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LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DEL REJUAGAO

Mi hermano, el profesor Luís Alfonso, sufre de pesadillas desde que le conté la forma en que desapareció mi amigo, el Rejugao de Dosbokas. Unos días antes, él lo había encontrado desmayado, en una hamaca colgada de dos palos de mango en el patio de su casa campestre. Mi hermano, cuando lo vio así, pensó que él le estaba mamando gallo porque, anteriormente, en dos ocasiones lo habían declarado muerto y la última de esas veces, cuando lo iban a enterrar, le había hecho pasar un sofoco, del que casi le da un infarto. Con mucho temor, mi hermano verificó que el Rejugao no respiraba, lo dejó como estaba y rápidamente fue a buscarme.   
La familia de mi amigo se enteró enseguida del asunto, pero esta vez nadie lo dio por muerto. No hubo velorio ni nada que diera a entender que él hubiera fallecido. Pocos días antes, yo había convenido con el Rejugao que iría ese día, temprano, a su casa y debí ser yo quien lo encontrara en esas condiciones pero, ese día, por la mañanita, el profesor tuvo una urgencia que me tocó quedarme solucionando y  por eso no pude ir a la cita. Antes de empezar a solucionar esa urgencia, para mitigar la falta, le dije a mi hermano que fuera a la casa de mi amigo, a decirle que yo iría a su cita el día siguiente. Por eso fue que ese hallazgo cambió de titular, pero mi hermano quizá era la persona menos deseada por mi amigo, el Rejugao de Dosbokas, para que lo encontrara así.
El Rejugao no estaba enfermo pero, pocos días antes de ese incidente, me había dicho que estaba a punto de desaparecer. Ese día fue la última vez que hablamos. Estaba contento, cuando me saludó dijo que me traía una sorpresa. Abrió la puerta trasera de su campero, sacó un paquete, bastante pesado, y me lo entregó. Después hablamos durante un largo rato. Me explicó que por ningún motivo abriera el paquete antes de que él cumpliera nueve noches de desaparecido. Luego me pidió que estuviera atento, para que cuando él se desmayara esperaran para enterrarlo hasta que su cuerpo oliera a podrido. Según me dijo, la clave para saber si verdaderamente estaba muerto era jalándole las piernas y los brazos, para verificar si tenían la tesura normal de los muertos, y que su cuerpo empezara a oler a carne podrida. Esa precaución se debía a que antes, en dos ocasiones, lo habían declarado muerto y se había levantado del ataúd. La primera vez resucitó en pleno velorio, y la segunda se levantó cuando iban entrando con él al cementerio, lo cual produjo un incidente que le causó mucha pena.
En la charla, el Rejugao me dijo que en el paquete había una sorpresa. Y un poco después añadió que la sorpresa era la historia de EL TESORO DE DOSBOKAS,  un asunto que él nunca había querido contarme. Después seguimos hablando de varias cosas, pues, aunque él siempre prefirió no hablar de sus asuntos personales, los dos éramos amigos desde hacía mucho tiempo y podíamos hablar de muchas cosas, porque coincidíamos en muchas maneras de ver la vida, pero él sabía de muchos misterios que nunca me dijo ni yo me atreví a preguntarle. Y, siempre se ha rumorado acerca de una alianza suya con el más allá y por eso muchas personas han evitado tratarlo.
En realidad, el Rejugao sí ha hecho cosas inexplicables y muchas veces se ha salido de las normas terrenales, pero sin hacerle daño a nadie y, que yo sepa, nunca tuvo enemigos. Y, por sus cosas raras, tenía pocos amigos. Mi hermano, el profesor, es amigo de todo el mundo y era más o menos amigo de él, pero los dos nunca anduvieron juntos, ya que el profesor es más ronero que mujeriego mientras que el Rejugao era muy mujeriego y poco ronero. Además, el profesor cuando se emborracha se pone de muy malas pulgas y con frecuencia ofende a las mujeres, cosa que no le agradaba al Rejugao.
