una gran población humana indefensa, ingenua e ignorante, que, a las buenas o a las malas, tenía que someterse y creer ciegamente en las divinidades prometidas por los misioneros de la Iglesia, quienes en la práctica estaban por encima de las autoridades gubernamentales.

Pero ese adoctrinamiento religioso no funcionaba en la élite de las monarquías; en realidad, espiritualmente a ningún monarca le preocupaba la excomunión, pues ellos sabían de la farsa del asunto religioso y tenía que ser muy ingenuo un mandatario para que pudiera considerar al papa con poder real de castigo divino o como una persona con alguna divinidad de Dios y no como a un emperador ambicioso y perverso, con menos dignidad que los demás gobernantes. Entonces, el temor que los monarcas le tenían a la excomunión del papa era político, y surgía del poder que tenía el pontífice para causar la desobediencia de la población civil a sus monarcas, resultando la excomunión, en la práctica, un castigo político que, por el efecto que podía producir, ningún gobernante quería afrontar en ese tiempo.

Tras la muerte del papa Urbano VIII, en el cónclave para elegir a su sucesor, durante un mes hubo empate entre las facciones lideradas por los cardenales Albornoz y Mazarino. Las cosas no avanzaron hasta cuando el cardenal Mazarino tuvo necesidad de retirarse del auditorio y el cardenal Albornoz aprovechó e hizo elegir papa a su favorito, un abogado llamado Giovanni Batista, miembro de la monarquía romana. Este tomó el nombre de Inocencio X (1.644 a 1.655), y fue éste un papa tan odiado por sus súbditos que cuando murió nadie quiso colaborar en su entierro y su cadáver duró tres días tirado en el Palacio Laterano, hasta que, por el mal olor que producía, lo sacaron y, según algunos escritos, se lo tiraron a las aves de rapiña.

En el comienzo de su papado trató de quitarle a la familia de su predecesor las enormes riquezas que en alianza con el papa Urbano le habían robado a la Iglesia. Los tres cardenales Barberini, sobrinos del papa Urbano VIII, tuvieron que huir a Francia; el astuto papa Inocencio X, para forzarlos a regresar, emitió una bula que establecía que todo cardenal que abandonara por más de seis meses los Estados Pontificios sin permiso del papa, perdería todos sus beneficios eclesiásticos y el título de cardenal.

Por esa bula surgió una pelea entre los capos de la Iglesia, el papa Inocencio quería que los cardenales Barberini regresaran a Roma para asesinarlos, pero ellos buscaron apoyo en el congreso de Francia y para evitar una guerra que él sabía que perdería se vio obligado a revertir su chantaje. Después quiso revivir la guerra de 30 años, generada por el papa Urbano VIII, que ya había sido pacificada mediante el Tratado de Westfalia sin intervención de ningún papa, un conflicto que había causado miseria en toda Europa, y que ahora este papa, mediante una bula guerrera llamada Zelo Domus Dei, tenía la intención de revivir para debilitar a los países poderosos y saquearlos, pero no consiguió su objetivo porque ningún gobierno le hizo caso a su bula conflictiva.

Durante todo su lapso organizó y efectuó un gran número de masacres y ‘guerras santas’  para robar propiedades o por venganzas personales; cometió adulterio con su cuñada, Olimpia Maldachini, y fue amante de su propia sobrina, la princesa de Rossano, quien con su apoyo cometió toda clase de abusos y desmanes. Se sabe que todos lo odiaban y que nadie quiso sepultarlo, pero no hay registros históricos de la causa de su muerte.

El siguiente pontífice, sucesor del papa Inocencio X, había sido inquisidor en Malta, su nombre era Fabio Chigi, al ser consagrado tomó el nombre de Alejandro VII (1.655 a 1.667); era abogado y había protestado el Tratado de Westfalia, que puso fin a la ya mencionada guerra de 30 años y que había permitido la pacificación de Europa. Este papa fue un hombre sanguinario, en su lapso hizo numerosas masacres y asesinó a un gran número de jansenitas, un movimiento religioso que él consideraba hereje, y además fue acusado de nepotismo porque puso en manos de sus familiares y parientes el manejo de la Iglesia y les dio numerosos palacios, villas y haciendas. No era religioso, y aunque era full ambicioso casi no sabía de política, por lo que tuvo que encargar de ese asunto a varios familiares suyos que resultaron corruptos; le gustaba hacer espionajes religiosos y escribir poesías, cuando él murió, contrario a lo que le ocurrió a su predecesor, sus familiares le hicieron un gran funeral y una tumba monumental.

El siguiente papa tomó el nombre de Clemente IX (1.667 a 1.669), y fue este un papa mucho más músico que religioso. Compuso y aplicó varios cantos a las ceremonias religiosas. En su pequeño lapso, la Iglesia se apartó de la violencia y se llenó de música. Duró en ejercicio poco mas de dos años y murió de repente.

Cuando murió el papa Clemente IX, el cónclave para elegir a su sucesor, tras varias discusiones, debido a la influencia y pretensiones del rey Luis XIV de Francia, no se podía poner de acuerdo. Acudieron entonces a la antigua fórmula de elegir a un papa comodín, en este caso teniendo en cuenta que el elegido fuera un cardenal de avanzada edad. Así resultó elegido un anciano, de vieja trayectoria religiosa, quien cuando supo que había sido elegido papa se encerró en su casa y después no fue fácil convencerlo de que aceptara el cargo. El anciano tomó el nombre de Clemente X (1.670 a 1.676) y al momento de ser entronizado tenía más 80 años de edad. Aparentemente, era un religioso sin ninguna clase de ambiciones personales, su familia era de la nobleza italiana, aunque ya en decadencia social y económica. Sin embargo, no obstante a su avanzada edad y su fe religiosa, en realidad este papa viejito no había perdido sus ambiciones de poderes y riquezas e hizo grandes esfuerzos para recuperar la categoría de nobleza de su familia, propósito que logró al casar a un noble italiano con una sobrina suya, cuyo matrimonio resultó de un negociado de cargos eclesiásticos que recibió el noble a cambio de adoptar el apellido del papa. De ese negociado resultó nombrado de “cardenal sobrino” un tío del esposo de la sobrina del papa, un noble bandido que abusó de la confianza del pontífice, pero, en sí, Clemente X fue un papa religioso y gran canonizador de santos, no fue sanguinario y duró seis años en el cargo, quizá mucho más tiempo del que esperaban sus electores.

Cuando murió Clemente X, el rey de Francia quiso influir en la elección de su sucesor, pero en oposición a él la mayoría del colegio cardenalicio eligió papa a un banquero y político que tomó el nombre de Inocencio XI (1.676 a 1.689). En el lapso de este pontífice hubo una gran agitación política de las potencias europeas en contra del papa y de los Estados Pontificios. En varias discusiones de política internacional se expusieron abiertamente las ventajas que tenía el papa a su favor, si se comparaba al pontífice con los demás jefes de gobierno, ya que él, además de ser el Jefe Universal de la Iglesia, era Jefe de gobierno de los Estados Pontificios, de lo cual, decían en los alegatos, resultaba una gran inequidad de fuerza política a favor del papa. Además, en esas discusiones criticaban la costumbre de los pontífices, de autoproclamarse facultados para deponer o legitimar gobiernos extranjeros; reconociendo los involucrados en los alegatos el agravante de que la mayoría de los gobernantes, mientras particularmente se negaban a reconocerle esa facultad al papa, casi todos individualmente le aceptaban y reconocían como legales los ascensos o coronaciones que éste les hacía.

Por primera vez, internacionalmente se propuso eliminarle la facultad legal al papa de deponer o coronar gobernantes. Otro asunto, también discutido en esas reuniones y considerado por algunos gobernantes incluso como de mayor peso de desequilibrio que el resultante por el efecto religioso, era el ‘impuesto del alma’ que cada día le pagaba un mayor número de personas y gobiernos del mundo al Vaticano, y que convertía a los Estados Eclesiásticos en el imperio permanentemente más rentable y por ende el más poderoso del mundo. Pero el papa Inocencio XI se opuso a que siguieran esas discusiones, usó el poder religioso y logró que no prosperara la propuesta de marginar al pontífice del poder político internacional; luego le estableció un manejo administrativo bancario a los Estados Pontificios, y asignó varias ayudas para guerras internacionales, dádivas que en la práctica fueron sobornos por lealtad con la Iglesia, y con lo cual el papa produjo caos y divisiones de criterio entre varios gobiernos y le quitó fuerza a la propuesta principal de desvincular al jefe de la Iglesia de la política internacional.

El papa Inocencio XI no era religioso, pero permitió condenar por herejía a su amigo el escritor Miguel de Molinos. En su administración, con más impuestos enriqueció las finanzas del Vaticano y, desde el inicio de su gobierno, estableció una gran austeridad en los gastos públicos de los Estados Pontificios. 

Cuando quedó vacante la silla de san Pedro, el rey de Francia siguió presionando para influir en la elección del sucesor del fallecido papa Inocencio XI. Su favorito era el cardenal Pietro Vito Ottoboni, un político miembro de la oligarquía italiana, quien luego de varias dificultades fue elegido papa y tomó el nombre de Alejandro VIII (1.689 a 1.691). Y, al contrario de su predecesor, fue este un papa despilfarrador y nepotista que tan pronto fue entronizado ocupó con sus familiares y parientes todos los puestos importantes de la Iglesia. Lo primero que hizo fue nombrar general y comandante en jefe del ejército de los Estados Eclesiásticos a un sobrino suyo, llamado Antonio; y a otro sobrino suyo, de 19 años de edad, llamado Pietro, ganando sueldo en cada cargo, lo nombró cardenal diácono y gobernador de Capranica, Fermo y Tívili, y vice-canciller de la Iglesia Romana, y secretario y vicario papal en el territorio de Avignon. Casi enseguida, de los fondos eclesiásticos pagó una enorme fortuna por la compra del ducado de Fiano y se lo dio a su sobrino Marco, que era cojo, jorobado y de mentalidad escasa, cualidades que no fueron impedimento para que el papa, además de darle el ducado, lo nombrara superintendente de las fortalezas y de las galeras del Vaticano.

El papa Alejandro VIII, no era religioso ni se preocupó por los problemas de la Iglesia, lo único que le interesó fue apropiarse con su familia de la enorme fortuna que poseía el Vaticano. Él sabía que la religión católica era una mina de oro, cuyo dueño era el papa de turno y por ningún motivo iba a desaprovechar esa oportunidad; según numerosos escritos históricos, con frecuencia les decía a sus beneficiarios: “gocemos hoy, falta poco para la media noche”.

Las presiones de la monarquía eclesiástica romana, lo único que lograron de este papa fue que condenara el intento francés y de su Iglesia Galicana de seguir el ejemplo de independencia y libertades de la Iglesia de Inglaterra, cuya mina de impuestos del alma había perdido la oligarquía eclesiástica romana desde año 1.530 cuando el papa Clemente VII le había negado el divorcio al rey Enrique VIII de Inglaterra, para casarse con Ana Bolena, a la postre madre de la invencible reina Isabel I de Inglaterra.

El sucesor del papa Alejandro VIII tomó el nombre de Inocencio XII (1.691 a 1.700), y su elección resultó de la influencia de los gobiernos de Francia y del Sacro Imperio Romano Germánico. Encontró las finanzas de la Iglesia en los meros cueros, cosa que lo disgustó mucho y, mediante la bula Romanum Decet Pontificem, prohibió a los futuros papas el nepotismo al interior de la Iglesia, así como dar como prebendas cargos eclesiásticos, donaciones de territorios o bienes de la Iglesia, cosa que en la práctica era una bula inútil, pues en esa época cada pontífice hacía lo que le daba la gana y podía anular cualquier bula o norma establecida por los papas anteriores. En su papado ayudó a los pobres y fue un funcionario político al servicio de Francia. Se dice que Inocencio XII fue el último papa barbudo, o sea el último que nunca se afeitó la barba.

Debió ser muy difícil la situación personal que le tocó enfrentar al sucesor del papa Inocencio XII. Su nombre era Giovanni Francesco Albani, de origen albanés y miembro de la aristocracia italiana, educado en escuelas y universidades exclusivas. Era abogado y había ocupado varios cargos en los Estados Eclesiásticos, pero conviene aclarar que en esa época, en Italia, ninguna persona podía ser exitosa si no se vinculaba con la Iglesia. Lo más seguro es que este abogado era sabedor de “la fábula de Jesucristo” y, consciente del fraudulento negocio eclesiástico prometiendo una gloria que Dios no había autorizado, él no quería participar en esa farsa.

Gran parte de su biografía indica que él era un hombre digno y quería estar marginado del manejo de los negocios religiosos, incluso, cuando el papa Inocencio XII lo nombró cardenal, un cargo que sin hacer mucho producía enormes ingresos económicos, él duró varios días rogándole que no le hiciera efectivo ese nombramiento. Pero, en el cónclave para elegir al sucesor del papa Inocencio XII, el ahora cardenal Albani fue elegido papa en tres ocasiones seguidas y, habiendo renunciado en las dos primeras, no le quedó otra alternativa que aceptar la tercera. Tomó el nombre de Clemente XI (1.700 a 1.721), y fue él un papa sabio y pacífico, a quien durante su largo papado le tocó manejar una serie de peleas internas eclesiásticas, entre militaristas jesuitas y otras facciones católicas, especialmente dominicos, y muchos incidentes entre católicos con religiosos chinos.

En la época del papa Clemente, ya la religión católica se había extendido por casi todo el mundo y estaba dividida en varias congregaciones, con normas diferentes entre sí. Y  mientras algunas facciones de la Iglesia querían enseñar la religión cristiana sin que fuera condición humana obligatoria y respetando las demás creencias y culturas; otras secciones eclesiásticas consideraban que la única religión verdadera era la cristiana y querían establecer que en todas partes fuera obligatoria esta fe religiosa, añadiendo la acusación de herejía a quien no se sometiera a sus reglas o no le pagara los diezmos a la Iglesia.

La mayor parte de su lapso, el papa Clemente XI, la dedicó a solucionar los líos internos de la Iglesia. Pero una persona con capacidad profunda de pensamiento, como con toda seguridad lo era el papa Clemente XI, no digiere fácilmente que una mujer le hubiera parido un hijo a Dios, cosa que en contrariedad personal tuvo él que predicar en su papado. –En la antigua Historia secreta de la Iglesia, este papa es el único que reconoce que “Dios es el creador del universo, pero jamás ha preñado a una mujer ni ha tenido hijo humano”-.

Poco después de la muerte del papa Clemente XI, por comodín político fue elegido papa el cardenal Michel Ángelo Conti, un veterano político y miembro de la alta aristocracia italiana. En homenaje a un papa pariente suyo tomó el nombre de Inocencio XIII (1.721 a 1.724), y en su papado tuvo líos políticos con el emperador del Sacro Imperio, Carlos VI, por asuntos territoriales. Y le tocó involucrarse en varios conflictos entre jesuitas y dominicos, favoreciendo a estos últimos en la suave aplicación de la religión católica en China. No murió tan rápido como esperaban sus electores.

En el año 1.724, tras la muerte del papa Inocencio XIII, el turno en la silla de san Pedro fue para el último papa de la familia Orsini. Su nombre era Pietro Francesco Orsini, quien a los nueve años de edad, por la muerte de su padre, había heredado ser patricio de Nápoles, duque de Gravina, conde de Muro, príncipe de Solafra y príncipe de Vallata. Cuando tenía 23 años había sido nombrado cardenal por el papa Clemente X, y se veía que tenía vocación religiosa. En esa época, muchos aseguraban que desde niño quería ser papa; al ser consagrado tomó el nombre de Benedicto XIV y poco después, cuando le informaron que se había saltado un número, lo cambió por Benedicto XIII (1.724 a 1.730), un nombre que ya había sido usado por el famoso ‘Papa luna’ o antipapa Benedicto XIII, entre los años 1.394 y 1.423.

El nuevo y eclesiásticamente reconocido papa Benedicto XIII fue un hombre austero, casi siempre cenaba con huevos que él mismo preparaba, cuya fórmula dio origen al plato llamado “huevos benedictinos”, que después se hizo popular en Europa. Era un hombre puritano, prohibió la lotería de Roma porque sospechaba que hacía trampas, luego eliminó casi todos los impuestos y se gastó todos los fondos de la Iglesia ayudando a los necesitados. Igual que a los papas anteriores, a este le tocó manejar los conflictos internos de la Iglesia, que tenía varias facciones irreconciliables entre ellas. El papa Benedicto fue contrario al movimiento religioso janjesiano, y al de los “Católicos viejos”, pero más que todo fue un papa religioso y austero que, por no saber mucho de historia, además de la equivocación del número, entre los santos que canonizó cometió el error de incluir al papa Gregorio VII, quien, como está escrito antes, fue el primer pontífice pretencioso y criminal que quiso convertirse en rey del mundo.

El sucesor del papa Benedicto XIII fue un miembro de la oligarquía italiana que, cuando joven, le había comprado a la Iglesia por 30.000 escudos el cargo de regente de la Cancillería Apostólica; y más tarde, por 80.000 escudos, el de Presidente de la Grascia, el organismo que fijaba los precios de las mercancías en los Estados de la Iglesia.

Conviene aclarar que la compra o venta de los cargos o puestos de la Iglesia, en esa época era tan normal como todos los demás negocios de asuntos religiosos eclesiásticos.

Con esas inversiones, el millonario Lorenzo Corsini, perteneciente a una de las familias de la vieja rosca del Vaticano, aumentó enormemente sus riquezas y luego se convirtió en tesorero y recaudador general de la Cámara Apostólica, a la vez que en comisario naval de los Estados de la Iglesia. Además, tenía otros cargos eclesiásticos que cada día le aumentaban sus riquezas, y al ser elegido papa, este funcionario oligarca tomó el nombre de Clemente XII (1.730 a 1.740). Recibió las finanzas de la Iglesia en total pobreza, debido a que su predecesor no solo había eliminado impuestos y regalado los fondos del Vaticano sino que había reducido los diezmos y, por tramposa, había prohibido la lotería de Roma, que no pagaba impuesto y le producía grandes utilidades al tesoro eclesiástico.

Como primeras medidas, para que la Iglesia funcionara como la empresa productora de riquezas que siempre había sido, el papa Clemente XII restituyó el cobro de todas las prebendas eclesiásticas y restauró la lotería de Roma. Por robo, abuso de confianza y falsedad en documentos eclesiásticos hizo encarcelar al obispo Niccolo Andrea Coscia, a quien lo degradó de todos sus títulos eclesiásticos, lo excomulgó y a favor de la Iglesia le extinguió sus propiedades.

 Debido a que había quedado ciego, al papa Clemente XII le tocó depender de su familia, en los asuntos de gobierno, resultando su papado lleno de nepotismo y corrupción y, aunque realizó algunas obras públicas y artísticas, dejó las arcas de la Iglesia tan pobres como las encontró. En asuntos religiosos estuvo en contra de los masones y de los jansenistas, y fue mucho más empresario que religioso.

En este tiempo, la Iglesia seguía siendo poderosa en cuanto a su religión pero había perdido bastante influencia en la política internacional. Sin embargo, esa pérdida resultó muy conveniente para disminuir la perversidad de los papas siguientes, y sin perjudicar las rentas, ya que la religión católica seguía siendo como una mina de oro, con su enorme maquinaria humana en expansión de crecimiento y producción, cuyas utilidades iban a dar los Estados Eclesiásticos, una nación que en la práctica era un imperio teocrático capitalista, de propiedad exclusiva de la rosca eclesiástica romana.

Desde mucho antes la Iglesia se había involucrado en negocios de educación, imitando a los musulmanes, sus enemigos supuestamente por asuntos religiosos, quienes desde el comienzo usaron el Corán para enseñarles a leer y someter de conciencia a los hijos de sus sometidos creyentes. Pero, debido a los buenos resultados del modo de enseñanza musulmán en el sometimiento de conciencia, la Iglesia había tomado ese asunto mucho más en grande que sus enemigos y había construido universidades y colegios en muchos lugares del mundo, siendo la enseñanza un núcleo empresarial capitalista que ya en esta época le estaba dando enormes utilidades sociales, económicas y políticas al Vaticano.

El sucesor del papa Clemente XII, tomó el nombre de  Benedicto XIV (1.740 a 1.758), siendo este un hombre culto y honesto, a quien le tocó luchar con numerosos problemas internos en la Iglesia y al interior de los Estados Eclesiásticos. Fue éste el primero y uno de los pocos papas que apoyó la sabiduría para todas las clases sociales humanas, y les dio acceso a los pobres en las diferentes academias educativas de la Iglesia.  Le levantó la prohibición al libro de Nicolás Copérnico, “De Revolutione” en el que éste aseguraba que el sistema solar era heliocéntrico, medida con la cual la Iglesia aceptó que estaba equivocada en este asunto y admitió esa teoría como cosa cierta. Eliminó el monopolio estatal eclesiástico en los laboratorios de medicina y logró que se fabricara la primera vacuna inmuno preventiva. Trabajador, bueno y sabio fue el papa Benedicto XIV; cuando él murió la humanidad rogó para que Dios al recibirlo a cambio diera otro siquiera con la mitad de sus virtudes.

En el año 1.758, en el cónclave para elegir al sucesor del papa Benedicto XIV, tras casi cuatro meses de deliberaciones, los cardenales no se podían poner de acuerdo en la elección del nuevo pontífice, porque el rey Luis XV de Francia había vetado la elección del cardenal Carlo Guidobono Cabalchini, el favorito del colegio cardenalicio. A ese inconveniente se agregaba el problema de que la facción de los jesuitas era rechazada en España, Francia y Portugal, países poderosos que no querían tener en sus territorios posesiones territoriales bajo el dominio directo de la Iglesia, por lo que de alguna manera los gobernantes de éstos querían influir en la elección del nuevo pontífice.