Durante toda su vida, el Rejugao ha sido un gran autodidacta, muy ordenado en sus cosas, de buen humor, positivo, trabajador incansable, un poco trota mundos y gran madrugador. Nunca se casó, decía que el amor del hombre dura lo que dure la comprensión de la mujer, y que el amor de las mujeres dura mientras el hombre tenga éxito y dinero; y que la gran mayoría de las mujeres eran más interesadas que románticas. Pero, a pesar de ser consciente de ese detalle, aseguraba ser un auténtico enamorado natural.
El asunto de la historia de EL TESORO DE DOSBOKAS, ese último día que hablamos, además de que me cayó de sorpresa, me puso en una situación difícil. Yo quería leerla antes de que él desapareciera; le expliqué que era muy probable que allí hubiera cosas que fuera necesario que él me aclarara.
Cabe señalar que para poder intimidar con el Rejugao, yo tenía que esperar que él dijera las cosas y, en este caso, ni él me explicó ni yo me atreví preguntarle lo que quiso decir cuando me dijo que estaba a punto de desaparecer. Pero, él no estaba enfermo, yo lo notaba muy fuerte, le dije que no le veía razón ni posibilidad a su pronta desaparición. Totalmente calmado me respondió: “La cosa está cerquita. Y la historia es fácil de entender.”
En cuanto a la historia, lo único que me adelantó fue que la había escrito con ALFABETO ESPAÑOL PRÁKTIKO, una forma de escribir establecida en Tierra Sana y acogida después por mi amigo el Rejugao. Esa forma de escribir, creo yo, puede ser una fórmula efectiva para tecnificar y descomplicar la escritura del idioma español, y del manejo en general de cualquier idioma, pero no será fácil ni pronto que la humanidad entre en razón en ese sentido; creo que pasará mucho tiempo para que ese sistema se convierta en norma y solución de las innecesarias complicaciones alfabéticas.
Ese día, tan pronto supe la novedad del Rejugao, metí en un bolso una hamaca, ropa, útiles de aseo, varios libros y con bastante logística me mudé para su casa.
Cuando llegué a su casa, allí las cosas eran casi normales, el Rejugao estaba tendido en su hamaca y, como si estuviera muerto, no respiraba, pero su cuerpo no estaba frío ni tieso. Y, cuando lo examiné bien, me pareció que no estaba muerto sino apagado, ya que él me había explicado que sufría de una enfermedad con esos síntomas, y yo me había comprometido a no dejarlo enterrar hasta que su muerte estuviera totalmente comprobada. Ahora había un pequeño temor de intereses en ese sentido porque ya el Rejugao no era pobre y su muerte podía beneficiar a muchas personas, entre las que no estaba yo, y creo que por eso fue que me pidió el favor de que lo cuidara cuando quedara en esas condiciones.
Poco después que llegué a su casa, las pocas personas que estaban allí se marcharon, yo colgué mi hamaca al lado de la del Rejugao, abrí un libro y leí hasta que me quedé dormido. Cuando desperté ya era de noche, noté que alguien debió llegar porque había luces prendidas, pero busqué y no encontré a nadie. Yo había llevado comida preparada, abrí el paquete en que llevé la comida y cuando empecé a cenar, de todos lados llegaron unos gatos pardos, maullando, en señal de hambre. Les di casi toda la cena a los gatos, le eché un vistazo al Rejugao y me volví a acostar en la hamaca.
Esa primera noche se me hizo bastante larga. Unos murciélagos como del tamaño de las palomas, pasaban rasantes a mi hamaca y cada rato me despertaban. Pero era verano y no había mosquitos ni lluvias que nos impidieran la estadía a la intemperie en las hamacas. En la mañanita le pasé revista al Rejugao. Todo seguía igual, ya no me quedó duda de que el hombre no estaba muerto sino apagado. Poco después llegó un señor que traía leche para los gatos. Me dijo que no me preocupara por el patrón, que él duraba como cuatro o cinco días en ese estado y después se levantaba como si nada. Y así ocurrió. Pero esta vez cambió la forma, pues, la tercera noche, casi de madrugada, algo me despertó y vi al Rejugao acompañado de un cura y un indio, dándoles leche a los gatos. El cura era un hombre blanco, alto, como de cincuenta años, tenía puesta una sotana blanca, resplandeciente; y el indio era tal vez un poco menor que el cura y de menos estatura, pero elegante, y tenía puestas las parafernalias que suelen usar los jefes indígenas. Yo me quedé en la hamaca y, procurando que ellos no se dieran cuenta de que yo estaba despierto, observaba el aspecto de los dos rarísimos recién llegados. Afortunadamente, desperté a tiempo. Casi enseguida, los dos forasteros se metieron en el cuerpo del Rejugao, sin hacerle daño ni modificar su tamaño, y empacados en un solo cuerpo tomaron un caminito oscuro hacia el monte. Desde entonces el Rejugao está desaparecido, y el profesor está traumatizado desde que supo la forma en que él desapareció.
Ya hace más de un mes que desapareció el Rejugao. Y ya abrí el paquete que él me dejó. Contenía varios objetos de origen indígena, finamente elaborados en oro, un cuadernillo resortado con hojas escritas en computador, titulado El Tesoro de Dosbokas, y una nota hecha a mano que dice: “Te dejo estos rregalos i la istoria, EL TESORO DE DOSBOKAS, de la ke fui partisipante i autor.”
Los objetos de oro deben valer muchísimo pero, no los venderé, me quedaré con ellos. Y a continuación transcribo un capítulo interno de la historia, EL TESORO DE DOSBOKAS, pero escrito con ortografía normal:
“Mi familia, internamente, era conflictiva; yo era el más calmado y hacía todo lo posible de hacer mis ‘cosas raras’ sin llamar la atención de la gente. Esa era una de las tantas enseñanzas que me daban Dámaso y Sanapa, que ya para esa época de día andaban conmigo para todas partes, y nunca llegaban a la casa. Pero, por asuntos ajenos a mi voluntad, no siempre podía ocultar mis cosas raras; una tarde, mi mamá me mandó a buscar agua en un burro. Era verano, el agua para beber había que ir a buscarla a una ciénaga que quedaba retirada de la casa.
En esa época los muchachos peleaban a las trompadas por simple diversión. Yo nunca participaba en peleas, ni siquiera las veía, Sanapa en varias ocasiones me había dicho que pelear era Nó, lo cual se traducía en negativo o no conveniente.
Esa tarde, cuando llegué a la ciénaga, encontré un grupo de muchachos bañándose y jugando en una represa que estaba al lado de esa ciénaga. Cuando ellos me vieron llegar, se salieron del agua y empezaron a molestarme. Todos me conocían pero yo no era amigo de ninguno de ellos. El muchacho mayor del grupo se llamaba Pedro y era casi un hombre; cuando yo empecé a llenar los tanques, él se acercó y dijo: “Rejugao, tienes que darte trompadas con alguno de nosotros; escoge uno que esté parejo contigo para que te des puños con él.”
Por instrucciones de Dámaso le respondí que yo no quería pelear con ninguno de ellos, que era mejor que siguieran jugando en el agua. Pedro, burlándose, dijo que yo no era gallo sino gallina. Todos se rieron, entonces el grandulón llamó a un muchacho que por apodo le decían ‘el Pipe’, que estaba parejo conmigo y que era el único que se había quedado en el agua, nadando. El muchacho no quería salir, pero todos le insistieron que viniera y, cuando se acercó, el grandulón le dijo que peleara conmigo. ‘El Pipe’, bastante indeciso, me preguntó sí quería darme puños con él. Yo le respondí que no quería pelear, y que ninguno de ellos aguantaba una trompada mía. Pedro le dijo a ‘el Pipe’ que me cogiera la barba, cosa que en ese tiempo se consideraba humillante. ‘El Pipe’ no le obedeció, le respondió que él tampoco quería pelear conmigo. Pedro insultó a ‘el Pipe’, le dijo que él también era gallina. ‘El Pipe’ se enojó, le respondió que más gallina era él y que si quería ya mismo se daban trompadas. Pedro se quitó una franela que tenía puesta y le pidió a sus compañeros que hicieran un ruedo. Cuando estuvo listo el ruedo, Pedro se paró en el centro y le dijo a ‘el Pipe’ que viniera, que le iba a poner la mano donde su mamá le había puesto la teta.