El influyente cardenal, Girotamo de Bardi, en protesta por las presiones políticas en la elección del papa, se retiró del cónclave, salida que facilitó la elección de Carlo Della Torre Rezznico, un cardenal y miembro de la monarquía veneciana que tomó el nombre de Clemente XIII (1.758 a 1.769). Este papa fue un político de fuerte carácter, pero bastante razonable en sus acciones; fue capaz de ceder territorios a Francia y a España para no tener que disolver la indeseable Compañía de los Jesuitas, a quienes ordenó el retiro de los países donde no era grata su estadía. España, Francia y Portugal, entre otros, exigieron y lograron el retiro de la Orden de los Jesuitas de sus territorios; ya era evidente que la dinastía monárquica de los Borbón no quería seguir siendo ordeñada por la Iglesia y, para debilitarla, estaba haciendo todo lo posible para eliminar la secta militarista jesuita y a la vez reducir las propiedades de tierra del Vaticano en sus reinos.

Poco antes de iniciarse este papado, el canónigo alemán Johann Nicolaus von Hontheim había fundado una congregación cristiana, conocida como Febronianismo, que exigía menos poder para el papa y más autoridad y poder para los obispos, cuyo argumento era que el modo religioso de Jesús no había sido un sistema monárquico. El papa Clemente condenó el febronianismo y trató de arreglar los conflictos internos de la Iglesia, pero, igual que los papas anteriores, fracasó en ese propósito.

El siguiente papa, antes de ser elegido para ocupar la silla de san Pedro, era jinete, músico, poeta y gran estudioso. Al consagrase tomó el nombre de Clemente XIV (1.769 a 1.774). Este papa, al contrario de su predecesor quien apoyó a esta orden religiosa, mediante el breve “Dominus ac Redemtor” disolvió La Compañía de los Jesuitas y, de premio, España y Francia le devolvieron los territorios que le habían tomado a su anterior. Pero fue envenenado, se rumoró, por jesuitas resentidos. En ese tiempo, la Orden de la Compañía de Jesús no fue eliminada en Rusia, y fue totalmente restablecida por la Iglesia en el año 1.814.

En esa época, la monarquía Borbón no estaba a gusto con la Iglesia católica porque consideraba de fraudulento el ‘impuesto del alma’ que el Vaticano le aplicaba a las cosechas de españoles y franceses, siendo entonces la Iglesia la mayor terrateniente de Francia. Y, aunque la Iglesia en todas partes aseguraba que las almas de sus sometidos obtendrían la Gloria Divina si cumplían con las exigencias eclesiásticas, todas las monarquías sabían que Dios no le había dado tal investidura a ningún ser humano y que la “fábula de Jesucristo” en realidad no era mas que una farsa romana sostenida con el sometimiento de conciencia de la muy numerosa población humana ingenua.

En este punto histórico, en el mundo la gente formalmente educada era escasa y la gran mayoría de la gente culta de Europa creía en la existencia de Dios, pero no creía que alguna religión o persona tuviera vinculación divina directa con Él, ni que alguien hubiera sido autorizado por el propio Dios para cobrar por la salvación divina del alma de los humanos como, descaradamente, lo hacía la Iglesia Católica con sus muy numerosas y diversas organizaciones eclesiásticas en todo el mundo. Pero nadie podía hacer nada en contra de los robos y abusos de la ‘Santa Iglesia’, porque la inmensa mayoría del pueblo raso era ignorante e ingenuo, y, mediante el adoctrinamiento eclesiástico, había sido sometido de conciencia y por eso respaldaba a la Iglesia y creía ciegamente en la divinidad del Cristo romano, razón por la que el papa, cuando le daba la gana, le podía provocar la desobediencia civil del pueblo a cualquier gobernante.

Poco después de la muerte del papa Clemente XIV fue elegido papa el cardenal y miembro de la nobleza italiana Giovanni Braschi, quien tomó el nombre de Pío VI (1.775 a 1.799) y quien fue el último papa que vivió en el Antiguo Régimen, ya que en su época empezó la Revolución Francesa y la situación de las monarquías civiles y la de la Iglesia cambiaron para siempre.

La situación política del Vaticano jamás había estado en las duras condiciones que existían al ser consagrado el papa Pío VI. Las dos Sicilias, bajo el mando de Bernardo Tanucci, le habían declarado rebeldía al Vaticano, se negaban a pagar el ‘impuesto del alma’ y estaban expropiando las tierras que habían sido de los jesuitas. Pero, como si este lío fuera pequeño, en Austria había un problema aún más grave para el monarca cristiano; José II de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano, había prohibido a los obispos austriacos solicitar permiso a Roma para tomar cualquier decisión eclesiástica y estaba eliminando los impuestos eclesiásticos y los monasterios. Con mucho temor, el papa Pío VI viajó a Viena con la intención de recuperarle esos ‘impuestos del alma’ a la Iglesia, pero lo único que consiguió del emperador fue la promesa de que el gobierno austriaco no violaría ningún dogma católico.

El 23 de diciembre de 1.783, el emperador José II de Habsburgo se apareció de repente en Roma, con el propósito de separar la Iglesia Germana de la Iglesia Romana, pero desistió de ese asunto al ser informado por el político español José Nicolás de Azara del problema social que se estaba viviendo en Francia. El político español le explicó al emperador que la gravedad de la situación en los reinados borbones era de tal magnitud, que la única forma de salvación que veía para las monarquías europeas era que, junto con el imperio eclesiástico, actuaran unidas en contra de los bien vistos movimientos democráticos, cosa que así se hizo y que en la práctica fue el comienzo de la asociación de las monarquías europeas con la monarquía eclesiástica romana, en contra del modo de gobiernos democráticos, acuerdos entre las monarquías y el Vaticano que aún siguen en pie. Y, a cambio de desistir de la intención separatista, el papa Pío VI le otorgó facultades al emperador del Sacro Imperio, para nombrar obispos en Milán y Mantua.

Poco antes del comienzo del lapso del papa Pío VI, debido a las revueltas populares en Francia, los Borbones se vieron obligados a hacer las paces con el Vaticano. Las dos monarquías, es decir, la monarquía borbona y la monarquía eclesiástica, cayeron en cuenta de que estaba en peligro la existencia misma del modo de gobierno monárquico, pero reaccionaron tarde, el borbón rey de Francia, Luís XVI, durante la Revolución Francesa fue ejecutado y los revolucionarios, además de que se tomaron el gobierno francés, le quitaron a la Iglesia los poderes que ejercía, le expropiaron todos los territorios y posesiones que tenía en la nación, a la vez que se emprendió una gran persecución a los miembros clericales.

El papa Pío VI se unió a la coalición europea de potencias conservadoras en contra de la Francia Revolucionaria, con lo que convirtió a los Estados Eclesiásticos en enemigos de Francia y a su persona en objetivo militar de las tropas francesas. El general Napoleón Bonaparte invadió a Italia y con la unión de revolucionarios italianos fue declarado el establecimiento de la Nación Romana con la anexión de gran parte de los territorios eclesiásticos. El papa Pío VI fue llevado a una prisión de Siena, luego a Florencia y, por último, en calidad de prisionero de Estado, fue deportado a Valence, sur de Francia, donde murió en agosto de 1.799 y su cuerpo permaneció sin ser sepultado hasta febrero del año siguiente, cuando sus restos fueron llevados al cementerio local.

En esta época, muchos franceses daban por hecho que Pío VI sería el último papa y le perdieron el miedo al Santo Oficio; en la novela Juliette o las prosperidades del vicio, del marqués de Sade, publicada en 1798 y cuya prohibición por el Santo Oficio resultó inútil, hay un segmento con una narrativa acerca del papa Pío VI, a quien desde el inicio de una orgía sexual la prostituta Juliette trata como ‘Braschi’, con un contenido de inmoralidades que pretende demostrar que el papa es tan perverso como ella. Pero, en sí, el contenido del libro es tan asqueroso que hasta el propio Napoleón lo consideró como ‘aberrante’. Una parte del comienzo del segmento mencionado dice así.

 

“¡Oh, Juliette! ―me dice Pío VI abrazándome― eres una criatura muy singular; tu fuerza me vence, seré tu esclavo; con la cabeza que me estás mostrando espero de ti los placeres más excitantes... No tengo más fe que tú en todas esas supercherías espirituales, ángel mío: pero conoces nuestra obligación de imponernos a los débiles.

Soy como el charlatán que distribuye sus drogas: es preciso que parezca que creo en ellas si quiero venderlas

-Eso me prueba que eres un zorro -digo interrumpiendo a Braschi- si fueses honrado, preferirías iluminar a los hombres que engañarlos; rasgarías el velo que cubre sus ojos, en lugar de hacerlo más opaco.

 -¡Pero me moriría de hambre!

-¿Y qué necesidad hay de que vivas? ¿Acaso es perentorio que estén en el error cincuenta millones de hombres sólo para que tú digieras?

-Sí, porque mi existencia lo es todo para mí, y porque esos cincuenta millones de hombres no me importan nada... porque la primera de las leyes de la naturaleza es la autoconservación... sin importar a expensas de quién.

-Te has desenmascarado, pontífice, es todo lo que yo quería. Démonos pues la mano, puesto que ambos somos iguales de bribones, y que en adelante no haya nada oculto entre nosotros.

De acuerdo ―dice el papa―, ahora ocupémonos sólo de los placeres……..”

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En el año 1.800, debido a la revolución que había en Roma, el cónclave para elegir al sucesor del papa Pío VI tuvo que reunirse en Venecia. Luego de pocas deliberaciones, con dos cardenales vetados por el emperador del Sacro Imperio, Francisco II, fue elegido papa el cardenal Barnaba Chiaramonti, hijo del conde Scipione Chiaramonti, quien tomó el nombre de Pío VII (1.800 a 1.823), y quien antes, siendo obispo de Imola, había sido favorable con el modo político de Napoleón Bonaparte, cuando éste había invadido el norte de Italia y había establecido la República de Cisalpina. Ahora, mediante un golpe de estado al Directorio Francés, Napoleón era Cónsul General de Francia y las persecuciones a la Iglesia se habían calmado un poco.  

Napoleón no era religioso, pero era consciente de que la religión católica estaba muy enraizada en la población francesa, por lo que consideró políticamente conveniente no pelear con el nuevo papa. El papa no era contrario a los principios democráticos de la Revolución Francesa, actitud que facilitó que al comienzo de este pontificado hubiera un buen entendimiento entre el Vaticano y este nuevo jefe de Europa Occidental. Y, en el año 1.801, Francia y la Santa Sede firmaron un concordato que le permitió al papa Pío VII un normal funcionamiento pontificio en Roma, prácticamente con el control papal de casi todo el antiguo territorio de los Estados Eclesiásticos.

En el año 1.804, el papa Pío VII fue a París con la intención de coronar al emperador Napoleón Bonaparte, pero fue desplantado por el muy cauteloso gobernante francés, quien no reconocía ninguna dignidad humana ni mucho menos divina en el monarca eclesiástico romano y se coronó él mismo, ya que consideraba que, de permitir que lo coronara el papa, sería considerado por la muy astuta Iglesia como emperador del ‘Sacro Imperio Francés’, título que estaba muy lejos de llenar las aspiraciones democráticas y revolucionarias de Napoleón.

Pío VII no creía que pudiera funcionar esa revolución democrática en manos de éste dictador que, además de gobernar la Iglesia Francesa, pretendía que el papa fuera un mandadero suyo. Pensó que sería un ‘Barbarroja’ moderno y decidió manejar las cosas napoleónicas con prudencia, pero las pretensiones del emperador cada vez chocaban más con la Iglesia y con sus monarquías aliadas; en asuntos bélicos el papa no aceptó aliar los Estados Eclesiásticos en el bloqueo marítimo continental que Napoleón, en forma obligatoria para todos los países europeos, pretendía aplicarle a Inglaterra. Napoleón, en respuesta a esa negativa del Vaticano, invadió los Estados Eclesiásticos, los anexó a Francia y puso prisionero al pontífice en Sanova. Poco después lo deportó a Francia y lo encarceló en Fontainebleau hasta 1.814 cuando quedó en libertad, poco antes de que Napoleón se viera obligado a abdicar, a causa de varias derrotas militares. Entonces, el papa Pío VII retornó a Roma y continuó con sus funciones papales, en medio de una gran anarquía que se había generado con la ocupación francesa. En ese año, este papa revivió a la muy polémica Compañía de Jesús, una orden religiosa que es sospechosa de ser la gestora del asesinato del presidente Kennedy, cuyas causas son explicadas más adelante.

Napoleón fue definitivamente derrotado por una coalición de las monarquías europeas, liderada por Inglaterra y, según rumores, murió envenenado por orden de la monarquía inglesa en la lejana isla africana de posesión británica Santa Elena, siendo éste el prisionero político más importante del mundo.

En el año 1.815 se efectuó un congreso en Viena, donde, todavía con bastante influencia política de las viejas monarquías, se reordenó la Europa post napoleónica, quedando allí ratificada la existencia de los Estados Eclesiásticos, con el papa como gobernante, y el Borbón ‘cristianísimo’ Luís XVIII como rey de Francia. Pero las fórmulas democráticas nacidas en la Revolución Francesa empezaron a establecerse en varios países del mundo, y aunque el papa Pío VII veía con buenos ojos ese modelo de gobierno, no se le midió a ratificarlo en los Estados Eclesiásticos sino que prefirió abolir las libertades que habían sido establecidas en sus territorios durante la ocupación francesa.

En enero de 1.816, el papa Pío VII emitió la encíclica Etsi Longissimo Terrarum dirigida a los eclesiásticos de América. Y en una parte de cuyo contenido les decía:

“…. para redimir al género humano de la tiranía de los demonios quiso anunciarla a los hombres por medio de Sus ángeles, hemos creído propio de las Apostólicas funciones que, aunque sin merecerlo, Nos competen, el excitaros más con esta carta a no estimar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países.  

Fácilmente lograréis tan santo objetivo si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos perjuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de Nuestro queridísimo Hijo en Jesucristo, Fernando, Vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos….”.[]

Pero ni el papa Pío VII ni el rey ‘católico’ español pudieron evitar que Simón Bolívar, en contra de España, siguiera el ejemplo libertador del general George Washington, quien ya había liberado a los Estados Unidos del yugo inglés y en esa nación había establecido la mayor democracia del mundo.

Cuando la silla de san Pedro quedó vacante, el papa sucesor de Pío VII fue elegido con la fórmula de comodín, debido a varias circunstancias políticas infiltradas en ese cónclave. El elegido fue el cardenal Annibale Sermattei quien tomó el nombre de León XII (1.823 a 1.829), y su salud estaba en tan malas condiciones que cuando supo de su elección él mismo dijo que habían elegido papa a un hombre muerto. Pero, contrario a lo que ocurrió en las épocas en que los pontífices jóvenes morían de repente, este papa enfermo se recuperó y duró mucho más de lo presupuestado en el cónclave, cosa que no debió preocupar a los electores porque en esta época ningún cardenal quería ser papa. Este hombre era hijo de un conde y siendo obispo había sido acusado de desorden económico y de llevar una vida desordenada, pero eso eran cosas del pasado; ahora su problema era que el pueblo de los Estados Eclesiásticos no quería tener gobierno religioso. Esa resistencia popular más que todo se debía a que en la Iglesia había muchos conflictos internos, surgidos por las diferentes creencias religiosas entre sus cada vez más numerosas divisiones, pleitos que le impedían a los Estados Eclesiásticos el anhelado desarrollo industrial que se estaba dando en el resto de Europa, y que mientras estas congregaciones peleaban por reglas religiosas, la población rasa del Vaticano estaba casi en la miseria y sin poder impedir que los impuestos y los fondos eclesiásticos siguieran siendo robados por los jerarcas de la Iglesia. Por presiones del pueblo, el papa León XII  tuvo que bajar los impuestos y el precio de la casi inexistente justicia.

En el año 1.825, luego de un jubileo con resultados mucho más pobres de lo esperado, el papa León XII, para conseguir fondos emitió la bula “Cheritate Christe”, donde extendía los beneficios espirituales a toda la humanidad y, tratando de aumentar el recaudo del ‘impuesto del alma’ en el exterior, recordaba la obligación universal de contribuir con la Santa Iglesia.

Este papa fue injusto con el pueblo y cruel con algunas divisiones de la Iglesia, entre estas las llamadas Sociedades Bíblicas. El día de su muerte, sus súbditos la celebraron con una gran fiesta y hubo mucho jolgorio popular en todo el Estado Eclesiástico.

Conviene aclarar que, como gobernantes, casi todos los pontífices fueron injustos y odiados por los pueblos que gobernaron pero, por estrategias económicas y políticas, los misioneros católicos, que antes de ser enviados al exterior eran cuidadosamente adoctrinados y adiestrados por la Iglesia, en sus prédicas les cambiaban la imagen de monarcas tiranos a los papas y a los extranjeros se los hacían parecer como verdaderos santos. Ese cambio de imagen, debido a la falta de medios de comunicaciones, en la antigüedad era fácil que funcionara y cuando hubo transmisiones por radio, la Iglesia las usó para beneficiar la figura del papa, tema que veremos más adelante.

El motivo por el que casi todos los papas fueron romanos o de los Estados Eclesiásticos se debió a asuntos económicos y políticos y no a que éstos fueran hombres religiosos. Eso ocurría porque para la monarquía eclesiástica romana, lo más importante siempre fueron los ingresos económicos y políticos que producía la Religión Católica, y la oligarquía romana todo el tiempo ha monopolizado el manejo de esos intereses y se ha considerado ama exclusiva de los beneficios que produce ‘La Fábula de Jesucristo’.

Como hemos visto, antiguamente el papa, además de ser Jeje de Estado de los Estados Eclesiásticos, heredaba la facultad de disponer de la enorme cantidad de riquezas que, con ninguna inversión, de todas partes le llegaba al Vaticano. En otras palabras: Para el papa y la monarquía eclesiástica romana, la religión católica era una mina que, a cambio de nada, además de un enorme poder político, les producía un sin número de prebendas internacionales y un gran chorro de riquezas. Entonces, por ser así las cosas, aunque un extranjero fuera tan religioso como se cree que fue Jesús, la monarquía eclesiástica no permitía que fuera elegido papa.

El siguiente papa tomó el nombre de Pío VIII (1.829 a 1830); antes, su nombre y grados eran cardenal y conde Francesco Castiglani, quien siendo obispo había sido perseguido por Napoleón Bonaparte, por ser contrario a sus libertades revolucionarias. Este papa, en su corto lapso, trató con dureza las divisiones de la Iglesia que tenían ideas religiosas liberales o fórmulas democráticas, normas que no eran admitidas por la Iglesia, y a otras, como el ‘carbonarismo’, porque las consideró revolucionarias.

En el año 1.830, pocos meses antes de su muerte, este papa sufrió el destrone de su gran aliado, el ultramonárquico rey Carlos X de Francia, a quien le tocó salir huyendo y murió en el exilio. Este monarca fue reemplazado por Luis Felipe I, un Borbón liberal y burgués que fue el último rey que tuvo Francia, nación que desde la abdicación de este rey se volvió democrática. 

De cualquier manera, para la monarquía eclesiástica, la Revolución Francesa fue como una epidemia de pensamientos en sus súbditos, ya que para la Iglesia, desde entonces, cada día era más difícil someter a la gente a sus injustas y arcaicas reglas y ya mucha gente no quería pagar los impuestos del alma. Pero, en realidad, lo que estaba surgiendo era el inicio de la disminución de poder de todas las monarquías del mundo, ya que después de la Revolución Francesa, en Europa nada pudo detener la caída política del poder monárquico de la Iglesia y el debilitamiento de las demás monarquías.

Desde entonces, en el exterior, la Santa Sede condenaba la esclavitud que ella misma había reglamentado y que en la práctica seguía aplicando en el Estado de la Iglesia, y, para beneficiar su farsa religiosa, a nivel mundial usaba sus incontables centros de educación tanto como negocio rentable como para adoctrinamiento y sometimiento de conciencia. Más tarde, tratando de recuperarse de los daños que le estaban causando los gobiernos democráticos, la Iglesia organizó sindicatos y partidos políticos cristianos en varios lugares del mundo, pero nunca pudo recuperar el poder político perdido.

A principios de diciembre de 1.830 se inició el cónclave para elegir al sucesor del papa Pío VIII, y por los cambios mundiales de la época se daba por hecho que el elegido sería el cardenal Giacomo Giustiniani, el más liberal de los cardenales de la Iglesia. Pero, poco después de iniciarse el concilio, el cardenal Juan Catalán, camarlengo y vicegobernador de Roma, presentó el veto de parte del rey Fernando VII de España, en contra de la elección del cardenal Giustiniani, a quien el monarca aliado de la Iglesia acusaba de ser responsable de varios hechos revolucionarios, sucedidos en España, diez años atrás. La monarquía eclesiástica necesitaba estar aliada con la monarquía Borbona y, por ese motivo, el democrático cardenal Giustiniani fue rechazado, y resultó elegido el monarquista cardenal Bartolomeo Cappellari, quien tomó el nombre de Gregorio XVI (1.831 a 1.846), y fue él un papa que por sus ideas conservadoras radicales tuvo fuertes conflictos con los impulsores de las ideas religiosas de Robert de Lamennais, un autodidacta religioso y revolucionario, partidario de la libertad religiosa y de la separación del manejo de la Iglesia al de gobernar el Estado del Vaticano. Los hechos históricos siguientes indican que el señor Lamennais era un adelantado a su época y dejan en entredicho las ideas religioso-gobiernistas del papa Gregorio XVI.

En lapso de este papa rompieron relaciones diplomáticas con la Santa Sede los monarcas de España, Portugal, Prusia y Rusia. El emperador Austrohúngaro Fernando I fue el único monarca de la vieja guardia que siguió siendo aliado de la Iglesia, pero vale aclarar que este monarca era de mentalidad escasa y, en forma personal, nunca ejerció el poder.