‘El Pipe’ estaba mucho más pequeño que Pedro y se había ubicado al lado mío, afuera del ruedo y bastante temeroso. Haciendo alarde de bravura Pedro dijo: “Si no vienen acá las dos gallinitas, voy y las levanto a trompadas allá mismo donde están cagadas de miedo.” Dámaso me indicó que le tocara la mano a ‘el Pipe’ y le dijera que peleara. Yo levanté un poco su mano derecha y le dije que tumbara a Pedro con una trompada. ‘El Pipe’, en forma automática, fue al centro del ruedo y le dio una tremenda trompada en la quijada a Pedro. El golpe fue tan fuerte que levantó al grandulón y lo tiró encima de dos de sus compañeros que estaban haciendo el ruedo. Los tres cayeron y los demás se fueron corriendo para la casa de una señora, llamada Tomasa, que vivía cerca de la ciénaga. Luego, ‘el Pipe’ y los dos muchachos que habían caído ayudaron a Pedro a levantarse; después, los cuatro, incluido ‘el Pipe’, se fueron corriendo atrás de sus compañeros.
En ese pleito, sólo intervino Dámaso. Sanapa quería que yo me desocupara rápido, para que le permitiera mirar la ciénaga. Además, él estaba pendiente de la pelea y sabía que no era necesario que participara en ella. Todavía no estábamos prácticos en el manejo de mis sentidos, para poder ver los tres teníamos que mirar por turnitos intermitentes. A Sanapa le dio mucha risa cuando los muchachos se fueron corriendo y, para divertirse más, provocó un brisazo que tumbó muchas cosas de los árboles de la ciénaga y levantó por el aire varias palmas de unas matas de corozo e hizo que se espantaran unas palomas guarumeras, que con el aleteo de la salida hicieron un gran estruendo y aumentaron el susto y el afán de los muchachos. Riéndose, Sanapa dijo: “Pedro sí ir cagado de miedo.”
La señora Tomasa, la vecina de la ciénaga, no andaba con rodeos para decir las cosas. Esa tarde, supe yo después, cuando los muchachos llegaron asustados a su casa y le contaron los detalles de la pelea y de la furiosa borrasca que espantó las palomas, ella les dijo que deberían sentirse agradecidos de estar vivos, y con mayor razón Pedro que había sido el causante de la pelea y que sólo tenía hinchada y torcida la quijada. Añadió que ella había oído decir que yo sabía muchos secretos, que entre otras cosas podía manejar el viento y con él hacer caer los palos para el lado que me diera la gana; y que los pájaros no llegaban al cultivo donde yo estuviera pajareando. Y explicó que, según rumores, los perros en vez de ladrar aullaban cuando yo iba llegando a las casas de sus dueños. ‘El Pipe’ estaba muy asustado y decía que no recordaba haberle pegado a Pedro, lo cual le ponía más misterio al asunto.
Entre los muchachos que estaban en la ciénaga había un hijo de la señora Tomasa. Esa tarde ella le aconsejó a su hijo que de ahora en adelante se apartara bien lejos de donde viera a ese muchacho ‘empautado’. Los demás muchachos dijeron que ellos también tomarían ese consejo. No obstante a que yo aún era casi un niño, desde entonces, la gente de la región empezó a tratarme de lejitos, como fiera peligrosa.