Debido a que en Europa ya no tenían buen espacio los ‘curas camorreros’, este papa hizo un gran despliegue de eclesiásticos a Sur América, una región enorme en la que la gran mayoría de la gente era analfabeta y presa fácil para el sometimiento de conciencia eclesiástico.  

Ya en ese tiempo en América no había monarquía, y las cosas en ese sentido estaban complicadas porque, en el año 1.832, James Monroe, presidente de los Estados Unidos, que ya era una potencia mundial que no le temía a ningún imperio, le hizo saber al mundo que de ahora en adelante América sería para los ciudadanos de América, y que Estados Unidos consideraría como acto de guerra cualquier intento extranjero de establecer colonia en cualquier lugar de este continente.

En sus funciones pontificias, a favor del papa Gregorio se reconoce su lucha en contra de la esclavitud, y uno de los detalles en su contra es el haber nombrado 75 cardenales, algunos mediante soborno.

El siguiente papa fue el cardenal Giovanni Mastai Ferretti, quien era hijo de un conde italiano y quien resultó elegido por votos de cardenales liberales que no pudieron elegir a su candidato, y porque llegó tarde el veto que le hizo Fernando I de Austria-Hungría, el emperador limitado mental que era aliado de la Iglesia. Y, por esos hechos inusitados, no hubo modo de evitar su consagración y vivió más que todos los cardenales que lo eligieron. Tomó el nombre de Pío IX (papa desde el 16 de junio de 1.846 hasta el 7 de febrero de 1.878), y hasta la fecha él ha sido el pontífice que más tiempo ha durado ocupando la silla de san Pedro.

Mastai Ferreti era un hombre culto y estudioso, en su largo papado decretó numerosas normas aprobando o condenando un sin número de creencias religiosas, y de diversos comportamientos humanos, sociales y políticos. Al inicio de sus funciones, su mayor problema era que la población de los Estados Eclesiásticos no quería soportar por mas tiempo el gobierno pontificio, porque casi todos sus habitantes estaban seguros de que el sistema de gobierno religioso, además de ser injusto con la población que gobernaba, impedía el progreso nacional.

En el lapso del papa Pío IX, el rey Víctor Manuel de Cerdeña, con la tolerancia de la población que los habitaba, ocupó casi todo el territorio de los Estados de la Iglesia y conformó el reino de Italia. El 20 de septiembre de 1.870, el ejército de Víctor Manuel se tomó Roma, el papa Pío IX huyó a Gaeta y desde entonces y para siempre la Iglesia dejó de ser un Estado terrestre y Religión Católica, o sea, dejó de ser el viejo y enorme imperio teocrático capitalista que tenía más de mil años de antigüedad, cuyas posesiones territoriales habían surgido gracias a Pipino el Breve, quedando ahora reducida a un Estado dentro de Roma y con un territorio que no alcanza a ser un kilómetro cuadrado.

Luego de quedar sin Estado, el papa Pío IX inició la aplicación de una política religiosa de diversas tendencias sociales, de las que algunas eran proselitismos defensores de los derechos de los trabajadores. Condenó con dureza la masonería e hizo una gran lista de enseñanzas prohibidas, o sea que entre otras cosas anatematizó el panteísmo, el naturalismo, el racionalismo, el indiferentismo, el latitudinarismo, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, las sociedades secretas, las sociedades bíblicas. En una de las tantas encíclicas que les envió a todos los obispos del mundo les decía:

“Las cuales opiniones, falsas y perversas, son tanto más abominables, cuanto miran principalmente a que sea impedida y removida aquella fuerza saludable que la Iglesia católica, por institución y mandamiento de su Divino Autor, debe ejercitar libremente hasta la consumación de los siglos, no menos sobre cada hombre en particular, que sobre las naciones, los pueblos y sus príncipes supremos; y por cuanto asimismo conspiran a que desaparezca aquella mutua sociedad y concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, que fue siempre fausta y saludable, tanto a la república cristiana como a la civil.” 

Algunas de las máximas o teorías condenadas como herejes o blasfemas por el papa Pío IX con su agrupación de encíclicas, titulada Quanta Cura, fueron las siguientes:

 

      De autorías del Panteísmo, Naturalismo y Racionalismo absoluto 

I No existe ningún Ser divino supremo, sapientísimo, providentísimo, distinto de este universo, y Dios no es más que la naturaleza misma de las cosas, sujeto por lo tanto a mudanzas, y Dios realmente se hace en el hombre y en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la misma idéntica sustancia que Dios; y Dios es una sola y misma cosa con el mundo, y de aquí que sean también una sola y misma cosa el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

II. Dios no ejerce ninguna manera de acción sobre los hombres ni sobre el mundo

III. La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de Dios; es la ley de sí misma, y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.

IV. Todas las verdades religiosas dimanan de la fuerza nativa de la razón humana; por donde la razón es la norma primera por medio de la cual puede y debe el hombre alcanzar todas las verdades, de cualquier especie que estas sean.

V. La revelación divina es imperfecta, y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana.

VI. La fe de Cristo se opone a la humana razón; y la revelación divina no solamente no aprovecha nada, sino que  además daña la perfección del hombre.

VII. Las profecías y los milagros expuestos y narrados en la Sagrada Escritura son ficciones poéticas, y los misterios de la fe cristiana resultado de investigaciones filosóficas; y en los libros del antiguo y del nuevo Testamento se encierran mitos; y el mismo Jesucristo es una invención de esta especie.

 

                       De autoría de Indiferentismo. Latitudinarismo

 

XV. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.

XVI. En el culto de cualquiera religión pueden los hombres hallar el camino de la salud eterna y conseguir la eterna salvación.

XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.

XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios.

 

     Denuncias como errores acerca de la Iglesia y sus derechos

 

XIX. La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.

XX. La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil.

XXI. La Iglesia carece de la potestad de definir dogmáticamente que la Religión de la Iglesia católica sea únicamente la verdadera Religión.

XXIII. Los Romanos Pontífices y los Concilios ecuménicos se salieron de los límites de su potestad, usurparon los derechos de los Príncipes, y aun erraron también en definir las cosas tocantes a la fe y a las costumbres.

XXIV. La Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta.

XXV. Fuera de la potestad inherente al Episcopado, hay otra temporal, concedida a los Obispos expresa o tácitamente por el poder civil, el cual puede por consiguiente revocarla cuando sea de su agrado.

XXVI. La Iglesia no tiene derecho nativo legítimo de adquirir y poseer bienes.

XXVII. Los sagrados ministros de la Iglesia y el Romano Pontífice deben ser enteramente excluidos de todo cuidado y dominio de cosas temporales

XXXVIII. La conducta excesivamente arbitraria de los Romanos Pontífices contribuyó a la división de la Iglesia en oriental y occidental.

 

 

Errores tocantes a la sociedad civil considerada en sí misma o en sus relaciones con la Iglesia

 

XL. La doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana. 

XLII. En caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil.

XLV. Todo el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud de algún estado cristiano, a excepción en algunos puntos de los seminarios episcopales, puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil; y de tal manera puede y debe ser de ella, que en ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros.

XLVII. La óptima constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares, concurridas de los niños de cualquiera clase del pueblo, y en general los institutos públicos, destinados a la enseñanza de las letras y a otros estudios superiores, y a la educación de la juventud, estén exentos de toda autoridad, acción moderadora e injerencia de la Iglesia, y que se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, al gusto de los gobernantes, y según la norma de las opiniones corrientes del siglo.

XLVIII. Los católicos solo pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud, que esté separada, disociada de la fe católica y de la potestad de la Iglesia, y mire solamente a la ciencia de las cosas naturales, y de un modo exclusivo, o por lo menos primario, los fines de la vida civil y terrena.

LIV. Los Reyes y los Príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, sino que también son superiores a la Iglesia en dirimir las cuestiones de jurisdicción.

LIX. No se deben de reconocer más fuerzas que las que están puestas en la materia, y toda disciplina y honestidad de costumbres debe colocarse en acumular y aumentar por cualquier medio las riquezas y en satisfacer las pasiones.

LXIII. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.

 

               Tenidos como errores en el matrimonio cristiano

 

LXV. No se puede de ninguna manera decir que Cristo haya elevado el matrimonio a la dignidad de sacramento. 

LXVI. El sacramento del matrimonio no es sino una cosa accesoria al contrato y separable de este, y el mismo sacramento consiste en la sola bendición nupcial.

LXVII. El vínculo del matrimonio no es indisoluble por derecho natural, y en varios casos puede sancionarse por la autoridad civil el divorcio propiamente dicho.

LXVIII. La Iglesia no tiene la potestad de introducir impedimentos dirimentes del matrimonio, sino a la autoridad civil compete esta facultad, por la cual deben ser quitados los impedimentos existente

LXIX. La Iglesia comenzó en los siglos posteriores a introducir los impedimentos dirimentes, no por derecho propio, sino usando el que había recibido de la potestad civil. 

LXXIII. Por virtud de contrato meramente civil puede tener lugar entre los cristianos el verdadero matrimonio; y es falso que el contrato de matrimonio entre los cristianos debe ser siempre con el sacramento, o que el contrato sea nulo si se excluye el sacramento.

 

            Errores acerca del principado civil del Romano Pontífice

 

LXXVI. La enajenación del Estado imperio, que la Sede Apostólica posee, ayudaría muchísimo a la libertad y a la prosperidad de la Iglesia.

 

                 Errores del liberalismo de nuestros días

 

LXXVII. En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos.

LXXVIII. De aquí que laudablemente sea establecido por la ley en los países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.   

LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.

LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

 

Ante las condenas hechas por el papa Pío IX, los masones decidieron realizar un anticoncilio internacional y elaboraron un libreto publicitario que entre otras cosas decía:

“El Anticoncilio quiere luz y verdad, quiere ciencia y razón, no fe ciega, no fanatismo, no dogmas, no hogueras. La infalibilidad papal es una herejía. La religión católica romana es una mentira; su reino es un delito.”

En el lapso del papa Pío IX ocurrió el famoso secuestro eclesiástico del niño Edgardo Mortara, hijo de padres judíos, un asunto difícil de que ocurra en el tiempo actual, y que si ocurriese ahora la humanidad no dudaría en acusar de secuestro a la Iglesia. Por orden eclesiástica, el niño Edgardo Mortara fue secuestrado por el Vaticano, porque sus padres eran judíos y, según la Iglesia, Edgardo había sido bautizado por la cuidadora del niño, una empleada doméstica cristiana que creyó que el niño se iba a morir y, sin autorización de los padres de Mortara, en el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu santo lo bautizó ella misma. Aunque después la Iglesia le hizo un gran lavado de cerebro a Mortara para que éste cuando se hiciera adulto rechazara a su familia y sirviera de testigo a favor del Vaticano, ese secuestro infame le ha impedido la canonización al ahora beato papa Pío IX.

En el año 1.870 se realizó el concilio Vaticano I, en el que entre otras cosas se decretó la infalibilidad del papa, o sea que quedó establecido que el papa es inmune a cometer el error de decretar o hacer cosas que conlleven fallas o pecados, norma que es sostenida con el argumento de que el pontífice está asistido por el espíritu santo.

El día que iban a sepultar al papa Pío IX, una manifestación pública del pueblo romano, según rumores atizada por masones, estuvo a punto de quitarle el cadáver del pontífice a la guardia vaticana, para tirarlo al río Tíber. El féretro se salvó de ser echado al río gracias a que la guardia era numerosa y porque rápidamente llevaron el ataúd a un lugar secreto y seguro.

El siguiente papa elegido tomó el nombre de León XIII (1.878 a 1.903), siendo antes un abogado conservador, cardenal y miembro antiguo de la monarquía eclesiástica romana. La Revolución Francesa y la liberación de América habían cambiado las reglas humanas del mundo, la Iglesia ya no era Estado religioso sino sólo una organización religiosa de la que su fe ya no era obligatoria, y de la que su monarquía estaba luchando para no perder las rentables prebendas ‘del alma’ que le quedaban de convenios internacionales hechos cuando el cristianismo era Estado y potencia política mundial.

Pero algunos de los nuevos gobiernos de América no querían ataduras religiosas; en el año 1.884 el presidente chileno, Domingo Santa María, aprobó las Leyes Laicas, con las que separó la Iglesia del Estado chileno, perdiendo la Iglesia el manejo de cementerios, registros de nacimiento, legalidad de matrimonios y casi todos los poderes públicos que tenía en Chile.

De esa circunstancia internacional nació el conservatismo cristiano, una nueva fórmula política de la Iglesia que en América condenaba la esclavitud, exigía trato digno y salarios justos a los trabajadores y apoyaba la creación de sindicatos de corte religioso; rechazaba el socialismo, desconfiaba de la democracia y no decía nada en contra de las injusticias que cometían las monarquía europeas en África.

A principios del año 1.891, el papa León XIII emitió la encíclica Rerum novarum, una guía eclesiástica populista que, entre otros eventos, con toda clase de patrañas, sobornos y ventajas para la Iglesia fue usada después para legitimar la dictadura del franquismo español.

Ya en esta época todos los monarcas eran instruidos, pero casi todos seguían siendo esclavistas y sanguinarios; ya sin la existencia de los Estados Eclesiásticos y esta vez sin participación de la Iglesia, tal como el papa Alejandro VI en el año 1.494 había repartido América entre España y Portugal; en el año 1.884, en una conferencia que convocaron Francia y el Reino Unido en Berlín con la intensión de hacerse a nuevos territorios, en unos alegatos de derechos monárquicos, el continente africano fue repartido entre alemanes, belgas, británicos, españoles, franceses, italianos, portugueses y anglo-egipcios. En la conferencia no hubo representante africano, y, tal como había hecho el papa Alejandro VI con ‘Las Indias’, además del territorio de África, el reparto incluyó sus habitantes y sus riquezas; el mal llamado Estado Libre del Congo, luego de ese acuerdo fue ratificado como propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica.

El papa León XIII era autoritario y, como casi todos los monarcas romanos, tenía complejos de divinidad. A sus visitantes les exigía permanecer de rodillas durante todo el tiempo que durara la audiencia; con tales fines decretó varias reglas humillantes de formalismo en el trato de particulares con el papa, permaneciendo la mayoría de esas normas hasta la llegada del papa Juan XXIII. Este pontífice fue un gran tratadista internacional que le dio gran importancia a la introducción de la Iglesia en la diplomacia mundial; durante sus 25 años de papado nombró 147 cardenales.

En el año 1.903, el cargo de papa no era apetecido por la oligarquía italiana. Tras la muerte del papa León XIII, el nuevo papa que eligió la monarquía eclesiástica era hijo de un cartero con una costurera, pero religiosamente bien educado, y al ser consagrado tomó el nombre de Pío X (1.903 a 1.914).

El otrora poderoso imperio de la Iglesia había sido ignorado en la repartición de África y en respuesta a la pérdida de poderes políticos del Vaticano, en el año 1.904, el papa Pío X prohibió los vetos a la elección papal, por parte de los Estados que por tratados antiguos gozaban de tal privilegio. Aunque no era abogado, fue él quien hizo organizar el derecho canónico que hasta entonces estaba en total desorden. Recibió la Santa Sede casi en quiebra y él fue un papa pobre, religioso y bondadoso, tal como se dice que fue Jesús y como debieron ser todos los papas de la Iglesia Cristiana.

El sucesor del papa Pío X tomó el nombre de Benedicto XV (1.914 a 1.922), y comenzó su pontificado cuando empezó la primera guerra mundial, cuya causa más que todo se debió a conflictos entre las monarquías europeas por desacuerdos en los manejos económicos y políticos del ya explicado reparto de África.

Este papa era un hombre muy bien ilustrado, estudioso y actualizado en los aconteceres de la época; en contra del deseo de las dos partes en guerra, sabiamente él mantuvo la neutralidad eclesiástica en el conflicto mundial. Durante y después de ese conflicto realizó numerosas campañas humanitarias y luego elaboró y propuso una fórmula para crear mecanismos internacionales que evitaran en el futuro la ocurrencia de conflictos de esa magnitud.

El papa Benedicto XV le dio gran importancia a las relaciones internacionales de la Santa Sede; desde entonces, la estrategia política del Vaticano ha sido, sin importar los costos, mantener la mejor imagen posible de la personalidad del pontífice. En su lapso se reestablecieron las relaciones diplomáticas con los países que la Santa Sede tenía interrumpidas y anuló la prohibición que tenían los italianos de participar en la política del Reino de Italia.

El sucesor del papa Benedicto XV también era un hombre ilustrado y actualizado en asuntos internacionales, pero con poca experiencia en manejo eclesiástico. Tomó el nombre de Pío XI (1.922 a 1.939), y en su pontificado fue firmado el Pacto de Letrán, que le dio vida formal a la actual Ciudad del Vaticano, como Estado libre dentro de la ciudad de Roma. Ese tratado fue suscrito entre la Santa Sede, representada por el cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado de la Santa Sede; y el reino de Italia, representado por Benito Mussolini, primer ministro del rey Víctor Manuel III de Italia.

En el año 1.931 nació Radio Vaticano, una emisora que transmitía las opiniones de la Iglesia a nivel mundial, en varios idiomas, y que fue un mecanismo de publicidad usado por la Santa Sede para perfeccionar la imagen de la Iglesia y convertirse en la potencia mundial diplomática que es actualmente. Según las frecuentes declaraciones radiales en ese sentido, la Iglesia era totalmente contraria a la esclavitud humana, pero nunca se recordaba por Radio Vaticano que la Iglesia había sido la autoridad que había legalizado y masificado la esclavitud humana, haciéndola hereditaria a perpetuidad, con las bulas Dum Diversas y Romanos Pontifex del papa Nicolás V (1.455).

Este papa fue un gran hacedor de santos y beatos, en su pontificado canonizó 33 santos, entre estos a san Roberto Belarmino, el cardenal inquisidor que condenó a los sabios Giordano y Galileo,  y gestionó alrededor de 500 beatificaciones.

Se rumoró que la muerte del papa Pío XI había sido por envenenamiento, según se dijo tramada por el entonces dictador fascista Benito Mussolini, debido a la mala publicidad que hacía el Vaticano del fascismo italiano y del nazismo alemán, y por haber publicado en contra de los asesinatos del nazismo, el 14 de marzo de 1.937, su encíclica Mit brennender Sorge (Con ardiente inquietud), un razonamiento político que hizo enojar a Hitler.

El siguiente papa tomó el nombre de Pío XII (1.939 a 1958) y fue pontífice durante todo el tiempo que duró la Segunda Guerra Mundial. Se dice que este papa les tenía pavor a los insectos y que era hipocondríaco. Su nombre era Giovanni Pacelli, miembro de una familia de gran trayectoria eclesiástica, y antes de ser papa había tenido vínculos con los nazis, tratados que han puesto en duda su neutralidad durante el conflicto mundial.

Se dice que el inspirador del exterminio judío fue Hitler pero, por las actividades que desarrolló en Alemania el cardenal Pacelli con el nazismo, muchos expertos en ese tema han creído que el exterminio judío fue el último intento de la Iglesia para hacerse dueña del Mundo, y que la intención de la Santa Sede era utilizar la Segunda Guerra Mundial para acabar con las religiones judía y musulmana, el comunismo, la masonería y todas las logias religiosas, y eliminar a los indios y a los negros instruidos de todo el planeta, como hizo en el siglo XVI con los sabios nativos de América, para dejar únicamente pueblos rasos y luego esclavizarlos en beneficio del nuevo Imperio Ario Romano soñado por Hitler y planeado por el Vaticano. Y lo que sí está claro a estas alturas de análisis del nazismo, es que Hitler no hubiera podido obtener el poder alemán sin el apoyo del Vaticano y que el papa Pío XII tenía el propósito de convertirse en emperador del Mundo cuando terminara esa guerra.

En este sentido vale señalar que, antes de la Segunda Guerra Mundial, el cardenal Pacelli y futuro papa Pío XII fue nuncio papal en Alemania por muchos años y siempre estuvo engranado con los movimientos políticos alemanes, con los cuales tenía diversas relaciones, entre estos, con el poderoso partido nazi Zentrum, inclusive, siendo un gran amigo de Ludvig Kaas, un sacerdote alemán que llegó a ser presidente de ese movimiento político, y que, a través de este religioso, Pacelli presionó al partido nazi para que negociara un concordato entre Hitler y la Santa Sede, tratado que fue realizado pero del que no se conocen los detalles. Sin embargo, se sabe que en éste se convino la confirmación del Kirchensteuer, un impuesto eclesiástico a la población alemana que ya existía, y que, por haber sido revalidado, fue cobrado durante toda la Segunda Guerra Mundial y aún está vigente. Además, se sabe que durante la guerra acordaron dejar a España como país neutral para usarlo de plataforma para el envío de invasores y espías nazis a Suramérica, igual que para la huida de criminales nazis disfrazados de religiosos cristianos o aparentando ser funcionarios de la Cruz Roja Internacional, y que también convinieron la neutralidad de Suiza, país que destinaron y usaron para depositar los tesoros y la gran cantidad de riquezas que, al estilo de las cruzadas cristianas, fueron robados o saqueados por los nazis en las naciones que ocuparon.

Cuando con el respaldo del partido Zentrum fue elegido canciller Heinrich Brüning, el nuncio Pacelli le insinuó a éste que le diera a Hitler un puesto en el gabinete, pedido al que Brüning se negó y razón por la que tanto el Vaticano como el presidente de ese partido le retiraron el apoyo y lo dejaron a merced de sus enemigos, abandono este del que surgió la oportunidad para que Hitler se convirtiera en canciller.

Por las declaraciones de Hitler no hay duda de que él fue adoctrinado por la Iglesia; en uno de sus tantos discursos antijudíos dijo: “No importa si el judío individual es decente o no. Posee ciertas características que le han sido dadas por la naturaleza y nunca podrá librarse de ellas. El judío es dañino para nosotros... Mis sentimientos como cristiano me inclinan a ser un luchador por mi Señor y Salvador. Me llevan a aquel hombre que, alguna vez solitario y con sólo unos pocos seguidores, reconoció a los judíos como lo que eran, y llamó a los hombres a pelear contra ellos... Como cristiano, le debo algo a mi propio pueblo”.

Hitler no negaba que era católico ni renunció a ser cristiano, y la Iglesia, a pesar de sus incontables delitos, jamás lo cuestionó ni mucho menos lo excomulgó, sino que, al contrario, el papa Pío XII, en diciembre de 1942, se negó a firmar una declaración de los Aliados que condenaba la exterminación de Judío. Y el famoso religioso y político nazis, Franz Michael von Papen, en una campaña de propaganda nazis dijo:

 “Nosotros, los católicos alemanes, apoyaremos con toda nuestra alma y plena convicción a Adolf Hitler y su gobierno (...) El catolicismo alemán tiene que participar activamente en la edificación del Tercer Reich.”

Pero, según los expertos en ese asunto, si en la Segunda Guerra Mundial hubieran funcionado las cosas como pretendía el Tercer Reich, el resultado no hubiera sido igual a lo que pensaba y quería Hitler, es decir, que él gobernaría el mundo desde Berlín, cuya ciudad se convertiría en la capital del planeta, sino que ahora en el mundo no habría mas religión que la cristiana y un solo partido político que muy seguramente sería una versión amoldada a un nacionalismo cristiano, y así el papa se hubiera convertido en el Jefe de los Estados del Mundo, claro está con Despacho en la Santa Sede, cosa que ya había intentado en su lapso (1.073 a 1.085) el papa Gregorio VII.

En el año 1.946, el papa Pío XII le ordenó a su nuncio en Francia que instruyera a los católicos a que no devolvieran los niños judíos que les habían confiado sus padres, si éstos habían sido bautizados. Esta situación se había generado porque numerosos judíos franceses alcanzaron a huir de este país, en condiciones precarias para escapar del exterminio nazi, confiándoles sus hijos a familias católicas francesas que eran amigas o de buena voluntad, y muchas de esas personas, con el fin de garantizar la seguridad de estos niños, procedieron a ocultar su origen étnico llegando incluso a bautizarlos como católicos, y, por haber finalizado la guerra, estos judíos estaban reclamando sus hijos.

Para fortunio de los judíos, el nuncio en Francia era Ángelo Roncalli, futuro papa Juan XXIII, quien orientándose por la lógica humana de: ¡El amor está por sobre todo! y no por la idea eclesiástica de que no “hay salvación fuera de la fe católica” desobedeció la instrucción papal y permitió que todos los niños judíos salvados de los nazis, bautizados o no, pudieran volver a sus hogares familiares. Por este hecho, para gran parte de la humanidad resultó desconcertante que se hubiera abierto el proceso de canonización de Pío XII, quien es considerado como el último “Papa-Rey” medieval de la Iglesia.

Después que terminó la segunda guerra mundial, el papa Pío XII participó directamente en política apoyando al partido Democracia Cristiana y excomulgando a los católicos comunistas. En el año 1.955, por arrestar jefes religiosos y expropiarle propiedades a la Iglesia en Argentina, el papa Pío XII excomulgó a Domingo Perón, presidente de esa nación. Y, por conveniencias del Vaticano, hasta su muerte este papa apoyó el sistema de gobierno estadounidense y fue contrario al comunismo ruso. El 12 de enero de 1.953 ascendió a cardenal a Crisanto Luque Sánchez, el primer colombiano en ser cardenal.

El sucesor del papa Pío XII fue Ángelo Roncalli, un cardenal religioso que fue elegido a modo de transición y que tomó el nombre de Juan XXIII (1.958 a 1.963). Este papa resultó ser uno de los pontífices más queridos por la humanidad; en esa época las monarquías civiles ya habían perdido gran parte del poder político mundial, pero ese no era el caso de la monarquía eclesiástica, en cuanto al manejo del cristianismo, que había usado una bien elaborada estrategia diplomática y de publicidad escrita en diversos libretos y por Radio Vaticano, para evitar que la humanidad supiera el historial criminal de la Iglesia, así como impedir que se informara de las eternas perversidades de la monarquía eclesiástica romana, modelo publicitario que benefició a Juan XXIII.

Desde la época del papa Pío IX había sido erradicado el nombramiento de cardenales sin ninguna preparación política y/o religiosa. Ahora la monarquía de la Iglesia estaba conformada por personajes muy bien instruidos en asuntos internacionales, quienes habían logrado ocultar la horrenda historia criminal eclesiástica, pero la Iglesia seguía siendo injusta con sus trabajadores, con sueldos casi de miseria. Además, era sectaria y racista en el nombramiento de cardenales; el papa Juan XXIII, con gran despliegue publicitario por Radio Vaticano, les igualó los derechos y condiciones de trabajo a los empleados del Vaticano, con las que tenían los trabajadores de los gobiernos europeos, y fue él el primer papa que nombró cardenales africanos e indios.

El 3 de enero de 1.962, por no pagarle los impuestos del alma al Vaticano y perseguir a los ‘curas camorreros’, el papa Juan XXIII excomulgó al dictador cubano Fidel Castro, y poco antes de morir presidió la primera fase del Concilio Vaticano II, convocado por él al iniciar su mandato, cuyo propósito era renovar la Iglesia para que engranara con la religiosidad internacional de los tiempos modernos, habiendo invitado a observadores de todas las religiones del mundo, algo nunca visto en un concilio religioso.

A partir del año 1959, la Santa Sede empezó a trasladar a Estados Unidos una parte del oro que habían depositado los nazis en Suiza y, cuando empezó la Guerra Fría, empezó a llegar a esta nación un numeroso grupo de extranjeros eclesiásticos que ingresó en las mejores universidades del país, quienes al cabo de un año eran nacionalizados como ciudadanos estadounidenses.

El 22 de noviembre de 1.963 fue asesinado John F Kennedy, presidente de los Estados Unidos, y según numerosas personas que investigaron o escribieron acerca de ese magnicidio, el autor intelectual de ese asesinato fue el Vaticano.

Los registro históricos de dichos investigadores pueden resumirse en que la Iglesia, liderada entonces en Estados Unidos por el cardenal jesuita Francis Spellman y con la alianza entre la Compañía de Jesús con el Opus Dei, planeó y ejecutó el asesinato de Kennedy porque el mandatario gringo había tomado dos decisiones que perjudicaban a la Santa Sede, tanto en lo económico como en el adoctrinamiento religioso.

Una de esas decisiones era el retiro de las tropas americanas de la guerra de Vietnam, cosa que no le convenía al Vaticano porque la Iglesia estaba aprovechando ese conflicto para convertir a Asía en región cristiana; y la otra decisión perjudicial para la Santa Sede tenía que ver con la orden del presidente de Estados Unidos, de eliminar el manejo mafioso que en provecho eclesiástico le estaban dando los jesuita a las Reservas Federales.

Según los registros de numerosos investigadores, antes de Kennedy ser presidente, gran parte del oro depositado en Suiza durante la Segunda Guerra Mundial fue trasladado por la Iglesia a los Estados Unidos para ser usado por los jesuitas como respaldo de las emisiones del dinero americano, y así dicho tesoro, sin hacer nada, le producía enormes intereses a la Iglesia, entidad que además estaba usando las Reservas Federales para blanquear las enormes utilidades económicas que recibía el Vaticano del narcotráfico asiático, detalles que después de la muerte del presidente gringo dieron, entre otros, los investigadores y escritores Avro Manhattan, Rober Morrow y el coronel estadounidense James Gritz, concluyendo que por haber tomado las decisiones de retirar las tropas de Vietnam y eliminar el manejo mafioso en las Reservas Federales, el Vaticano asesinó al presidente Kennedy.

 El sucesor del papa Juan XXIII había sido un experto y veterano diplomático de la Iglesia, quien al ser entronizado tomó el nombre de Pablo VI (1.963 a 1.978), y quien poco después de ser consagrado presidió el exitoso Concilio Vaticano II, convocado por su predecesor. Fue él un papa viajero y gran reformador de la Iglesia, en cuyo lapso internacionalizó el Sacro Colegio Cardenalicio, redujo el enorme dominio italiano en las estructuras de la Iglesia y aumentó el poder de los jesuitas al interior del gobierno de los Estados Unidos, detalle este último que ha sido considerado como un refuerzo para sellar la impunidad en el asesinato del presidente Kennedy.

El papa Pablo VI creó un título cardenalicio a nombre de san Francisco Rómulo Belarmino, el cardenal inquisidor y exterminador de sabios y 'herejes' de la época de Galileo, cátedra de la cual es director Jorge Mario Bergoglio, un cardenal jesuita, nacido en Argentina pero hijo de italianos que era uno de los cardenales favoritos en la elección del sucesor del papa Juan Pablo II.

Tras la muerte del papa Pablo VI, fue elegido papa el cardenal Albino Luciani Tancon, quien tomó el nombre de Juan Pablo I (26 de agosto a 28 de septiembre de 1.978), y quien murió un mes después, envenenado, según varias investigaciones posteriores, aunque la Iglesia informó que su muerte había sido por infarto. Sin embargo, se han descubierto varias maniobras sospechosas que indican, según el escritor y religioso Jesús López Sáez, que Juan Pablo I fue envenenado con una fuerte dosis de vasolidator, porque estaba a punto de descubrir una “auténtica cueva de ladrones” y fraudes bancarios en el Vaticano.

Hasta el presente no se sabe con certeza quién asesinó al papa Juan Pablo I; el primer sospechoso fue el obispo americano Paúl Marcinkus, apodado ‘el gorila Marcinkus’, director del Instituto para las Obras Religiosas y presidente del Banco del Vaticano, en tal caso con la colaboración del cardenal Villot, secretario de Estado del Vaticano que iba a ser relevado. Pero la mafia eclesiástica dijo que fue un asesinato orquestado por la Logia Masónica P2, aliada con algunos miembros de la Curia del Vaticano. López Sáez asegura que el papa no murió en su cama, como informó la Iglesia, sino en su escritorio y que a su lado fue encontrado el organigrama de un gran remezón que próximamente iba a realizar el pontífice en la Curia y en la Iglesia Italiana.

Hay versiones que aseguran que gran parte del grupo de cardenales neoliberales que eligió papa al cardenal polaco Karol Józef Wojtyla estuvo involucrado en el asesinato del papa Juan Pablo I, pero lo cierto es que fue un asesinato hecho por criminales profesionales y, al alcance del público, no existen pruebas en tal sentido. Y también es cierto que la elección del sucesor de Juan Pablo I fue una elección novedosa; desde Adriano VI (1.522 a 1.523), fue este el primer papa no italiano, y al ser consagrado tomó el nombre de Juan Pablo II (1.978 a 2.005), siendo él un hombre que había sufrido las crueldades de la segunda guerra mundial y, en cuanto a lo político, fue un papa pacifista. Pero en su contra está el hecho de haber protegido a un gran número de funcionarios eclesiásticos criminales, inclusive, hasta en el propio Vaticano, como ocurrió con el cura asesino, pedófilo y adicto a las drogas Marcial Maciel, que en esa época era un gran productor de riquezas para la Iglesia, con su organización perversa Legión de Cristo.

El papa Juan Pablo II fue un gran aliado y protector de este delincuente full delitos y no le dio importancia a ninguna de las casi mil denuncias que religiosos y numerosas personas violadas o víctimas de Maciel hicieron en su contra, demandas que, aunque estaban en su despacho, jamás tuvo en cuenta este carismático pontífice. Y, en todo el mundo, con traslados y diversas patrañas protegió a un gran número de eclesiásticos pedófilos o delincuentes.

En junio del año 1.983 fue secuestrada en el Vaticano Emanuela Orlandi, de 15 años de edad, secuestro que fue acallado por este papa y que, según investigaciones recientes, fue ejecutado por gente del Vaticano. Según el cura Gabriele Armoth, luego de ser secuestrada, Emanuela fue hecha esclava sexual en la Santa Sede y tras hacer con ella toda clase de orgías sexuales, fue asesinada y enterrada al interior del Vaticano. Nadie ha asegurado que el papa hubiera participado en este crimen pero, por haber ocurrido los hechos dentro de la Santa Sede y él no haber ordenado una investigación rigurosa, es obvio que debió ser cómplice.

El jefe de la banda mafiosa ‘Mogliana’, Enrico de Pedis, alias ‘Renatino’, quien era el mafioso y criminal más temible de Italia, fue asesinado en el año 1.990. Este sujeto era amigo del papa Juan Pablo II, y luego de ser asesinado, mediante el pago de alrededor de trecientos mil euros, con el visto bueno del pontífice fue sepultado al lado de varios papas, en la Basílica de san Apolinar, un lugar que hasta entonces era exclusivo para descanso eterno de la monarquía eclesiástica.

Pero la mayor obra criminal de este papa fue la aprobación como ‘Prelatura personal’ al Opus Dei, entidad que desde entonces se convirtió en la organización criminal más oscura del mundo, o sea que organizó a esa entidad en una secta que es el equivalente a un cartel de multimillonarios, dictadores y mafiosos, cuyos miembros son dirigidos y protegidos por el Vaticano.

Es poco lo que se sabe del engranaje interno del Opus Dei, muchos dicen que maneja la mafia eclesiástica mundial, inclusive, se cree que el Grupo Bilderberg hace pare de su dirigencia, y cabe añadir que la permisidad de Juan Pablo II en los hechos corruptos que se suscitaron en esa época, apunta a que él fue cómplice del manejo mafioso del sistema bancario de la Iglesia.

En su largo periodo nombró 232 cardenales y hasta la fecha él ha sido el papa más viajero. En la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1.981, el papa Juan Pablo II sufrió un atentado a balazos de parte del terrorista Mehmet Ali Agca, resultando afectada su salud por el resto de su vida.

Hasta el presente ha sido Juan Pablo II el único papa que públicamente ha pedido perdón por los errores de la Iglesia, entre estos el cometido contra el astrónomo Galileo Galilei, a quien la Inquisición quiso obligar a que se retractara de su respaldo a la teoría heliocéntrica del sistema solar y por negarse lo condenó a morir encarcelado.

 Este papa excomulgó al obispo francés, Marcel Lefebvre, por haber ordenado cuatro obispos y, hasta el presente, esa es la última excomunión famosa de la Santa Iglesia. Juan Pablo II fue uno de los papas más hipócritas, pero, por su gran carisma, murió como un ídolo de la humanidad, a los 84 años de edad.

El sucesor del papa Juan Pablo II tomó el nombre de Benedicto XVI, y desde el año 2.005 es el actual monarca de la Iglesia. Hay indicios de que hubo soborno en la elección de este papa, inclusive, un cardenal que estuvo en ese concilio y que no votó por él para pontífice le dijo al periódico O Globo de Brasil que el actual papa no había sido elegido por inspiración del espíritu santo sino por el millón de dólares de soborno que el Opus Dei le había pagado a cada uno de los cardenales que votaron por el cardenal Ratzinger. Como es obvio, el papa Benedicto XVI hace parte del grupo todopoderoso que dirige la Prelatura del Opus Dei. Y su más fuerte rival fue el cardenal jesuita Jorge Mario Bergoglio, un argentino hijo de italianos, que, según rumores, el Vaticano desea convertir en el primer pontífice americano.

Luego de visitar varios países africanos, Benedicto XVI fue duramente cuestionado por haberse opuesto al uso del preservativo sexual en África, el continente más afectado por el sida, y algunos expertos aseguran que si se cumpliera ese deseo del papa, el resultado sería el contagio de sida a casi toda la población africana, con rápida extendida al resto del mundo. No hay prueba de que la intención del papa sea la eliminación de la población africana, pero ese sería el resultado si se cumpliera su deseo en cuanto al no uso del preservativo.

En cuanto al antiguo Imperio Eclesiástico, en la actualidad Argentina es el único país de América continental que no tiene gobierno laico, claro está sin incluir Guyana y Surinam, que son los únicos países americanos musulmanes. Y al menos 35 naciones europeas, que estuvieron obligadas a ser Estados cristianos, hoy en día tienen gobiernos laicos. Sin embargo, debido al enorme poder económico del Vaticano, en ningún país del antiguo imperio de fe cristiana se le ha podido quitar a la Iglesia el monopolio de adoctrinamiento cristiano en la educación académica, o sea que los gobiernos en el antiguo imperio cristiano son laicos, pero la educación es obligadamente cristiana, y de ese modo la Santa Sede sigue sometiendo de conciencia a la gente del área que perdió cuando surgió la democracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                   LA RELIGIÓN MUSULMANA

 

 

 

Para saber cómo empezó la religión musulmana, ahora volvamos a los años seiscientos de nuestra era, la época en que nació esta organización religiosa. Ya vimos el poder que tenía la religión cristiana en esa época y su permanente crecimiento; ahora veamos donde y cómo empieza el asunto musulmán; quiénes son los protagonistas, qué hacen, y cómo se comportan entre ellos.

Desde el año 500, el papa Símaco (498 a 514), había normalizado que la Iglesia tuviera propiedades, llamándolas “beneficios estables a usufructo de los clérigos”, con lo cual, mediante un sistema que forzaba el rápido crecimiento de contribuyentes en el mundo, la organización católica le generaba muchísima riqueza y creciente poder político a la oligarquía romana, es decir, la rosca eclesiástica que desde mucho antes la controlaba y que la mantenía unida con sus bien manejadas estrategias religiosas.

El antes poderoso Imperio Romano poco a poco se había desmoronado, y en el año 476, su parte sobreviviente pasó a ser el inestable Imperio Bizantino, con gobiernos y fronteras que cambiaban con frecuencia. Por el contrario, en Roma, el cada vez más poderoso catolicismo seguía unido y en Europa cada día era más difícil que un gobierno, ya fuera de un Estado lejano, ciudad o territorio, sobreviviera sin ser dominado por el papa o sin su alianza.

Mediante dos requisitos, la oligarquía romana se aseguró el control de nombramiento de papas. Esos requisitos eran: Que el elegido fuera un obispo romano nombrado por ellos; y que el obispo ejerciera en Roma. O sea que ningún religioso que estuviera ejerciendo sus funciones religiosas fuera de Roma podía ser candidato a papa; y, por regla, era obligatorio que el elegido a pontífice fuera un ciudadano romano.

Conviene aclarar que desde que la religión católica se convirtió en religión oficial del imperio romano, el puesto de papa o jefe del cristianismo dejó de ser ejercido por los pobres y perseguidos religiosos de la plebe y pasó a ser ocupado por miembros o funcionarios de la monarquía romana que por lo general no tenían ninguna devoción por la religión que representaban. El hecho de convertir el cristianismo en religión del imperio romano fue un acto de estrategia político social que, como era de esperarse, devoró la necesidad de fe religiosa como guía fundamental en sus directivos y la reemplazó por actitud de función político económica. Y la endiosada de Jesús fue una estrategia política de la monarquía romana para usar al Cristo romano de escudo divino para convertirse ellos en jefes de las demás monarquías del mundo.

Desde el comienzo, el resultado de esa estrategia religiosa fue tan bueno que, como en todos los negocios que resultan demasiado rentables, fue imposible evitar el surgimiento de la competencia. Y esa competencia nació en Arabia, un lugar lejano de Roma que no les interesaba a los romanos, por ser desértico, pobre y poblado por tribus de beduinos analfabetas y guerreros.

El comienzo de la historia del Islam o religión musulmana tiene varios ingredientes de los comienzos de las religiones judía y cristiana. El protagonista de este asunto se llamaba I-Qasim Muhammad, más conocido en español como Mahoma, quien nació en La Meca en el año 570 y murió en Medina en el 632. Estos dos lugares están ubicados en Arabia, que en esa época no era una nación sino una región habitada por numerosas tribus, unas nómadas y otras sedentarias, todas independientes entre si.

El conjunto de los hechos que componen la historia de Mahoma es llamado “Hadices” por los musulmanes. Según esos relatos, Mahoma nació huérfano de padre y siendo niño fue dejado al cuidado de mujeres beduinas que, tradicionalmente en ese territorio, eran las encargadas de cuidar y educar a los niños. Uno de esos hadices dice que siendo niño Mahoma, una tarde estando él jugando en el desierto con varios niños, de repente descendió el ángel Gabriel, le abrió el pecho, le sacó el corazón y le extrajo un coágulo negro y dijo: “Esta era la parte por donde Satán podría seducirte”. Y el relato añade que el ángel después lavó el corazón con agua Zam Zam, en un recipiente de oro, y luego se lo colocó en su sitio. Además explica que los niños compañeros de Mahoma corrieron a la tienda donde vivían y avisaron que éste había sido asesinado, y que enseguida las mujeres beduinas acudieron al lugar y lo encontraron sano y tranquilo. -En este caso conviene aclarar que en la antigüedad se creía que la gente tenía el espíritu en el corazón, y por eso debió ser que los autores de este cuento inventaron así esta farsa-.

Según los hadices, por ese hecho Mahoma fue devuelto a su madre y más tarde quedó al cuidado de su tío Abu Talib, jefe de la tribu más poderosa de La Meca y padre del futuro califa Alí.

Analizando esos escritos, se puede concluir que Mahoma andando con su tío adquirió experiencia de guerrero y conocimientos de comerciante y de caravanero del desierto. A la edad de 25 años Mahoma trabajaba para una viuda rica, llamada Jadiya, con quien se casó después y tuvieron seis hijos, dos varones y cuatro hembras, y Mahoma se convirtió en un rico comerciante. Los dos hijos varones murieron pequeños; las hijas habidas con Jadiya fueron llamadas Fátima, Rugayyah, Umm Kulsum y Zainab.