Yo llegué a la casa, con el agua, y no dije nada de lo ocurrido con los muchachos, pero mi tía hizo un tremendo alboroto cuando se enteró de ese asunto, y puso cruces por todas partes en la casa. Mi tío tomó las cosas de otra manera. Creía que yo sabía secretos, y me rogó que se los enseñara. Mi mamá no le dio mayor importancia a ese hecho, ella pensaba que lo mío no eran secretos sino fuerza mental y desde mucho antes, todas las noches, antes de acostarme, hacía que me arrodillara en un altar que había en la casa y rezara el padre nuestro. Además, me hacía llevar colgada en el cuello una golilla con una crucecita de madera, cosa que ni para bañarme me quitaba y que, según ella, demostraba que su hijo no tenía enredos diabólicos.  
Con frecuencia, yo trabajaba de pajarero y los pájaros hacían nubes por todas partes, pero no se acercaban a donde yo estuviera con mis amigos espíritus, lo cual les llamaba la atención tanto a mi familia como a particulares.
Hubo un hecho que le pareció espectacular a mi tío y asombroso a mi familia, que ocurrió una tarde que había llovido un aguacero, y que no había coco para preparar el arroz para la cena porque, poco antes, mi tío los había vendido todos. Al único palo de coco que mi tío no le había podido tumbar los cocos secos era un cocotero que, debajo de los cocos viches, estaba lleno de racimos de cocos secos porque a ese árbol los gajos se le secaban y los cocos no se caían sino que quedaban colgados y pegados, junto con las palmas secas, en el cuerpo del árbol. Debido a la altura de ese palo, ninguna vara alcanzaba para tumbarle los cocos y, si trataban de subir a él, arriba había que apartar las palmas secas y al moverlas se desprendían con todo y cocos y le caían encima a la persona que fuera subiendo, cosa que ya le había ocurrido a mi tío y que esa vez casi lo hace matar un gajo de cocos. Esa tarde, luego de recibir una cantaleta por haber vendido los cocos, mi tío me pidió que lo acompañara a tumbar un coco para preparar la cena. Salimos a tumbar el coco, la tarde estaba lluviosa y oscura; a poco rato, jalando un racimo de cocos, mi tío partió la única palanca que teníamos y quedamos varados porque la mayor parte de la vara se quedó pegada al racimo y no pudimos recuperarla. En ese momento, sin ser vistos por mi tío, me pidieron Sí y entraron a mi cuerpo los espíritus de Dámaso y Sanapa. Para solucionar el asunto, en silencio le pedí a Sanapa que me ayudara a tumbar un gajo de cocos del palo alto que estaba lleno de racimos. El palo lleno de cocos estaba a pocos metros de donde estábamos nosotros, le dije a mi tío que nos apartáramos un poco de ese árbol; al instante, una brisa fuertísima tumbó todos los gajos de cocos secos y también las palmas secas que colgaban del cocotero. Con la caída, los gajos de coco y las palmas hicieron un gran estruendo, y toda mi familia llegó corriendo a ver qué había ocurrido. Habían caído más de cien cocos; a ellos se les hizo extraño de que yo no estuviera asustado sino riéndome porque, por debajo, el palo quedó totalmente afeitado y se veía ‘joven’ y raro. Mi tío temblaba de frío, casi no podía hablar y cuando él le contó a mi familia cómo habían sido las cosas, todos quedaron asombrados. Para mi tío, ese hecho fue un evento espectacular y, nuevamente, me rogó que le enseñara siquiera uno de mis secretos. Ya en mi casa sabían que yo causaba esos brisazos, pero nadie de mi familia los había presenciado. Esa tarde, mi tío no paró de rogarme que le enseñara el secreto para hacer soplar el brisazo; para que no siguiera molestándome le dije que para aprender ese secreto era indispensable leer y estudiar varios libros. Yo sabía que a él no le gustaba leer, supuestamente con la intención de que empezara a prepararse para aprender el secreto, le di un libro que enseñaba concentración mental y apenas alcanzó a leer media página y dejó de molestarme.