Según datos históricos, Jadiya, la millonaria esposa de Mahoma fue su primera creyente y lo patrocinó para que con ella y con su tío Abu Talib fundaran en sociedad la religión musulmana. Y, gracias al dinero de Jadiya que les donaba su esposo a los pobres, los creyentes musulmanes crecieron como espuma y, rápidamente, el desde entonces profeta Mahoma organizó un poderoso ejército con el que sometía y obligaba a los pueblos vencidos a creer en las reglas o leyes que, supuestamente, por orden de Alá (Dios), le daba a él el ángel Gabriel.

Mahoma era analfabeta, los musulmanes dan por hecho que los hadices y todas las reglas del Islam fueron dadas al luego profeta Mahoma por el ángel Gabriel y que él, para que las memorizaran, se las encomendó a unas personas denominadas como “hafiz”, quienes, según los musulmanes, para no olvidar ni cambiar nada de lo dicho por el ángel al profeta Mahoma, repetían esos datos varias veces durante todos los días de sus vidas.

Según la creencia de los musulmanes, con la recopilación de esos hadices, muchos años después de muertos los hafiz o memoriadores que los recibieron de Mahoma, pero sin que estos sufrieran ningún cambio de fondo ni de forma, fue armado y escrito el Corán, que en la práctica es una constitución religiosa y que además puede considerarse como el reemplazo de la Biblia de los católicos o de la Torá de los judíos.

Un hadice o relato del Corán cuenta que después de tener seis hijos con Jadiya, su primera esposa, ya siendo Mahoma un rico comerciante y poderoso líder de los qurayshi, la tribu más poderosa de La Meca, el futuro profeta tomó por costumbre irse todas las noches a una cueva a meditar, y que estando en esas meditaciones le contó a su esposa que el ángel Gabriel se le había aparecido en la cueva, anunciándole que había sido elegido por Dios como el último de los profetas para que predicara el monoteísmo religioso, y anunciara El Día del Juicio Final.

Según el relato, su esposa Jadiya lo apoyó y lo animó en ese asunto y fue ella la primera persona que se convirtió en musulmana, y desde entonces Mahoma se dedicó de lleno a predicar las normas religiosas que, aseguraba él, le daba directamente el ángel Gabriel. Mahoma, con la riqueza de su esposa ayudaba a la gente y muy pronto sus seguidores crecieron en tal número que despertaron la desconfianza de las tribus locales, que se beneficiaban con la llegada de peregrinos a la Kaaba, un recinto considerado sagrado por los ídolos árabes y que era el principal punto religioso de La Meca.

Es de señalar que el monoteísmo religioso que predicaba Mahoma perjudicaba a todas las tribus, incluida la suya, ya que el paganismo religioso de peregrinos era la mayor fuente de riqueza que recibía La Meca, y al eliminar el paganismo se acababa lo que más producía riqueza para todos. Pero el profeta, con muchos gastos, se dedicó de lleno a ese asunto y en ese momento nadie descubrió el verdadero propósito de la nueva fe religiosa que predicaba Mahoma.

Igual a lo que ya había ocurrido con el cristianismo, en poco tiempo el Islam, imitando con sus intimidaciones a la Iglesia Romana, también se convirtió en una organización religiosa que, además de riqueza, le dio un poder político enorme su fundador, quien hasta entonces había vivido holgadamente de la riqueza de su esposa Jadiya y quizá por eso durante los 24 años que estuvo casado con ella no tuvo mas esposa ni romance conocido, aunque las cosas sentimentales de Mahoma cambiaron en el año 619 cuando, de repente, murieron Jadiya y el tío y socio del profeta, quedando el Islam, que ya era una gran organización religiosa, guerrera y productora de riqueza, bajo el control absoluto de Mahoma.

Los musulmanes definen la época de la muerte de Jadiya como 'El año de los dolores', y suelen exagerar la tristeza que sintió Mahoma ese año cuando murieron su esposa y su tío Abu Talib, pero, según registros históricos, poco después de esos sucesos el profeta se casó dos veces y la segunda vez fue con una niña, de nombre Aisha, que solo tenía 9 años; y en los 13 años que vivió después de la muerte de su esposa Jadiya, el profeta contrajo matrimonio alrededor de 30 veces, aunque de sus esposas sólo es conocido el nombre de poco mas de una docena.

En el año 620 Mahoma y sus seguidores fueron perseguidos en La Meca y tuvieron que irse para Jerusalén, en cuyo viaje, aseguran los escritos sagrados musulmanes, una noche el profeta ascendió a los siete cielos e hizo contactos con los profetas Abraham, Jesucristo, Moisés y otros que lo precedieron. -Es de notar que los musulmanes a Jesús no lo consideran hijo de Dios sino un profeta, sin ninguna divinidad, y que lo de los siete cielos se debe a que esta farsa fue inventada cuando todavía la humanidad creía en la existencia de cielos planos, por arriba de la tierra, con supuestas residencias divinas-.

Tiempo después, habiendo regresado a su patria y siendo un odiado líder político en La Meca, Mahoma viajó a Medina invitado como mediador para resolver unas querellas religiosas entre bandos árabes aws y khazraj, pero el arreglo que él hizo fue que convirtió en islamistas a ambas tribus y prohibió el derramamiento de sangre entre musulmanes. Poco después, teniendo bajo su control esa ciudad, Mahoma emitió un decreto que es conocido como “La Constitución de Medina”, donde se establecieron las reglas en que podían vivir en ese Estado musulmán los seguidores de otras religiones, particularmente judíos y cristianos, a quienes mediante el pago de un tributo, llamado dhimmi, se les permitía seguir con sus creencias religiosas. Pero, a partir de entonces, las religiones paganas fueron prohibidas en Medina. El acontecimiento de haberse radicado Mahoma en Medina dio origen a la Hégira, que es el comienzo del calendario musulmán.

Cuando Mahoma se radicó en Medina, además de cobrar de impuestos, se dedicó con sus guerreros a asaltar las caravanas que se dirigían a La Meca y muy pronto empezaron los problemas de sus seguidores religiosos en esa ciudad, por los cuales allá fueron expropiadas las propiedades de los musulmanes.

No hay muchos registros históricos del profeta, pero, sin lugar a dudas, Mahoma fue un gran oportunista. Se sabe que siendo joven se casó con una mujer rica que, según algunos historiadores, era una viuda oligarca bastante mayor que él, y todo apunta a que durante todo ese matrimonio la que mandaba era ella, inclusive, según rumores históricos, el cuento de las aparecidas del ángel Gabriel no lo inventó él sino ella, cosa que pudo ser cierta ya que sus prédicas religiosas contenían una mezcla bien hecha de las escrituras sagradas judía y cristiana, y Mahoma, por ser pobre era analfabeta y quizá incapaz de inventar ese lío, pero su esposa, que hacía parte de la oligarquía de una tribu árabe poderosa, lo más seguro es que sí fue instruida y por eso tuvo la capacidad para armar esa magistral farsa.

Pero, aunque hubiera sido pobre y analfabeta, los detalles históricos apuntan a que Mahoma era un hombre sumamente astuto y conchudo pues, luego de dar a conocer la farsa de las aparecidas del arcángel Gabriel, en vez predecir y anunciar la fecha de ‘El Día del Juicio Final’, se inventó el cuento de que por 'prescripción coránica', él no podía participar físicamente en ningún combate y con ese pretexto ganó o perdió todas sus guerras sin participar físicamente en ninguna de ellas, y, por haber tenido tantas esposas, es deducible que buena parte de su tiempo, en vez de orándole y adorando a Alá, la pasara conquistando romances y teniendo relaciones sexuales.

Por los historiadores se sabe que sus suegros de confianza sí eran bravos combatientes y que a ellos les delegaba el mando de sus ejércitos y el reparto de los botines de guerra. Y de igual manera se sabe que supuestamente para repartir entre los necesitados, a Mahoma había que darle una quinta parte de todo lo que producía el Islam, tanto en guerras como en impuestos religiosos; y que además, para agrandar su parte, él cobraba 45 onzas de plata por la libertad de cada prisionero de guerra.

En marzo de 624 Mahoma al mando de 300 guerreros condujo el asalto a una caravana que se dirigía a La Meca, pero ésta iba bien protegida y el asalto falló. Debido a los continuos asaltos a las caravanas, los comerciantes de La Meca realizaron un ataque a Medina que, debido a la poca capacitación en combate del personal que la ejecutó, terminó en una gran victoria militar para los bien entrenados guerreros de Mahoma. En un lugar llamado Badr los dos bandos se enfrentaron y el ejército de Mahoma venció a sus enemigos, cuyo grupo era tres veces más numeroso que el suyo. Mahoma aprovechó esa victoria para publicitar a su dios, cosa que le dio muy buenos resultados, ya que todas las muy ignorantes tribus vecinas lo reconocieron como auténtico profeta y protegido de Dios. Luego de esa victoria Mahoma expulsó de Medina a Banu Qainuqa, líder judío, y todos los habitantes de la ciudad adoptaron la religión musulmana. Mahoma, de facto, entonces se convirtió en regente de Medina e hizo alianzas militares y religiosas con las tribus vecinas.

 

Mahoma, sin terminar sus dos matrimonios anteriores, en Medina se casó varias veces, entre otras con Hafsah, hija de Umar quien luego sería el sucesor del califa Abu Bakr, el padre de Aisha, la tercera esposa de Mahoma, en cuyas nupcias ella tenía nueve años.

Un hijo del tío de Mahoma, llamado Alí y futuro califa, se casó con Fátima, una de las hijas del profeta; y Ruqayyah, otra de las hijas de Mahoma, se casó con el líder guerrero y rico comerciante de La Meca, Uthman Ibn Affan, pero ésta murió pronto y Uthman enseguida se casó con Umm Kulsum, hermana de la recién fallecida y por lo tanto también hija del profeta. De los miembros componentes de estos matrimonios surgieron después los herederos del trono del Estado de la religión musulmana. 

Mahoma murió el 8 de julio del año 632. No se sabe la causa de su muerte, pero se sabe que convivía con varias esposas y que sus hombres de mayor confianza eran algunos de sus suegros y sus dos yernos, y, quizá por no tener hijo varón vivo, el profeta no eligió heredero para que lo sucediera en la jefatura del Islam.

Los cuatro primeros ‘califas’, todos dirigentes guerreros, políticos y religiosos de los musulmanes, son considerados por los seguidores del Islam como “califas bien guiados”. El título de ‘califa’ fue inventado poco después de la muerte del profeta; los dos primeros califas fueron suegros de Mahoma y los dos siguientes habían sido yernos suyos. Es de añadir que, teniendo varias esposas, Mahoma se casó como treinta veces, entre otras mujeres con Sawdah, Hafsah, Zaynab, Ramlah, Umm Salama, Mariyah, Safiah y otras de diferentes lugares, religiones, edades y colores. Se sabe que sus dos esposas Mariyah y Safiah eran cristiana y judía respectivamente, y que entre sus esposas además de blancas había indias y negras. Y hay registros que aseguran que tenía un gran reguero de esposas, esparcidas en Arabia, Siria y Palestina.

Si nos atenemos a los registros históricos, Mahoma no fue un individuo religioso sino un hombre tramoyista, full bandido, mujeriego, ambicioso y astuto líder guerrero que, apoyado en las farsas religiosas del Islam, gestó un gran número de masacres, guerras y asesinatos, eventos con los que logró establecer la religión musulmana en Arabia, parte de Siria y de Palestina. No conformó un Estado o gobierno musulmán, sino que, tal como hacían los pontífices romanos, prefirió exprimir pueblos y ser él el jefe de los gobernantes de los territorios que eran sometidos por sus guerreros.

Luego de la muerte de Mahoma, por tener propósitos y ambiciones diferentes, los líderes musulmanes no lograron ponerse de acuerdo para elegir al jefe de la religión musulmana. Los dirigentes de las tribus chiíes eran partidarios de que Alí y los descendientes de su esposa Fátima, hija de Mahoma, fueran los herederos del trono musulmán. Pero los dirigentes de los sunníes pidieron que el sucesor fuera elegido entre los dirigentes quraysh, la tribu originaria de Mahoma y, tiempo después, los jariyíes, una división que nació de la primera guerra entre musulmanes, pedían que fuera elegido de entre todos los musulmanes, sin importar color ni linaje. El resultado fue que nunca hubo acuerdo religioso y que desde entonces los musulmanes están divididos entre chiítas, sunnitas y jariyíes, sectas de las que han surgido numerosas subdivisiones, y sin jefatura religiosa unificada. Sin embargo, en asuntos políticos y militares Mahoma fue sucedido por su suegro Abu Bakr, que fue el primero de los jefes musulmanes en tomar el título de ‘califa’, rango que quiere decir “sucesor del mensajero de Dios”. –Ese grado no se ajusta a la realidad musulmana, pues se supone que el mensajero de Dios era el ángel Gabriel, y Abu Bakr sucedió en el trono fue a Mahoma, el profeta que en realidad no cumplió la supuesta misión de Alá, pues jamás le anunció a sus sometidos creyentes la fecha del supuesto Día del Juicio Final-.

El califa Abu Bakr (632 a 634), padre de Aisha, estrenó su gobierno con una guerra en la región de Nechd, porque sus habitantes se negaban a pagarle los impuestos religiosos que les había establecido Mahoma. Pero en poco tiempo el califa Abu derrotó al gobernador Musailma, saqueó su territorio y lo sometió al Islam. Poco después le arrebató Irak al imperio sasánida, y estaba preparando a sus generales para acciones en conjunto cuando murió envenenado, en agosto de 634. En su lapso se inició la elaboración del Corán. Debido a que no gustaba de Alí, había elegido como sucesor suyo al líder Omar.

Tras el asesinato del primer califa yerno de Mahoma, con la oposición de Alí y sus partidarios, los demás dirigentes musulmanes ratificaron la elección de Omar como sucesor del califa Abu Bakr. El nuevo califa Omar (634 a 644) era el padre de Hafsa, una de las tantas esposas de Mahoma, o sea que, igual a su predecesor, él también fue suegro del profeta.

Omar nunca fue religioso sino que había usado la fórmula de que cuando no se puede derrotar al enemigo lo más conveniente es unirse a él. La poderosa tribu de Mahoma había sido enemiga de la suya y como no pudieron derrotarla se unieron a la alianza musulmana del erótico profeta, quien pronto se casó con Hafsah, hija de Omar.

Omar era un hombre astuto, delincuente todo delito, que al ser elegido jefe político y militar de la ya entonces poderosa alianza musulmana conquistó enormes territorios del mediterráneo oriental, Persia, Egipto, Mesopotamia; agrandó Palestina y le quitó Siria al imperio bizantino.

El éxito musulmán se debía al poderío militar que aplicaba y, tal como ocurría con la monarquía católica romana, esta liga de guerreros, saqueadores y esclavistas también fingía ser religiosa, pero su verdadero propósito también era el poder económico.  

Para soporte religioso y manejo rentable del Islam, muchos de los ingredientes de la religión musulmana fueron tomados de las religiones judía y cristiana, incluidos Jesús y los profetas bastante conocidos como Adán, Noé, Moisés, Abraham, Juan Bautista; el monoteísmo, la aparición del ángel Gabriel, el uso de la justificación religiosa para cometer toda clase de delitos, y la ambición de poder y el objetivo económico como verdaderos propósitos de sus inventores y jefes protagonistas. Pero, a diferencia de los cristianos, los musulmanes no fueron opuestos a los sabios o científicos sino que, al contrario, los apoyaron y no han tenido que afrontar las consecuencias históricas de casos tan absurdos como el de la Iglesia con Galileo.

En Medina, Omar había aprendido de Mahoma la aplicación del ‘dhimmi’, un ‘impuesto del alma’ que les aplicó el profeta musulmán a judíos y cristianos para que ellos pudieran seguir con sus creencias religiosas. Y sabía que había sido un mal negocio para Mahoma la expulsión del líder religioso judío Banu Qainuqa, seguido de la conversión musulmana a sus seguidores en Medina; y que había sido peor cuando los cristianos, quienes le pagaban dhimmi a su gobierno, se convirtieron en musulmanes y dejaron de ser contribuyentes económicos del gobierno musulmán.

El califa Omar no quiso perder contribuyentes y prefirió ir con sus ejércitos saqueando y sometiendo pueblos, pero sin cambiarles sus reglas de gobierno ni sus religiones sino que, ya sometidos, a quienes no se convirtieran en musulmanes les aplicaba el dhimmi, y a quienes se convertían a la religión islámica les imponía el ‘azaque’ un impuesto menor y con mayores garantías que el dhimmi. A sus tropas les pagaba con los botines conseguidos en saqueos; las ubicaba en lugares estratégicos de los territorios sometidos y eliminaba sin piedad a quienes no pagaran los impuestos. Se hacía llamar “Príncipe de los creyentes”; en su gobierno fue establecido el calendario musulmán, cuyo primer año empezó a contarse a partir del 16 de julio del año 622 de nuestra era. Nombró gobernador de Siria a su pariente cercano Muawiya Ibn Abi Su, futuro califa y luego fundador de la dinastía Omeya. En su lapso, el Corán fue astutamente remodelado y empezó a usarse como cartilla de enseñanza. Es poco lo que se sabe de la vida particular de este califa, en el año 644 murió asesinado por un hombre persa, llamado Firuz, que él había esclavizado.

El sucesor del califa Omar fue el hasta entonces rico comerciante Uthman ibn Affan (644 a 656) quien se había casado con dos de las hijas de Mahoma. Este califa tuvo grandes conflictos con la monarquía musulmana, debido a que confiscó a favor de su familia gran parte del botín traído de los saqueos en África, Asia Menor y Persia. Debido a que la versión existente del Corán no le pareció apropiada para el propósito del Islam, ordenó destruir la que había e hizo elaborar una versión nueva y diferente, modo de edición que le causó la enemistad de un gran número de jefes musulmanes y lo enfrentó con Aisha, hija del fallecido califa Abu Bakr y la vez una de las numerosas viudas del profeta. Todos los datos históricos acerca de este gobernante indican que como persona él no fue el ‘califa bien guiado’ que siempre han creído los musulmanes sino un gran ladrón de botines de guerra, pero no es mucho lo que se sabe de su vida particular. Murió asesinado, en el año 656, por un dirigente musulmán que era hermano de Aisha.

El sucesor del califa Uthman, fue el ya veterano líder Alí (656 a 661), primo y yerno de Mahoma, quien desde la muerte del profeta venía reclamando el califato. Pero ya en esa época los musulmanes no tenían una jefatura gubernamental unificada sino que el Islam estaba bajo el mando de varios jefes políticos y militares, teniendo cada jefe sus propias metas y propósitos personales. Tan pronto Alí fue ascendido a califa, el gobernador de Siria, el ya poderoso jefe musulmán Muawiya Ibn Abi, quien exigía el califato y ejercía un gobierno independiente, acusó a Alí de estar incriminado en el asesinato del califa Uthman. Alí varias veces retó a Muawiya a un duelo a muerte y que se quedara el vencedor con todo el poder, pero el gobernador sirio no aceptó ese modo de solución.

En el año 657, en la primera guerra civil entre musulmanes, los ejércitos de estos dos jefes islamitas se enfrentaron en Siffin, pero Alí se resistía a la guerra entre musulmanes y, estando en pleno combate, para zanjar el pleito sin tantos muertos, volvió a retar al gobernador. Y, debido a que éste no aceptó, con la misma propuesta Alí retó al general Amr Ibn al-As, jefe militar de las tropas sirias, quien tampoco aceptó el desafío.

La guerra se tornó con dureza y después de un gran avance de Alí, los sirios, estando ante una derrota inminente, pidieron un cese de hostilidades y luego solicitaron que el conflicto fuera solucionado mediante un árbitro, neutral en el asunto, que decidiera cual de los dos jefes era el legítimo califa. Alí quería tratar con dureza al gobernador sirio, no aceptó el arbitraje propuesto y les pidió a sus tropas que acabaran con los sirios, pero gran parte de los suyos estuvieron de acuerdo con la propuesta siria, incluyendo al general Malik Ashtar, máximo comandante del ejército de Alí. Para inclinar la balanza a favor de su propuesta, los sirios pusieron hojas del Corán en la punta de sus lanzas y se negaron a seguir combatiendo, modo de protesta por el que Alí se vio forzado a aceptar el arbitraje propuesto, el cual fue realizado por un tal Ashas Ibn Qays y dado a favor de Muawiya, el gobernador sirio, quien fue admitido como califa por la mayoría de las tropas que habían participado en la batalla. Pero no todos aceptaron pacíficamente ese resultado; desde antes de realizarse el arbitraje hubo un sector que se opuso a ese modo de arreglo, de lo que nació una división conocida como jariyíes, siguiendo entonces una guerra civil que causó el debilitamiento militar a los contrarios del nuevo califa. Mas tarde Alí fue asesinado por musulmanes resentidos y, con el califa Muawiya, ya estaba en marcha el califato musulmán que daría inicio a la dinastía omeya, con capital en Damasco.  

Desde el califato de Muawiya, los musulmanes además de no tener jefatura religiosa unificada han estado políticamente divididos entre chiítas, sunnitas y jariyíes.

El propósito de esta obra es demostrar y dejar claro que las religiones judía, católica y musulmana, en asuntos religiosos han sido tres grandes farsas. En este segmento, no hay interés de contar en detalle la historia de los gobiernos musulmanes, el propósito de este resumen histórico es demostrar que el verdadero propósito del invento de la religión musulmana no fue religioso sino que lo que se buscaba con esa farsa religiosa era amedrentar a la gente, someter pueblos y esclavizarlos al antojo y bienestar de los farsantes monarcas del Islam, quienes en sus acciones criminales y de sometimiento de conciencia fueron muy similares a los pontífices cristianos.