Por hacer cosas raras, el más preocupado y despistado conmigo era mi abuelo; él había traído de Montería agua bendita, me había mojado con ella varias veces y no ocurrió nada de lo que esperaba. Y yo, fuera de alejar los pájaros, de vez en cuando seguía haciendo cosas, para todos inexplicables, que causaban sorpresa y de lo cual casi siempre surgía un rosario de chismes y comentarios. Entonces, con la sensatez de siempre, mi mamá decía que estaban haciendo una tormenta en un vaso de agua. Explicaba que yo no era mas que un niño trabajador y estudioso que, inexplicablemente, sabía hacer cosas raras, pero que no peleaba ni le hacía mal a nadie. Mi tía, entre chanza y verdad, me trataba de ‘brujito’, y a veces también me defendía porque ella le tenía pavor al ganado y cuando tenía que salir de noche, si ella me lo solicitaba, por medio de mis amigos espíritus yo hacía que se alejaran de la vía los rodeos de ganado que dormían en el camino. En ese tiempo mi mamá ya no me pegaba, ni siquiera me regañaba, y era la única persona que siempre estaba de mi lado y me defendía de chismes y suspicacias.
La única exigencia que me hacían Dámaso y Sanapa era mantener en secreto mi relación de amistad con ellos, cosa que siempre cumplí. Los dos eran profesores míos y, según ellos, estudiantes eternos. Pero estaban desactualizados, quedaron muy impresionados el primer día que vieron un camión en marcha. Comentaban que todas las cosas del mundo las habían hallado enormemente cambiadas y que la tecnología había crecido increíblemente.
Es difícil explicar el modo de funcionamiento del engranaje de mi persona con los dos espíritus amigos, que en resumen éramos un cuerpo con tres espíritus. Al comienzo ese asunto era complicado. Para que ellos dos pudieran comunicarse entre sí, tenía yo que hacerles algo así como un puente mental que me causaba un poco de dolor de cabeza pero, poco a poco, aprendimos a repartir el trabajo y logramos engranar los espíritus en equipo, como si fueran uno solo, y no que cada uno condujera mi cuerpo por turnos. Sobra decir que me sentía más seguro cuando llevaba conmigo los dos espíritus amigos, pero yo hacía todo lo posible para que eso no se notara.
Los dos amigos espíritus eran grandes lectores, leyendo fue que desarrollamos las primeras prácticas y habilidades que más tarde nos facilitaron las cosas. Lo difícil entonces era tener a la mano algo bueno para leer, ya que ellos no llegaban a la casa y a mí me quedaba muy complicado sacar los libros de sabiduría que tenía mi abuelo. Muchos de sus libros, mi abuelo los había comprado de contrabando porque eran prohibidos por la Iglesia. Y, por gastar el dinero comprando libros, en su juventud había tenido duros conflictos con mi abuela, que creía que el único libro sabio era la Biblia y que en vez de libros hubiera preferido comprar joyas.
Desde antes de yo tratar con mis amigos espíritus, Dámaso sabía que mi abuelo tenía esos libros, y el favorito suyo tenía partes escritas en sánscrito; él me pedía que lo llevara cuando iba a pajarear y yo lo sacaba con el argumento de que me gustaba ver los planos y los dibujos que contenía. El título de la obra era “Páginas de Sabiduría”, y su contenido era una gran colección de enseñanzas, de las que Dámaso leía y traducía las partes en sánscrito al idioma español o a cualquiera de los idiomas nativos que él y Sanapa hablaban. A veces, entre los escogidos incluía la Biblia u otros libros sagrados, cosa que despistaba a mi tía, porque, según ella, los brujos no podían tocar la Biblia. Ese asunto de llevar libros al trabajo, al comienzo, a muchos les parecía raro, pero poco a poco se acostumbraron a que cuando yo iba a pajarear, en vez de ondas o caucheras, llevaba los libros de mi abuelo.
El asunto con los espíritus iba bien, pero la salud de mi mamá, después que murió mi abuela, cada día era peor. Casi no comía, todas las noches le daba fiebre y una tos seca que parecía que tuviera algo atorado en la garganta.             