Ya vimos que Mahoma, su inventor, fue un astuto comerciante, asaltante de caravanas, guerrero y esclavista que, teniendo como 50 años de edad, tuvo el descaro de casarse con una niña de 9 años. Y lo más seguro es que Aisha no fue la única niña víctima sexual del depravado Mahoma. Después de la muerte del profeta Mahoma, todos los califas han ejercido de gobernantes y jefes religiosos musulmanes y, tal como ocurrió con los papas cristianos, casi todos han carecido de vocación religiosa. Y, aunque han fingido ser religiosos, todos gobernaron o gobiernan muy similar a las monarquías tradicionales de Roma, es decir, al antiguo modo de los pontífices del desaparecido imperio cristiano. En otras palabras: La realidad histórica es que esas religiones fueron inventadas para incubar el surgimiento de otras monarquías políticas.

En el año 680 murió el califa Muawiya, quien aunque fingió ser religioso ejerció como un monarca en todo el sentido de la palabra. Sobornó a Hasan, hijo mayor del califa Alí, y dejó establecido un sistema de monarquía sucesoria de gobierno, habiendo elegido de heredero suyo a su hijo Yazid, y con este califato se había iniciado el gobierno de la dinastía Omeya, que duró hasta el año 750, cuando tomaron el poder los Abasíes que eran de la rama de los suníes.

Pero, cuando murió el califa Muawiya, los líderes musulmanes seguidores del asesinado califa Alí no estuvieron de acuerdo con la elección de Yazid y pidieron que el nuevo califa fuera Husayn, hijo menor de Alí.

Husayn estaba radicado en La Meca; para organizar una rebelión en contra de Yazid, sus seguidores lo citaron a Kufa, lugar a donde él se dirigió, pero Yazid se enteró del asunto y para impedirlo envió 3.000 guerreros, quienes lo sorprendieron en el camino, yendo escoltado por solo 72 guerreros, escoltas que, tratando de salvarlo, se vieron obligados a replegarse en el desierto donde soportaron toda clase de dificultades hasta que todos fueron eliminados. Husayn fue asesinado, sólo se les perdonó la vida a las mujeres que iban en la caravana y al niño Alí Zayn, hijo de Husayn, quienes fueron vendidos como esclavos en Damasco. A Husayn le cortaron la cabeza y se la entregaron al califa Yazid en Damasco.

Luego de esos sucesos, entre musulmanes hubo cruentas guerras internas por el control del poder político y económico del imperio musulmán. Yazid abdicó en el año 684 y fue sucedido por su primo Marwan I (684 a 685), quien gobernó poco mas de un año, todo su lapso en guerra civil musulmana, y murió asesinado por sus propios seguidores.

El siguiente califa fue Abd al-Malik (685 a 705), hijo del asesinado califa anterior, quien trató con dureza las rebeliones internas y logró unir de su lado a casi todas las divisiones musulmanas. Para facilitar el cobro de ‘impuestos del alma’ estableció el árabe como idioma oficial musulmán, apoyando ese recaudo con un eficiente sistema de correos. Este califa fue un guerrero estratega que, por conveniencia, apoyó la lucha interna del general Al Hajjaj bin Yousef, y luchó en Asia con el imperio bizantino y hacia occidente expandió hasta Túnez el territorio musulmán. No era religioso, pero sí fue un gran cobrador de impuestos por asuntos religiosos, incluso, para reemplazar el dinero bizantino hizo acuñar monedas con leyendas: “En el nombre de Dios”; y “Dios es Único, Dios es eterno”. Pero los comerciantes del imperio bizantino se negaban a recibir dicho dinero y por ese inconveniente hubo un gran problema monetario en el intercambio comercial.

El padre del califa Abd al-Malik, antes de ser asesinado le había ordenado a éste que debía ser sucedido por su hermano, Abd al-Aziz, pero él hizo envenenar a su hermano y nombró heredero del trono a su propio hijo Walid I. Es poco lo que se sabe de la vida particular de este califa, en los asuntos de gobierno ejerció como un monarca seglar.

El sucesor del califa Abd al-Malik fue su hijo Walid I (705 a 715), quien continuó con la expansión del ya enorme imperio islámico. Los asuntos militares los dejó en manos de Al Hajjaj bin Yousef, quien había sido un gran colaborador de su padre. En el lapso de este califa, con la ayuda de Yousef, el Imperio Musulmán organizó su gran ejército, conformó una marina de guerra y conquistó Transoxiana y la Península Ibérica.  

No hay claridad de las circunstancias de la muerte del califa Walid I, pero es casi seguro que murió asesinado. Se sabe que su hermano Suleimán, el nuevo califa (715 a 717), había sido gobernador de Palestina, y que en el Cercano Oriente él estaba aliado a un grupo yamaní que era contrario a Al Hajjaj bin Yousef, el hombre clave de Walid I. Y hay datos acerca de que luego de la muerte de Al Hajjaj bin, ocurrida en el año 714, Suleimán persiguió y asesinó a sus aliados políticos, incluidos Qutaibah bin Muslin y Muhammad bin Qasin, dos famosos generales que habían sido sus fieles aliados, a quines él apresó y asesinó en prisión, y es posible que también hubiera asesinado a su hermano califa.

En el año 715, el nuevo califa envió al general Moslama ibn Abdul-Malik, al mando de un gran ejército, a atacar y tomarse Constantinopla, actual Estambul, entonces capital del Imperio Bizantino. Esa operación fue un fracaso militar para el califa Suleimán que estaba desprestigiado por haber asesinado a los dos generales ya mencionados. Murió en el año 717; aunque algunas versiones aseguran que fue asesinado, no están bien claras las circunstancias de su muerte. Este califa, por peleas familiares, dejó elegido de sucesor suyo a Umar II (717 a 720), un familiar que no era ni hijo ni hermano suyo.

Durante el gobierno de Umar II se incrementaron las guerras internas en el imperio musulmán; los hermanos del califa anterior casi no dejaron gobernar a este califa.

El califa Umar II fue sucedido por Yazid II (720 a 724), hermano del califa anterior, y fue este hombre un gran destructor de los íconos y templos cristianos que estaban ubicados en los territorios musulmanes. Por ser un empedernido perseguidor de todas las cosas católicas descuidó los asuntos internos del gobierno, falencia que fue aprovechada por los musulmanes abasíes, para tomar fuerza y construir bases políticas que más tarde usaron para derrotar a los omeyas.

El califa Yazid II murió de tuberculosis y fue sucedido por su hermano Hishan I (724 a 743), quien en su largo lapso de gobierno arregló y estableció el Sharia, un reglamento de leyes religiosas que es el equivalente del Derecho Canónico Católico. En ese tiempo, el imperio musulmán tuvo varias rebeliones internas y numerosas guerras con el imperio bizantino, así como con España y con Francia. Y los musulmanes abasíes continuaban ganando poder político en Irak y Jorasán.

Tras la muerte del califa Hishan I, para sucederlo fue elegido califa Walíd II (743 a 744), sobrino de su predecesor, cuya  elección tuvo gran oposición entre la monarquía musulmana, debido a la vida licenciosa que llevaba este sujeto. Walíd, enseguida que asumió el poder, asesinó a varios familiares y opositores suyos y por esas muertes resultó asesinado él. Después, mediante numerosas trampas y promesas que no cumplió, se hizo elegir califa un primo suyo, conocido como Yazid III (744) quien, por no cumplir sus promesas burocráticas generó un gran número de conflictos internos que terminaron en dos focos enormes de rebeliones musulmanas en su contra. Murió envenenado por su hermano, Ibrahim ibn Al-Wali, el califa siguiente. Pero este nuevo califa solo duró en el poder los meses de octubre y noviembre del año 744 y su gobierno no fue reconocido en todo el imperio musulmán. La ciudad de Homs, por negarse a reconocer el nuevo gobierno, fue sitiada por un gran ejército comandado por dos hermanos del califa. La monarquía musulmana era como una jauría de fieras; debido al enorme chorro de riquezas que permanentemente producía la religión musulmana, todos los dirigentes del Islam peleaban entre sí por el califato. Marwan ibn Muhammad, poderoso gobernador de Armenia y Azerbaiyán, había hecho varios intentos de tomarse el poder, pero había sido sobornado con aumentos territoriales que incluyeron la gobernación de Yazira. Sin embargo, Marwan ya no quería mas sobornos sino el premio mayor que era el califato y, tras la muerte de Yazid III, con su ejército se dirigió a Siria, con la intención de derrocar al califa y tomarse el poder. En Alepo derrotó a los hermanos del califa y le hizo levantar el cerco a Homs. De represalia por estos hechos, en Damasco fueron asesinados Nakam y Utman, dos hijos de Walid II que eran apoyados por el gobernador Marwan en sus derechos y pretensiones al califato. Sin embargo, Marwan no se enojó por esos asesinatos sino que, al contrario, consideró que le habían despejado el camino para él ser el legítimo califa. Sin pensarlo dos veces, entró a Damasco, ejecutó a Ibrahim y se proclamó como nuevo califa.

El califa Marwan II (744 a 750) fue el último miembro de la dinastía omeya que gobernó el imperio musulmán en Damasco. Para esta época, por intrigas y peleas familiares, los omeyas habían provocado la partitura del gobierno y no tenían el control del Estado musulmán. El imán de Persia, Ibrahim, se rebeló y luego fue aprisionado y asesinado en prisión, pero su hermano, Al-Saffah, continuó luchando por el poder y obtuvo el control de un gran territorio.

Entre los miembros de la dinastía omeya, como ha ocurrido en todas las monarquías que han existido, peleando por el trono se mataron entre sí un gran número de familiares y entre ellos se convirtieron en sus propios enemigos, por lo cual el imperio musulmán fue repartido en varios gobiernos territoriales.  

La monarquía musulmana, igual que la monarquía eclesiástica católica, todo el tiempo usó las creencias religiosas para amedrentar y someter pueblos ingenuos o analfabetas. El Corán es casi una constitución religiosa, y la monarquía musulmana le ha dado uso de cartilla de aprendizaje de lectura, con lo que reemplazó a los ‘curas camorreros’ de la Iglesia católica, o sea que mientras la gente va aprendiendo a leer en el Corán, se va sometiendo de conciencia al yugo musulmán. Y, con la Sharia y la Ley Musulmana, los islamistas se les adelantaron al Derecho Canónico y la Santa Inquisición de los católicos. La aplicación de esas reglas religiosas ha sido el soporte civil de los gobiernos musulmanes, y el adoctrinamiento en ese sentido ha sido lo único que, en algunos temas religiosos, ha mantenido el poco acuerdo habido entre las sectas musulmanas.

En el año 750 el califa Marwan II fue derrotado militarmente y ejecutado por sus parientes, los abasíes, luego de ser capturado cuando pasaba el río Nilo, huyendo para salvar su vida. Luego de esa ejecución, al poder musulmán ascendió el califa abasí Al-Saffah (750 a 754), quien, ya se dijo, también era de la rama familiar del profeta Mahoma, siendo éste apoyado por los chiítas, por haberles prometido a ellos la sucesión del califato, y por ser él originario directo de la antigua tribu del profeta.

El califa Al-Saffah, luego de tomar el poder, ordenó capturar a todos los miembros de las familias omeyas y desenterrar los familiares muertos y quemar sus restos para que de ellos no quedara ningún recuerdo. Siguió entonces el asesinato masivo de los dirigentes omeyas, salvándose únicamente el príncipe Abd al-Rahman I, quien huyó un tiempo por Asia y África y terminó formando un califato independiente en España, donde prohibió a sus súbditos rezar por los musulmanes extranjeros.

El califa As-Saffah no les cumplió la promesa a los chiitas, acerca de la sucesión del califato. Fue sucedido por su hermano Al-Mansur (754 a 775), quien para ascender al poder acudió a la ayuda del tramoyista y misterioso Abu Muslim, con quien derrotó y asesinó a su rival y tío Abd Allah. Poco después asesinó o hizo prisioneros a un gran número de familiares suyos; se enemistó con los chiítas y ejerció su gobierno de una forma similar a la de los emperadores de Occidente. Fundó la ciudad de Bagdad y trasladó a ella la sede del gobierno. Por celos políticos hizo asesinar a su antes aliado Abu Muslim, siendo éste ahora su fiel colaborador y subalterno, pero además siendo un líder que había adquirido un gran poder social y político en Irán y Transoxiana. En su lapso, los musulmanes invadieron la península ibérica, lugar desde donde él reinó por un tiempo. Murió en camino hacia La Meca y fue sucedido por su hijo Al-Mahdi (775 a 785), un califa laico y tolerante, hasta el punto de que en su lapso Bagdad se convirtió en la ciudad más cosmopolita del mundo, habitada pacíficamente por gente de todas las religiones que existían.

En su lapso, Al-Mahdi, con prisioneros y científicos chinos hizo construir fábricas de papel en Bagdad, elemento este que no era conocido en el imperio musulmán ni en Occidente. Hasta entonces, los árabes y los persas habían usado papiros y los europeos pergaminos; de allí en adelante, por mucho tiempo, Bagdad fue cuna de expansión cultural para todo el imperio musulmán y Occidente.

El califa Al-Mahdi quería que lo sucediera su hijo menor Al-Harún al-Rashid, pero su hijo primogénito Al-Hadi no estuvo de acuerdo y se rebeló en su contra. El califa murió en un combate con las tropas de su hijo, en el año 785, y fue sucedido por Al-Hadi (785 a 786), pero la jerarquía interna de la monarquía musulmana se anarquizó. En Medina, el sunita Husayn ibn Ali se proclamó califa. Al-Hadi, estando en guerra con el imperio bizantino, venció y ejecutó a Husayn, pero poco después él fue asesinado y sucedido por su hermano menor Al- Harún al-Rashid (786 a 809), y fue este un califa famoso, de cuya vida y la de su esposa Zobeida está basada la inmortal obra, Las mil y una noches.

El califa Al- Harún, para disponer de todo el gobierno, asesinó a casi toda su familia, pero, a pesar de su poder y esplendor, el imperio musulmán empezó a desmoronarse y la soberanía del gobierno de Harún nunca fue reconocida por los musulmanes aglabíes de Túnez, los idrisíes de Marruecos ni de los omeyas de España.

Este califa era un apasionado de los lujos; para aumentar sus riquezas y territorios aplicó y fomentó las Yihad o ‘guerras santas’, unas masacres que eran el equivalente de las ‘cruzadas domesticas’ del cristianismo; y se hacía llamar “La sombra de Alá en la tierra” un rango ‘divino’ que, en la práctica, para la población sometida era exactamente igual al grado de ‘El Vicario de Cristo’ y de los otros que adoptaron los papas.

 En el lapso de gobierno de este califa hubo numerosas rebeliones, los jarayíes en dos ocasiones se tomaron Mosul, pero las tropas del califa derribaron las murallas que los protegían, los trataron con dureza y los pocos rebeldes que no murieron combatiendo fueron sometidos y ejecutados por las tropas oficiales.

En el año 802, Nicéforo, un funcionario del imperio bizantino, encarceló y luego asesinó a la emperatriz Irene, por lo que después fue proclamado emperador de Bizancio, es decir emperador bizantino. Nicéforo, al iniciar de emperador, se negó a seguir pagando los impuestos religiosos que la emperatriz bizantina Irene le pagaba al califa de Bagdad desde el año 798, negación que disgustó a “La sombra de Alá en la tierra” y razón por la que el califa envió un poderoso ejército que lo sometió, le hizo pagar los impuestos atrasados, más una multa y un rescate por su libertad y la de su hijo Estauracio.

En una peregrinación a La Meca con sus hijos, el califa Al-Rashid decidió que a su muerte su sucesor sería su hijo Al-Amin, y que a la muerte de éste fuera sucedido por su hermano menor Al-Memun, siendo los dos hermanos hijos de madres distintas. El gran jefe califa murió en una guerra con los jariyíes, en el año 809, y tal como él lo había decidido fue sucedido por su hijo Al-Amin (809 a 813), pero éste, luego de tomar el poder, anunció que su sucesor sería un hijo suyo y no su hermano Al-Memun, como había ordenado su padre. Debido a esa determinación, empezó entonces una durísima guerra civil, en la que al final un gran ejército al mando del general Tahir, subalterno de Al-Memun, derrotó las tropas de Bagdad y decapitó al califa Al-Amin. Por esa victoria, de premio, más tarde el general Tahir fue nombrado gobernador de Persia, y después este militar conformó el imperio tahirida de Tabaristán, un Estado musulmán casi independiente.

Tras la toma de Bagdad, tal como lo había ordenado el califa Al-Rashid, el sucesor del califa Al-Amin fue su hermano Al-Memun (813 a 833), y fue este califa un poeta y gran gobernante que apoyó en grande la cultura y la sabiduría en el imperio musulmán. Estableció que todos los pleitos fueran solucionados mediante procesos legales y justos, siendo este decreto un modelo que disminuyó las peleas internas de la monarquía musulmana, pero, por haber anunciado que el sucesor suyo sería el imán chiíta Al-Rida, generó casi una guerra civil, razón por la que este líder de su rosca política tuvo que ser “convenientemente envenenado” y con su muerte las cosas se calmaron.

El califa Al-Memun hizo construir una enorme biblioteca en Bagdad, donde fueron traducidas al árabe todas las obras importantes del mundo antiguo, siendo estas el pilar de donde luego surgieron los conocimientos de álgebra y de otras cosas que después se extendieron por todas las élites del imperio musulmán y en las clases altas de Occidente.

Tras la muerte del gran califa y poeta Al-Memum, tomó el mando su medio hermano Al-Mutasim (833 a 842), quien fue un político inepto, incapaz de evitar las divisiones heréticas en varias gobernaciones de Asia Central, repartos con los que empezó a dividirse el imperio y a debilitarse el poder central. El problema era tan grave que el califa, para su ejército personal, tuvo que reclutar soldados turcos, traídos desde más allá de las fronteras del imperio musulmán, un error que después tuvo que pagar caro la monarquía musulmana.

En el año 839, Maziar, el gobernador de Tabaristán, perteneciendo su territorio al imperio musulmán tahirida, le pagó impuestos al gobierno de Al-Mutasim y se rebeló contra su superior, de nombre Abdallah, gobernador de Jorasán y del Estado casi libre tairida, a quien le apresó gente y le destruyó murallas fronterizas. Pero el califa Al-Mutasim no apoyó a Maziar sino que se alió con Abdallah y los dos formaron un ejército que capturó a Maziar y lo llevó preso a Bagdad, para ser juzgado y ejecutado, habiéndose éste envenenado antes de ser procesado. Se dijo que el error fue haber llevado a Bagdad el prisionero, pero, de todos modos, por ese asunto surgieron después rebeliones tanto en el ya casi imperio tahiridas como en el abasí y ambos lados se anarquizaron.

El califa Al-Mutasim, por sus lujos y las ostentaciones de los emires (oficiales) y soldados turcos, era odiado en Bagdad; tratando de solucionar esa incomodidad, el califa trasladó la sede del gobierno de Bagdad a Samarra, pero la injusticia social con los campesinos era terrible y los problemas políticos del imperio continuaron.

Antes de morir, el califa Al-Mutasim eligió de sucesor a un hijo suyo, cantante, quien después fue el califa Al-Wathiq (842 a 847), en cuyo lapso hubo numerosas rebeliones, las más fuertes en Siria y Palestina. Este califa apoyó la educación y compuso más de cien canciones. Fue sucedido por su hermano, el califa Mutawakkil (847 a 861), un hombre amante de las grandes construcciones y quien para construir sus numerosos palacios de placer usó una gran población de esclavos turcos, católicos y judíos. Fue un gran perseguidor religioso y destructor de templos de religiones diferentes a la musulmana. Y también persiguió a religiosos musulmanes, como fue el caso del imán Alí al-Hadi, un famoso religioso que predicaba la religión musulmana en Medina, y que sin ninguna justificación fue hecho prisionero por orden suya. Este califa tuvo un acercamiento religioso con los seguidores del teólogo católico Cirilo y persiguió con dureza a los nestorianos, a quienes les hacía usar ropas y marcas que los identificaran. Le arrebató Sicilia al imperio bizantino y obtuvo varias victorias militares, pero se sentía presionado por el poder que habían obtenido, dentro de su gobierno, los militares turcos. Para librarse de ellos hizo construir un enorme palacio, llamado Al-Gajariyya, donde no les permitía entrar, pero con eso quedó desprotegido de sus enemigos familiares y, por orden de su hijo Al-Muntasir, fue asesinado por un soldado turco.

El siguiente califa fue Al-Muntasir (861 a 862) quien llegó al poder gracias a su alianza con la ya poderosa facción militar turca. Para evitar la venganza del asesinato de su padre excluyó a su familia del gobierno y ascendió a los turcos, con cuyo apoyo nombró a un hijo suyo de sucesor. Por celos de popularidad envenenó al imán Alí al-Hadi, quien continuaba prisionero por orden de su padre. Por ese asunto hubo un tremendo lío político y religioso, con un gran número de asesinados, incluido el califa Al-Muntasir.

El siguiente califa fue impuesto por la poderosa facción militar turca. El elegido fue  Al-Musta’in, (862 a 866), nieto del califa Al-Mustasim, de quien se sabe que fue depuesto por los turcos. Su sucesor también fue impuesto por los militares turcos, el elegido fue el califa Al-Mu’tazz (866 a 869). Este califa fue un criminal todo delito que asesinó a casi toda su familia, incluidos el califa depuesto Al-Musta’in y a su hermano heredero del trono, y a otro hermano de estos dos que era militar y aliado de su gobierno.

En esa época el imperio musulmán estaba anarquizado, una parte la gobernaban los emires turcos y el resto era manejado, con muchos problemas internos, por el califa y varios parientes de los distintos califas que habían gobernado el imperio. El califa fue asesinado por los turcos y en su reemplazo estos eligieron al califa Al-Muhtadi (869 a 870), quien fue asesinado antes de cumplir un año de gobierno.