Una mañanita, mi tía Josefa nos hizo reunir a todos en el patio y nos dijo que a mi mamá le quedaba poco tiempo de vida. Mis hermanos se pusieron a llorar, yo salí corriendo a buscar a mis amigos espíritus. Les conté el asunto, y entonces fue que supe que Sanapa era médico y que hubiera podido curarle el paludismo a mi mamá. Pero ya era demasiado tarde, afirmaron ellos cuando los llevé a la cama donde estaba ella, y lo único que se pudo hacer fue que Dámaso le dio consejos espirituales.
Desde mucho tiempo atrás, las cosas de mi mamá habían sido apartadas y no nos permitían usarlas para no contagiarnos de su enfermedad. Mi tía, últimamente, casi no nos permitía entrar a verla y cuando entrábamos a su cuarto, al salir nos hacía lavar las manos con abundante agua y jabón.
Esa mañanita, mi abuelo y mi tío habían salido temprano llevando unas tablas de ceiba a donde un carpintero, para que él hiciera el ataúd de mi mamá.
Cuando yo regresé con los espíritus, los dos perros de la casa se pusieron a aullar. El panorama de mi casa no podía ser más lamentable. Hacía poco, un sueste había estado a punto de tumbarla, las palmas del techo se veían viejas y espelucadas. Mis hermanos estaban en el patio, totalmente embarrados, llorando a todo galillo. Mi tía estaba en el cuarto de mi mamá, llorando a gritos, dando vueltas al lado de su cama. La puerta del cuarto estaba abierta, yo entré y le dije a mi tía que mis hermanos estaban llorando, ella salió a consolarlos, yo me quedé adentro y tranqué la puerta con un palo. Mi mamá estaba agonizando, Dámaso se puso en su dimensión espiritual y la saludó. Ella, con mucha cordialidad, le respondió el saludo. Le dijo que lo que más lamentaba era dejar a sus hijos tan pequeños, le pidió a Dámaso que rezara por nosotros para que Dios nos ayudara.
Yo oía, como si estuviera leyendo en silencio, el diálogo que sostenían ellos dos. Dámaso, cordialmente, me hizo puente espiritual y yo pude comunicarme con mi mamá. Ella me dijo que estaba arrepentida de haber regresado con nosotros al campo. Añadió que los pobres en el campo cada día eran más pobres, presa fácil de mordeduras de culebras y de toda clase de enfermedades. Y que mudarse al campo sin dinero era como ir a la guerra desarmado. Quería que yo fuera médico, pero no hallaba la forma de lograrlo, y en el campo veía mi destino tan pobre como el suyo. “La vida -dijo ella- es más penas y sufrimientos que dichas y alegrías, pero conviene aceptarla como la da el destino.” Y, aconsejándome que cuando pudiera me fuera a vivir a una ciudad, su alma poco a poco se fue desvaneciendo como una ilusión perdida.
Mi tía, para poder entrar a la habitación de mi mamá, tuvo que tumbar la puerta. Me encontró frío como un helado y parecía un sonámbulo, dando vueltas en el cuarto. Me tomó de un brazo, y sentí un despertar brusco, como si hubiera nacido en ese instante. El llanto de toda mi familia me hizo caer en cuenta que mi mamá había muerto. Dámaso y Sanapa ya no estaban conmigo, en el momento pensé que se habían ido para el cielo con mi mamá. Me sentí sólo y triste; aunque quería llorar no me salía llanto. El viento producía un silbido que me causaba nostalgia. Era una brisa parecida a la que producía Sanapa, y que cada instante apagaba las cuatro velas que habían puesto en las esquinas de la cama de mi mamá y por todas partes levantaba polvaredas, mezcladas con hojas secas y bagazo de arroz, que iban y venían por todos lados de la casa. Alrededor, todos los contornos se veían caóticos.
Mi abuelo, antes de regresar a la casa, supo de la muerte de mi mamá. Llegó pronto, pero enojado porque el carpintero no tenía clavos para hacer el ataúd y los únicos que había en la tienda de Dosbokas no servían porque eran muy grandes.