El siguiente califa fue Al-Mu’tamid (870 a 892), quien trasladó la sede del gobierno de Samarra a Bagdad. Y desde entonces los califas se convirtieron en burócratas inútiles que con los impuestos de la religión musulmana vivían como reyes. Con el tiempo, el recaudo de impuestos disminuyó bastante y los califas, para solucionar sus problemas económicos, arrendaban por adelantado el cobro de impuestos a pueblos y veredas, casi siempre a militares o funcionarios del imperio, quienes para enriquecerse trataban con gran injusticia a los campesinos y a la clase trabajadora, resultando casi siempre arruinados o esclavizados los contribuyentes, por los arrendadores de impuestos.

La monarquía musulmana todo el tiempo siguió oprimiendo a los habitantes del Mundo Musulmán, habitado casi en su totalidad por gente en condición de indefensión y con el cerebro religiosamente manipulado, por lo que a los monarcas les ha resultado fácil someter a sus pueblos, y estos casi nunca renuncian a sus creencias religiosas islamitas, siendo el factor religioso lo único que ha  mantenido unidos a los seguidores del Islam.

Los abasíes continuaron eligiendo califas hasta el año 1.258, pero el imperio musulmán en la práctica era un reguero de Estados independientes, donde cada jefe de región hacía lo que quería, no era nombrado ni controlado por el califa sino que, cuando no podía evitarlo, le pagaba al califa los impuestos inevitables. Después, los miembros de la monarquía abasí continuaron con sus luchas internas y siguieron matándose, no por asuntos religiosos sino por el control y apropiación del producto de los impuestos de la religión musulmana. Y en todo el territorio musulmán hubo problemas por las injusticias en el cobro de esa doble tributación, pues, aunque con el Islam y la Sharia se formaba una población sana, trabajadora, fácil de someter y sumamente económica en sus gastos familiares, casi todo lo que producían los trabajadores era absorbido en impuestos para la burocracia musulmana. Sin embargo, la religión musulmana siguió extendiéndose por África, Asia y el oriente de Europa. Con el paso del tiempo, los monarcas descendientes o sucesores de las antiguas monarquías musulmanas conformaron lo que actualmente se conoce como el Mundo Islámico, compuesto por 27 países de África, 25 de Asia, Guyana y Surinam de América, y Turquía de Europa; ahora con tipos de gobierno que van desde democracias, como es el caso de Turquía; monarquía constitucional, como lo es el gobierno de Marruecos; hasta monarquías absolutas, como rigen en Arabia Saudita, Brunei y Omán.

Hasta aquí hemos visto que la religión musulmana ha sido dirigida por una monarquía sucesoria de Mahoma que para nada tenía en cuenta el aspecto religioso en la elección de los califas, quienes además de gobernantes eran los jefes religiosos del Islam.

El último califa de la dinastía abasí fue Al-Muta’sim (1.242 a 1.248), pero ya en esa época en los territorios musulmanes existían varios Estados, califatos, y gobiernos independientes. También había áreas musulmanas con gobierno laico, como ocurría en los territorios que les arrebataron los mongoles Iljanato, cosa que también ha ido ocurriendo en algunos de los territorios que les han quitado gobiernos laicos de países del área católica.

Entre los años 1.096 y 1.099 hicieron los católicos la primera Cruzada, una guerra supuestamente religiosa que fue dirigida contra los turcos selyúcidas, y para liberar de musulmanes la ciudad de Jerusalén. Pero el verdadero motivo de esa operación militar no fue religioso sino político y el propósito era quitarles a los musulmanes turcos los territorios que ellos le habían arrebatado al imperio bizantino, y a la vez robarles a éstos todo lo que se pudiera. En el mes de julio de 1.099 los cruzados católicos se tomaron Jerusalén y masacraron a casi toda su población, sin importar que fueran judíos, niños o mujeres. Ostentando el respaldo de Jesús, reconocido como mecías o profeta por las tres religiones de los involucrados en ese conflicto, los ejércitos cristianos masacraron numerosos pueblos musulmanes y judíos, para robar tierras y riquezas.

En el año 1.187, el musulmán Saladino, en nombre del Islam se tomó Jerusalén, este vez con menos masacres que las que hicieron los cristianos, pero cobró sumas enormes por la liberación de prisioneros y esclavizó a la población pobre que no tenía recursos para pagar su libertad.

Por asuntos religiosos nunca han existido razones que justifiquen guerra entre judíos, católicos y musulmanes, puesto que las tres religiones son abrahámicas, reconocen a un mismo Dios que tiene los mismos ángeles y arcángeles y casi los mismos profetas. Lo que ha venido ocurriendo ha sido que, con gran astucia, todo el tiempo, numerosas dinastías de monarcas han engañado con sus farsas religiosas a una enorme población humana y, amparados con esas farsas, han cometido todos los delitos humanamente posibles y se han adueñado de casi todas las riquezas del mundo.

Las guerras que fingieron ser religiosas duraron varios siglos; en total, en dos siglos, los cristianos les aplicaron ocho Cruzadas grandes a los musulmanes. Pero, durante varios siglos, fingiendo motivos religiosos, tanto musulmanes como cristianos, además de guerras hicieron numerosos asesinatos políticos, masacres y ‘cruzadas domésticas’ internas, para robar propiedades. Iguales cosas hicieron numerosos emperadores y reyes en todo el mundo, escudados en causas religiosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                 RESUMEN Y CONCLUCIONES

 

                                            

                                   ACERCA DE LAS MONARQUÍAS

 

Con las historias que hemos visto en esta obra, acerca del comportamiento de las monarquías, debe ser suficiente para que nos quede claro que las ‘noblezas’ no han sido nada de lo noble que se ha creído o que han fingido ser los monarcas. Además, hay que tener en cuenta el absurdo de que por el mero hecho de ser hijos de monarcas, numerosos niños, menores de seis años, han sido reyes o emperadores. Y, por lo mismo, de manera absurda fueron entronizados numerosos monarcas que jamás desearon ejercer trono ni mucho menos tener la responsabilidad de gobernar. Pero lo narrado aquí es solo una pequeña parte de los males y fallas de unas pocas monarquías, y las mencionadas en esta obra no han sido las más nefastas que han existido, puesto que éstas existen desde antes de ser inventada la escritura. Y de los tantos reyes o como sea que se les llame que han sido documentados, son muy reducidos los monarcas que fueron tan siquiera medianamente justos con la población rasa.

Es de reconocer que a estas alturas de cultura, nada justifica que un Estado sea heredado como empresa de propiedad familiar, y la humanidad debe entender y asumir que el Estado es un bien público, que les pertenece por igual a todos los habitantes que lo conforman, y que por lo tanto ninguno de sus ciudadanos debe nacer con más derechos públicos que los demás. Y los pueblos ‘plebeyos’ deben entender que heredar trono no es un asunto de legitimidad sino una ineptitud humana de la sociedad que lo permite. Por lo demás, con lo que hemos visto en este recorrido histórico de las reglas y sistemas del gobierno monárquico, es fácil resumir que las monarquías han sido sumamente nefastas para la humanidad y que son un modo absurdo de elegir gobierno.

 

 

                                  ACERCA DE LA RELIGIÓN JUDÍA

 

En cuanto a la religión judía, para poder hacer un resumen amplio de su contenido religioso conviene regresar a la explicación de su origen. Toda esa explicación está en la Torá, el libro sagrado de los judíos que, además, contiene la supuesta historia del comienzo humano y terrenal, y que en la práctica es la ‘constitución religiosa’ de los judíos. Es enorme el contenido de los escritos supuestamente históricos y religiosos de la religión judía, que, sin lugar a dudas, son la fuente de inspiración de la Biblia cristiana y del Corán musulmán.

Según la Torá, la religión judía comienza con Abraham, y el origen de la humanidad con Adán y con su primera esposa Lilit. Dice que lo primero que hizo Dios fue el cielo y la tierra. Y, luego, de polvo hizo a Adán y, poco después, de excremento y sedimentos hizo a Lilit, la primera esposa de Adán. En la Torá no hay datos acerca del origen del excremento usado en la elaboración de la primera mujer, pero debió ser de Adán que, se supone, era el único habitante de la tierra en esa época. Siguiendo ese asunto, la Torá explica que Lilit resultó complicada y prostituta; dejó tirado en el Edén al pobre Adán y se marchó a la orilla del Mar Muerto, un lugar que, aunque el libro no lo explica, hace suponer que estaba poblado de demonios, donde ella se hizo amante de un tal Asmodeo y de otros demonios.

Según la Tora, Adán nació adulto y cuando tenía como veinte años, ya estando separado de Lilit, Dios le hizo entrega de numerosas parejas de animales. Después, Adán copuló con todas las hembras de los animales y no se sintió a gusto con ninguna, incomodidad por la que le pidió a Dios que, para compañera, le hiciera otra hembra de su especie. Ya Adán tenía una costilla defectuosa -debió ser que lo había pateado la yegua o quizá la burra, pero, por lo fuerte, no pudo ser la jirafa-, Dios se la sacó y de ella hizo a Eva, la segunda mujer de Adán que, después, por culpa de ella él perdió el Edén.

La Torá dice que la culebra –debió ser la que copuló con Adán y quizá por celos- le hizo comer a Eva de una fruta que Dios les había prohibido que comieran. Por ese asunto, Dios se enfureció con Adán y lo despidió de la burocracia divina, por lo que a éste no le quedó otro remedio que ganarse la vida trabajando. Por informaciones de la Torá se sabe que la prostitución es la profesión humana más antigua, pero no se sabe cuál fue el empleo que consiguió o a qué se dedicó Adán luego de ser despedido del Edén.

En la Torá hay numerosos y diferentes relatos acerca de las generaciones que surgieron de Adán y Eva. La línea de datos más descomplicada para llegar de Adán a Noé, que según los judíos es el patriarca de toda la humanidad que existe, es la que asegura que éste era hijo de Lamec, nieto de Matusalén y bisnieto de Set, quien, según la Torá, fue uno de los hijos menores de Adán y Eva. O sea que, según ese relato, Noé fue algo así como tátarabisnieto de Adán.

Según la Torá, todos estos personajes fueron servidores de Dios y, aunque no hay datos de que alguno de ellos hubiera alcanzado a pensionarse, el libro sagrado asegura que Matusalén, el descendiente cercano de Adán, murió de 969 años y Noé de 950, y, en esos escritos, además de otros detalles, figuran las largas edades que alcanzaron varios de los primeros descendientes de Adán. Además, hay relatos acerca de que algunos de ellos se casaron con descendientes de Lilit y que con esa mezcla se generaron unas tribus de sujetos llamados Nefilim, quienes eran gigantes, pecadores y escandalosos y quienes, con la excepción de Noé y su familia, dañaron al resto de la humanidad y con sus pecados y bullerengues hastiaron a Dios, quien para eliminarlos hizo desatar un diluvio universal.

Según los escritos judíos, Abraham era de origen semita, es decir de la descendencia de Sem, el hijo mayor de Noé. Tanto Abraham como su hijo primogénito Isaac, son considerados profetas por las religiones judía, cristiana y musulmana. Y esas tres religiones reconocen la existencia de Moisés, el profeta malas pulgas ya mencionado en el segmento histórico cristiano, que, según los textos religiosos judíos, recibió de manos del mismísimo Dios dos tablas de piedra que contenían los Diez Mandamientos “escritos con su dedo”, pero las hizo trizas cuando vio al pueblo judío adorando a un becerro de oro. -Si eso fuera cierto puede decirse que, con ese acto, Moisés nos quitó la posibilidad de conocer la letra y caligrafía de Dios-.

En los textos religiosos de la Torá, figuran numerosos profetas, reyes y personajes que también figuran en los textos religiosos cristianos y musulmanes, ya que los escritos sagrados judíos fueron plagiados por los inventores de estas otras dos religiones. En los escritos de la Torá, en la narración del comportamiento de esos personajes ancestrales, además de los pecados, adoraciones y contactos divinos; los asesinatos, el incesto y las traiciones son cosas cotidianas de los protagonistas de casi todos los relatos.

Y, en la Torá, hay unos escritos extensos que aseguran que con la torre de Babel los humanos estuvieron a punto de subir al Cielo, vivitos y coleando, cosa que, además de ser una farsa, en realidad es imposible de lograr por el simple hecho de que el Cielo que allí se describe jamás ha existido.

De las tres religiones analizadas en esta obra, la judía es la única que sus monarcas no la han establecido humanamente obligatoria. Sin embargo, los sacerdotes judíos fueron los primeros religiosos que establecieron los diezmos obligatorios a su pueblo, con lo que entonces convirtieron a esa religión en el mejor negocio de la época, pero después surgió la competencia de la religión cristiana que saqueó sus escrituras sagradas, usó su fórmula de cobrar ‘impuestos del alma’, la desbancó y tomó el liderazgo criminal en con ese tema.

Haciendo un resumen directo, puede decirse que los judíos, además del enorme negocio de los diezmos religiosos, les legaron a cristianos y musulmanes la forma de enseñanza y justificación del comienzo de la humanidad, la existencia de un Dios universal, del Demonio, de los ángeles, de los profetas y una gran cantidad de normas y creencias religiosas de donde surgieron la Biblia, el Corán, el Derecho Canónico y la Ley Musulmana. Pero en todo el contenido religioso judío no hay caso o cosa que demuestre con certeza que los ancestros judíos tuvieron alguna clase de contacto directo con Dios o con el Demonio. Si analizamos con fundamento y sensatez los escritos de la Torá, es fácil deducir que su contenido no es mas que un gran enredo de mitología y fantasías religiosas, y que lo que en ella se asegura de haber visto o sabido de Dios y del Demonio son solo una gama de farsas.

En la antigüedad, los líderes religiosos judíos predicaron y establecieron que el dios de Israel era el único Creador del universo que existía y que Él había elegido y bendecido únicamente a las tribus de los 12 hijos de Jacob que se hallaban esparcidas en Judea, es decir, al pueblo judío, y que a ellos los había designado para que en el futuro dirigieran y gobernaran al resto de la humanidad y les había concedido el Don para que, con el correr del tiempo, todos los demás pueblos humanos fueran sus esclavos o vasallos.

Los judíos proclamaban y creían que ningún otro pueblo había sido elegido de Dios y, cuando podían, marcaban las viviendas de los integrantes de otras tribus y por el mero hecho de no ser judíos los asesinaban. Por sus creencias religiosas estaban seguros de que ellos algún día podrían eliminar o esclavizar a los seguidores de las demás religiones, y a quienes no fueran judíos los consideraban de una clase social mas baja.

Debido a que muchas veces en Judea habían pestes o escaseaba la comida, con frecuencia había emigraciones judías y, con propósitos expansionistas, los judíos siempre trataban de formar Estados judíos independientes dentro de las tribus o naciones que los acogían, sin importarles a ellos lo bien que los recibieran o trataran en los lugares extranjeros, comportamiento que los convertía en inmigrantes indeseables.

Para ellos, el mero hecho de ser judíos significaba tener una posición divina y social mas alta que el resto de la humanidad, ya que según sus creencias, ese único dios, en dos láminas de piedra les escribió, "con su propio dedo", los Diez Mandamientos, en los cuales basaban sus ideas religiosas y por lo tanto creían que, en general, sus enseñanzas eran instrucciones directas de Dios y que con su apoyo se tomarían el Mundo.

 

 

 

                            ACERCA DE LA RELIGIÓN CRISTIANA

 

Para resumir la historia de la religión cristiana conviene aclarar que la palabra “Cristo” quiere decir mesías o salvador. Cuando supuestamente nació Jesús, los judíos llevaban varios siglos esperando la llegada de un mesías que los liberara del yugo extranjero. Y muchos detalles hacen suponer que Jesús fue un filósofo judío que con el modo de religión que predicaba les hizo creer a sus seguidores que era el mesías que ellos estaban esperando. En apoyo a esa suposición, hay que tener en cuenta que la gran mayoría de la gente de esa época debió ser sumamente ingenua e ignorante.

Según lo que se sabe, Jesús aseguraba que Dios está en todas partes y que para rezarle no había que ir a templos o sinagogas, ni que pagar diezmos para alcanzar la Gloria Divina, lo cual, aunque iba en contra de la tradición del pueblo judío, debió ser un gran alivio económico para la casi esclavizada población judía. Pero, si se asumían las cosas de esa manera, los todopoderosos sacerdotes y rabinos judíos perdían el obligatorio chorro de diezmos que les tenía que pagar toda la población judía, gravamen que les permitía a ellos vivir como reyes. Y, si nos atenemos a la lógica, por eso debió ser que los sacerdotes judíos hicieron matar a Jesús. Según los pocos datos que existen acerca de ese asunto, Pilato, el prefecto romano, sabía que la acusación de los sacerdotes judíos en contra de Jesús era falsa, pero el acusado no era una persona importante, y al jefe romano le convenían mucho las buenas relaciones que tenía con los jefes de la religión judía y, para sostenerlas, autorizó la ejecución de Jesús, a la vez habiéndose lavado las manos en señal de que su conciencia no asumiría el crimen que se iba a cometer. Pero lo de la lavada de las manos ha sido puesto en dudas y se ha dicho que eso fue inventado por la monarquía eclesiástica, para eludir la responsabilidad romana en el asesinato de su endiosado Jesús.

Es casi seguro que el éxito que consiguió la religión de Jesús, más que a lo religioso se debió a que él predicaba que para obtener la Gloria de Dios no era necesario el pago de diezmos, siendo esta una doctrina que se convertía en un gran alivio económico para la enorme población pobre judía, entonces sometida a pagar el ‘impuesto del alma’ y a creer que el espíritu del que no pagara diezmos iría directo al infierno.

Históricamente, Jesús sólo es mencionado por Flavio Josefo y Tácito, dos historiadores confiables y cercanos a la época en que él vivió, pero éstos lo mencionan como un hombre religioso y nada mas. Y lo más seguro es que Jesús sí existió, pero sin ser Dios ni hijo Dios, sino un ser humano normal, pues resulta imposible que los historiadores de esa época hubieran pasado desapercibida la existencia de un dios hombre que hubiera resucitado después de muerto y que supuestamente logró resucitar a tres personas, entre estas al supuesto Lázaro, un hombre que, según los cristianos, tenía varios días de muerto. Y también resulta increíble que los historiadores no se hubieran preocupado en registrar las vidas y muertes de esos resucitados, si tales cosas hubieran ocurrido, pero lo cierto es que no hay registros históricos de tales personas resucitadas ni de esas resurrecciones.

Si nos atenemos a los registros históricos, las divinidades de Jesús nunca existieron sino que fueron una farsa conciliada por la monarquía romana en los concilios de Nicea y de Éfeso, cuando hacían casi 300 años que él había muerto. Y no hay duda de que la endiosada de Jesús fue planeada y decretada en Roma, pero, analizando la Historia, queda descartado que Jesús hubiera participado en la farsa religiosa cristiana hecha con los evangelios, de cuya autoría nadie sabe. Pero, quienesquiera que hayan sido los inventores de los evangelios, es seguro que el motivo y el propósito de esa farsa fueron asuntos políticos y económicos.

A estas alturas de cultura, creer en que Jesús es Dios es sencillamente, por ingenuidad o ignorancia histórica, validar en forma personal la gran farsa y calumnia que le hizo la antigua oligarquía romana al Creador del universo. La Iglesia, en los evangelios adorna muy bien sus mentiras, pero con eso no dejan de ser mentiras, y, por lo demás, el perverso comportamiento histórico de los pontífices demuestra que la Iglesia jamás ha respetado a Dios y que, además de calumniarlo, ha usado su nombre para cometer toda clase de delitos. Y, si sintiera algún aprecio por el cristianismo, hubiera renunciado a dirigirlo y hubiera asumido su responsabilidad exclusiva, tanto de haber creado la farsa de la endiosada de Jesús, como la de su autoría única en el sinnúmero de delitos y maldades que ha cometido, mañosamente apoyada con su respaldo.    

De todos modos, el proceso de la endiosada de Jesús fue lento y complicado y no hay duda de que las aristocracias romanas han sido de lejos las más beneficiadas con la riqueza económica y política que ha producido la Religión Cristiana, habiendo que reconocer que a la oligarquía romana, en lo económico y en lo político, le ha ido muy bien con “la Fábula de Jesucristo”.

En sí, históricamente no hay duda de que la oligarquía y la nobleza romanas fueron las inventoras de la divinización del Cristo romano, y conviene recordar que Calígula se creía y se hacía tratar como Dios, y que él no fue la excepción pues, tradicionalmente, las oligarquías romanas han sido frecuentes creadoras de divinidades propias falsas. Sin embargo, la endiosada del Cristo romano fue distinta a las que habían hecho antes, y en esta usaron un modelo diferente y cosas que nunca habían usado, pues, el endiosado fue un extranjero y, para soportar históricamente esta farsa, editaron a sus conveniencias los evangelios y con ellos endiosaron al judío Jesús de Nazaret. El resto del soporte de la historia de la religión cristiana lo hicieron con el saqueo a los escritos sagrados judíos, es decir, el Antiguo Testamento. O sea que a la religión cristiana le añadieron, editado a sus conveniencias, todo lo que les convino de la religión judía. Y, al principio, a la fuerza y para beneficio de ellos, los monarcas romanos establecieron en su jurisdicción, como obligatorios, los diezmos y primicias cristianos y luego los aplicaron en todos los territorios que lograron conquistar y más tarde pretendieron hacerlos obligatorios para toda la humanidad. En otras palabras: La monarquía romana, usando de apoyo político la religión cristiana, a la fuerza y a perpetuidad pretendió gobernar el mundo y ordeñar económicamente a toda la humanidad.

Pero, pese a las divinidades que le atribuyen los evangelios a la llegada de Jesucristo, no deja de ser una falta de respeto con el Creador, el hecho de asegurar que Él embarazó a María sin consultar su voluntad y poniéndole los cuernos a José, el supuesto novio de María, cosa que, vista desde el punto humano, sería mucho más inmoral que divina.

Según la realidad histórica, los monarcas romanos embarazaban y cometían cualquier abuzo con las mujeres que les diera la gana, sin importar que estuvieran casadas o comprometidas, comportamiento que es comparable al supuesto abuso de Dios con María en la farsa que narran los evangelios. Además, en varias actuaciones, es bastante notable el parecido de los gustos del Cristo romano con los gustos de la vieja monarquía romana, pero su universo resultó ser infinitamente mas pequeño y muy distinto al que los científicos han demostrado que existe, incluso, el azul que ellos aseguraban que era el Cielo, donde supuestamente está el Edén y la casa de Dios, resultó ser un enorme vacío o espacio universal, tal como aseguraron los ‘herejes’ Bruno y Galileo. Y nada de lo que asegura la religión cristiana puede servir de prueba verdadera de que Jesús fue engendrado por el Creador ni que haya tenido poderes divinos, ni mucho menos que Dios les hubiera dado su representación a los monarcas cristianos romanos para que en su nombre hagan en la tierra negocios de gloria divina y cometan los delitos y abusos que, amparados en esa farsa, han cometido con la humanidad.

Y hay que añadir que la Iglesia no es ni ha sido nunca una institución sin ánimo de lucro, como siempre sus dueños han querido hacerla parecer, sino que, al contrario, fue y sigue siendo una empresa productora de riquezas, para sus amos y señores, que pasó de Imperio Teocrático Capitalista a un Estado Teocrático Capitalista de oficina.

Según las explicaciones de la Iglesia, los evangelios están soportados con el contenido de unas cartas que escribieron los apóstoles, pero, no obstante a que todos aseguran que son cosas ciertas los hechos que relatan, hay numerosas contrariedades y falta de coincidencia en los mismos acontecimientos que todos o varios de ellos cuentan.

Si analizamos, sin fanatismo religioso, las divinidades del Cristo romano, en la práctica no hay nada concreto que pueda ser comprobado, es decir, algo que se pueda ver sin necesidad de la cháchara y las ambigüedades de la Iglesia. Los grandes logros de la humanidad los ha hecho la ciencia, por efectos de Jesús no se han notado cambios o aportes divinos en la evolución humana. En ese sentido hay un detalle negativo para el cristianismo: Jerusalén, la patria de Jesús, ahora es más violenta que cuando se supone que él nació. O sea que, en casi veinte siglos, el supuesto Salvador de la humanidad ni siquiera ha hecho el milagro de aliviarles los conflictos a los habitantes de su patria. Y todo apunta a que los israelitas, para que Israel pueda lograr la paz, tendrán que seguir el ejemplo de Italia y apartarse del modelo de gobierno religioso y convertirlo en Estado laico.

Históricamente es claro que la monarquía eclesiástica romana ha sido sumamente perversa y descarada. Además de cometer toda clase de delitos usando como escudo sus divinidades falsas, durante varios siglos ha amedrentado a la gente haciéndole creer que si no cree ciegamente en sus absurdos religiosos y no paga los diezmos a la Iglesia, cuando la persona muere, su alma irá directamente al infierno. Y lo cierto es que el único milagro que ha hecho el Cristo romano se lo hizo a la Iglesia, ya que con las enormes riquezas que les ha dado o pagado la gente, sus monarcas han vivido en la gloria de la facilidad económica que se propusieron con la endiosada de Jesucristo. Pero la gloria divina en la otra vida, o sea la que han pagado y pagan con diezmos los ingenuos fieles religiosos, está tan en duda como la recibida del pago de capital y utilidades de la pirámide del papa León X. Sin embargo, al Vaticano aún le sobran ovejas humanas para ordeñar, ya que muchas personas siguen creyendo que para poder llegar a la gloria es indispensable ser ingenuo y creer a ciegas en su dios y en sus promesas divinas. Y la Iglesia sigue asegurando que, por tener mala fe, el alma de quien se atreva a dudar de sus promesas divinas o no se someta a sus esclavistas condiciones, irá directo al infierno.

Pero, volviendo al tema de la endiosada del supuesto Mesías, conviene aclarar que hasta hoy no se ha podido establecer quiénes fueron los verdaderos autores de los evangelios, que son los escritos religiosos donde se cuenta la supuesta vida y obras divinas de Jesús. Los expertos en esos asuntos creen que éstos y otros escritos religiosos cristianos fueron hechos por autores desconocidos, contratados por la Iglesia, quienes, teniendo en cuenta los propósitos que cumplirían esos textos, para redactarlos usaron como fuente otros textos religiosos y las tradiciones cristianas. Y, con la autoría de supuestos autores ya elegida, le asignaron su autoría a éstos, cosa que es conocida como pseudografía.

De todos los evangelios escritos, el más antiguo que se ha encontrado es el conocido como Papiro P52, cuya edad científicamente establecida es del año 150 de nuestra era, por lo que sería imposible atribuirle su escritura a alguno de los supuestos apóstoles.

Pero hay que reconocer que fue ingeniosa y fantástica la farsa de hacerle creer a tanta gente que una mujer parió un hijo de Dios, prédica que en la práctica debe ser un irrespeto y una calumnia al Creador del universo.

Según la Iglesia, Jesús es Dios y ha sido nuestra salvación, pero, sin ambigüedades, no hay pruebas de su divinidad, así como tampoco hay muestras concluyentes de que nos haya salvado de algo. Pero sí hay numerosos registros históricos donde se narra en detalle que los gobiernos cristianos, amparados en la religión de Jesús, asesinaron millones de personas y cometieron todos los delitos humanamente posibles. Y está registrado que la Iglesia, absurdamente, legalizó la esclavitud en forma hereditaria y a perpetuidad, con lo que despiadadamente condenó, ya vivos o antes de nacer, a gran parte de la población humana. Seguramente que si hubiera estado vivo el humano filósofo Jesús, cuando en su nombre la Iglesia legalizó la esclavitud, él jamás hubiera aprobado esas acciones ni ninguno de los delitos que cometió el cristianismo. Además, con el comportamiento criminal que tuvieron casi todos los papas y los jefes del cristianismo romano, si las cosas fueran como la Iglesia dice y el infierno que ella menciona existiera, sería totalmente seguro que la gran mayoría de ellos estaría allá. El resumen de esta farsa lo dio el papa Clemente XI: “Dios es el creador del universo, pero jamás ha preñado a una mujer ni ha tenido hijo humano”. Y es que si llamamos Dios al hacedor de las cosas, como quiera que las cosas existen, pues es obvió que Él existe. Pero creer en las divinidades del Cristo romano no es otra cosa que estar sometido de conciencia por el adoctrinamiento de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II reconoció que la Iglesia no tiene certeza de quiénes fueron los autores de los evangelios. El famoso erudito y sacerdote Orígenes (185-254), aseguró que conocía más de 20 versiones distintas de los evangelios; quejándose de la mala interpretación de quienes los tradujeron y redactaron escribió: “En ellos hay cosas que se nos refieren como si fueran históricas y que jamás han sucedido y que eran imposibles como hechos materiales y otras, aún siendo posibles, tampoco han sucedido”. Y no está claro si en esos evangelios que leyó Orígenes ya había la intención de que Jesús fuese endiosado, pero lo que sí está claro es que la monarquía eclesiástica romana, aunque haya ocultado o adornado sus delitos, no ha tenido la menor delicadeza en el manejo de la fe cristiana y es obvio que, por sus tantas perversidades continuas, el Vaticano no tiene dignidad para seguir manejando el cristianismo.

Es obvio que, por las comunicaciones modernas, la Santa Sede ya no le podrá seguir ocultando al mundo ni negando su enorme historial criminal, y cuando la gente del común se entere de su espantoso rollo de delitos, es posible que los países del área cristiana sigan el ejemplo separatista de Inglaterra, y así finalice la jefatura cristiana del Vaticano.

Pero vale aclarar que Dios no tiene nada que ver en los crímenes eclesiásticos, y que Jesús tampoco ha estado involucrado en los delitos de la mafia de la Santa Sede; en el auténtico cristianismo no había obligación de fe religiosa, ni asesinatos, sectarismo, cobro de diezmos, matrimonio, inclusive, ni siquiera tenía iglesia o templo; en este sentido vale recordar una de las máximas del antiguo cristianismo que aseguraba que “Dios está en todas partes y para ganar su gracia no hay que ir al templo ni que pagar diezmos y primicias”; y que “lance la primera piedra quien se sienta libre de pecados”, cuando querían lapidar a Magdalena por ser prostituta, ejemplo este que no aplicó la monarquía eclesiástica romana en el caso de la papisa Juana.

La Historia del Cristianismo no registra ningún asesinato cometido por los cristianos, antes de que la mafia romana se apoderara de la religión cristiana. Así pues, sin lugar a dudas, el cartel mafioso y criminal cristiano fue planeado y organizado por la oligarquía romana; por gente de la talla de los Julio-Claudio, los Constantino, los Teofilacto, la dinastía que generaron Teodora y Marozia, los Crescencio, los Colonna, los Orsini, los Médices….en fin: las tantas familias oligarcas romanas e italianas que han manejado el Cartel Cristiano y que para beneficiarse lo convirtieron en una teocracia capitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ACERCA DE LA RELIGIÓN MUSULMANA

 

 

La farsa religiosa musulmana es mucho menos ingeniosa que la cristiana, pero sus inventores fueron igual de astutos que los romanos: Se aprovecharon de las ideas de los inventores del Cristo romano y saquearon todo lo que les fue útil, tanto de las escrituras sagradas judías como de las cristianas.

Por lo costoso y difícil que debió resultar el proyecto, lo más seguro es que para que funcionara la farsa islámica, además de Mahoma, estuvieron involucrados Fariya, la rica y primera esposa del profeta, y el gran jefe de su tribu, Abu Talib, el tío del profeta que fue quien lo crió y entrenó en toda clase de delitos.

Numerosos datos históricos aseguran que Fariya fue la primera persona que se convirtió en musulmana y que ella hizo grandes aportes económicos en ayuda a esta religión, cuando la estaba desarrollando Mahoma. Y lo más seguro es que ella fue la autora intelectual de las enseñanzas que los musulmanes le atribuyen al ángel Gabriel. Es fácil notar que mientras Fariya fue esposa de Mahoma él estuvo sometido a ella, cosa que queda clara al saberse que no tuvo ninguna otra mujer durante los 25 años que ellos duraron casados. Pero, en los 15 años que vivió después de la muerte de Fariya, él se casó como 30 veces. Como cosa rara, los dos socios del profeta en la religión musulmana, Fariya y el tío de Mahoma, murieron ‘de repente’ el mismo año. Sin embargo, por esas muertes, el profeta Mahoma en vez de tristeza debió sentir una gran renovación de su energía sentimental, pues en los días siguientes a esos fallecimientos se casó dos veces, y su tercera esposa fue Aisha, una niña de nueve años de edad.

En un relato de Tabari Hadith hay una nota supuestamente escrita por Aisha, cuyo contenido dice:

Mi madre vino a mi cuando me estaba meciendo en un columpio entre dos ramas. Mi cuidadora me lavó la cara y me llevó de la mano. Cuando llegamos a la puerta se detuvo para que yo recuperara la respiración. Me introdujeron en la habitación, donde esperaba el profeta sentado en una cama de nuestra casa. Mi madre me hizo sentar en el regazo de él. Entonces, los hombres y las mujeres se levantaron y nos dejaron solos. El profeta consumó el matrimonio conmigo en mi casa cuando tenía nueve años…… ”.

Para los musulmanes, el hecho de que Mahoma hubiera abusado sexualmente de una niña de 9 años, teniendo él como cincuenta años de edad, no es visto como una falta humana del profeta sino como parte de su poder divino. Pero, para los defensores de derechos humanos, particularmente para quienes defienden los derechos de los niños, Mahoma cometió el delito de pedofilia, por lo que debió ser encarcelado de por vida. Y, si lo hubieran puesto preso, es seguro que en la cárcel los investigadores le hubieran sacado a Mahoma toda la verdad acerca de la farsa de las aparecidas del ángel Gabriel y en este momento no sobreviviría nada de su cuento absurdo.

 Por lo demás, si nos atenemos a la lógica, ese sujeto guerrero, esclavista, mujeriego y asaltante de caravanas que fue Mahoma no es posible que fuera un hombre con alguna virtud divina, ni mucho menos puede ser creíble que él haya tenido contactos con un ser especialmente enviado por Dios para instruirlo. Y, con el comportamiento histórico de los califas, queda más que demostrado que la religión musulmana es una farsa religiosa, inventada con el propósito de combatir a los cristianos y para conseguir poderes político y económico.

Lo más seguro es que al profeta Mahoma lo querían o lo buscaban los necesitados y las mujeres porque repartía dinero a montones, pero, cuando él murió, finalizó ese reparto y empezaron los problemas internos en su organización, porque, como ya se dijo, el profeta no dejó sucesor elegido, y la plana mayor de sus ejércitos estaba compuesta por dos suegros y dos yernos suyos que eran jefes guerreros, saqueadores y sometedores de pueblos, es decir, cuatro hombres bandidos y curtidos en guerras, entre los cuales ninguno tenía la audacia de Mahoma ni vocación religiosa alguna, sino que por orden del profeta, para lograr sus propósitos económicos y políticos, éstos fingían ser religiosos y usaban el Islam para sometimiento religioso y como herramienta de chantaje y de adoctrinamiento político.

Para abreviar las cosas resumo en que, después, la enemistad a muerte entre las divisiones musulmanas ha evolucionado mediante un sometimiento religioso que ha consistido en que el líder de cada nueva secta musulmana, mediante un adoctrinamiento perverso, convence a los pueblos sometidos o aliados suyos de ser él el verdadero mensajero de Dios y el único reemplazo del profeta, y que las demás sectas musulmanas están dirigidas por falsos profetas y que todas aquellas, por haber traicionado al profeta Mahoma y a Alá, por orden de Dios deben ser eliminadas. Y vale añadir que, por asuntos económicos y/o políticos, de esas tres divisiones han surgido numerosas sectas religiosas radicales y terroristas, como, por ejemplo, Al Qaeda y el Estado Islámico, que casi todas son o en cualquier momento se convierten en enemigas a muerte entre sí.

Y no obstante a que los cuatro primeros jefes musulmanes fueron los causantes del problema que todavía mantiene divididos y en guerra a los islamistas, debido al adoctrinamiento coránico de los creyentes, esos cuatro legendarios líderes guerreros son considerados por los musulmanes como "los cuatro califas bien dirigidos", siendo que, según los registros históricos, esos cuatro califas fueron cuatro sujetos esclavistas, asesinos y perversos que murieron asesinados entre ellos mismos, en conflictos por asuntos económicos y políticos, y además fueron ellos quienes suscitaron los conflictos por los que se dividió el imperio musulmán, líos por los que las poblaciones de cada una de las divisiones musulmanas que surgieron por sus individualismos, se han mantenido en guerras y en enemigas a muerte entre sí, desde entonces.

Es de aclarar que la causa de esos conflictos surge del hecho de que cada división es adoctrinada con la convicción religiosa de que Alá y el profeta Mahoma aman sólo a la secta individual a la que pertenecen y que, por traidores, Dios les ordena asesinar a sus enemigos musulmanes. Y que por ser diabólica, también les ordena exterminar a la población de Occidente, creencia que es similar a la que predicaban en la antigüedad los líderes judíos y los pontífices romanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                    CONCLUSIONES GENERALES

 

Si Usted nació plebeyo y se siente feliz y orgulloso de sostener a sus monarcas, esta obra no tiene como propósito hacer proselitismo para arruinar su ‘plebeya’ felicidad.

En cuanto a las religiones, hay que recalcar que, todo el tiempo, los dirigentes religiosos han explicado las divinidades de sus dioses con las ambigüedades de la jerga religiosa, es decir, con palabras dichas de una manera que no hay posibilidad de entender y que desde siempre ellos han fingido comprender, siendo que al explicar así sus farsas, el resultado final de cualquier situación es que desde sus puntos de vista, ellos siempre resultan teniendo la razón.

La farsa de la religión judía ha sido tan aniquilada por el cristianismo, el islamismo y la ciencia que ya no es una religión sino un idiosincrático modo de vida.

Los registros históricos no dejan duda de que el dios Jesucristo fue una farsa conciliada por la monarquía romana en los concilios de Nicea y de Éfeso. Y, siendo así las cosas, creer en las divinidades de Jesucristo no es otra cosa que estar sometido de conciencia por la Iglesia, y se necesita ser ciego mental para no darse cuenta que el verdadero dios de la Iglesia ha sido y sigue siendo ‘El Señor Dinero’ que le producen sus muy numerosas empresas y el poder político que aún surge de su adoctrinamiento perverso.

Y creer en la farsa musulmana no es otra cosa que estar sometido de conciencia por el Corán y/o por la perversa monarquía musulmana, pues resulta imposible creer que, sin que hubiera una sola falla, un montón de analfabetas hubiera podido memorizar el enorme contenido del Corán, farsa a la que hay que añadirle que casi todos los hafiz o ‘memoriadores’ estaban muertos cuando fue hecha la primera versión de dicho libro, que, como fue explicado, su primera edición fue destruida por el califa Uthman ibn y su contenido fue reemplazado por el del Corán existente.

Para explicar lo imposible que en la práctica puede ser tal cosa, vale poner de ejemplo que el himno de Colombia tiene once estrofas y que, aunque a todos los estudiantes se las enseñan en detalle, desde el presidente para abajo, casi ningún colombiano las recuerda en su orden ni se sabe mas de tres estrofas. Y, aunque la historia de la humanidad tiene registrados los detalles del proceso de la farsa de Mahoma, con un poco de imaginación basta para deducir que las aparecidas del ángel Gabriel fue un asunto perverso, fríamente planeado por los inventores del Islam.

Ningún historiador ha registrado la ocurrencia de hechos divinos. Y no obstante a todo lo que se cree o se dice, la mera realidad histórica es que de Dios y del Diablo los humanos no hemos logrado saber absolutamente nada. Además, es un hecho que debido a la evolución cultural, esas farsas religiosas que desde tiempos remotos se han venido vendiendo y predicando, van en camino a desaparecer.            

Todo el contenido de esta obra fue tomado de escritos históricos que hoy en día, por Internet, son fáciles de verificar. Lo que hice fue resumir y escribir en un solo ‘paquete’ los relatos que consideré más importantes; creo que hacía falta esta obra y me hubiera gustado poder leerla sin tener que escribirla. Tal como lo explico a continuación en la NOTA IMPORTANTE, con este libro no pretendo causar resentimientos; la idea es que la humanidad conozca su verdadera historia religiosa y así evitar repetir los errores y crímenes que se han cometido por el desconocimiento de estos asuntos.

 

 

 

 

                                             NOTA IMPORTANTE

 

Si una persona, para orientarse en el tema de la fe religiosa, lee la Torá, la Biblia y el Corán, al final de la lectura va a quedar con el dilema de no saber cuál de los tres dioses de estos tres libros es el Dios verdadero, pues son distintos y cada uno de ellos asegura que la única forma de hallar la salvación divina es siguiendo ciegamente las exigencias del dios verdadero expresado en sus páginas. El resumen es que los tres dioses de los tres libros son muy distintos, pero se parecen en lo pretenciosos, alabanciosos, injustos, exigentes, maniáticos, incomprensibles, sanguinarios y con un sinnúmero de adjetivos negativos en sus contras, a quienes no obstante a que en los libros se reconoce que nada necesitan, en ellos se instruye que de obligado hay que hacerle toda clase de servicios, oraciones, sacrificios y adoraciones. Sin lugar a dudas, son tres dioses concebidos a la manera como eran los monarcas en las épocas en que fueron inventados esos dioses, y por eso ninguna de las enseñanzas de los tres libros engrana bien con el entendimiento de la civilización moderna.

CRÓNICA DE FARSAS Y ABSURDOS HISTÓRICOS es mi aporte personal a la humanidad y mi propósito al obsequiar esta obra es sólo con fines académicos, el único objetivo es demostrar la evolución histórica de las creencias religiosas; por ningún motivo deseo que este libro cause rencores, roces o discriminaciones por los temas que explica. Con el relato de estas historias no pretendo hacer proselitismo a favor ni en contra de la fe religiosa, el objetivo es que con la lectura de esta obra la gente sepa cómo ha sido la evolución de las creencias religiosas y además le sirva para saber que, en realidad, los humanos no hemos logrado saber nada acerca de Dios ni del Diablo. Y que, ojala, la lectura de este libro sea útil para evitar actos suicidas y muertes por fanatismo religioso, y también para evitar estafas por ingenuidad en este tema.

Para evitar dudas en el obsequio de este libro, en este párrafo doy por hecho que esta obra es de mi autoría y que está libre de derechos de autor, es decir: Autorizo a todas las editoriales, empresas y/o personas jurídicas o de cualquier otra consideración social a publicar esta obra y venderla u obsequiarla impresa en papel, sin tener que pagarme derechos de autor ni solicitar mi permiso para imprimirla; la idea en este sentido es que, el libro, a un precio bajo, pueda vendérsele en papel a la gente que no tiene o no maneja tecnología, y que la obra pueda ser publicada en cualquier parte del mundo.

En formato virtual no autorizo la venta libre de esta obra, pero cualquier empresa, entidad o persona, sin consultarme, puede pegarla en su página o blog para que de allí pueda ser bajaba de Internet como lectura gratuita. Además, autorizo la traducción de esta obra a cualquier idioma. La única exigencia es que, al ser traducida, el contenido en otro idioma sea literalmente igual al de la obra en español, y ojala usando palabras que puedan ser entendidas por la gente del pueblo raso. Y vale aclarar que en la actualidad hay algunas editoriales autorizadas para vender esta obra en ambos formatos (digital y en papel), cosa que tuve que aceptar para que el público pueda obtener el libro en papel, habiendo el inconveniente de que las editoriales que venden el libro físico no aceptaron regalarlo en modo virtual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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