En ese tiempo los velorios eran muy parecidos a un festival de cuentos e iba gente de todas partes a oírlos y a contarlos, sin importar que no conocieran a la familia del muerto. El velorio duraba nueve noches, la última noche era la más llorada y concurrida, pero, en general, todas las noches iba bastante gente y se decía que no había velorio malo.
El velorio de mi mamá fue un velorio a la medida católica de ese tiempo, tal vez un poquito más en cuanto a rezos porque mi familia era bastante religiosa y había muchos familiares rezanderos.
Cuando finalizaron las nueve noches de velorio, la realidad mostró que a una persona buena la quieren más cuando la pierden. Con la muerte de mi mamá, la casa de mi abuelo quedó como si estuviera vacía y se inundó de tristeza. En las tardes, varias cosas y el viento hacían una melodía alegre y triste como marcando el paso de un tiempo inestable, resbaloso, en el que nada era fijo, y propicio para que en cualquier momento ocurriera cualquier cosa. Poco tiempo después, a mi abuelo se le rejuvenecieron los sentimientos, o se le enloqueció la puya; creo que pudo ser las dos cosas. Lo cierto fue que dejó de importarle su familia y empezó a enamorar a cuanta muchacha estaba a su alcance. Le dio la herencia a mi tío, que se la estaba pidiendo desde que había muerto mi abuela, y vendió casi la mitad de lo que le quedó de la finquita. Compró buena ropa para él y poquita y de mala calidad para mi tía, mis hermanos y mi persona.
No se sabía si era cierto lo que decía, pero mi abuelo les aseguraba a sus amigos que se ‘cortaba’ a todas las muchachas que enamoraba; ellos le pedían el secreto, y él les explicaba que el mejor secreto para conquistar mujeres era la plata y que era mejor y salía más barato pagarles lo que pidieran, que casarse o adquirir compromiso faldero. Y, en ese entonces, con frecuencia decía que él era un antioqueño liberal, puto y macho.
En su último minuto de vida, mi mamá le había pedido a Dámaso que le ayudara a curar el paludismo y los males del alma de su familia. Él, en cuanto a las almas, no le dio esperanza, le explicó que las almas se enfermaban y se curaban solas. Del paludismo le dijo que con ‘el Rejugao’, su hijo, haría lo necesario para sanar a su  familia de esa y todas las enfermedades.
Después del velorio, fui varias veces a la poza de la Ceiba a buscar a mis amigos espíritus y no los encontré. Una tarde, cuando iba llegando a la poza de la Ceiba, encontré un lamento espiritual errante, llamando a Dámaso, sin sonido de voz, diciendo que estaba perdido.
Espiritualmente atrapé el lamento, creyendo que era Sanapa lo interrogué, pero no le entendía nada. Le di sonido de voz, y enseguida se escapó y se llevó el sonido de voz que yo le había dado. Después, como si fuera un pájaro, llegaba a un árbol que estaba cerca de la casa y duraba un buen rato repitiendo el lamento con la voz mía, diciendo: “Dámaso: estoy perdido.” En los días siguientes hice varios intentos de atraparlo, pero esa cosa cambiaba de lugar a cada instante y ni siquiera se dejaba encontrar. Una tarde, mi abuelo, enfurecido, salió a perseguirlo. Yo pensé que podía ser peligroso, fui corriendo a la poza de la Ceiba a buscar a mis amigos espíritus, que se me habían perdido desde el día de la muerte de mi mamá, y esta vez los encontré en su refugio. Juntos fuimos corriendo a defender a mi abuelo. Según dijo Sanapa, se trataba de un yoluja amigo, llamado Bujo, que por estar confundido quería hacerle daño a mi abuelo y era posible que, para hacerlo caer en alguna trampa, usara de carnada la voz que yo le había dado. Ya teníamos bastante habilidad en el manejo del engranaje espiritual, el asunto del yoluja lo solucionaron ellos y, poco después, Sanapa me devolvió el sonido de mi voz que se había llevado el yoluja, cosa que para mí fue como regresar un instante al pasado.
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